Blogia
El Blog de Sergio del Molino

PADRES E HIJOS

PADRES E HIJOS

En estos preciosos momentos de paz, cuando Pablo duerme sin reclamar atención ninguna, releo Maus. No sé por qué mis manos se han ido a buscar su hueco en la biblioteca. Lo he abierto y he vuelto a los trazos dolientes de Art Spiegelman, y aquí estoy, emocionado y confuso, con ganas de contártelo.

Ya lo sabrás, pero, por si acaso, te lo recuerdo, para que sepas de qué hablo: Maus es la obra maestra de Spiegelman y una de las cumbres del cómic. Fue Premio Pulitzer, pero eso es lo de menos. En ella, Spiegelman contó la historia de su padre, judío polaco superviviente de los campos de exterminio, y lo hizo empleando un lenguaje tan sencillo en la enunciación como complejo y lleno de capas en la expresión. Spiegelman dibuja a los judíos como ratones; a los nazis, como gatos; a los polacos, como cerdos, y a los americanos, como perros. Utiliza estas convenciones de los cuentos infantiles para crear unos juegos sutiles y descarnados que, en su día, fueron valorados como poderosísimos hallazgos expresivos.

Me impresionó mucho Maus la primera vez que lo leí. Me impresionó la dureza en el trazo y cómo Spiegelman retorcía ese animalario propio de las historias de niños para ahondar en la memoria del Holocausto. Pero la fuerza de las viñetas no me dejó ver -o no me dejó sentir con toda la intensidad que merecía- el verdadero significado de Maus.

Maus no va del Holocausto. Maus no va de la memoria de una generación culpable. Maus no va de héroes y villanos ni de víctimas ni verdugos. Maus no va de conozcamos la historia para no repetirla.

No. La historia que cuenta Maus es mucho más dura: es la de un hijo que busca a su padre. Y, por supuesto, no lo encuentra. Spiegelman escribe en este cómic una carta cuyo destinatario no tiene interés en abrirla. Y es mejor que así sea: si la abriera, no la entendería. Maus habla de la incomunicación, de la orfandad que siente un hijo cuyo padre es absolutamente incapaz de ejercer como tal.

La historia transcurre en dos planos espacio-temporales: la casa de Rego Park, en Queens, Nueva York, en los años 70, y la Polonia ocupada por el ejército nazi en los años 40. Art Spiegelman -que ya nació fuera de Polonia, en 1948- acude a la casa de su padre en Rego Park porque quiere que éste le cuente su experiencia bajo el Tercer Reich. Al principio, esto parece un simple recurso narrativo, un pie forzado para introducir la historia del Holocausto. Pero, conforme avanza el libro, la trama de Rego Park cobra más fuerza y dolor, mientras que la de los judíos polacos se aplana y acartona. Al fin y al cabo, es un testimonio más sobre el Holocausto, con los tópicos que hoy ya todos conocemos. Es un relato que nos han contado millones de veces, y sabemos perfectamente cómo acaba.

En cambio, la trama de Rego Park es compleja, sutil, dura. En los encuentros que padre e hijo tienen para recordar historias de la Polonia ocupada va tomando forma la desesperación de Art Spiegelman, hasta que el lector se da cuenta de que, en el fondo, el pasado de su padre le importa muy poco. El pasado es una excusa. O, a lo sumo, una herramienta para comprender quién demonios es ese desconocido huraño y solitario que dice ser su padre.

La barrera entre ambos es altísima, insalvable. No sé cómo no sentí esa angustia la primera vez que leí Maus, pero esta noche me ha atenazado. He comprendido perfectamente a Art Spiegelman, perdido, absolutamente extraño en la casa en la que creció, que se ha convertido en un territorio hostil.

No es casualidad que sean los judíos quienes, tras el Holocausto, se hayan preocupado más sobre las dificilísimas y demoledoras relaciones paterno-filiales. Y siempre desde la perspectiva del hijo. Maus no es un hecho aislado: se enmarca en una tradición -judía y neoyorquina, para más señas- que han cultivado tipos como Philip Roth o el propio Woody Allen. Mi querida A. M. Homes, que fue adoptada por un matrimonio judío y vive en Nueva York, también ha explorado estos mundos desde una perspectiva dura y directa.

En el ámbito hispano pienso en el argentino Sergio Chejfec, que debutó con una novela autobiográfica muy difícil y densa titulada Lenta biografía, cuyo leitmotiv central es su padre y los amigos de su padre reunidos los domingos en su casa del barrio del Once de Buenos Aires -el barrio judío de la ciudad- recordando en yidish historias de los campos de concentración, y discutiendo por pequeños detalles de insignificantes anécdotas.

También argentina es El abrazo partido, una película que no me gustó nada, pero que habla de padres ausentes y orfandades más o menos íntimas e insuperables en una galería del barrio del Once, y que podría haber sido una obra excelente de haberse mantenido fiel a su planteamiento.

Está claro: los judíos, por razones históricas obvias, viven obsesionados por la figura del padre como demonio interior y tótem exterior. Son los que menos pudor han tenido a la hora de explorar ese mundo tan doloroso y tan íntimo, y nos han dejado algunos relatos desgarradores sobre el tema. Los que no hemos sido educados en esa cultura parece que tenemos vergüenza a exhibir nuestra orfandad. O quizá es que tenemos una estupenda relación con nuestros padres que a los judíos se les niega por sistema. Me parece que es más bien lo primero.

Puede que sea especialmente sensible a ese tema por razones estrictamente personales. Puede que tener a mi hijo durmiendo en la habitación de al lado me haga pensar con más fuerza en estos asuntos.

No lo sé, pero llevo un tiempo convencido de que jamás escribiré nada que valga la pena si no hago como todos esos judíos y encaro mi propia historia sin pudor.

No sé si me atreveré algún día.

Post data de martes por la mañana.- Entre las obras "cristianas" que me han venido a la cabeza que tratan de la relación padre-hijo, me quedo de momento con El quadern gris, de Josep Pla. Es un dietario, y en ese género es fácil -y obligado- ahondar en las entretelas familiares. Pero lo que me interesa de Pla no es lo que cuenta de su padre, sino lo que no cuenta. En las elipsis y en los silencios dice mucho más que en las descripciones y relatos. Con ellas, Pla deja claro lo mucho que le dolía su padre, lo duro que le resultaba relacionarse con él y lo extraño -gélido y cálido al tiempo- que le hacía sentir. La presencia del padre de Pla es mucho más poderosa que la de la madre, aunque esté más ausente. Precisamente por eso. Por cierto, que fuera de Cataluña también debería leerse a Pla, que es uno de los escritores más contenidos y emocionantes que ha dado España. Y, si es posible, que se lea sin traducir, disfrutando de ese catalán arcaico y reinaxentista que manejaba con tanta austeridad como maestría.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

5 comentarios

Anro -

Ni te imaginas la cantidad de folios que he intentado escribir sobre mi padre.....en fin, creo que hay que ser padre para poder juzgar a tu padre.
"Maus",por otra parte, es un tebeo genial.
Sigue aprendiendo, querido Sergio....¡te queda cantidad!
Un abrazote.

Mario -

Vaya dos obras te sueltas de repente tío... En el análisis de Maus, en mi opinión, es clave en la relación de ambos, el suicidio de la madre. Marca las relaciones entre ambos. De hecho, en varios momentos, parece darse a entender que en vida de la madre, la relación podía ser otra.
El cuadern gris, qué decirte... Cuando la leí ya hace años me dejó perplejo.
Por cierto te mando una cosa sobre el tema, algo más divertida pero igual de dura.

Javivi -

Actualzación: también el cómic "El Arte de volar", de Altarriba y Kim, trata sobre el tema padre-hijo, en este caso encarnando al hijo en la piel del padre. Es muy hermoso, y al final no se si lo tengo que reseñar o no para tu periódico, ¡dime argo!

S. del Molino -

Qué va. Parezco menos pudoroso de lo que en verdad soy. Suelto muy pocas prendas.

Javivi -

Ya lo estás haciendo
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres