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El Blog de Sergio del Molino

LA CIUDAD DE LOS ESPÍRITUS

LA CIUDAD DE LOS ESPÍRITUS

Mientras leía estos días el monumental y muy recomendable ensayo La ciudad de los espíritus, de Mark Mazower (Crítica), no dejaba de pensar en un libro de Adam Zagajewski titulado Dos ciudades (Acantilado). Dos ciudades es un ensayo íntimo, si es que eso existe, muy emparentado con la literatura de Sebald, en el que el autor polaco reflexiona sobre su identidad a partir de un hecho fundamental y fundacional: el traslado forzoso de su familia en 1945 desde su localidad natal, Lvov, a una antigua ciudad prusiana incorporada a Polonia tras la Segunda Guerra Mundial, Gliwice (nota para afectados por la Logse: una de las consecuencias del tratado de Yalta fue un reparto de Europa en el que las potencias vencedoras impusieron nuevas fronteras. Uno de los cambios más traumáticos fue que Polonia se movió hacia la izquierda, quedando la franja oriental dentro de la URSS y solapando parte de la vieja Prusia en la zona occidental. La población que habitaba la primera zona fue reasentada en las ciudades alemanas, desalojadas a su vez de sus moradores y rebautizadas con nombres polacos. La familia de Adam Zagajewski vivió ese traslado forzoso).

Los padres y abuelos de Zagajewski nunca se acostumbraron a su nueva ciudad, que él abondonó cuando tenía cuatro meses, y conforme iban envejeciendo y el pasado y el presente se iban emborronando en un sentimiento confuso, la vieja y perdida ciudad de Lvov iba materializándose en las calles prusianas sin prusianos de Gliwice. Hay un párrafo muy emocionante que así lo cuenta:

Recorría las calles con mi abuelo, pero, de hecho, cada uno paseaba por una ciudad distinta (...). [Yo] estaba convencido de que, caminando por las calles de Gliwice entre edificios modernistas prusianos adornados con pesadas cariátides de granito, me hallaba donde me hallaba. Sin embargo, mi abuelo, a pesar de andar a mi lado, en aquellos momentos transitaba por Lvov. Yo recorría las calles de Gliwice y él las de Lvov (...). Después, para cambiar de aires, nos adentrábamos en el Parque de Chrobry, pero él, naturalmente, se encontraba en el Jardín de los Jesuitas de Lvov.

Qué hermosa, sobria y aterradora forma de expresar el desarraigo. Creo que pensaba inconscientemente en Zagajewski -desde luego, más que en Sebald- cuando, en Soldados en el jardín de la paz, escribí sobre los habitantes de la Pequeña Alemania que existió en Zaragoza en los años 20, y lo he hecho conscientemente mientras me emocionaba con La ciudad de los espíritus, la historia de Salónica que ha narrado el historiador Mazower.

Mazower presenta Salónica como una ciudad empeñada en desarraigarse, poblada por gente sin raíces o empeñada en no tenerlas o en echarlas muy lejos de ella. El libro empieza con la conquista de la ciudad por el imperio otomano en 1430, y termina en la guerra civil griega, con un breve dibujo de las últimas décadas. Unos 65 años después de la invasión turca, llegaron decenas de miles de sefardíes expulsados de España y Portugal e invitados por el propio sultán, y hasta los años 20 del siglo XX (cuando empezó una agresiva política de helenización, después de que la ciudad se incorporara al Estado griego en 1912), fueron el grupo social dominante, hasta el punto de que el judeoespañol fue durante siglos el idioma más hablado en una ciudad cuyos habitantes se manejaban en seis lenguas principales (turco, griego, judeoespañol, albanés, valaco y francés, que era la lingua franca de las élites y del comercio).

En unas pocas semanas de 1943, 50.000 judíos sefardíes de Salónica fueron enviados a Auschwitz. Sobrevivieron menos de 1.500, y cuando regresaron a su ciudad descubrieron que su presencia era algo más que incómoda, que no habría complacencia ni consuelo para ellos, que sobraban. Todavía en 1997, tantos años después, el Ayuntamiento se opuso a erigirles un monumento en el centro de la ciudad. Al final se instaló discretamente en la periferia, en una rotonda de la carretera que lleva al aeropuerto.

Mazower se enamoró de Salónica en un viaje hace veinte años, y desde entonces ha vivido obsesionado por su historia. Es decir, por la historia que no se cuenta en los foros oficiales. Al adentrarse en los vericuetos de una ciudad, y no de un país, Mazower desmonta los tópicos nacionalistas y evidencia algo que no por sospechado y sabido es menos sangrante: que la historia y la memoria son instrumentos del poder, que los relatos históricos del pasado se elaboran para justificar el futuro que se quiere construir. Lo sabe muy bien mi amigo Javier Rodrigo, que es experto en la instrumentalización política de la memoria en el debate público.

Los países mienten, maquillan y precisan de retórica para mantener su tinglado a flote. Las ciudades -que casi siempre sobreviven a los países y a los conquistadores: vivo en una que existe desde muchísimo tiempo antes de que ni siquiera se insinuase el país en el que hoy está integrada- lo tienen más difícil. Las ausencias y presencias son difíciles de silenciar, y al relatar la vida urbana sale a la luz buena parte de la mierda que las prístinas y puras naciones tienden a esconder debajo de sus banderas.

Te dejo un pasaje que describe la Salónica otomana de finales del siglo XIX, tan mitificada por los viajeros occidentales por su orientalismo cosmopolita como denostada por los cronistas oficiales griegos por ser parte de un imperio medieval en descomposición:

Es cierto que las ciudades otomanas eran difíciles de descifrar para los visitantes occidentales. Para muchos, como para generaciones de historiadores urbanos de Occidente desde entonces, no se comportaban en absoluto como ciudades. Carecían de espacios públicos como plazas o bulevares; a menudo eran curiosamente silenciosas porque había poco tráfico rodado; de noche quedaban a oscuras y desiertas y las calles no tenían nombre ni números. El primer mapa detallado de Salónica data de 1882 y quedó casi inmediatamente obsoleto por el incendio devastador de 1890. Ni siquiera el tiempo corría tal como lo entendían los europeos, y las llamadas del muecín a la oración no eran de gran ayuda: había pocas torres públicas con relojes, a pesar de lo cual se empleaban como mínimo tres calendarios (cuatro si contamos el judío) y, cuando se preguntaba por la hora, había que precisar si se quería decir alla turca (que comenzaba al amanecer) o alla franca [a la europea]. Los viajeros quedaban comprensiblemente desconcertados, como escribió Lucy Garnett, cuando les hacían preguntas como "¿A qué hora es hoy mediodía?". Para acrecentar la sensación de desorientación, las señales y carteles podían estar escritos en uno de los cuatro alfabetos y las conversaciones que se escuchaban al pasar, en más de seis lenguas, o, en la mayor parte de los casos, en una amalgama siempre heterogénea de todas ellas.

Vamos, que sueltas allí a un notario de Quintanilla de Onésimo y se lía a tiros gritando viva Cristo Rey en menos de cinco minutos.

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1 comentario

Javivi -

¿Cómo? ¿Estás diciendo que soy experto en instrumentalizar políticamente la memoria en el debate público? Te espero mañana al amanecer en la arboleda de Macanaz, bellaco. Trae padrino y armas.

(PS. Muy recomendable, aunque los gañanazos de Ediciones B no lo reediten y sea dificil de encontrar, es La Europa Negra, de Mazower: un tipo interesante, amén de un historiador con fama de empapabragas... También su Imperio de Hitler, aunque los de Crítica traduzcan más bien tirando a fatal)
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