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El Blog de Sergio del Molino

EL MANTEL DE GROSZ

EL MANTEL DE GROSZ

Ahí me tenéis, en el púlpito ateo de Cálamo, en esa escalera pulida por las suelas de cientos de escritores (y de señores gordos que no tienen por costumbre limpiarse en los felpudos y de tacones de estudiantas de turgentes senos y de... Vale, ya paro). Los tres de mi derecha son, de izquierda a derecha: Chusé Aragüés, baranda editorial de Prames; Pablo Bieger, y Javier Rodrigo. Todos están con cara de qué pesao es este tío y a ver cuándo coño sirven aquí el vino. Son unos exagerados, porque hablé muy poquito rato y no dije demasiadas gilipolleces. Además, yo les había escuchado a ellos antes.

Gracias a todos los amigos, curiosos y seres de energía pura que se pasaron por Cálamo a la presentación de Soldados en el jardín de la paz. Perdonad mis horrorosas dedicatorias, pero es que me olvidé el boli de firmar (que es de propaganda de una funeraria, que si sirve para epitafios, sirve para dedicar libros) y el bic que me dejó Paco Goyanes no me inspiraba igual.

Estaba nerviosillo. Más de lo que me imaginaba, la verdad. Así que me templé con un lingotazo de Jim Beam en el bar de al lado, que usamos como backstage. Para la presentación de Malas influencias escogí coñac (armagnac de treinta años del que me trae Michel de Francia, para ser exactos, que la ocasión lo merecía), y creo que funcionó mejor. El bourbon es demasiado sedante.

Tras los protocolos introductorios de Chusé Aragüés, habló Pablo Bieger, y arrasó. La historia de su abuelo -que solo se cuenta muy parcialmente en el libro- nos emocionó a todos. Fue una intervención emotiva y brillantísima, que encantó a todo el mundo. Leyó un fragmento de las memorias que su abuelo, Paul Bieger, empezó a escribir en un castellano germanizado ("a todos nosotros gustar mucho España", y cosas por el estilo) en el que se colaban aragonesismos. A algunas alemanas que viajaban a Camerún las definía como "feícas" (textual).

Fue Pablo quien habló de los alemanes del Camerún como náufragos, y esbozó algunas ideas geniales que tienen su correlato en los planteamientos que desarrollo en el libro. Dijo: "Sergio argumenta en el libro que la colonia alemana de Zaragoza se nazificó por nostalgia del segundo Reich y rencor hacia Weimar. En el caso de mi abuelo fue exactamente así".

Pablo dejó el listón muy alto, pero el gran Javier Rodrigo se creció, especialmente al final, cuando se le ocurrió decir que las páginas más brillantes del libro -si es que el libro tiene algo de eso, que es mucho decir- están escritas para el hijo que muy pronto voy a tener: "Hablas de la condición humana, del bien y del mal, vas mucho más allá de la historia de los alemanes, y se lo estás contando a tu hijo, es el primer legado que le vas a dejar".

La de cosas que se aprenden escuchando a la gente sabia y amable. Es como psicoanalizarte: te descubren el verdadero significado de tus palabras.

Cerré con un par de tontadicas que improvisé (me había preparado un pequeño speech, pero decidí romperlo en vista de que lo precedente había sido muy intenso) y le dimos al vino. Firmas, besos, risas... Es muy gratificante esa parte del oficio de escribir. Después de tanto torturar las falanges aporreando el teclado, a solas en tu casa, con muy poquita luz y a las tantas de la mañana, esto es mucho más que oxigenante: salir; encontrarte con unos lectores que siempre pensaste improbables y que se descubren no solo físicamente tangibles, sino en ocasiones hasta bellos, sonrientes y con suaves y jóvenes formas femeninas (perdón, voy a ser padre, no debería pensar en voz alta estas cosas); escuchar cosas bonitas y a todas luces falsas sobre tu persona y tu trabajo (pero qué bella es la mentira: mentidme mucho, por favor) y, lo que es más importante, ver a tu mama y a tu hermano orgullosos, y a tus amigos deseando que termines para gastarte alguna broma, pues no tiene precio, la verdad. Es como llevar al ego de escapada a un spa con huríes.

Acabamos el vino en la calle -aprovechando que todavía no había entrado en vigor la ordenanza antibotellón que funciona desde hoy- y nos fuimos a cenar Bieger, Rodrigo y sus respectivas con otros amigos que seguramente no quieran verse nombrados, porque son así de tontacos y pudorosos. Se nos acopló Alberto Calvo, el gran Supermaño, que tuvo una genial idea: hacernos un retrato alla maniera de Grosz.

Cogió un mantel de papel, robó un rotulador de la barra y nos retrató a todos los que estábamos en torno a la mesa. "Dibujos en el jardín de la paz", lo tituló. Anoche no lo pude ver bien, pero esta mañana Cris lo ha extendido en el salón y hemos podido admirarlo. Efectivamente, es un homenaje a George Grosz, el caricaturista, hijo mayor del expresionismo, que marcó el estilo de la Alemania de entreguerras. La referencia no puede ser más acertada. Pero también es un Alberto Calvo genuino. Tenemos que comprar un marco antes de que se rompa el papel, no me gustaría que se perdiese ese recuerdo. Lo fotografiaré, que es muy grande para escanear, y espero que podáis apreciarlo aquí.

Me quedé con las ganas de charlar un poco más con Pablo, pero espero que haya ocasión más adelante. Su chica, que trabaja en una editorial infantil, nos regaló unos libros para nuestro futuro cachorro, así que volvimos a casa agotados, borrachos (eso yo, que Cris es temporalmente abstemia), cargados de regalos y muy felices. Un subidón de felicidad, de amistad y de cariño.

Esta tarde se ha rematado todo con otra pequeña alegría relacionada con este libro. Según parece, esta semana, Soldados en el jardín de la paz se ha colocado en el puesto número 2 de los libros de no ficción más vendidos en Aragón. Gracias a todos, de verdad.

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2 comentarios

S. del Molino -

Jajajaja.
Perdurará en el tiempo como las malas digestiones o las ex novias enloquecidas. Donde espero que no perdure es en los almacenes de la editorial, la verdad.

Severiano -

Enhorabuena, Sergio. Has hecho un libro que será de esos pocos destinados a perdurar en el tiempo. Y además se va a vender muy bien, ya lo verás.
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