Blogia
El Blog de Sergio del Molino

CANCIÓN TRISTE DE BAIRRO ALTO

CANCIÓN TRISTE DE BAIRRO ALTO

Breve anatomía de Lisboa

Lisboa tiene siete colinas. Como Roma, pero distintas. Para empezar, Lisboa se precia de ser más antigua que Roma. Antes de que Rómulo y Remo empezaran a darle a la ubre de la loba, ya había gente rumiando por las esquinas de este lugar. Y para seguir, las colinas de Lisboa son infinitamente más bestias que las de Roma, con cuestas tan empinadas que parecen precipicios.

Lisboa se arrebuja junto al Tajo, en su orilla derecha. La Lisboa eterna, ese cogollo central que guarda el alma de la ciudad, se compone de dos elevados promontorios y un estrecho valle entre ambos. El situado río arriba enrosca los barrios de la Alfama y Graça, y el situado río abajo, el Chiado y Bairro Alto. Entre los dos se encajona la Baixa, con la Rua Augusta uniendo la Praça do Comerço, abierta al Tajo, y el Rossio. Es la parte más teatral de Lisboa, la que reconstruyó el Marqués de Pombal después del devastador terremoto de 1755. Es ordenada, rectilínea y grandilocuente, y no es extraño que muchos bancos sigan instalados en ella, en la adecuadamente nominada Rua Aúrea, aunque el poder financiero hace décadas que abandonó la zona para instalarse un poco más al norte, en el ensanche de la Avenida da Liberdade.

Nosotros elegimos Bairro Alto. Lo elegimos desde la primera vez que pusimos el pie en sus adoquines. No queremos otra Lisboa. Ya no buscamos otra Lisboa.

Bairro Alto es un nuevo viejo barrio. No forma parte del núcleo fundacional de la ciudad, que está en la Alfama y Graça, con sus callejas morunas. No hay restos romanos, visigodos ni árabes aquí -aunque una de sus calles sea la Rua dos Mouros-, y parece ser que estuvo prácticamente sin poblar hasta el siglo XV, cuando empezó la era de los descubrimientos y Lisboa se llenó de buscavidas y aventureros ansiosos de hacer fortuna en ultramar. Al calor de esa fiebre oceánica, varios miles de comerciantes gallegos bajaron desde sus pazos y se instalaron cómodamente en esa zona alta, construyendo suntuosas residencias y palacetes con jardín, en algunos de los cuales asoman hoy altísimas matas de buganvillas. Así nació Bairro Alto, junto al Chiado, que se une a la Baixa por una suave cuesta que hoy se llama Rua de Garrett; empalma con la Lisboa empresarial y amadrileñada de Liberdade por el elevador de Glória, y baja en picado hacia el Tajo por el renqueante funicular de Bica.

El origen de este barrio fue puramente residencial, de ricachos gallegos que no se querían mezclar con el populacho lisboeta de estibadores y marineros con escorbuto. Por eso la disposición urbanística es relativamente ordenada y cuadriculada, muy distinta de la de otros "cascos viejos", con vueltas y revueltas. En Bairro Alto, las calles suben de sur a norte y las travessas cruzan de este a oeste. Es imposible perderse.

Cuando se produjo el terremoto de 1755, toda Lisboa quedó en ruinas o arrasada por el fuego de varios incendios. Sólo una parte de la Alfama y Bairro Alto sobrevivieron a la destrucción. Por eso todavía se pueden ver algunas casas de los siglos XVI y XVII. Pequeños palacetes, la mayoría echados a perder, divididos mil veces por herencias mal resueltas y poblados -si no están vacíos y ruinosos- por viejas que parecen estar colgando siempre la misma colada en la ventana.

Como todos los barrios similares de otras ciudades europeas, Bairro Alto sufrió una degradación aterradora en el siglo XX, pero tras la entrada de Portugal en la UE, empezó una lenta recuperación que todavía dura y que le da un aspecto contradictorio y salvaje. Desde luego, creo que se ha recuperado mucho mejor que el Barrio Chino o Raval de Barcelona -si es que se recuperó alguna vez-, y con mucha más sensatez que Lavapiés -que vivió un pequeño despunte a finales de los 90 y ha vuelto a caer en el marasmo sin que a nadie parezca importarle-. Para mí, Bairro Alto es lo que debiera ser San Pablo en Zaragoza. El modelo a seguir, sin duda.

En Bairro Alto convive la tienda de ultramarinos de toda la vida con la galería de arte más fashion; la tasca más aceitosa con el restaurante más pijo, y el bar de viejos que ofrece el partido del Benfica a todo volumen en la tele con la boite que trae a los DJ más de moda. Esa es la clave del éxito: que nadie ha desplazado a nadie. Parece que en España tienen que desalojar primero a los habitantes del barrio de toda la vida para que los modernos puedan expandir su hábitat -y para que las inmobiliarias puedan multiplicar por diez y por veinte el precio del metro cuadrado en la zona, que los modernos adinerados parece que pagan gustosos-. Aquí no se ha dado ese conflicto. Los dos paisajes han encontrado acomodo en un discurso buenrollista que suena más sincero y menos carachorra que en otras ciudades.

Hoy hemos hecho la compra en una tienda de ultramarinos de las que resulta imposible encontrar en el centro de cualquier ciudad española, con señora tendera haciendo las cuentas a mano. Y hemos comprado pan a una panadera con delantal que nos ha elegido personalmente la mejor de sus hogazas. Las dos tiendas conviven con un bareto nocturno algo pretencioso que ofrece wifi a su fashionable clientela y tiene una pequeña biblioteca que han creado los propios clientes: te dan una cerveza o un mojito a cambio del libro que lleves. O también puedes llevarte cualquier libro si dejas otro a cambio. Pienso hacer el trueque cuando me acabe el que estoy leyendo ahora mismo.

Las viejas se gritan de balcón a balcón ante la sonrisa -nada condescendiente- de la diseñadora de moda que tiene una pequeña tienda cool debajo del tendedero de una de las viejas, colmado de bragas king size y tapetes de ganchillo. Todos se conocen y se saludan. Mientras esperábamos a que nuestra casera nos trajera las llaves del apartamento, un señor de una tienda de vinos salió de su local con un taburete y se lo ofreció a mi embarazadísima Cris, para que no estuviera de pie en la calle.

Por supuesto, hay un Bairro Alto falsario que reclama para sí la gloria del fado y la saudade ante los turistas ávidos de tipismos. Pero es fácil identificar y obviar a esos mercachifles que hacen caja a costa de reducir una idiosincrasia rica, mestiza e inaprehensible al mínimo común denominador. Basta con no entrar a esos locales que se venden como "restaurante típico" o como "adega de fados".

La mezcla se hace pastiche al atardecer, cuando todavía no han cerrado las tienditas tradicionales y están en plena actividad los comercios modernetes, que abren hasta casi las once de la noche, mientras los restaurantes exhudan olor a sardinha frita y las boites sacan brillo a las cocteleres en las que prepararán los mojitos. En esas horas, parece que Bairro Alto late a ritmo atlético y feliz.

No será la Arcadia, claro, pero se le acerca un poco a su versión urbana y de andar por casa.

Foto: vista desde la ventana del salón de nuestro apartamento. Tejados y ropa tendida.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

1 comentario

Apolónio de Rodas Martins da Costa de Moraes Antúnes Neto -

Excelentíssimo Senhor Doutor Molina: Cumpre-me fazer o mais encendido elógio da elegância, facúndia e verborrágia do senhor na sua descrição do Bairro Alto da minha amada cidade de Lisboa. Trasmita os meus saludos à sua excelentíssima senhora. Agradecendo antecipadamente a atenção de V. Ex.a, apresento os meus melhores cumprimentos. - Apolo.
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres