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El Blog de Sergio del Molino

JOYCE Y JACK

Muy de vez en cuando, me gusta colgar aquí alguno de los artículos que publico los domingos en Heraldo, y que llevan por título genérico La ciudad pixelada. Especialmente si, como es el caso, pienso añadir algo que no tiene cabida en el papel. Éste es el que se ha publicado hoy:

Personajes secundarios

Me he pasado la noche en vela leyendo ‘Personajes secundarios’, de Joyce Johnson (Libros del Asteroide). Hacía meses que una lectura no me atrapaba con tanta fuerza, y es muy agradable sentirse sacudido y noqueado por un libro.

El dicho “una imagen vale más que mil palabras” se aplica perfectamente a este libro. En concreto, a su portada. Es una foto del escritor Jack Kerouac en Nueva York. Un primer plano en blanco y negro tomado de noche, con un gran contraste de sombras. Él aparece nítido, acaparando buena parte del encuadre, pero en la esquina inferior izquierda se aprecia una figura femenina emborronada. Está unos metros por detrás de Kerouac, entre ajena y anhelante, casi fuera de la composición, sin que quede claro si su aparición es intencionada o accidental. Se trata de Joyce Johnson, la autora del libro y amante intermitente de Kerouac durante más de diez años.

La imagen fue empleada en los ochenta como reclamo por la cadena de tiendas de moda Gap, pero los publicistas la recortaron para dejar fuera de ella a Johnson, en una maniobra digna del comité central del PCUS. Ese es el sino de los personajes secundarios.

Ilustración: Álvaro Ortiz

‘Personajes secundarios’ narra las aventuras de la generación ‘beat’ de los años cincuenta desde la perspectiva de una joven confusa y enamorada del más grande narrador del grupo, Jack Kerouac, un nombre al que no le viene grande el apelativo de mito. Para varias generaciones de escritores, músicos y artistas estadounidenses, eso ha sido Kerouac, el autor de ‘En la carretera’ (obra recientemente retraducida al castellano en su versión original sin censurar: está en Anagrama y es altamente recomendable): un mito enorme e idolatrado patéticamente, en todos los sentidos del adverbio. En su encumbramiento influyó decisivamente que muriera joven. Joyce Johnson, en cambio, no era nadie: la chica tímida que iba y venía y que a veces se colaba sin querer en las fotos.

Cuidado con los segundones. Cuidado con esa multitud que calla, asiente, sonríe y toma notas mentales. Suelen ser ellos quienes mejor comprenden lo que pasa delante de sus ojos. La historia rara vez la escriben sus protagonistas, pues están demasiado ocupados llenando la pantalla. Es quien vive agazapado, observando, a la sombra del grande, quien suele tener mejor pulso a la hora de retratar una época y unos personajes.

Lo de Johnson fue accidental: le tocó conocer a una gente extraordinaria y, al cabo de un tiempo, entendió que debía escribir sobre lo que había visto y vivido, que merecía la pena dar su versión de unos hechos y unas personas que estaban en boca de todos. Pero yo he conocido a tipos y tipas empeñados en convertirse en una Joyce Johnson.

En la prensa española es una especie que abunda y que ha creado escuela, y no es raro encontrar cronistas de la vida literaria o farandulera que no son escritores o artistas frustrados, sino que les basta con ser testigos y contarlo. Hay mucha tradición: desde ‘La novela de un literato’ de Rafael Cansinos Assens a los artículos y entrevistas de Luis Alegre, han sido muchos los que han cultivado este seudogénero reporteril. Pero no deja de sorprenderme que, en torno a toda farándula, pululen cual libélulas ciertos tipos que no aspiran a nada más que a estar allí, sin querer contar ni aprender ni aprehender ningún genio. Ellos son los verdaderos personajes secundarios, los que ni siquiera aparecen emborronados en las fotos.

Como es fácil suponer, la pobre Joyce llevaba las de perder en la relación amorosa con Kerouac, pero sabía dónde se metía, nunca se sintió engañada ni le exigió a su amante lo que no le podía dar. La relación iba y venía, y cuando se publicó On the Road, la fama terminó de desquiciar al pobre Jack. En una de sus despedidas, Joyce se dijo que ya estaba bien, que no iba a sufrir más, que tenía que hacerse valer y respetar. Y lo consiguió durante unos meses, consiguió alejarse y no saber nada de él. Hasta que Kerouac fue a Nueva York a dar unos recitales en un garito del Village. Así lo cuenta en el libro:

Un día me llamó. "¿Quieres venir a escucharme? Esta noche les pasaré tu nombre a los de la entrada". Fui sola y me senté en una mesa oscura del fondo rodeada de parejas de universitarios cogidos de la mano. Cenicientas de Radcliff y chicos con el pelo al rape y jerséis de lana que se habían acercado a la ciudad para ver a su héroes durante las vacaciones de Navidad. La luz fue apagándose y sonó una fanfarria de aires vagamente vodevilescos, un largo redoble de tambor; Jack entró en el escenario tambaleándose y estuvo a punto de tropezar con el piano. Agarraba una botella de Thunderbird como si la vida le fuera en ello, con la misma mirada trastornada que exhibía en los estudios de televisión. Parecía haber olvidado dónde estaba o qué era lo que tenía que hacer. Sólo sabía que los músicos eran sus amigos, quizá los únicos que tenía en aquel momento, y cuando empezaron a tocar se dispuso a canturrear satisfecho, lejos del micrófono, enseñándoles la botella mientras le daba la espalda al público.

La perplejidad inicial de aquellos jóvenes se convirtió en impaciencia y, más tarde, en hostilidad. Cuando algunos de aquellos atildados jóvenes comenzaron a silbar y a aplaudir, uno de los músicos le dijo a Jack, con mucha amabilidad: "Eh, es hora de actuar".

Y consiguió encontrar el micrófono y leer un párrafo o dos de En el camino mientras Zoot Sims le acompañaba al piano, pero el público empezaba a pagar y a marcharse; el lugar se quedó vacío antes de que él terminara. Después incluso los músicos parecieron apresurarse en recoger sus instrumentos y dejaron a Jack en la banqueta del piano preguntando abatido: "¿Adónde vais?". "Tenemos que largarnos, Jack. Mañana será otro día".

No me había visto en la mesa del fondo. Me levanté y me dirigí hacia él. Le daría las gracias por haberme invitado y luego haría acopio de todas mis fuerzas para salir por la puerta y marcharme a casa. Quizá él estaría tan borracho que ni me preguntaría qué me había parecido la actuación y yo no tendría que mentirle. Le quería, pero yo no significaba nada para él.

Advertí que, naturalmente, una chica había hecho acto de presencia, un pálido espectro de la noche de rasgos marcados y aquella indiferencia hipster que yo nunca conseguiría imitar. Abrochándose el abrigo muy despacio, se quedó esperándole de pie con aspecto de haberle esperado -con éxito- en otras ocasiones.

-Buenas noches, Jack -lo saludé rápidamente.

-¡Joycey!

Gritó al pronunciar mi nombre, con una voz tan triste que se me olvidaron todos los consejos de Hettie, que me había animado a que me mantuviera firme. Me acerqué a él y le besé en la boca. Me agarró de los brazos y apoyó la frente en la mía; no me soltaba.

-¿Puedes sacarnos de aquí? Quiero ir a algún sitio contigo, pero estoy demasiado cansado para hacer nada, ¿entiendes? Demasiado cansado, demasiado borracho. No te importa, ¿verdad? ¿Puedes sacarnos de aquí?

Qué suerte tuvo Kerouac. Ojalá todos, cuando estemos a punto de caernos en un escenario agarrados a una botella casi vacía de Thunderbird y todo el público se haya ido del local asqueado, tengamos una Joyce que nos meta en un taxi y nos lleve a su casa.

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3 comentarios

Novosaurio -

Hola a todos. Somos “Textos del Novosaurio”, un proyecto editorial joven e innovador que busca originales inéditos para publicar. Pasa por nuestra web e infórmate de cómo hacernos llegar tu obra.

Importante: en ningún caso se trata de una propuesta encubierta de copago u otras fórmulas que supongan un coste para el autor.

Saludos y letras :)

Sergio -

Misterios insondables de la vida, acababa de recortarme tu artículo dominical cuando entro en tu blog y... voilá! lo transcribes con notas al margen! Yupi! De qué hacía yo, a estas horas de la madrugada, recortando tu artículo en lugar de abrazarme a una rubia o una morena, merecería otro post...
Abrazos, papá!!!

marmota -

Me ha encantado la historia. Y me han entrado ganas de leer el libro.
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