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El Blog de Sergio del Molino

Cómic

PADRES E HIJOS

PADRES E HIJOS

En estos preciosos momentos de paz, cuando Pablo duerme sin reclamar atención ninguna, releo Maus. No sé por qué mis manos se han ido a buscar su hueco en la biblioteca. Lo he abierto y he vuelto a los trazos dolientes de Art Spiegelman, y aquí estoy, emocionado y confuso, con ganas de contártelo.

Ya lo sabrás, pero, por si acaso, te lo recuerdo, para que sepas de qué hablo: Maus es la obra maestra de Spiegelman y una de las cumbres del cómic. Fue Premio Pulitzer, pero eso es lo de menos. En ella, Spiegelman contó la historia de su padre, judío polaco superviviente de los campos de exterminio, y lo hizo empleando un lenguaje tan sencillo en la enunciación como complejo y lleno de capas en la expresión. Spiegelman dibuja a los judíos como ratones; a los nazis, como gatos; a los polacos, como cerdos, y a los americanos, como perros. Utiliza estas convenciones de los cuentos infantiles para crear unos juegos sutiles y descarnados que, en su día, fueron valorados como poderosísimos hallazgos expresivos.

Me impresionó mucho Maus la primera vez que lo leí. Me impresionó la dureza en el trazo y cómo Spiegelman retorcía ese animalario propio de las historias de niños para ahondar en la memoria del Holocausto. Pero la fuerza de las viñetas no me dejó ver -o no me dejó sentir con toda la intensidad que merecía- el verdadero significado de Maus.

Maus no va del Holocausto. Maus no va de la memoria de una generación culpable. Maus no va de héroes y villanos ni de víctimas ni verdugos. Maus no va de conozcamos la historia para no repetirla.

No. La historia que cuenta Maus es mucho más dura: es la de un hijo que busca a su padre. Y, por supuesto, no lo encuentra. Spiegelman escribe en este cómic una carta cuyo destinatario no tiene interés en abrirla. Y es mejor que así sea: si la abriera, no la entendería. Maus habla de la incomunicación, de la orfandad que siente un hijo cuyo padre es absolutamente incapaz de ejercer como tal.

La historia transcurre en dos planos espacio-temporales: la casa de Rego Park, en Queens, Nueva York, en los años 70, y la Polonia ocupada por el ejército nazi en los años 40. Art Spiegelman -que ya nació fuera de Polonia, en 1948- acude a la casa de su padre en Rego Park porque quiere que éste le cuente su experiencia bajo el Tercer Reich. Al principio, esto parece un simple recurso narrativo, un pie forzado para introducir la historia del Holocausto. Pero, conforme avanza el libro, la trama de Rego Park cobra más fuerza y dolor, mientras que la de los judíos polacos se aplana y acartona. Al fin y al cabo, es un testimonio más sobre el Holocausto, con los tópicos que hoy ya todos conocemos. Es un relato que nos han contado millones de veces, y sabemos perfectamente cómo acaba.

En cambio, la trama de Rego Park es compleja, sutil, dura. En los encuentros que padre e hijo tienen para recordar historias de la Polonia ocupada va tomando forma la desesperación de Art Spiegelman, hasta que el lector se da cuenta de que, en el fondo, el pasado de su padre le importa muy poco. El pasado es una excusa. O, a lo sumo, una herramienta para comprender quién demonios es ese desconocido huraño y solitario que dice ser su padre.

La barrera entre ambos es altísima, insalvable. No sé cómo no sentí esa angustia la primera vez que leí Maus, pero esta noche me ha atenazado. He comprendido perfectamente a Art Spiegelman, perdido, absolutamente extraño en la casa en la que creció, que se ha convertido en un territorio hostil.

No es casualidad que sean los judíos quienes, tras el Holocausto, se hayan preocupado más sobre las dificilísimas y demoledoras relaciones paterno-filiales. Y siempre desde la perspectiva del hijo. Maus no es un hecho aislado: se enmarca en una tradición -judía y neoyorquina, para más señas- que han cultivado tipos como Philip Roth o el propio Woody Allen. Mi querida A. M. Homes, que fue adoptada por un matrimonio judío y vive en Nueva York, también ha explorado estos mundos desde una perspectiva dura y directa.

En el ámbito hispano pienso en el argentino Sergio Chejfec, que debutó con una novela autobiográfica muy difícil y densa titulada Lenta biografía, cuyo leitmotiv central es su padre y los amigos de su padre reunidos los domingos en su casa del barrio del Once de Buenos Aires -el barrio judío de la ciudad- recordando en yidish historias de los campos de concentración, y discutiendo por pequeños detalles de insignificantes anécdotas.

También argentina es El abrazo partido, una película que no me gustó nada, pero que habla de padres ausentes y orfandades más o menos íntimas e insuperables en una galería del barrio del Once, y que podría haber sido una obra excelente de haberse mantenido fiel a su planteamiento.

Está claro: los judíos, por razones históricas obvias, viven obsesionados por la figura del padre como demonio interior y tótem exterior. Son los que menos pudor han tenido a la hora de explorar ese mundo tan doloroso y tan íntimo, y nos han dejado algunos relatos desgarradores sobre el tema. Los que no hemos sido educados en esa cultura parece que tenemos vergüenza a exhibir nuestra orfandad. O quizá es que tenemos una estupenda relación con nuestros padres que a los judíos se les niega por sistema. Me parece que es más bien lo primero.

Puede que sea especialmente sensible a ese tema por razones estrictamente personales. Puede que tener a mi hijo durmiendo en la habitación de al lado me haga pensar con más fuerza en estos asuntos.

No lo sé, pero llevo un tiempo convencido de que jamás escribiré nada que valga la pena si no hago como todos esos judíos y encaro mi propia historia sin pudor.

No sé si me atreveré algún día.

Post data de martes por la mañana.- Entre las obras "cristianas" que me han venido a la cabeza que tratan de la relación padre-hijo, me quedo de momento con El quadern gris, de Josep Pla. Es un dietario, y en ese género es fácil -y obligado- ahondar en las entretelas familiares. Pero lo que me interesa de Pla no es lo que cuenta de su padre, sino lo que no cuenta. En las elipsis y en los silencios dice mucho más que en las descripciones y relatos. Con ellas, Pla deja claro lo mucho que le dolía su padre, lo duro que le resultaba relacionarse con él y lo extraño -gélido y cálido al tiempo- que le hacía sentir. La presencia del padre de Pla es mucho más poderosa que la de la madre, aunque esté más ausente. Precisamente por eso. Por cierto, que fuera de Cataluña también debería leerse a Pla, que es uno de los escritores más contenidos y emocionantes que ha dado España. Y, si es posible, que se lea sin traducir, disfrutando de ese catalán arcaico y reinaxentista que manejaba con tanta austeridad como maestría.

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COSAS DE JULIA

El viernes estuve haciendo una cosa que siempre se me ha dado muy mal: socializar. Pero hay gente que te lo pone fácil, y de este sarao no podía -ni quería- escaquearme. Presentaba el gran Álvaro Ortiz su nuevo cómic, y allí que me fui, a pegar un par de codazos para estar entre los primeros en la fila para que me lo firmara. Mereció la pena, pues me fui con un dibujico original firmado por el artista, que seguro que dentro de veinte años puedo vender en eBay por una pasta gansa. Compré otro para regalar, que es lo que siempre hay que hacer en estos casos.

El sarao fue en Taj Mahal, el templo del tebeo zaragozano, una de esas pocas, viejas y entrañabilísimas librerías de cómic que resisten sin complejos en algunas ciudades españolas (cuando voy a Francia y entro en sus saludables y superabundantes hermanas, las boutiques de BD, me entra una envidia muy poco sana). Fue emotivo porque el discurso de presentación no se lo hizo un profesional de la oratoria de saraos canaperos, sino su hermano, Miguel Ángel Ortiz, que justo el día anterior había presentado su último poemario en Antígona. Estuvo muy bien el Ortiz senior, fue una presentación estupenda en la que no sólo dejó claro y sin cursilerías el orgullo que siente por su hermanico el comiquero, sino que habló de Robert Louis Stevenson, de la isla del tesoro y de esos mundos de aventuras que conforman el universo creativo de su hermano. Chapeau.

Me olvidaba: el cómic se llama Julia y la voz de la ballena. Es su segundo álbum. El primero fue Julia y el verano muerto, del que creo que reniega un poquito, como todos los artistas reniegan de sus principios. Ambos, en Edicions de Ponent, una de las editoriales indies más majas del panorama español. Todavía no he tenido un minuto de reposo para leerlo, pero prometo escribir algo un poco enjundioso cuando lo haga.

Me olvidaba: por si no lo sabes, Álvaro ilustra mis artículos dominicales de La ciudad pixelada, todos los domingos en Heraldo de Aragón. Yo escribo el texto los lunes y se lo mando por correo. Él protesta un poco, me dice que qué abstracto soy, rediós, que qué difícil se lo pongo.. Y entonces empieza a darle vueltas y más vueltas. Para el jueves, me manda el dibujo, y demuestra con él dos cosas: que mi textito no era tan difícil de ilustrar como parecía, y que sabe dar en el clavo, buscarle la vuelta más divertida y más recóndita al artículo. Uno de los momentos más gratos de la semana es ver cómo salta en la bandeja de entrada el correo de Álvaro con el mensaje: "Hola, jefe, ahí va tu pixelada, ¡espero que te guste!". Siempre me sorprende. A pesar de que me he familiarizado con sus colores fauvistas y con su inconfundible estilo risueño, expresivo y contenido al tiempo. Me alegra el día y hace que mis artículos luzcan que te cagas.

Pero no se lo digas, que luego se lo creerá, se comprará una boina parisien y una pipa de marfil y se pondrá inaguantable.

En fin, que es un placer ver crecer a un artistazo como Álvaro, que a pesar de su juventud es mucho más que una promesa.

Por cierto, hablando de gente que dibuja cosas: me encontré el otro día con la pintora y artista inclasificable Jose Herrera y me dijo que Supermaño -el simpar Alberto Calvo- andaba algo tristón estos días. Desde que ya no gestiono el suplemento dominical tengo poco trato con él, pero le mando un cariñico público desde aquí.

Hala, a disfrutar del fin de semana y a tomar el sol los que puedan.

NUEVO CÓMIC DE ÁLVARO ORTIZ

NUEVO CÓMIC DE ÁLVARO ORTIZ

Pues yo pienso ir, si no me atropella una cuádriga o tengo un accidente de dirigible en el ínterin.

LA BELLA ISABEAU

LA BELLA ISABEAU

Hace mucho que no hablo de cómic aquí, y qué mejor que un clasicote francés para retomar el hábito. Había manoseado ya Los pasajeros del viento, de Bourgeon (grande entre los grandes de la gran patria del cómic, Francia) en las tiendas de BD de muchas ciudades gabachas, pero nunca me había dado por comprármelo. Están traducidos al castellano, pero las ediciones están agotadísimas, así que debo agradecerle mucho muchísimo a Rondabandarra que me los haya dejado -en su original francés, como ha de ser- para que hoce con ellos en mi cochiquera.

Es la obra grande de Bourgeon, la que le descubrió como gran comiquero, y con la que deslumbró a todos hace treinta años en el Salón del Cómic de Angouleme. Y es normal, porque lo tiene todo: aventuras, trasfondo histórico (está ambientado a finales del XVIII, en el declinar del ancien régime), un dibujo detallista hasta el último botón, un guión que desarrolla a unos personajes turbios y llenos de oquedades, mamporros y espadazos, paisajes africanos y malos remalos.

Pero, sobre todo, tiene a Isabeau. Isabeau vestida de hombre con pantalón ceñido marcando culo. Isabeau con los ojos azules llenando la viñeta. Isabeau con un moño. Isabeau con la melena negra suelta y agitada. Isebeau en pelotas en el agua. Isabeau corriendo en pelotas. Isebeau corriendo en pelotas de espaldas. Isabeau en pelotas follando con Hoel. Isebeau con camisón empapado con el que se le transparentan las tetas. Esa es la especialidad de Bourgeon: los paños mojados. Como Fidias, el escultor griego. Sólo que para Bourgeon, los paños mojados no ocultan, sino que muestran.

Ese catálogo de planos de Isabeau debería bastar como reclamo erótico, pero es que además tenemos a una Isabeau adolescente enseñando a masturbarse a Agnés en un carruaje, y a Isabeau en pelotas compartiendo cama con Mary en pelotas, que es como Isabeau, pero en pelirroja e inglesa, en una insinuación poco sutil de la naturaleza de su amistad.

La ambigüedad sexual y la fogosidad desbordante de Isabeau son dos de los ejes de Los pasajeros del viento. No es un cómic erótico, pero cada página rezuma lubricidad. La mayor parte de la historia sucede a bordo de dos barcos, y Bourgeon hace que sientas transpirar a esa humanidad apelotonada en alta mar, esa masa de hormonas que se atraen y se repelen, que lo mismo se matan a cuchillazos que se follan desesperados. Qué calentón marinero. Qué salidos y qué furiosos están todos, y qué bien sabe contarlo y transmitirlo Bourgeon con ese dibujo tenso y académico al tiempo. A la vez nervioso y reposado en el detalle.

Mola un montón. Me gustaría ahondar más en el cómic, hacer una reseña con un poco de enjundia, pero no doy más de mí. Isabeau me ha alegrado una semana intensa. He tenido mucho trabajo en el periódico y he tenido que dedicar las noches a las correcciones de Malas influencias. Ya están terminadas. Alea iacta est. Lo reescribiría todo de nuevo, pero entiendo que alguna vez hay que dejar volar el libro. El momento es ahora.

CÓMICS FUERA DEL ARMARIO

CÓMICS FUERA DEL ARMARIO

¡Paren las máquinas! ¡Atención, atención! ¡La nueva revolución cultural está aquí! Desde este fin de semana, ya nada
será igual. Este sábado, anticipándose a las tendencias, yendo un paso por delante -qué digo un paso, ¡al menos dos, y de zancada!- el suplemento Babelia de El País nos dice que podemos salir del armario y respirar en paz. La sacrosanta autoridad cultural nos da el beneplácito y nos besa solemnemente en la frente para comunicarnos la buena nueva: desde ahora, leer cómics ya no será considerado una manifestación de debilidad mental. Y para que quede claro que los otrora pintores de monigotadas ya forman parte del selecto club de la alta cultura -para escándalo de los discípulos de Theodor Adorno-, le dedican la portada al simpar Moebius, invitado de honor en el próximo Salón del Cómic de Barcelona. El País nos dice: "Marchemos todos juntos, y yo el primero, por la senda viñetacional".

Tras un buen perfil entrevistado de Moebius, viene una guía para que los eruditos a la violeta se introduzcan sin miedo ni asco en el mundo del cómic. Y, de regalo, una más que discutible selección de ocho álbumes "que anunciaron la madurez gráfica". Para que el cambio de paradigma no le pille de sopetón y pueda citar con elegancia alguno de esos títulos en la tertulia literaria si a alguien le da por hablar de "novelas gráficas" y usted no ha tenido tiempo de indagar en tales miasmas modernillas. Todo un detalle.

Tan insigne ocasión merece ser celebrada con una sentencia comiquera de enjundia. "Pos bueno, pos fale, pos malegro".

Lo primero que he hecho es comprobar la fecha del periódico. Me debo de haber confundido y he cogido un periódico de hace 30 años. Pero no, pone 12 de abril de 2008. Y, sin embargo, sería más propio que pusiera 12 de abril de 1978, porque desde más o menos esa fecha, nadie que tenga un mínimo de inquietud, sensibilidad y criterio considera el cómic una manifestación cultural menor. Es cierto que en muchos planes de estudio de universidades (españolas, sobre todo) se le sigue ninguneando y tratando bajo el epígrafe de "subcultura". Y también es verdad que los señorones con hemorroides y levita se seguirán llevando las manos a la cabeza, pero seamos serios, por dios: da un poco de risa que quieran legitimar el cómic a estas alturas, cuando hasta el Estado ha creado ya un Premio Nacional. Es más, el propio diario El País lleva muchos años atendiendo y cubriendo muy bien la actualidad del comiqueo, claro que nunca lo había hecho en su suplemento cultural noble. ¿Así que es eso? ¿No lo están descubriendo, sino ennobleciendo? Cuánto honor.

Entiéndaseme: bravo por quien haya decidido meter por fin a los comiqueros en Babelia, pero podrían haberlo hecho con un poquito más de enjundia, no disculpándose todo el rato y diciendo cada tres líneas: "No se asuste, oh, lector egregio, que en las viñetas también hallará satisfacción a su sed de esteta". No era necesario ese latiguillo.

Yo me acabo de terminar este tebeo que me traje de Francia y que completa mi colección del detective Nestor Burma. Es la última entrega, editada en 2007 y todavía sin traducir al castellano (si es que se traduce, claro).

Creo que he hablado alguna vez de él. El gran Tardi (cuya influencia puramente estilística en el cómic europeo es equiparable a la de Moebius, aunque Moebius, además, tiene mucha influencia intelectual y de "conceto", no sé si me explico) empezó en 1982 a adaptar las novelitas policíacas de Léo Malet, que tratan de las aventuras del detective parisino Nestor Burma. La peculiaridad de la serie es que se estructura en mosaico: cada novelita es una tesela, y todas juntas forman la ciudad de París, ya que cada historia transcurre en un arrondissement distinto.

Tardi, que es un dibujante obsesivamente realista -con los objetos y los paisajes, más que con los personajes, que tienden más al trazo grueso-, vio que las novelas tenían una fuerza gráfica poderosísima y perfectamente adaptable a su forma de entender el tebeo. Documentándose exhaustivamente sobre cada barrio parisino -sin olvidar los coches, la moda y los peinados de cada año concreto, ya sean de los años 40, 50 o 60-, Tardi se propuso dar forma de viñetas a ese París de Malet, retratándolo con cariño y respetando a la vez el aire noir del mundo del detective, con su lenguaje hampón y minado de argot. A poco que conozcas París, reconoces rápidamente las esquinas, los cafés, las calles.

Sin embargo, no sé muy bien por qué -quizá algún erudito bloguero me lo pueda aclarar: será recompensado con un sonoro beso-, Tardi sólo hizo los cinco primeros álbumes (a una tinta, por cierto). En 2000 se interrumpió la serie, y se retomó hace poco con dos nuevas entregas (120, Rue de la Gare y este, El sol nace detrás del Louvre). Ambos vienen a color y están firmados por dibujantes menores que se han comprometido a respetar los trazos de estilo que Tardi había marcado para la serie. Técnicamente, son mejores estos dos últimos, pero les falta el alma preciosista de Tardi. A veces, lo que buscamos y queremos de un artista es su imperfección, ya sea deliberada o no.

Os cuento todo esto porque veo por Babelia que ya puedo hablar sin tapujos de esta filia mía. Ya no tengo que andar persiguiendo a chaperos en callejones ni casarme con una chica por el qué dirán. Por fin puedo vivir mi amor en sociedad y sin tapujos. Gracias, Babelia, por tu gran labor didáctica.

LA GENTE DE VICENTE

LA GENTE DE VICENTE

Cincuenta años de Mortadelo y Filemón , patrimonio de por lo menos tres generaciones españolas. ¡Felicidades!

Qué grande es Ibáñez. Desde 1957, uno o dos álbumes al año y ni se sabe la cantidad de porrazos y barbaridades que ha dibujado. Bravo, Mortadelo, bravo, Filemón. Pero también bravo por el Superintendente Vicente, el Profesor Bacterio, Ofelia y el resto de agentes de la T.I.A. La gente de Vicente, como se titulaba un álbum. Y, de paso, un recuerdo para el resto de la troupe, para Chicha, Tato y Clodoveo, para Pepe Gotera y Otilio, para Tete Cohete, para Rompetechos, para el Botones Sacarino y para todos los que me estoy olvidando ahora mismo.

¿Hay que analizar Mortadelo y Filemón? ¿Hay que decir que son dos monumentos de la cultura española del siglo XX? ¿Hay que señalar que Ibáñez ha hecho de lo soez algo sublime, y de la ironía fina, una burrada irrepetible? ¿Tengo que subrayar lo ya sabido, que Mortadelo y Filemón han crecido con su público, y que su humor ha evolucionado en registros y referencias sin renunciar a la gracia burda y maravillosa del estacazo en el colodrilo? Por cierto, ¿hay alguien que use mejor la palabra colodrilo que Ibáñez? ¿Y escarabajo pelotero? ¿Y sulfato?

Mis tres favoritos de Mortadelo y Filemón: En Alemania, El sulfato atómico y el especial de Barcelona 92.  

El sulfato atómico tiene algunas viñetas cumbre del tebeo en español, y En Alemania debería regalarse con las guías turísticas para ese país. El de Barcelona 92, sencillamente, roza lo tragicómico.

Y ahora, que levante la mano quien no se haya sentido alguna vez como Mortadelo. Y no hablo sólo de su capacidad para disfrazarse de cualquier cosa, sino de su mala pata al hacer chistes en los momentos menos indicados, de su capacidad para escaquearse de los marrones que le endilga su despreciable y vago jefe, y del ingenio que gasta en las réplicas (aunque siempre le cuesten un mamporro). ¿No somos todos un poco ese desgraciado puteado que utiliza el humor como defensa y kit de supervivencia a la vez?

Si este país fuera un país en condiciones, todas las ciudades y pueblos tendrían su plaza Ibáñez con su correspondiente monumento a Mortadelo y Filemón en el centro.

¡Felicidades, Ibáñez y criaturillas! 

MORRIÑA DE GABARDINA

MORRIÑA DE GABARDINA

¿Qué pasó con los detectives? ¿Adónde se fueron? ¿Qué empleado de Ikea desmontó sus cochambrosos despachos? ¿Qué jefe de recursos humanos despidió a sus solteras y sagaces secretarias? ¿Qué inspector de sanidad cerró el tugurio que les servía café negro a las cuatro de la madrugada? ¿Qué estilista quemó sus gabardinas astradas? ¿Qué ONG denunció sus malos modos y su nihilismo? ¿Dónde se metieron? ¿Por qué nos los han cambiado por eficientes funcionarios policiales, científicos, madrugadores e impolutos?

Leo en cómic las andanzas de Néstor Burma, el Marlowe francés, y me ha entrado morriña de su tópico. Veo a los polis (polis, esto es, gente de dentro del sistema, no en el turbio margen, como los detectives) de las series de ahora y no aguantan la comparación. Intelectuales, histéricos, obsesionados con la dieta, neuróticos, eficientes, pulcros, eruditos... Sin mugre, sin desencantos por un mundo que la guerra mandó a la mierda, sin fantasmas en el armario, sin facturas pendientes de pagar, sin amigos muertos en la cuneta, sin chica que se invente una coartada por ellos a cambio de un guiño de ojo.

Yo me quedo con Burma, el personaje de Léo Malet adaptado por Jacques Tardi para el tebeo e interpretado por Guy Marchand en la tele (en una serie que creo que nunca se ha emitido por estos lares). En España se han traducido tres de las cinco novelas que Tardi adaptó de Malet. En total, Malet escribió 30 novelas con Nestor Burma como prota, y la primera fue esta, 120, rue de la Gare, publicada en 1943, cuando los aliados aún no habían desembarcado en Normandía. Concebida como una copia del personaje de Raymond Chandler, muy pronto tomó rasgos propios. Burma habla francés, y no sólo me refiero al idioma: Burma fue derrotado y hecho prisionero por los nazis al comienzo de la guerra, sobrevivió en la Francia de Pétain y vio crecer un nuevo país liberado en torno a él, que presumía de haber derrotado al nazismo, guardando de mala gana el secreto que todos sabían: que esa gloriosa Francia no había hecho nada para vencer a la bestia. Era una Francia que se dormía sobre unos laureles que no merecía.

Es el pecado original de un país que luego ha tenido que cargar con otros de aspecto argelino. Es el pecado original que asoma en el personaje de Burma, genialmente dibujado por Tardi, que se esforzó mucho en que sus rasgos no se parecieran a los de Bogart. Pero más atractivo incluso que Burma es el escenario por el que se mueve. Cada novela de Malet se desarrolla en un barrio distinto de París, y Tardi se documenta hasta la obsesión para reproducir verazmente el aspecto que tenía tal esquina o tal tienda en el mes y el año que marca la acción (años 40, 50 y 60). Y lo hace con cuidado, sin dejar nunca que un exceso de detallismo barra la historia o sus protagonistas. Si repasas cada viñeta, encuentras marcas de licores, formas de vasos, manteles, ropas, vidrieras y moquetas dibujadas con precisión arqueológica, pero hay que fijarse en ellas para percibir su presencia, porque su maestría consiste en construir con ello una atmósfera que envuelve sin ahogar.

Hay mucho de recreación del tópico en la lectura de Tardi, que siempre tiene que decir algo suyo cuando dibuja historias ajenas. Hay mucho cine y mucha novelita devorada. No podría haberlo hecho de otra forma: hoy sólo podemos mirar a los tipos como Burma como los tópicos que son. Nadie cuerdo querría imitarles, nadie les convertiría en patrón de nada. Sólo son papel, tinta y humo. Y está bien que así sea. Está bien que salgan del terreno del arquetipo social y pasen al del folclore, pero, ¿de verdad era necesario sustituirlos por esos aburridos funcionarios policiales que siguen dietas ricas en fibra? ¿No podemos disfrutar de ellos un poco más?

En fin, ya que la tele y el cine me los niegan, seguiré con la literatura y el cómic, de donde todavía no les han echado del todo.

SIN POLITIQUEOS, POR FAVOR

SIN POLITIQUEOS, POR FAVOR

Acaba de reeditarse lujosamente en Francia una joya comiquera que pronto va a cumplir 30 añitos: Ici Même, con guión de Jean-Claude Forest y dibujo del grandioso Jacques Tardi. Dos gigantes del tebeo europeo. En España, creo que Ici Même no se publicó hasta 2005 (en Norma Editorial), y no sé si hay prevista reedición alguna. Yo acabo de leerlo y me he encontrado con una de las más delirantes y desbocadas historias puestas en viñetas.

Arthur Même, con bombín y levita, vive en el País Cerrado, una olvidada comarca del centro de Francia junto a un lago. Tan olvidada, que, de hecho, es un Estado soberano del que se despreocuparon los revolucionarios de 1789. Arthur Même es el heredero del conde que fundó aquellas tierras, pero las maniobras familiares le han desposeido de sus propiedades y, por una absurda filigrana, él sólo es propietario de los muros. Por tanto, él decide quién pasa por ellos. Él abre y cierra las verjas a voluntad, y exige un pago por derecho de paso. A cambio, vive encima de las tapias, tramando con varios abogados un pleito con el que recuperará sus derechos sobre el País Cerrado.

Arthur no conoce nada del mundo exterior. Ni le importa. Sólo le preocupa recuperar las posesiones de su familia y no caer al suelo, donde sus enemigos han soltado perros dispuestos a despedazarle. En torno a él se agolpa una variopinta fauna personajil, absurda, delirante, caótica. Locos atrapados en el País Cerrado que no saben o no quieren salir de él. Pero son sobre todo dos personajes, Julie y el tendero, quienes entablan algo parecido a una amistad o un amor con Même. Ellos no le juzgan, ni se ríen, ni le llaman "portero". Con ellos se abre el abismo de la narración. La distancia que Même pone con el mundo y cómo estos dos personajes la sortean hasta tocarle el alma habla de lo que hablan las buenas historias: de la condición humana.

A Jean-Claude Forest (puntal del cómic erótico, autor de Barbarella) le horrorizaba que Ici Même se leyera como una sátira política de tintes ácratas sobre la propiedad privada. Aquello no era propaganda ni ideología metida con calzador: era una fantasía compleja y redonda que llevaba rumiando y trabajando mucho tiempo y, como dicen en Amanece, que no es poco: "No sería la primera obra que se jode porque la leen mal". Sus temores estaban más que fundados si se tiene en cuenta que el cómic empezó a publicarse en 1978 (en la revista À Suivre), coincidiendo con la eclosión punk, y los dos autores tenían sobrados antecedentes izquierdistas. Su temor era tan intenso que, cuando lo recopilaron en un único volumen, hizo algo que, a mi juicio, nunca debe hacer un autor: un prólogo donde explica al lector cómo no debe leerse su obra. Al menos, tuvo la elegancia de no decir cómo sí debía leerse. Es inevitable que un creador que se ha esforzado durante años por expresar algo quiera que ese algo llegue nítido y sin ruidos. Para eso están -o deberían estar- las entrevistas y las presentaciones. Pero es repelente darle al lector una guía de lectura.

Quizá Forest quería evitar lo que le pasó a Eugenio Sué en el siglo XIX, que escribió un folletín conservador titulado Los misterios de París que, contra todo pronóstico, encendió los ánimos revolucionarios de las masas. Umberto Eco lo cita como ejemplo clásico de "descodificación aberrante". Esto es, vulgarmente: "No tas enterau, que dice justo lo contrario de lo que tú piensas que dice, membrillo". Algo parecido, a otra escala, le ha pasado a cierta progresía hispana con algunas novelas de Cela, en especial con La familia de Pascual Duarte. Pero es un riesgo que hay que asumir. Uno escribe, dibuja, rueda, ladra o compone. Luego, si puede, lo lanza al aire. Y los demás entienden lo que sus ojos, oídos, traumas de infancia y fantasías eróticas le dejan entender. O lo contrario. Tampoco hay por qué dar las cosas subrayadas y con letreros. Además, creo que a Forest no le sirvió de nada su advertencia. La lectura satírica es una de las muchas posibles que tiene Ici Même, y eso significa que es una obra imponente. Sólo los grandes relatos admiten varias interpretaciones, que rebosan las intenciones de enunciado del autor.

En cualquier caso, Forest puede estar tranquilo: si Ici Même puede leerse a gusto casi 30 años después, es porque no es una simple sátira. La sátira, salvo excepciones, envejece muy rápido y muy mal.

GASTON LAGAFFE, 50 AÑOS

GASTON LAGAFFE, 50 AÑOS

Es bien conocida la pasión que los franceses tienen por las BD (bandes dessinées; tebeos, vaya), y no es extraño que los álbumes de cómic se cuelen en los puestos de arriba de las listas de libros más vendidos. Esta semana había dos de ellos, y uno -en el cuarto lugar según Libération- es el volumen que conmemora el 50 aniversario de Gaston, la obra cumbre del único belga que le ha hecho sombra a Hergé: Franquin. Estará en los best sellers por poco tiempo, porque sólo se va a vender una única edición de 100.000 ejemplares que se agotan como si fueran agua. Por suerte, llegué a tiempo y ya tengo el mío.

Curiosamente, ninguno de los dos grandes personajes de Franquin, Gaston y Spirou (este último, heredado de dos dibujantes anteriores), ha conseguido ganarse el corazón de los españoles. Y eso que en Francia está al mismo nivel que Tintin o Astérix, pero por los lares iberos no alcanza la categoría de fenómeno de masas. Pienso que el motivo es que Gaston tiene en España un hijo bastardo llamado Botones Sacarino que comparte con su alter ego francófono profesión, torpeza y algunos rasgos de dibujo. ¿He dicho que el Botones Sacarino es un plagio de Gaston? No, por dios, en algún sitio tenía que inspirarse Ibáñez en los difíciles y hambrientos años 60. Recuerdo de niño que lo leía en la ochentera revista Guay!, y las páginas traducidas de Spirou y de Gaston iban justo detrás de la historieta de Chicha, Tato y Clodoveo, de profesión, sin empleo, del maestro Ibáñez, que ocupaba siempre la portada del semanario. Desde entonces, Monsieur Gaston Lagaffe ha sido de mis favoritos.

Gaston Lagaffe nació en 1957 como una nueva tira de la revista Spirou, y poco a poco fue ganando autonomía. Vestido con unas alpargatas azules rotas y un jersey verde, es la pesadilla de la editorial donde trabaja como chico de los recados. Alocado, gandul, espontáneo, inconsciente, surrealistamente tierno, muy torpe e irritante a ratos. Nunca está en lo que se celebra. Los amigos le salvan de su propia inocencia y de la jeta que le echa a la vida, y los tejos que la secretaria Jeanne -loquita por sus enclenques huesos- le lanza constantemente, rebotan en su dura mollera sin que él perciba ni por asomo que le mola a la chica. La eterna facha del gracioso bufonesco que nos hace la vida más soportable y cuyo humor apunta al sistema límbico de la humanidad entera, sin distinción de edades, sexos, naciones ni credos políticos. Un monumento de la cultura europea, qué demonios.

Gaston tiene varias aficiones con las que sofroniza a su entorno. Tocar un arpa con forma de zapato de su propia invención es una de ellas, pero también lo son escuchar los discos de la tía Hortensia, cocinar soufflés que sus compañeros de piso confunden con cojines, escaquearse del trabajo, inflar globos y, sobre todo, disfrazarse de cosas absurdas que le impiden mover los brazos y ante las que siempre duda, a la hora de ir a la fiesta de disfraces, diciendo: "Pero, ¿y si bailamos?".

Me contaba un dibujante de la revista Malavida que anda impartiendo talleres de cómic a niños, que los chavales de hoy no leen cómics. Que justo les va para saber quién es Mortadelo, y que de Gaston ni les hables, que les suena a chino. Me dijo que se las veía y se las deseaba en los talleres para explicar cosas que no tendría que explicar si los chicos hubieran pasado alguna tarde con Tintin y Astérix. Y yo me pregunto: ¿con qué se inician entonces en el placer de la lectura y de la cultura impresa, que es un placer de resistencia, un vicio que se educa y se entrena? Gaston ha aguantado 50 años con buena salud, pero creo que lo mantenemos vivo los niños grandes que crecimos con él. No sé si se incorporan nuevas hordas de pequeños monstruos a la rueda. No sé si la estimulación electrónica deja sitio para una humilde viñeta. ¿Aguantará Gaston otros 50 años? Yo, por si acaso, voy a dejar los cómics en un estante al alcance de la mano de nuestra sobrina, por si algún día le pica la curiosidad y le apetece agarrar un Gaston para descubrir parte del placer de vivir mirando su tronchante cara redonda.

Porque a lo mejor ése es el problema, que hemos "dignificado" tanto los tebeos que los ponemos en los estantes de arriba, donde los niños no pueden cogerlos.

En cualquier caso, bonne anniversaire, M. Lagaffe!

ENRIQUE SÁNCHEZ ABULÍ

ENRIQUE SÁNCHEZ ABULÍ

Breve y agradable encuentro matinal con un maestro del cómic en las jornadas "Aragón, tierra del cómic". Con la excusa, hice una paginita para Heraldo. A veces, trabajar es divertido.

 

 

 

 

 

"Escribo historias al borde del abismo, pero yo vivo muy tranquilo en mi pisito"

 

Ya tengo asumido que lo que yo hago no le interesa a nadie. Tengo mucho prestigio en Francia y se me valora en la profesión, pero mis historias no interesan a los editores. Dicen que ya no venden. Y tienen razón". A Enrique Sánchez Abulí (Francia, 1945) no le hacen caso los editores, según dice él. Sin embargo, los aficionados al cómic de toda Europa se rinden ante el guionista que concibió en 1982 al personaje de Luca Torelli, alias "Torpedo".

Durante más de 20 años, Sánchez Abulí escribió las aventuras de este "canalla" italoamericano que dibujaba Jordi Bernet y que se ha convertido en uno de los personajes fundamentales del cómic europeo de finales del siglo XX. Ayer, el autor de "Torpedo" estuvo en Zaragoza y dio una clase magistral sobre el oficio de guionista de cómic en el marco de las jornadas "Aragón, tierra de tebeos", que se desarrollan en el centro Joaquín Roncal.

Con "Torpedo" paralizado desde hace seis años por un litigio judicial con el dibujante por la propiedad de los derechos sobre la serie, Sánchez Abulí es un escritor sin editor que sobrevive traduciendo buena parte de los cómics extranjeros que se venden en España y colocando algunos álbumes en Francia redactados en francés, pero que no llegan a traducirse al español. Escéptico y desengañado, asegura que el cómic "está manga por hombro", ya que "el manga y los superhéroes han acabado con las historias que yo hago".

Son historias de piratas, de "outsiders", de canallas. Sánchez Abulí cuenta que "Torpedo" nació cuando un editor le pidió un guión de seis páginas "donde tenían que salir un gángster y una rubia". Así empezó el mito.

"Cuando me piden un guión, me piden que mate a alguien. Así que siempre respondo: 'De acuerdo, ¿a cuántos hay que cargarse?". Por eso, este veterano escritor no soporta las medias tintas y exige respeto para sus creaciones: "El primer dibujante de 'Torpedo' fue Alex Toth (un autor de culto en el cómic francés), pero no se sentía cómodo con un personaje tan violento y desaprobaba su lenguaje. Me dijo que él no podía poner en una viñeta un insulto más fuerte que 'bastarde'. Así que lo dejamos, porque no entendía que Torpedo era un canalla sin sentimientos, un tipo miserable capaz de cargarse a cualquiera sin ninguna razón, y eso hay que respetárselo".

Dinero

Por suerte, Jordi Bernet sí supo respetar la despiadada y arrogante violencia gangsteril que ha fascinado a varias generaciones de lectores, como demuestran los 15 álbumes que han firmado juntos (recogidos en una edición de lujo por la editorial Glénat y calificados de "magistrales" por la crítica). Es una lástima que su relación profesional se haya roto: "En cuanto entra el asunto del dinero, todo se fastidia", se lamenta.

Sánchez Abulí es una "rara avis" en el mundo del cómic español, dominado por dibujantes que redactan sus propias historias. ¿Cómo se convierte alguien en guionista de cómic? "Todo viene por mi padre, a él se lo debo todo", responde orgulloso mientras saca de su cartera un montón de viejas novelas de kiosco del oeste y de ciencia-ficción editadas en los años 50 y 60. Su autor es Alex Simmons, pseudónimo de Enrique Sánchez Pascual, padre del guionista, que fue uno de los más importantes autores españoles de "pulp fiction". "Mi padre escribía una novela en dos días, y el guión de un tebeo, en una mañana", relata. Por eso, añade: "La técnica de esto es sencilla. Sólo hace falta tener buenas historias".

Buenas historias que a punto han estado de acabar en el cine, y no se descarta que el productor Vicente Gómez ("Isi/Disi") lleve próximamente a la pantalla al turbio Torelli. "He tenido muchas novias, pero ninguna me ha convencido", dice, aludiendo a las varias ofertas que ha recibido.

Así que Sánchez Abulí sigue con lo suyo, aunque no le hagan caso, sin cambiar de vida. "Escribo historias al borde del abismo, pero yo vivo muy tranquilo en mi pisito. Como Julio Verne, que no viajó nunca", se ríe.

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NO PIDA UN CÓMIC, PIDA UNA NOVELA GRÁFICA

NO PIDA UN CÓMIC, PIDA UNA NOVELA GRÁFICA

El cómic ya no es freak ni excéntrico ni para iniciados. Está de moda en este país nuestro y los prebostes de la cultura oficial apuestan duro por él. Dos ejemplos: la agenda de la FNAC, dedicada este año al mundo del tebeo, y el suplemento Babelia de este sábado, que dedica cuatro páginas a lo que pudorosamente llama "novela gráfica", un término que se extiende y persevera, como los malos olores.

A muchos gafapastas y bufandistas les joderá el nuevo pedigrí del cómic, especialmente a todos aquellos que dejan de leer, ver o escuchar algo que les fascina cuando ese algo aparece en un periódico que leen más de 1.000 personas. Entonces, todos lo sabemos, se convierte en mainstream, vulgar y decadente. Odio citar a Sabina, pero me viene a la sesera esa canción que decía: "El joven aprendiz de pintor que ayer mismo / juraba que mis cuadros eran su catecismo. / Hoy, como ve que el público empieza a hacerme caso, / ya no dice que pinto tan bien como Picasso". Algo de eso está pasando ya con dibujantes y guionistas a los que los falsos puristas no les van a perdonar la fama ni el reconocimiento de un público más amplio.

No seré yo quien niegue el pan y la sal a los estajanovistas de la viñeta que se queman las pestañas sobre sus tableros de trabajo para hacernos pasar un buen rato al resto de los vagos, pero hay algo que me asquea en esta estrategia, y es la campaña a favor de la denominación de "novela gráfica", que pretende al tiempo vencer los prejuicios de unos editores cortos de miras y tratar a los lectores como mojigatas escolares que leen con guantes. La nueva etiqueta surgió a mediados de los 80 en Nueva York, y goza de mucha aceptación, aunque, a la hora de la verdad, nadie sepa cuál es la diferencia entre eso y un cómic de toda la vida. En la práctica, el término sólo es útil para diferenciar los álbumes que cuentan una historia contínua dividida en capítulos que conforman una unidad narrativa que debe ser leída en orden, de aquellas otras compilaciones de historietas autónomas o independientes. Pero los tiros del márketing editorial no van por ahí precisamente.

Fue Art Spiegelman quien sufrió a su pesar el azote de la nueva denominación. Su obra cumbre, Maus, no se editó como cómic, sino como "novela gráfica", e inmediatamente cautivó a un público altanero que la disfrutaba como un producto de alta cultura. Ellos no estaban leyendo un vulgar cómic, sino una "novela gráfica". "No, no, yo no leo cómics, que no soy un adolescente pajero: yo exploro nuevas formas narrativas". Pos bueno, pos fale, pos malegro.

Por suerte, los dibujantes estuvieron avispados y vieron el filón. Por eso, cuando Paul Karasik y David Mazzucchelli se presentaron en el despacho de un editor neoyorquino con su proyecto de adaptar en viñetas la Ciudad de cristal de Paul Auster, en ningún momento usaron el término maldito y se limitaron a hablar de "novela gráfica". Y como tal se vendió, aunque sólo aquellos profesores de teoría de la literatura con ganas de justificar su sueldo han encontrado argumentos que expliquen porqué eso es una novela gráfica y no un cómic mondo y lirondo. Pero como yo soy un zote, no los termino de entender.

Así que ya sabéis cómo debéis pedirlos en la tienda si no queréis quedar como unos incultos. Tampoco pidáis en un bar un pa amb tomaquet, sino una creación de harina convenientemente horneada con una fina capa de emulsión de tomate con aceite de oliva. No echéis unas cervezas con los amigos, alternad en lounges. No veais series de televisión, sino fragmentos fílmicos de periodicidad determinada. Y, sobre todo, no os la sacudáis después de mear: desprendeos enfáticamente de residuos incómodos.

Mojigatos de todos los países, uníos. El eufemista no tiene nada que perder, salvo sus palabras; tiene, en cambio, un mundo de estulticia por ganar.

PS: Hablando de novelas gráficas. Corren serios rumores de que HBO, la cadenita de la que hablaba el otro día, está pensando en producir una serie basada en la saga de Predicador, uno de los mejores cómics de los últimos veinte años. ¿Cómo será el reverendo Custer y su hiperviolento mundo en pantalla? Si alguien de HBO leyera esto, que sé que los altos ejecutivos yanquis están muy pendientes de lo que escribo, les recomiendo que encarguen este trabajito al que considero el director ideal para esa saga, y no sólo porque sea un gran erudito del cómic, que también: Álex de la Iglesia. No imagino a nadie haciéndolo mejor que él.

Foto: el reverendo Jesse Custer, Predicador.

MÁS STRANGEHAVEN

MÁS STRANGEHAVEN

Estas manitas que se han de comer la tierra ya tienen la tercera parte de Strangehaven, cómic británico del que ya se ha hablado en este rinconcito (copiad y pegad esta dirección en vuestro navegador, porque temporalmente no me funcionan los hipervínculos: http://sergiodelmolino.blogia.com/2006/041001-strangehaven.php). Recién editada en España. Una gran incorporación a la cada vez menos modesta sección "cómic" de mi biblioteca. No voy a repetir lo ya dicho, pues la historia sigue con los mismos planteamientos y la misma sobriedad enigmática que comenté aquí, por lo que os remito a lo ya dicho.

Esta nueva entrega del cómic de Gary Spencer Millidge viene con prólogo de Dave Gibbon (veterano historietista de DC, donde ha dibujado a Superman, a Batman, a Watchmen...). Un prólogo que no hace honor al libro que preludia. Su argumentación básica es que Strangehaven es un cómic muy británico. Y esto, en un momento en el que ciertas complejidades globales y ciertas amenazas terroristas conduzcan a que ya ni The Times (de capital australiano, por cierto) sepa qué coño es ser británico. Pero Gibbon lo tiene claro, y para sustentar su aseveración, dice: "Es un cómic muy educado. No reclama atención para sí mismo, no grita ni se pavonea (...). Es un cómic muy contenido (...). Es un cómic con los pies en la tierra (...). Es un cómic hecho con calma. Como el seguimiento de la pelota por los comentaristas de criquet, se desarrolla de forma medida y discreta (...). Es un gusto adquirido. Como la salsa HP, la Dark Mild o los huevos en salmuera (...), y la verdad es que no se hacen en ninguna otra parte del planeta".

Lo primero que hay que deducir de esto es que Gibbon tiene a sus compatriotas en muy alta estima: los británicos son educados, discretos, contenidos, calmos y originales. Ojalá pudiera decir yo lo mismo de mis vecinos. "No grita ni se pavonea" (¿como un hooligan, tal vez?). "Con los pies en la tierra" (¿como un parado de larga duración de Glasgow de vacaciones en Mallorca con un pedo fenomenal a las cuatro de la tarde y meándose en la vía pública?). "Como el seguimiento de la pelota por los comentaristas de criquet" (¿o como las orejas mordidas en un partido de rugby?). Vamos, Gibbon, no me jodas.

Lo que Gibbon atribuye a la "british way of life" no son más que generalidades aplicables a cualquier nacionalidad. Incluso el gusto por contar historias, que no he citado, pero que Gibbon considera el no va más de lo británico. Pues si algo tienen en común un esquimal canadiense, un jubilado coreano de Hyundai, una tatuadora ceilandesa, un delegado electoral suizo, un concejal de Guarromán (Córdoba), un multimillonario californiano y un niño perdido en el centro de Buenos Aires es, precisamente, que a todos les gusta contar y que les cuenten historias. Es un vicio anterior a la literatura escrita misma, y el cómic no es más que una de sus últimas manifestaciones (y, por supuesto, el cómic nació anglosajón, pero no británico).

Qué manía con nacionalizar las cosas, redios. Si Strangehaven fuera tan irremediablemente británico, no deberían esforzarse en traducirlo y editarlo en el extranjero, pues no íbamos a entender su idiosincrasia. Por fortuna, la realidad es que la historia transcurre en un pueblo pequeño, y gracias a la idea platónica de "pueblo pequeño", todos podemos entender los implícitos y las insinuaciones de la historia. Pero no se lo contéis a Gibbon, que se chinche y se quede con sus pastitas de té y su roast-beef con salsa de menta.

En fin, que me gusta Strangehaven y se lo recomiendo a todo el mundo, aunque no podamos disfrutarlo a los mismos niveles que un chaval de Essex que desayuna gachas.

FORGES Y LA HISTORIA

FORGES Y LA HISTORIA

Vuelve la Historia de aquí. Por fin, tras muchas y cansinas peticiones -mira que somos pesaus los fans-, Forges se ha decidido a sacar La guerra incivil, un apéndice de la Historia de aquí que publicó en los años 80 con la que, viñeta a viñeta, fue contando la desquiciada historia de un país desquiciado que empezaba a ver lucecitas tras décadas de tinieblas.

Me encanta Forges. No soy nada original, porque, salvo a los amargados patológicos, a los terroristas de ultraderecha y a los notarios de León, a todo el mundo le gusta. En ese sentido, es como el Woody Allen o el Machado del humor gráfico. Es que es imposible no reirte ante sus blasillos, probablemente la creación comiquera española más popular. He conocido a gente que guardaba carpetas con miles de chistes suyos, que anualmente se recogen en los maravillosos Forgecedarios.

Ahora, Forges cumple una vieja promesa (iba a escribir "salda una vieja deuda", pero quienes estamos endeudados con él somos sus seguidores, pues nos ha dado muchos ratos de felicidad a cambio de nada) y cuenta, con sus palabras, la guerra incivil. Por falta de tiempo no he comprado todavía el nuevo tomo, pero he recordado los viejos, que contaban la historia de España desde la prehistoria hasta los albores del siglo XX. En esos tomos aclaraba enigmas que a todos nos han rondado: si el cardenal Cisneros tenía o no unas piernas estupendas o cómo las fenomenales partidas presupuestarias de cinco duretes impedían saber más sobre la misteriosa civilización de Tartessos.

De sus miles de chistes, me quedo con los de tema empresarial, como este de aquí, o ese otro en el que aparece un albañil en un andamio y un jerifalte asomado a la ventana le dice: "Vamos, no sea usted marxista, regáleme el bocadillo...". Sin olvidar aquel en el que un marciano trompetero habla con signos matemáticos a un señor con bigote que le responde muy serio: "No, perdone, porque ustedes los marxistas...". Y paro ya, que empiezo a recordar y no acabo en toda la noche. En cuanto tenga un rato, me compraré La guerra incivil y volveré a dar la brasa en el blog con mi forgesmanía.

(El ínclito Pablo Ferrer, siniestro íncubo que puede asaltarte cualquiera de estas noches en un bar de Zaragoza y seducirte a base de metafísica caribeño-rockera, escribió hace poco en el Muévete, en esa columna que a veces usurpo con alevosía, un sentido homenaje forgiano. Buscad el texto, porque yo no lo podría hacer mejor. El suplemento Muévete, de Heraldo, lo coordina Ana Usieto, que el otro día me dijo que quería ser citada en el blog, que se echaba en falta, que sin ella quedaba todo un poco soso. Pues nada, ahí estás, Usieto, por partida doble. Esto es como un programa de peticiones del oyente.)

ALEJANDRO JODOROWSKY

ALEJANDRO JODOROWSKY

Será un farsante y un plasta. Yo lo veo como una expresión posmoderna de aquellos teósofos parisinos de principios del siglo XX, lo cual no le libra de ser un farsante y un plasta, pero sí le hace más entrañable. Alejandro Jodorowsky, famoso por sus estrambóticas apariciones televisivas, hace muchos años que es algo más que un referente del mundo del cómic. Sus guiones han sido dibujados por grandes ilustradores y sus series arrasan en toda Europa. Es un artista de culto, como suele decirse.

Chileno, pero residente en París desde hace muchos años, ha desarrollado toda su obra en Francia. Ha tenido incursiones en el cine y en la literatura, pero más vale que nos olvidemos de ellas. Quizá él quería ser escritor o director de pelis, pero el único campo en el que ha demostrado tener cosas que decir ha sido el del cómic. Y no es esto un desdoro, precisamente. ¡Mi brazo derecho daría yo por escribir los guiones que él escribe!

Dice la leyenda que Luis Buñuel estaba tranquilo en su casa de París una maravillosa tarde de mil novecientos sesenta y pico, cuando sonó el teléfono. "Allo?", dijo el de Calanda. "Saludos, maestro. Soy Alejandro Jodorowsky, desde Chile, y le telefoneo para anunciarle que en breve me desplazaré a París para resucitar el surrealismo". Supongo que don Luis colgó el auricular con cajas destempladas, pero ya es más difícil imaginar la cara que puso el cineasta cuando, meses después, el tal Jodorowsky se plantó en su puerta, dispuesto a cumplir su amenaza.

Verdad o mentira -poco importa-, así empezaron las andanzas de Jodorowsky, que mareó mucho la perdiz en todo tipo de ambientes parisinos hasta que, en los años 80, publicó El Incal, con dibujo del genial Moebius. Le guste o no, Jodorowsky selló desde entonces su nombre en la historia del cómic. Todos los tarots y pajas "new age" que va vendiendo por ahí no valen nada al lado de una sola viñeta de ese monumento gráfico.

Cuenta El Incal la tragicómica historia de John Difool, un fracasado detective de clase R de un planeta del futuro que vive con un pájaro de hormigón. Sin comerlo ni beberlo, Difool se ve inmerso en un meollo de dimensiones cósmicas en el que los sistemas planetarios luchan por hacerse con un cristalito (Hitchcock llamaba "macguffin" a este tipo de objetos que sirven para articular las tramas pero cuya definición importa poco en términos dramáticos) llamado Incal. Las aventuras de Difool, llenas de fantasía y de alegorías políticas (los planetas troglosocialik, que rinden culto a un paleo-Marx, están enfrentados con los aristos y sus aliados de la secta pantecno) han sido la matriz de casi toda la creación posterior de Jodorowsky. Los mundos y los personajes esbozados allí han sido desarrollados en unas cuantas sagas comiqueras que, a razón de un volumen por año, nos mantienen en tensión folletinesca.

Todo empezó con La casta de los metabarones, que le costó diez años terminar y narraba la historia de los antepasados del Metabarón, uno de los protas de El Incal, que es, a su vez, un final de raza, un renegado. Tras desarrollar otras series ajenas al meollo original y contar la historia de los Borgia con dibujo del italiano Nilo Manara, Jodorowsky atacó de nuevo el universo Incal y está inmerso ahora en la serie de Los tecnopadres, cuyo quinto volumen (La secta de los tecno-obispos) ha llegado hace pocos meses a las librerías españolas.

Las sagas de Jodorowsky son siempre retrospectivas y están narradas por un personaje que ha decidido enfrentarse a su destino, decisión que suele implicar el fin de una forma de vida, de unas tradiciones o de un status quo incuestionables hasta el momento. Con ese pie forzado, desglosa ese mundo que se rompe hasta hacerlo comprensible, hasta que el lector llega a la empatía y entiende el tormento que atenaza al protagonista. Este núcleo lo arropa con fantasía, con continuas referencias jocosas al mundo real, con mucho sentido del humor y unas pinceladas de erotismo salpicadas de una pizca de violencia. La fórmula es simple, pero le funciona porque tiene talento para armar tramas sólidas. Sin embargo, para mi gusto, ninguna saga alcanza la genialidad de El Incal, y ello se debe a que los dibujantes que han acompañado a Jodorowsky en sus últimas aventuras son excesivamente académicos y muy fríos. Moebius tiene un trazado algo goyesco, descuidado y nervioso, que le va muy bien a los personajes jodorowskyanos, pero las últimas sagas acusan cierto hieratismo y una solemnidad que no acompaña al cachondeo y a la agilidad del guión.

Lo dicho, que podrá ser un farsante y un megalómano insufrible, pero mientras siga haciendo buenos cómics, por mí, como si quiere fundar una secta teosófica o refundar el sintoísmo.

EL ANTROPÓLOGO ASTERIX

EL ANTROPÓLOGO ASTERIX

Me entero en el mensual satírico-cultural Le Nouvel Imbécile que acaba de publicarse en Francia un libro titulado Astérix ou les lumières de la civilization (Asterix o las luces de la civilización). Lo editan las prestigiosas Presses Universitaires de France y su autor es un antropólogo de Grenoble llamado Nicolas Rouvière. En realidad, el librito es su tesis doctoral y en ella pretende demostrar que los cómics creados por Goscinny y Uderzo son un códice de nuestra civilización, "un instrumento para desarticular la violencia" del mundo actual. Ahí es nada.

El asunto surgió, al parecer, mientras Rouvière estudiaba al antropólogo Pierre Legendre y, por pura casualidad, encontró un montón de paralelismos con Asterix. En ese momento se dijo que haría su tesis sobre el cómic galo o no haría tesis alguna. Así que se puso manos a la obra, empezó a tirar del hilo y contactó con Alberto Uderzo para charlar largo y tendido con la mitad creativa de la serie. El resultado es un ensayo en el que se plantea una lectura de Asterix como antídoto contra la xenofobia, la violencia y, sobre todo, como una refutación del cacareado "choque de civilizaciones" de Huntington en el que algunos dicen que vivimos inmersos. ¿Y cómo puede alcanzar tal grado de profundidad un tebeo? Según Rouvière, porque utiliza un arma casi infalible: la parodia.

Por tanto, Asterix no es un cómic "histórico", sino actual, que habla del mundo en el que vivimos, de los más básicos principios en los que se desenvuelve la sociedad de hoy, sobre todo la sociedad democrática de hoy. Y eso se ve especialmente bien, siempre según Rouvière, en el que para él es el mejor volumen de la colección: Asterix y los normandos (estoy a punto de darle la razón, pero yo siento especial debilidad por Asterix en Córcega).

Donde más se explaya en la entrevista que concede a Le Nouvel Imbécile es en la refutación del supuesto chauvinismo que muchos han atribuido a Asterix, al considerarlo un retrato del "francés medio", con sus fobias xenófobas y aldeanas: "Goscinny se irritaba mucho cuando le decían eso. Decía: ’Que me digan eso a la cara. ¡Racista yo! ¡Cuando una parte de mi familia terminó sus días en los campos de concentración!’ No hay tal nacionalismo en Asterix. Si no, no se explicaría su éxito internacional, traducido a 107 lenguas y leído hasta en Indonesia. Casi todas las sociedades se reconocen a sí mismas en las tramas de Asterix". Para Rouvière, la clave de esta identificación está en la forma en que Uderzo y Goscinny muestran "que las instituciones ejercen una función casi parental sobre los individuos, y cómo tienden, por tanto, a infantilizarles".

Habrá que leer el libro para saber más. Yo, de momento, voy a repasar los viejos "asterixes". No sé si veré tantas cosas como Nicolas Rouvière, pero seguro que paso un rato estupendo.

Foto: dibujo de Luc Weissmüller para Le Nouvel Imbécile.

STRANGEHAVEN

STRANGEHAVEN

Macondo, Twin Peaks, la aldea gala de la costa de Armorica gobernada por Asuracenturix, el pueblo sin nombre de Amanece, que no es poco, Cicely, Innisfree, Springfield y muchísimos otros sitios que me dejo en el teclado. Todos tienen en común ser lugares imaginarios e imaginados con precisión y método, que constituyen pequeñas comunidades pobladas por personajes peculiares y excéntricos que rigen su convivencia por reglas condicionadas por la magia o el absurdo. Son micromundos, universos paralelos. A veces quieres vivir en ellos, y en otras, quieres huir de sus horrores. Pero, por encima de todo, son un pie forzado que permite al creador que su obra fluya y avance todo lo que le dé la gana y que cuenta con mucha tradición en la literatura y en la cultura popular.

Ahora que estamos en Semana Santa y muchos han echado el cierre vacacional, hay que añadir un nuevo nombre a esta lista de adorables lugares de descanso: Strangehaven. Esta vez, el descubrimiento viene del cómic.

El inglés Gary Spencer Millidge empezó a publicar hace una década la saga de Strangehaven. Él se lo guisa y se lo come todo: guioniza, dibuja y edita, en un stress polifacético muy poco habitual en el mundo del cómic, donde la especialización parece imponerse con fuerza. La serie acaba de llegar a España de la mano de Planeta de Agostini, que ya ha publicado en español los dos primeros volúmenes (Arcadia y La hermandad) y está a punto de sacar a la venta el tercero (Conspiraciones). He devorado estos días los dos primeros tomos y ya he reservado el tercero en la tienda. ¿Hace falta decir que estoy enganchado?

Alex Hunter, el prota y héroe, intenta superar un hondo desengaño amoroso haciendo un viaje estival por la campiña inglesa. Una noche, desorientado y perdido, tiene un misterioso accidente y recala en un pueblo que no aparece en ningún mapa: Strangehaven. Allí le miman, una chica se enamora de él y se siente en la gloria bebiendo pintas de la excelente cerveza local en el pub, pero tiene que retomar su vida. Sin embargo, cada vez que intenta salir del pueblo, se pierde en las carreteras y acaba volviendo a él. Así que se resigna a vivir entre sus extraños e inquietantes habitantes, que le ofrecen un nuevo trabajo y una bonita casa.

Con un dibujo obsesivamente realista, Millidge trabaja mucho la expresividad de los personajes, tratándoles casi como actores. Los dibujantes, por lo general y salvo casos geniales, suelen manejar un repertorio limitado de "caretos" para expresar miedo, alegría, tristeza o asombro, pero Millidge individualiza sus trazos con preciosismo, buscando acomodo en cada personaje, trabajando cada una de las complejas emociones que sienten los vecinos de Strangehaven. Su hiperrealismo, que incluye el paisaje y los escenarios de las casas y de las calles, puede llegar a ser molesto por lo prolijo, ya que se documenta muchísimo, como atestigua la gruesa bibliografía que incluye al final de cada tomo. No deja nada al azar: construye un mundo, pero con bases sólidas. Si dos personajes toman té, se asegura de que la bolsita tenga la forma adecuada a la marca que menciona el guión hasta en su más mínimo detalle. A veces abruma tanta exactitud, que desvía la atención del hilo argumental.

Pero, salvo esa leve molestia, sólo puedo decir que la historia es sólida, que los personajes son redondos, interesantes y realmente oscuros -no misteriosos de cartón-piedra-. Strangehaven inquieta. Millidge ha logrado con esta saga crear un cómic con matices, alejado de comidas de tarro preadolescentes o de seudoinquietudes místicas. Millidge cuenta una historia y pone todos los recursos que conoce y los que va aprendiendo al servicio de ella.

Un gran descubrimiento, una obra diferente al grueso de lo que está expuesto en las tiendas de cómic. Strangehaven es un buen lugar para ir esta Semana Santa, si me permitís la osadía de recomendar algo.

CÓMIC Y POLÍTICA

CÓMIC Y POLÍTICA

Pese a la desaparición hace unos meses de El Víbora, el cómic español vive un buen momento. Siguiendo un proceso de concentración empresarial del que no se libra ni el tebeo, El Jueves se ha convertido no sólo en la decana, sino en prácticamente la única referencia comiquera de este país. Pese a quien pese, todo el que pinta o dibuja algo en este país -incluyendo algunos de los jóvenes zaragozanos de Malavida- acaba pasando por sus páginas. Hay relevo generacional, muchas firmas nuevas que se van incorporando al circuito y viejos tótems que se retiran a descansar. Entre las firmas punteras de los últimos años yo me quedo con Miguel Brieva, un sevillano que trastoca los códigos de la publicidad y utiliza los grandes iconos del siglo XX más allá del movimiento pop.´

Sí, el cómic español vive un buen momento, pero lo vive con discreción. O más bien, con normalidad, bien instalado y bien considerado por el mundo de la cultura "oficial". Pero no siempre fue así. Hubo momentos explosivos, como explosiva era la época que tenían como decorado. Momentos en los que todo estaba por hacer, las tinieblas que había dejado Franco tras de sí eran muy oscuras y todo el mundo parecía empeñado en utilizar su parcela creativa como herramienta del cambio. De aquellos mimbres tenemos estas cestas, y especialmente las cestas que hablan del pronunciado sesgo político del cómic español, rasgo que le distingue del europeo (cuando se habla de cómic europeo se habla en realidad de cómic belga y, en ocasiones, de cómic francés. El resto apenas cuenta). El tebeo de este país ha vivido hasta hace bien poquito a la sombra de quienes se hicieron un hueco en la Transición. Uno de ellos fue mi querido y admirado Carlos Giménez, autor de la imprescindible serie Paracuellos, pero que a mí me conquistó con España, una, grande y libre.

España, una, grande y libre se editó hace pocos años en un solo volumen, porque antes eran tres (España una, España grande y España libre), y recogían las historietas -a una tinta- que Giménez publicó en El Papus entre julio de 1976 y octubre de 1977. Poco más de un año en el que, semana a semana, el dibujante comentaba la convulsa actualidad política del país. Es, por tanto, el testimonio de una época, pero por encima de todo son historietas que se pueden leer y disfrutar hoy aunque algunas referencias resulten incomprensibles por lo circunstanciales que fueron y la visión del autor resulte a veces demasiado ingenua para el descreído lector actual, que no sabe de marxismos ni de revoluciones.

La violencia política, el franquismo ultra que se negaba a morir, la legalización de los partidos, la amnistía... Toda una época en unos pocos cientos de viñetas. Una época muy reciente que aparece terriblemente lejana. Tendría que escuchar muchas horas a Jiménez Losantos para reconocer en la España de hoy el país que aparece en esas páginas. Habla de una sociedad atemorizada, gris, apocada y amedrentada a la que le costaba mucho esfuerzo conservar la dignidad y tirar hacia adelante por la transición democrática. Pero, para un comiquero, España, una, grande y libre es, sobre todo, un gran ejemplo de cómo una obra ciscunstancial hecha al calor -a veces, abrasador- de las noticias del día puede llegar a convertirse en una obra duradera leída por otras generaciones.

Como es fácil suponer, la gente de El Papus molestaba. Hasta tal punto, que el grupo terrorista ultraderechista de la Triple A puso una bomba en su redacción de Barcelona que mató al portero del edificio. Los terroristas reivindicaron su proeza con esta líneas: "Que el hijo de puta de Echarri y su camarilla no se den por salvados, pues tienen, por parte de nuestra organización, una pena de muerte". Giménez escribió una historieta al respecto, titulada El hombre del teléfono, y al final incluyó este párrafo: "El autor de estas páginas (uno de los que forman la camarilla de Echarri) es consciente de lo que hace y de por qué lo hace y de lo que arriesga y, por supuesto, tiene miedo, pero como no le gusta vivir de rodillas, piensa seguir dibujando y opinando y... mira tú, algún día hemos de morirnos". Pese a los escépticos, me alegra saber que voy a vivir en un país donde los héroes ya no son necesarios. Si todo sale bien y lo de Euskadi no se agosta.

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SUPERMAÑO

SUPERMAÑO

Heraldo de Aragón le está dando mucha cancha y Alberto Calvo está viviendo una segunda juventud, si no creativa, sí productiva. Es una máquina de merchandising: ya han hecho camisetas, "moñacos", gorras y paripés varios. Supermaño, veinte años después, revive. Y creo que a Alberto le está viniendo de puta madre. El único riesgo que veo es que lo quemen. Y eso sería una lástima.

Alberto es un personaje muy lúcido, incluso cuando te habla turbiamente con un pie en su mundo y otro en el que tú pisas. Agradece que le tomes en serio, porque no son pocos quienes no lo hacen. Y lo agradece de la única manera posible: dibujando. Hoy he rescatado de mi mesa del periódico una caricatura que me hizo hace un par de meses, en una muestra de afecto que no sé cómo corresponder. Bueno, yo creo que más que una caricatura -porque a él nunca le ha dado por ese rollo- es un "cariñico" que merece colgarse en este blog, a falta de paredes (Cristina no me deja colgar nada en las de casa, y yo no tengo personalidad para rebatirle).

Alberto quería actualizar a Supermaño. Porque cuando empezó, el prototipo respondía a un Aragón real. Un Aragón de adobe que despertaba de sus miserias. Pero el Aragón de ahora ya no es de Supermaño. No, al menos, de ese Supermaño. No sé si el éxito de las nuevas ediciones le va a permitir cambiar su mirada sobre la realidad.

Pueda o no hacerlo, también anda con mil historias en la cabeza (en eso me recuerda un poco a mí). Trajina algo malo con Nacho Vigalondo y quiere que, un día de estos, si el tiempo lo permite, nos juntemos él y yo para hacer algo. Yo, encantado. Si el tiempo lo permite, claro está, porque también tengo un cajón lleno de cosas por hacer.

EL SANTO DE LOS ASESINOS

EL SANTO DE LOS ASESINOS

Cada vez que alguien mata a alguien, él está allí, al lado del asesino. Fue humano y fue un asesino. El peor de los asesinos. En su interior sólo había sitio para el odio. Por eso, cuando el Predicador le atravesó el pecho con la punta de una pala en el saloon de Ratwater y le envió al infierno montado sobre el fantasma de su caballo, el reino del diablo se heló. Para alejarlo de sus dominios, satanás y el Ángel de la Muerte le prepararon un nidito en una cueva de Texas. De ahí sólo sale para acompañar las almas de los asesinos al infierno o para asesinar a quien Dios le diga cuando se lo ordene. Y, en el siglo XX, su jefe apenas le ha dejado descansar.

Sensacional Garth Ennis, autor de la saga de Predicador, que se inicia con El santo de los asesinos. Brillante. Hace tiempo que, animado por una vieja amiga casi tan perversa como Ennis, me asomé a sus poderosos guiones, eficazmente desarrollados por la maestría plástica de Steve Dillon, el principal dibujante de la serie, con un trazo que da una vuelta de tuerca al clasicismo de la Marvel, haciéndolo mucho más expresivo. Humildemente, creo que es lo mejorcito que ha dado el cómic de la última década. Tiene un vigor, una agilidad, un no sé qué oscuro, inquietante y, a la vez, tremendamente cachondo, que me lleva a sus viñetas una y otra vez.

Planeta de Agostini ha lanzado una "opa" a Norma Editorial y se ha quedado con los derechos de la saga, que está reeditando por volúmenes. Hoy es Nochebuena y muchos andan recordando el nacimiento del padre de todos los santos. Yo, entre tanto empalago, le voy a dedicar un huequecito a mi santo de los asesinos y a su corazón capaz de helar el infierno.

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