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El Blog de Sergio del Molino

MIRADAS

MIRADAS

Aprovecho los últimos coletazos de estas breves vacaciones -pero no me quejo, que tal y como está el percal en la economía y en la prensa patrias, las siguientes vacaciones pueden ser a cuenta del Inem- para llenar un vergonzante vacío cultural: Primo Levi.

Sí, es espantoso, es una lectura que hace muchos años que debería haber hecho, con el agravante de que acabo de publicar un libro donde reflexiono -tangencial y someramente, pero con cierta ambición especulativa- sobre el nazismo, su memoria y sus secuelas. Deberían ahorcarme por haber echado a andar por ese camino sin llevar los libros de Levi en la mochila, pero qué quieren: soy periodista y me han adiestrado para que me lance a escribir sin rubor y sin rigor sobre cualquier tema que se me cruce, con la osadía del ignorante profesional. Nos va el sueldo en ello.

Además, después de leerle, sé que Primo Levi sabría disculparme, no le daría ninguna importancia. Porque, si le he entendido bien, Levi valora por encima de cualquier otra cosa el debate reposado de opiniones y juicios basados en la experiencia directa y en la observación. El pedigrí académico y el prurito doctoral están siempre por detrás de la reflexión honesta y mesurada, que se expresa después de haberse metabolizado en las entrañas mismas del ser humano.

Tengo en mis manos la Trilogía de Auschwitz, que recoge los tres libros que Levi escribió sobre su paso por el infausto campo de exterminio nazi y su peregrinar pícaro y agónico por una Europa en ruinas en un larguísimo y penoso regreso al hogar, a Turín. Lo edita en español, en edición primorosa y delicada, El Aleph, y viene con un muy acertado prólogo de Antonio Muñoz Molina.

No voy a descubrir a estas alturas de la vida a Primo Levi, pero sí que me apetecía dejar constancia de lo hondo que me ha llegado su relato. Y no tanto por la descripción desapasionada y testimonial del horror del Holocausto, sino por la sencillez y ternura de su mirada. Porque testigos hay muchos, y todos pueden contar más o menos lo mismo con distintas palabras. No es el contenido del relato, sino su punto de vista, y la visión del mundo que se va desgranando en las reflexiones, lo que convierte a Levi en una figura gigantesca, casi homérica.

Estas madrugadas, encerrado en este mismo despacho que ya no es despacho, pues estamos desalojando los muebles para que lo ocupe el habitante de esta casa que está en camino, he llorado varias veces. Sin vergüenza, seguro de mi soledad y de mi encierro. Y no he llorado ante lo más truculento ni ante los detalles del exterminio nazi que todos conocemos porque nos los han contado mil millones de veces. He llorado ante el dolor insoportable de lo minúsculo.

Hay un momento de Si esto es un hombre en el que Levi cuenta que, debido a su formación como doctor en Químicas, le destinan a un barracón-laboratorio a trabajar como científico-esclavo. Es un privilegio que, probablemente, le salvó la vida, al librarle de los trabajos forzados en la nieve y ofrecerle un entorno a cubierto y con una alimentación un poco más decente que la que tenía el resto de los presos. Pero es allí donde toma conciencia de su indignidad. Allí, de vuelta a medias a la civilización y a la humanidad, descubre por contraste hasta qué punto le han anulado. En el laboratorio trabajan auxiliares y secretarias. Chicas jóvenes alemanas, alegres y coquetas como cualquier otra chica trabajadora de la época. Levi y los demás presos que trabajan de químicos ven despertar una atracción de lo más natural, pero que enseguida se vuelve dolorosa: las chicas les observan con asco, evitan tropezarse con ellos, ni siquiera les miran a los ojos ni toleran que se dirijan a ellas si no es por mediación de un kapo. Y Levi se ve con los ojos de esas chicas, y ve un alfeñique flaco, pestilente, rapado, con zapatos de madera llenos de barro y ropas jironeadas llenas de mugre. Se da cuenta entonces de hasta qué punto le han robado la humanidad, hasta qué punto se ha convertido en una bestia que no merece ni una mirada.

Hay otro pasaje de una hondura aterradora, que atraviesa y condensa siglos de filosofía y literatura y da cuenta de la grandeza del personaje Primo Levi, de su estratosférica altura moral. Sucede en La tregua, segundo volumen de la trilogía, que empieza con la liberación de Auschwitz. Levi se encuentra por primera vez con dos soldados rusos que están reconociendo el campo, tratando de hacerse una idea de la magnitud del horror que tienen delante de sus ojos, y escribe este párrafo terrorífico, que a mí me hiela la piel:

No nos saludaban, no sonreían; parecían oprimidos, más aún que por la compasión, por una timidez confusa que les sellaba la boca y les clavaba la mirada sobre aquel espectáculo funesto. Era la misma vergüenza que conocíamos tan bien, la que nos invadía después de las selecciones, y cada vez que teníamos que asistir o soportar un ultraje: la vergüenza que los alemanes no conocían, la que siente el justo ante la culpa cometida por otro, que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducida irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad ha sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla.

Leo a Levi en la habitación que ocupará mi hijo, y me gustaría que cuando creciera aprendiera a ver el mundo con la sencillez y la insobornable dulzura que encuentro en estas páginas, sin necesidad de que tenga que pasar por lo mismo. Si pudiera darle algo parecido a eso, mi trabajo como padre sería soberbio, el más grande de cuantos emprenda en mi vida. Pero no estoy seguro de que esas miradas y esa disposición ante el mundo puedan aprenderse con facilidad o de que incluso puedan llegar a aprenderse de alguna forma si no están ya injertadas en nuestros cromosomas. No estoy seguro de poseerlas yo mismo ni siquiera en su forma más tibia y miserable. Si fuera tan fácil ser como Primo Levi y hubiera muchos Primos Levis en todas las ciudades, no habría existido Auschwitz. Es así de sencillo.

Es decir: si los Primos Levis fuesen la norma, no harían falta Primos Levis.

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12 comentarios

Javivi -

Cfr. Á.D. Martín Rubio, "Los mitos de la represión en la guerra civil", prólogo de Mío Poa, 2005, p. 31

Javivi -

Es cierto, Sergi. Para hondura, la de Concha Espina en "Retaguardia". Eso, en nuestros ayeres. Que en nuestros hoyes tenemos a genios como el citado por Severiano, o este otro que os recomiendo, un cura metido a historiador del "terror rojo" en Badajoz y que tiene los santos, santos, santos de terminar su introducción a un libelo malísimo diciendo que "unos y otros podríamos cobijar los recuerdos y el estudio de nuestro pasado bajo esa hermosa Cruz (sic) que se levantó tras la victoria en el centro de España (...) para todos los que murieron por España. Una Cruz (sic) que nació como monumento de verdad, de reconciliación y de unidad". Ole, ole y ole! Ni Azaña escribía tan bien! Levi? Un miserable, un judeomasón, otro que se escapó vivo, otro algohabríahecho!

Severiano -

En realidad, don Mariano está haciendo grandes progresos para reivindicar a las víctimas de las grandes tribulaciones, en un tono lírico y metafísico que se aproxima al de Levi. Y si no, mira lo que dijo hace poco sobre esa víctima levantina del totalitarismo universal: "Los Torquemada del siglo XXI, esos que presumen de demócratas y liberales y tienen una mentalidad totalitaria, se van a llevar un gran berrinche el 7 de junio porque vamos a ganar las elecciones. Paco, estamos contigo como siempre, y la historia será una historia feliz. Y nos vamos a llevar una alegría para disgusto de esos inquisidores del siglo XXI con una crueldad infinita que no tienen razón ni corazón". Levi se queja de llevar un traje a rayas, ¡pero a Camps le aprieta el ceñidor! Es que no hay justicia en el mundo.

S. del Molino -

Severiano: ¿que no hay? A ver, en literatura, "Madrid, de corte a checa", de Agustín de Foxá, y en cine, "Raza". Es que no sabéis buscar bien, rojillos.

S. del Molino -

Javivi: es que lo que dice Levi (y, no es menor, cómo lo dice) es universal y atemporal. Cualquier humano de cualquier época se sentirá concernido por sus palabras, porque, como bien dices, no habla de los campos de exterminio, habla de la condición humana. Por eso las comparaciones son absolutamente estériles. Testimoniantes del horror y víctimas que dejen por escrito sus experiencias las hay en todos los países y en todas las guerras (bueno, en todas las guerras recientes, de 1914 para acá), pero obras que, sin pretender ser más que otro testimonio para la colección, alcancen la densidad y la significancia (perdón por el palabro) de Levi hay muy poquitas. Os dejo, que me tengo que dar de cabezazos contra la pared en penitencia por no haber leído esto hace diez años por lo menos.

Severiano -

La memoria de la víctima, al recuerdo del trauma... en relación con la Guerra Civil española... De eso no hay.

Severiano -

Estoy de acuerdo, por eso digo que "Tal vez Jorge Semprún sea lo más parecido", en el sentido de que es el único de los deportados que intenta darle a sus memorias un aire que vaya más allá de la descripción de lo vivido. Levi es un hombre desnudo que ni antes ni después del Lager tenía vocación de hacer política ni literatura. Semprún siempre tuvo una clara vocación política y literaria. A Levi, como bien dices, los libros le salen así, cuando él realmente no pretendía más que contar lo que le había pasado. Semprún quiere, sin embargo, busca hacer literatura y filosofía sobre la base del relato de su experiencia del Lager. El punto de partida es muy distinto.

Javivi -

Gracias, queridos! Pero mi minidebate no se refiere tan solo a experiencia concentracionaria, sino más en general a la memoria de la víctima, al recuerdo del trauma. Las cosas que dice Levi en Los hundidos son... en fin, que no me sale cómo definirlas. No son libros sobre Auschwitz sino sobre la condición humana, y eso es lo que no encuentro en nuestros autores sobre el 39-39.

S. del Molino -

No creo que Semprún resista la comparación. Como bien dices, su obra está orientada hacia la memoria y la introspección, pero para "hacer literatura". Semprún busca construir una obra macerando y reconstruyendo su experiencia. En esa obra, la memoria es un instrumento, no un fin. Primo Levi escribe sólo para que no se pierda su testimonio, porque cree que su supervivencia sólo tiene sentido si cuenta lo que vio. La literatura le sale sin querer, y por eso Si esto es un hombre es más valioso y profundo que todo Semprún.

Severiano -

La producción literaria de los deportados españoles acerca de su experiencia en los campos, es muy limitada. No llegan a una docena los que han publicado sus memorias o recuerdos, la mayoría en ediciones caseras con una difusión muy limitada. Las excepciones son Mariano Constante y Jorge Semprún. Los libros de Constante sobre Mauthausen son descriptivos y políticos, sin reflexión filosófica. Semprún rememora una y otra vez su estancia en Buchenwald (donde fue bibliotecario), pero el interés primordial de Semprún es la memoria en sí misma. Tal vez Jorge Semprún sea lo más parecido, del lado español, a Primo Levi, pero les separa el hecho de que Levi fue arrojado al exterminio en tanto que judío, sin más aditamentos, mientras que Semprún entró en el Lager como militante republicano comunista, lo cual da a su punto de vista unos matices que no se perciben en Levi.

S. del Molino -

No creo que haya equivalente plausible en España, la verdad. Lo de Primo Levi es tan extraordinario y precioso y es muy difícil que le salgan franquicias locales. A mí no me disgusta que hayan reunido los tres libros en un volumen, porque, aunque es verdad que son completamente independientes, en pocos escritores como en Levi se ve tan clara la voluntad unificadora de su obra. No creo que él hubiera puesto reparos a esta edición. Nunca lo sabremos: esa extraña muerte suya que a muchos les huele a suicidio nos impide preguntarle.

Javivi -

Un artículo precioso, Sergio. Como bien dices, la altura de Levi es estratosférica. Ahora que ando terminando algo bastante gordo sobre la guerra civil, he abierto un minidebate entre los amigos y colegas para ver qué escritor estaría a esa altura, mutatis mutandis, a la hora de narrar el conflicto civil. Pero me temo que no hay nadie: supongo que Max Aub antes, o Marcos Ana ahora, serían los más cercanos.
En cualquier caso, no estoy de acuerdo con el carácter de trilogía que le han dado desde El Aleph. Son tres libros independientes que pueden leerse por separado. De hecho, el mejor de los tres, Los hudidos y los salvados, es un monumento insuperable de por sí. Maravilloso.
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