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El Blog de Sergio del Molino

EL DÍA EN QUE FUI FRANQUISTA

EL DÍA EN QUE FUI FRANQUISTA

Creo que no lo he contado aquí, pero supongo que ni a I. ni a D. (que firma sus comentarios en este blog como Ex Compañero de Piso) les importará que repita para esta audiencia uno de los episodios más bochornosos, atontolinaos, estúpidos y potencialmente peligrosos de nuestras vidas.

Me refiero al día en que fuimos franquistas.

Fue sólo un día. Un 20 de noviembre de hace algunos años -¿puede que empiecen a ser demasiados? Me noto viejo y achacoso- en Madrid. Y como la gloriosa efeméride vuelve a celebrarse esta semana, es un buen momento para contarlo.

El 20 de noviembre anterior al que me refiero, D. llegó a casa a la hora de comer y nos enseñó un cartón:

-Mira, me he hecho un carnet de Francisco Franco.

-Aparta eso de ahí. ¿De dónde coño lo has sacado?

-De la Plaza de Oriente. Bueno, no, de la Plaza de Ópera, que es donde se ponen los puestecillos de Falange. Había mogollón de viejos y en un puesto daban estos carnets. Me he hecho uno.

-Joder, estás fatal. ¿Para qué coño te acercas por allí?

-Si no pasa nada... Son cuatro viejos que apenas pueden levantar el brazo por la artritis. Un descojone, la constatación de que el franquismo está muerto de verdad o le queda muy poco fuelle.

Ahí se quedó la cosa.

Durante todo ese año nos dio por decorar el piso con parafernalia propia de los desustanciados que éramos: carteles de muñecos que se tiraban pedos con advertencias de peligro tóxico, botellas vacías de licor de guayabita del pinar y envoltorios de snacks alemanes que trajo una chica que vivió unas semanas con nosotros mientras hacía un estudio de mercado para introducirlos en España (no los he visto ni en el Lidl, y juro por Juan Tamariz que me alegro un huevo, dice mucho del paladar español que esas mierdas incomestibles no hayan encontrado clientes al sur de los Pirineos). Cuando hubimos refinado bien nuestro estilo de interiorismo y empezamos a barajar la posibilidad de incorporar alguna señal de tráfico o un cono de obras de la M-30, nos topamos con algo que nos enamoró a primera vista. Sin palabras convenimos que era perfecto para colgar en la pared.

Era un cartel que anunciaba el 20-N. Como creo que era el 25 aniversario, se habían esmerado un poco más en el diseño, y tenía las caritas angelicales de Franco y José Antonio. Nuestro casero era general de la Guardia Civil, así que la humorada se amplificaba.

Sí, ya sé, nadie le vio nunca la gracia aparte de nosotros. Pero qué más daba. Éramos felices y franquistas.

Con ese cartel, D. se animó y empezó a convencernos a I. y a mí de que fuéramos a la Plaza de Oriente a -palabras textuales- "descojonarnos de los viejos".

-Venga, veis el percal y luego comemos algo.

Creo que me sedujo la perspectiva del "luego comemos algo". O quizá fue la resaca de licor de guayabita del pinar. El caso es que D. nos convenció. Y el 20 de noviembre nos montamos en el metro y nos fuimos a ver de qué iba ese acto decrépito de ancianos que no podían estar mucho cara al sol, pues se entumecían y se quedaban dormidos.

(Un inciso: por aquel entonces, I. y yo llevábamos el pelo muy largo y nuestro look no tenía nada que ver con el protopijo de profesionales aburguesados que exhibimos hoy. Otro inciso: por aquel entonces, empezó a interesarme la fotografía, y me paseaba con una reflex antigua haciendo pretenciosas y fatuas fotos en blanco y negro. Por supuesto, me llevé la cámara al acto. Fin de ambos incisos).

Deberíamos haber dado media vuelta cuando vimos que en la Plaza de Oriente no había cuatro viejos. Ni siquiera cuarenta. Eran unos pocos cientos, puede que algunos miles incluso, y parecían lozanos, fuertotes y bastante agresivos. A lo mejor nos paralizó el miedo. D. masculló entre dientes: "Os lo juro, el año pasado no era así, daba risa, era muy patético. No entiendo qué ha pasado".

-Qué alegría, cuánta gente joven ha venido este año -gritó con entusiasmo una mujer de unos sesenta con pinta de ser la mala de las hermanas Hurtado.

El acto empezó y, ya que estábamos allí, nos quedamos. La verdad es que, pasada la impresión inicial, no nos sentimos especialmente amenazados, y el ambiente se relajó tanto que I. hasta me susurró, en una inconsciencia suicida que todavía hoy le reprocho con ganas de estrangularle: "Venga, Sergio, saca la ikurriña ahora".

Mientras hablaba el confesor de Franco, un fraile capuchino que llamó a las armas contra las 17 autonomías que habían roto España, me subí a la basa de uno de los pilares del Teatro Real y me puse a hacer fotos. Por lo menos nos llevaremos un bonito recuerdo de tan soleada y patriótica mañana, pensé. La señora que se congratulaba de la juventud que dominaba entre el público estaba a mi lado, dejándome sordo cada vez que gritaba "¡Arriba España!" o "¡Franco, Franco, Franco!".

No habría tirado ni tres placas cuando se acercaron cuatro de esos jóvenes entusiastas y con susurros firmes y dejando bien clarito lo que les podía pasar a nuestros cuerpos serranos si no les hacíamos caso, me conminaron a entregarles el carrete.

Opusimos un poco de resistencia al principio, y por un momento vi mis dientes esparcidos por el suelo y mis costillas hundidas contra los pulmones. Recuerdo que pensé en castizo: "Joder, nos van a dar la del pulpo". Pero la hermana mala de las Hurtado les dijo a los gangsters que nos azuzaban, con una voz que aún me hiela la sangre al recordarla: "Dejadlo para después".

Se refería a que el acto estaba siendo grabado por cámaras de televisión. Cuando la prensa se fuera, podrían darnos nuestro merecido sin testigos incómodos.

Les dimos el carrete y salimos por peteneras. A mí no dejaron de temblarme las piernas hasta que no llegamos a Malasaña y nos sentimos "en nuestro territorio", y después de asegurarnos varias veces que nadie nos había seguido. I. y yo fuimos repitiéndole a D. durante todo el camino: "¿Con que sólo cuatro viejos? ¿Sólo cuatro viejos?". No nos quedaron ganas de comer algo luego.

Sí, éramos jóvenes y, por tanto, gilipollas. Y sí, puede que nos estuviera bien empleado, por graciosillos sin gracia y por tontear con asesinos de masas orgullosos de serlo. No te lo niego. Pero también te digo que no me arrepiento de aquella mañana. Aquella absurda y suicida experiencia me enseñó más sobre el país en el que vivo que las obras completas de Unamuno y Menéndez y Pelayo juntas.

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4 comentarios

MARIO -

"Dejadlo para después". Cómo mola la frase... Esta la empleo con algún autor... Lo que pasa que la contextualización es perfecta. Dejadlo para después... Yo quiero una abuela así

Javivi -

Pero ¿a quién se le ocurre? Yo alguna vez me he acercado por la iglesia de Santiago en Zaragoza, y la verdad, la sensación era de rancio chotuno, el asco que se siente al oler sebo añejo... no se si me explico. Caspa, saliva seca en las comisuras, pringue... son palabras que describen lo que se siente al acercarte a un grupo de viejos (y no tan viejos) cantando el himno de los fascistas. Un asquito, oiga.
PD. Autopromoción! Tú saliste el lunes pasado en LVSI, y a mí me han grabado hoy parloteando sobre los balnearios de Jaraba y Alhama durante la segunda guerra mundial, manda carajo. Dime dónde estarás la semana que viene (salvo partes íntimas) y por ahí apareceré yo una semana después (soy tu sombra)

S. del Molino -

Hostias, pobre hijo mío, condenado a escuchar las batallitas de su padre y de los amigos de su padre... Jajajajaja.

Ex.compañero de piso -

Juro y perjuro, y lo haré delante de tu hijo cuando se lo cuentes, que el año anterior eran cuatro viejos de mierda

jajajajaja!!!!!
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