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El Blog de Sergio del Molino

EL HOPPER ZARAGOZANO

EL HOPPER ZARAGOZANO

Días de asueto (pocos días de asueto, pero algo es algo) tras la tempestad. M. G. me insta: "Ya te has quitado a los alemanes de encima. Ahora no tienes excusa: ponte a escribir ficción como un loco, ya, corre". Así que, haciéndole caso, he dejado pasar las horas hojeando libros, viendo pelis y paseando.

Hoy me había propuesto avanzar algo en el librito, pero la indolencia ha vuelto a vencerme. Así que hemos ido a la Lonja a ver la expo de Pepe Cerdá, El oficio de pintar, que llevábamos tiempo queriendo acercarnos y nunca encontrábamos ocasión. Muy adecuado el nombre, porque no sólo es una muestra sensacional de la maestría del artista, sino una reivindicación de la pintura como oficio, que tiene un componente físico casi tan poderoso (o más) que el intelectual. Y algo así -con mucha más elegancia- defiende Cerdá cuando habla y escribe de sus cosas.

Me gusta mucho Cerdá. Me gustan sus cielos, sus pinos y sus agricultores montados en tractores John Deere. Me gusta, sobre todo, su forma de bordear Zaragoza, su manera de reinventar Zaragoza como tema, viéndola desde fuera, en la distancia. Me gustan sus paisajes industriales, sus torres eléctricas y sus gasolineras. Especialmente, sus gasolineras nocturnas. 

No soy muy original ni tengo un archivo de referencias muy sofisticado dentro del coco, así que no he creído descubrir ningún mediterráneo cuando, al recorrer la exposición, me han venido a la cabeza los cuadros de Hopper. Es evidentísima la conexión. Tengo el catálogo aquí, en la mesa. Todavía no lo he leído, pero seguro que en alguno de los textos se habla de la influencia de Hopper en la pintura de Cerdá. Antes de escribir esto, he buscado "pepe cerdá + hopper" en Google y sólo me han salido dos o tres alusiones de gente que ha visto esa misma conexión. Me extraña, la verdad. Entre Hopper y Cerdá hay algo más que un puente, es imposible no relacionarlos al momento.

Hay una serie de gasolineras en esta exposición que remiten directamente a las petrol stations que Edward Hopper pintó en los años 40. Hay algo de homenaje. Pero no sólo huele a Hopper en la elección de las gasolineras como tema, sino en el espíritu de las pinturas. Como el maestro americano, Cerdá es un pintor de soledades y de espacios marginales. Se fija en lo aparentemente prescindible, en la belleza de lo que ha sido concebido como perecedero, auxiliar o secundario. Se fija en lo que se ha hecho para ser obviado: postes de la luz, arcenes, caminos encharcados, carteles luminosos de la autopista, reflejos en cristales de escaparates, la brasa del cigarro de un hombre que fuma en un descampado... Cerdá recorre los márgenes porque supongo que en el fondo intuye -o sabe con certeza- que es la única forma de llegar al centro. Sabe que los ajetreados señores que nunca recorren los caminos secundarios y que sólo ansían aterrizar en su destino lo antes posible y sin incordios se pierden la vida entera.

Ante tanto alquimista buscando la piedra filosofal, marcándose objetivos, dejándose los cuernos en algo que ni siquiera alcanza a ver ni a gozar, Cerdá intenta no perderse detalle de lo que le pasa por delante, consciente de que es esa brasa de cigarrillo la que importa. O ni siquiera eso: importa descubrir esa brasa de cigarrillo y emocionarse con su belleza. Lo cotidiano sorprende. Lo gris, lo que pasa desapercibido, llena todo. Viviendo y mirando así, al morirnos, es probable que tengamos muchas menos cosas que lamentar. Si no se planifica nada, nadie puede frustrar tus planes y puedes quedarte mirando cómo se ilumina tu ciudad a lo lejos.

Pero Cerdá no es Hopper. En Hopper hay tensión y una profunda tristeza. Las escenas de Hopper son melancólicas, intentan inmortalizar con angustia un mundo que se ahoga y desaparece. Cerdá no transmite eso. En Cerdá hay paz. O yo percibo paz.

Me encanta este cuadro que he puesto arriba, Zaragoza vista desde el camino de la Pica. Ya lo vi en una expo que montaron en el Centro de Historia sobre la ciudad vista por sus pintores. Creo que era el mejor de esa exposición. Escribí un artículo de La ciudad pixelada que hablaba sobre él. La ciudad como un brochazo amarillo en el horizonte. Eso ya no es Hopper. Eso es Cerdá.

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5 comentarios

S. del Molino -

Rubén: es cierto, no lo he apuntado, pero una cosa que se agradece mucho de esta expo es que respeta al visitante: tiene un tamaño razonable y un recorrido muy bien pensado.

Isabel: le hago caso, pero la neurona me pide un poco de descanso y comida basura de vez en cuando.

Isabel -

Hazle caso a 'sensei' M. G.!

Severiano -

El catálogo en PDF aquí:

http://www.zaragoza.es/cont/paginas/actividades/documento/catalogo_cerda.pdf

Enrique -

Bravo por el análisis, que también suscribo. Y bravo por la frase que cierra el comentario de Rubén.

Rubén -

muy certero el análisis, que comparto y que, es cierto, no se comenta mucho a la hora de analizar la pintura de Cerdá. Se agradecen exposiciones como la suya, reposadas, sosegadas, pensadas para disfutar y no para romperse la cabeza intentando averiguar que se pretende expresar, o simplemente sintonizar, con un platano roto encima de la cabeza de un conejo azul y una pantallita detrás con escenas truculentas. En la tendencia actual del arte, la vanguardia es Pepé Cerdá.
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