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El Blog de Sergio del Molino

EN EL BULLI, POR LA ARMADA

Ahora que ha pasado ese día de la hispanidad que a los hispanos nos pone los pelos como escarpias, se pueden comentar algunas cosillas sin miedo a ser encarcelado o apaleado por una turba de amas de casa losantianas. ¿Habéis visto la campaña del ejército, con famosetes diciendo lo mucho que molan los soldaditos?

Me ha intrigado especialmente la de Ferran Adrià, donde dice: "Yo estoy en el Bulli por la Armada".

 

 

Enigmática confesión. Sobre todo, porque no aclara más. ¿Cómo se llega de la Armada al Bulli?

En las biografías de todos los grandes hombres hay siempre una escena que puede considerarse "la llamada" o "la iluminación". Es ese momento en el que el prócer, todavía bisoño, aún enfangado en los bastos lodos de su aldea natal, tiene la certeza de que va a hacer algo grande en su vida, algo por lo que su nombre será recordado durante muchas generaciones.

Ese Abraham Lincoln aterido de frío en su cabaña de madera, pero reconfortado en la seguridad de que un día regirá los destinos de esa grande y joven nación y la salvará de su desmembramiento.

Ese Albert Einstein aburrido en la oficina de patentes de Berna, haciendo ecuaciones -porque no había sudokus- y empezando a sospechar que esas cuentas ociosas le están llevando a algo muy gordo, pero no tiene a nadie con quien compartirlo, salvo el bostezante bedel, al que le queda una semana para jubilarse.

Ese Francisco Franco que soporta, apretando los dientes, las burlas de los niños que se ríen de su aflautada voz, mientras él piensa: "Reíd, cabrones, reíd, que cuando la político-social vaya a visitaros no os hará tanta gracia".

Ese Nacho Vidal que, en pleno furor adolescente, admirando su fenomenal verga mientras se la sacude a dos manos, se propone follarse hasta los desagües de las jardineras, y hacerse rico y famoso con ello.

Ese Camilo José Cela que, cuando empieza a leer a los clásicos y a dejarse poseer por el suave embrujo de la letra impresa, se dice para sí: "Algún día aborberé un litro de agua por el culo, y me tiraré pedos en la Real Academia".

Son momentos clave en la biografía de todo prohombre. Por eso lamento la racanería de Adrià, que nos insinúa una epifanía que le condujo de forma certera e inexorable a su vocación, pero no nos aclara en qué consistió. Sólo nos dice que fue "en la Armada".

In the Navy, que dirían los Village People.

¿Cómo ocurrió? ¿Qué epifanías se pueden tener en la mili, especialmente si esa mili se desarrolla en un barco lleno de gañanes garrulísimos que sólo pueden ser domados a base de bromuro?

¿Fue mientras el joven soldado Adriá (en aquellos años, seguro que el acento se lo escribían del otro lado) fregaba las letrinas después de que el sargento le hubiera gritado una arenga estimulante del tipo: "¡Maldita sea, Ferrando, quiero ver esta letrina tan limpia que se me reflejen en ella los granos del culo para que puedas chupármelos!"? Puede que en la operación de limpieza aprendiese el arte de combinar colores y texturas gelatinosas.

Quizá descubrió unas cisternas de nitrógeno líquido junto a las cargas de profundidad del navío y decidió echárselo al rancho de la tropa "para hacer unas risas". Y ahí empezó su carrera.

Explíquenos, señor Adrià. El público quiere saber.

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2 comentarios

S. del Molino -

Nadie lo imaginó, salvo él.

Javier López Clemente -

jua jua jua

Aportaré lo que conozco del caso.
El día que concedieron a El Bulli el galardon de mejor restaurante del mundo (y ya van tres) en la radio entrevistaron a un compañero de armas de Adriá. El buen señor contó las excelentes tortillas de patatas (aún no las había de-construído) que se marcaba en por entonces cocinero en milicias. Eso sí, afirmó, nadie podía pensar el futuro que le esperaba.

Más o menos.

Salu2 Córneos.
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