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El Blog de Sergio del Molino

SIN MI HERMOSA LAVANDERÍA

De vuelta de Oporto. Tengo unas fotos de unos niños tirándose al Duero desde el puente de Luis I que ya colgaré. Me recordaron la historia de Los cachorros, de Vargas Llosa. Creo que escribiré un cuento sobre esas fotos.

Se tiraban desde el puente esquivando a la policía. Cuando alguno dudaba, los que esperaban turno le picaban, llamándole mariquita y esas cosas, y al final, escocido por la dura presión social, hasta el más flojo hacía un tirabuzón antes de caer sobre las aguas del Duero.

Pero ya hablaré de ellos con más calma otro día.

Hoy quería pasar un buen día. Hoy queríamos tener nuestro día de lavandería, que se ha convertido en una tradición viajera. Buscamos una lavandería de monedas, nos llevamos un libro y hacemos la colada pausadamente. Es un momento que me gusta mucho de los viajes. En Estados Unidos, obviamente, es muy fácil encontrar estas lavanderías, que son insultantemente baratas (por menos de dos dólares te lavas y te secas varios kilos de ropa) y muy concurridas y animadas. La gente va a ligar y a hacer amigos a ellas. En Londres también abundan, y en París, algo menos, pero no son raras. Fue el año pasado en Alemania donde tuvimos que cruzar medio Berlín para encontrar una, y las instrucciones sólo estaban en alemán y en turco. No había forma de saber dónde había que meter el detergente. Pero eso resultó doblemente divertido.

En Lisboa, según todas las fuentes consultadas, sólo hay una lavandería automática. Al lado del Jardín Botánico, en la muy apropiada Rua da Alegria. Alegres fuimos esta mañana con nuestros trapos, dando un paseo por una Lisboa encapotada, gris y chispeante, que realzaba sus tonos de mugre. Paseamos por un barrio que nunca habríamos visitado sin la necesidad de hacer la colada, y nos ha encantado sumergirnos en él, descubrir el decadente y cerrado Jardín Botánico y la popular y nostálgica Praça da Alegria.

El paseo ha sido estupendo, pero cuando hemos llegado a la lavandería la hemos encontrado cerrada. Un cartel anunciaba que estaba cerrada desde hoy por motivos familiares. Mierda, por un día. En la guía venía otra, que no era automática, en un centro comercial cerca de la Praça do Rossío. Un cuarto de hora de paseo más o menos. Allí que nos hemos ido. Al llegar, hemos visto que llamar a aquello "centro comercial" era, cuando menos, optimista. Una nave con unas tiendas cutres de baratillo que vendían ropa fea como el demonio casi al por mayor. Un rastro saturado y maloliente. Por supuesto, nadie sabía nada de ninguna lavandería. Nadie nos ha dado señal de ella. Había desaparecido o nunca había existido.

Cruzar Lisboa con la ropa sucia a cuestas mermó las escasas fuerzas de Cris, así que la arrastré hasta un taxi que nos devolvió al apartamento a toda hostia y pasándose por el chasis todo el código de circulación -es costumbre local conducir así-.

Hemos comido en un pequeño restaurante a una manzana de aquí al que nos habíamos resistido a entrar hasta ahora. Se llama Les Mauvais Garçons y lo lleva un chico sevillano llamado David García. Era cocinero en París, y se instaló en Bairro Alto hace unos años para montar un bistrot de aire afrancesado. Sirve cosas sencillas con un toque de chef. Entre ellas, un gazpacho que nos ha curado toda la frustración lavandera. Pero lo que más me ha gustado, y la razón por la que le menciono, es que tiene el comedor decorado con fotos vintage de supuestos "niños malos", como el nombre del restaurante dice. Son muy parecidas a la que Óscar Sanmartín tuneó para la portada de mi libro Malas influencias, cuya ilustración no desentonaría en las paredes del local.

He estado por decírselo, pero mi natural asocialidad me lo ha impedido. Aunque el chico era muy simpático y hablador, y no habría resultado fuera de tono -y seguramente le habría hecho ilusión descubrir una conexión estética tan fuerte entre su restaurante y una obra literaria-, no me sale explicar que soy juntaletras y que la portada de mi primer libro bla, bla, bla. Prefiero contártelo a ti, paso de dar la brasa a la gente que no lo ha solicitado.

Hablando de libros: he conseguido una ganga. En una librería anticuaria del Largo do Calhariz tenían expuesta una primera edición de 1930 de Rusia al desnudo, de Panait Istrati. Es una joyita de la editorial Cénit, un hito republicano de la historia de la edición en España. Yo leí ese libro en francés, pues no se ha vuelto a publicar en español desde entonces, y me ha hecho ilusión verla tan aparente. Para asegurarme, me he metido en Iberlibro para ver a cuánto se cotiza ese título en el mercado de viejo, para que no me timara el librero, y he ido a la librería convencido de que haría una buena compra si me lo vendía por unos 30 o 40 euros, a juzgar por el precio de ejemplares en mucho peor estado por internet. Me lo he llevado por 10. He pagado poniendo cara de póker.

No sabía yo que en la era de internet aún se podían encontrar gangas.

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