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El Blog de Sergio del Molino

EL ÚLTIMO HOMBRE GENTIL

EL ÚLTIMO HOMBRE GENTIL

-¿Qué tal Lisboa? -me dijo anoche un amigo.

Me gustó la pregunta por dos motivos: porque vino acompañada de una cerveza que me tendió y porque no preguntó "¿Qué tal por Lisboa?". No se interesó por nuestra experiencia en la ciudad, sino por la ciudad misma, antropomorfizándola. En la sutileza está la elegancia. Poner o quitar una preposición puede marcar la diferencia entre un tío zafio y uno con clase.

-Sucia y rota, como debe ser -le contesté.

Y es verdad: el día que la limpien y la arreglen, dejará de interesarme. No pude decir más, porque a los pocos segundos se apagaron las luces y Leonardo salió a escena. Se imponía el silencio del respeto por el genio.

Como soy desaliñado, bebedor, con ínfulas autodidactas y leo pocos y malos libros, muchas de mis referencias las saco de canciones y de pelis. Y en la película que Roger Corman rodó sobre el Barón Rojo, Manfred von Richtofen, que así se llamaba el aviador, replica en una secuencia (cito de memoria): "Se ha acabado el tiempo de los caballeros: esta es una guerra de hombres". No sé si dijo algo parecido alguna vez, pero lo importante es que la frase le pega al personaje. Lo verosímil casi siempre importa más que lo real.

Es cierto: el relato histórico tiende a subrayar implícitamente -que es la forma más eficaz de subrayar algo- que la guerra del 14 aniquiló para siempre, entre otras muchas cosas, la dignidad aristocrática del caballero. Un caballero puede matar. Incluso puede matar a sangre fría, pero no lo hará indiscriminadamente. Podrá ser un asesino, nunca un genocida. El hombre puede cargarse ciudades enteras con apretar un solo botón, con glotonería industrial.

Hay más diferencias: un caballero se destoca cuando corresponde, sabe cuándo debe alzar la cabeza y cuándo agacharla en reverencia, y siempre ha de estar dispuesto a hacerse a un lado cuando reconoce el talento ajeno. Básicamente, un caballero -o un hombre gentil, como dicen los ingleses con mucha más propiedad- se rige por una única norma no escrita: hacer sentir bien a quienes le rodean, pero con discreción. Sin efusiones de ningún tipo. Es una cuestión de tono: un halago desmedido o a destiempo puede incomodar más que un reproche. El cariño debe arropar, nunca ahogar ni asaetear.

Son refinamientos que pueden aprenderse, pero hay quien nace con ellos. Y Leonard Cohen los lleva ya de fábrica. Su caballerosidad y su vocación de hombre gentil explican su obra, su espectáculo y su vida. Es la parte más brillante de su grandeza: reconocer en su apostura, en su elegancia, en la forma de quitarse el sombrero ante sus músicos y en la delicadeza e ingenio que emplea en presentarlos al público, a un caballero impecable, que nunca desentona, ni en el pentagrama ni en la vida.

Luego están sus canciones, claro. Luego está su faceta genial, su condición legendaria, su rutilante puesto de honor entre los dioses mayores de la música popular. Estoy con el maestro Matías Uribe, que ha dejado escrito estos días: "Si ni diez segundos de una canción de Leonard Cohen llegan a tocar mínimamente la fibra de cualquier ser humano es que este no es su reino. La jungla o el cementerio".

Pero eso se puede apreciar en sus discos. Su caballerosidad sólo se ve sobre el escenario. Y yo me siento tocado por ella. Gracias, Don Leonardo.

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2 comentarios

S. del Molino -

De la respuesta de la RAE deduzco lo que ya sabía: que eres un clásico ortodoxo que no quiere que los verbos pierdan su fuerza semántica por el uso de los inconscientes como yo.

Javivi -

Lo prometido es deuda. Me respondieron desde la RAE:

"Detestar, en el contexto que usted menciona, equivale a aborrecer o tener aversión a alguien o algo. Es cierto que la aversión a algo se siente o no siente, pero también que se podrían establecer grados de aversión hacia algo o alguien. Por otra parte, verbos como detestar o aborrecer se emplean a veces como variantes estilísticas de otros más comunes y generales, de forma que van perdiendo su fuerza semántica y, paralelamente, adquieren la pobilidad de gradación. Este proceso se da también con verbos cuyo significado se sitúa justamente en el otro extremo."

Ni pa tí ni pa mí, viene a decir, aunque admite gradaciones: me la envaino.
Ayer hubo un momento en que Cohen salió dando saltitos del escenario. Y lo hacía muy bien. Un concierto, creo, que se recordará en esta ciudad, como hoy muchos hablan (salvando las distancias) de, por ejemplo, el de Battiato en el Rincón de Goya, o el de Barricada en el Matadero. Grande Leonardo.
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