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El Blog de Sergio del Molino

LA RUTINA DE COSTUMBRE

LA RUTINA DE COSTUMBRE

Redundante y vacía, la frase "la rutina de costumbre" me ha sonado siempre gansteril. En realidad es de piratas: la repetía el loro del capitán pirata cuyo barco siempre hundían Asterix y Obelix. Cuando divisaban un buque romano, el capitán -con parche en el ojo, claro-, gritaba: "Es una embarcación lenta y pesada, será un botín fácil. Vamos a abordarlo, chicos, ya sabéis, la rutina de costumbre". Y el loro repetía: "La rutina de costumbre".

En el francés original del cómic dice "comme d’habitude", que también es el título de una canción gabacha que Sinatra convirtió en su My Way, que en inglés habla de la afirmación individualista y quiere decir justamente lo contrario a "la rutina de costumbre". Ironías. 

La rutina de costumbre es un sintagma mostrenco, tópico e inane. Viene al pelo para describir el plomazo de la vuelta al curro, cuyo intenso dolor experimento ahora en mis fofas carnes.

Con aire cansino, abro el correo electrónico, contesto mails con semanas de retraso -y sarta de disculpas adjunta- y abro cartas que han cogido polvo en la mesa. Material caducado, indigesto. Entre los sobres por abrir aparece una invitación a mi nombre para una so called "Fiesta de la Unidad Alemana", celebrada el 1 de octubre en la Embajada de Alemania (cachis, si lo llego a saber, me calzo la americana de las bodas y me pongo hasta las trancas de canapés germanos y vino de Mosela).

También recibo una amable carta manuscrita (de puño y letra y con membrete, eso es más raro que toparse con un lince ibérico en El Corte Inglés) de una concejala -¿o ahora se llaman consejeras?- del Ayuntamiento de Zaragoza felicitándome por la publicación de Soldados en el jardín de la paz, cuya lectura asegura acometer con gusto. Dudo si debo responder a esta elogiosa atención con una nota análoga de mi puño y letra, porque casi se me ha olvidado escribir a boli y mi caligrafía puede percibirse como un insulto.

Es placentero encontrar esas cosas entre otras invitaciones, compromisos y marrones afortunadamente pasados de fecha, pero el roce de la cartulina oficial se sigue haciendo extraño a mis dedos. No entiendo -ni hago esfuerzos por entender- de protocolos y tengo las habilidades sociales de una ameba reumática. Sé que mis respuestas a ciertas atenciones nunca estarán a la altura de las formas que se gastan en los círculos oficiales, pero confio en que mi atolondramiento no se tome por grosería sino por la estulticia de un chaval que sigue pensando que la mejor forma de expresar afecto y corresponder a los afectos ajenos es un brindis con cerveza en la barra de un buen bar.

Por desgracia, ciertos protocolos forman parte de mi rutina de costumbre. Venceré la pereza y los atenderé, pero sólo porque el loro me los recuerda desde su atalaya hombruna con su soniquete: "Vamos, la rutina de costumbre".

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