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El Blog de Sergio del Molino

Intrascendencias

CUMPLEAÑOS Y MUDANZAS

CUMPLEAÑOS Y MUDANZAS

Parece mentira -de verdad, lo parece-, pero hoy este blog cumple cuatro años. Ya va al cole, le ha llegado la hora de cambiar de vida y de dejar de estar todo el tiempo pegado a las faldas de su madre. Por eso, con vuestro permiso, nos mudamos.

No ha sido una decisión fácil, pero creo que este cuarto aniversario es una ocasión fantástica para abandonar Blogia y pasarnos a otro rincón de la web. Si no lo he hecho antes ha sido por pereza y porque no estaba del todo mal en esta plataforma, pero ya se ha quedado muy pequeña. Blogia es muy limitado y apenas me permite incorporar mejoras. Cuatro años después, todos necesitamos renovarnos si no queremos morir, y eso es lo que voy a hacer yo, con muchísima gratitud a la gente de Blogia (donde voy a seguir manteniendo otro blog y desde donde podrán seguir leyéndose las entradas antiguas de este).

Desde hoy, el blog de Sergio del Molino podrá seguirse en sergiodelmolino.com, donde encontraréis una página con un diseño más moderno, limpio y versátil. Pero lo fundamental no cambiará: nos mudamos a un piso más grande y mejor comunicado, pero los que lo habitamos seguimos siendo los mismos. Llevo unos días duplicando los artículos de este blog en ese, y ahora ha llegado el momento de dar el salto definitivo. Espero que sea para mejor.

Aprovecho la ocasión para hacer un par de reflexiones sobre esta cosa tan absurda del blogueo.

¿Por qué le doy al blog? Dat is de cuestion.

Le doy porque me va la marcha, eso está claro, pero nadie aguanta cuatro años simplemente porque le va la marcha. Vosotros tenéis la culpa: todos los que entráis día tras día -muchos más de los que nunca llegué a imaginar ni en mis sueños más lúbricos- y, muy en especial, los que honráis mis pequeñas cagarrutas textuales con vuestros comentarios. Sois una parte pequeñísima del total de visitas, pero sabéis que sois la salsa, la alegría y la razón de ser de todo esto. A algunos de vosotros he tenido la ocasión de conoceros e, incluso, de entablar amistad. Otros ya veníais con la amistad de serie, y así cualquiera (a vosotros no os nombro, que ya os doy besos en persona). Permitidme que mencione a Javivi, a Rondabandarra, a Severiano y sus múltiples personalidades, a mi tocayo Sergio, a Anro, a Javier y su córnea, a Anselmo Cagahilos, a Mario y a algunos otros que me dejo en el teclado muy injustamente, pero mi neurona no da para más. Y, por supuesto, muy especialmente, a las 262 personas que, hasta el momento, han dejado su aportación a la entrada más comentada, la que dediqué a Mago de Oz. Me quedo con algunas de estas muestras de cariño, que seguro que a vosotros os van a enternecer tanto como a mí (son todas reales, faltas de ortografía incluidas):

Me da tristeza. Realmente me da tristeza q exista gente q realmente necesite expresarse y q escoria como tú tenga la posibilidad de hacerlo.
No voy a rebajarme a tu nivel ni insultarte, solo quiero decir q me das lástima

vaya personaje mas inutil que estas hecho, despues de ver lo que has puesto vamos, te cruzas por la calle conmigo y te abrolacabezaporque si piensas asi de un grupo de musica prefiero no pensar lo que puedes llegar a decir de cosas mas serias. Mägo de OZ hasta la muerte cabronesssss. salud, libertad y wena musika!!

Sergio del molino es un pendejo con la cabeza llena de MIERDA.Mago de Oz es la mejor banda ellos cantan muy bien en cambio tu has de cantar bien pinche asi q tus comentarios metetelos por el puto culo y por ultimo !!!!!!! PICATE LA COLA!!!!

Das LASTIMA sergio mejor vete a follar con tu mama y vete a la mierda.

ES USTED UN IMBECIL... MAGO DE OZ ES UN GRUPO QUE MUESTRA LA VERDAD A LA GENTE COMO USTED. SI SE DICE PERIODISTA DEBERIA SER MAS OBJETIVO Y NO TAN AMARILLISTA SI SUS FANS ESTUVIERAN PRESENTES LE DARIAN UNOS CUANTOS PUNTAPIES EN EL TRASERO...

Este tal sergio me le orino, es un pura mierda, e visto que le contestan y le contestan, y no entiende que sera que le cuesta o talvez sera que le da dolor de cabeza de tanto pensar, porque se mete con MAGO DE OZ, que quiere que nos burlemos de su cara, que es que no tiene nada mas en entretenerse, gente como usted no sirven para nada, estan viendo el primer error que cometa alguien para publicarlo en todo lado, como si usted caballero nunca hubiera cometido errores sea un poquito mas humilde, deje de velar lo que otros hagan, y tenga su propia vida, no intente de joder la de otros.

Pedazo de cagon, pura mierda

Lo que eres es un huele pedos, que pasas detras de todo mundo, parasito inutil, que anda detras de todos los que les va bien, para hacerlos caer, tu eres un fracasado que no tiene vida, eres un miserable que quieres que todos sean como tu.

El sucio y corrupto gobierno es mierda, la alta politica es mierda, viva la libertad,
y de verdad que pena que un periodista como tu (segun culto) piense asi, tan cerradamente, metete tus palabras superficiales por tu puto y asqueroso culo, valla mierda

Nos da igual que sepas tocar la guitarra española o el guitarrón mexicano a nosotros como si le soplas la polla a tu padre. Además ni eres profesional, ni culto, ni brillante, más bien un gilipollas de Madrid que no tienes otra cosa que hacer que poner chorradas sin sentido para hacerte pasar por periodista.

aver hijo de puta ,etoy total de mente de acuerdo con mis compatriotas de mago de oz( fans )no hay nadie en este mundo como tu , deja de insultar y metete la polla por la boca ,(si tienes)MARICON.enfrentate a esos 9 reyes del rock y aesos 2.000 millones de fans .tu eres el hijo puta k ensucia los mares de GAIA con tus putas mentiras ven aki y te reventamos ;soplapoyas del infierno.feliz navidad cabronesssssssss(sergio)

Ahora entendéis por qué he estado cuatro años con esto, ¿no? Por el cariño y el calor del público, que me ha dado tantos buenos momentos.

Al margen de todo esto, creo que el blogueo me ha hecho mucho bien. No lo necesito como entrenamiento de juntaletras, pues en mi profesión ya publico y escribo un montón, y eso hace callo en el dedo, pero sí que me ha servido para explorar los límites de mi libertad. Aquí ensayo mi articulismo, aquí puedo ser yo sin trabas. Sólo aquí y en mis libros encontraréis al auténtico juntaletras Sergio del Molino. En el periódico, sólo a veces. Y es normal: allí interpreto un papel, intento estar a la altura de unas expectativas y me muevo en unos límites y unas convenciones profesionales que aquí no existen. Aquí escribo con zapatillas de estar en casa y pijama, sin camisa y sin fichar al entrar o al salir. Aquí, hasta me permito tirarme algún pedo o poner a parir al vecino sin que me oiga. Aquí soy yo con todas las consecuencias.

Y no se trata de vanidad. Al menos, no todo y no siempre.

Nos vemos en sergiodelmolino.com, con las condiciones y el tono de siempre, pero más anchos y cómodos. Abrazos y besos a gogó.

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DIÁLOGO DE BESUGOS

DIÁLOGO DE BESUGOS

La que se ha liado. El Gobierno quiere crear un órgano dependiente del Ministerio de Cultura que podrá decretar directamente, sin pasar por el juez, el cierre de páginas web que alojen o faciliten sin permiso enlaces de archivos sujetos a derechos. Ante esto, alguien ha redactado un manifiesto titulado En defensa de los derechos fundamentales en Internet, que pretende expresar el cabreo de (cito textualmente) "los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de internet". Ya hay miles de adherentes y un montón de medios se han hecho eco del asunto.

El manifiesto es una melonada mayúscula, pero no mayor que las que nos tenemos que oír del bando presuntamente contrario, el de Ramoncín. Lo que parecía un debate interesante ha acabado convirtiéndose en una gresca de bar. Proclamar, por ejemplo, como proclama este manifiesto, que el fin del derecho a la propiedad intelectual es "devolver a la sociedad el conocimiento, promover el dominio público y limitar los abusos de las entidades gestoras" indica que quien lo ha escrito es muy tonto o cree que los demás somos muy tontos. ¿Alguien piensa que el derecho a la propiedad intelectual se institutuyó para esas cosas en vez de para que los autores de las ideas puedan lucrarse difundiéndolas y explotándolas?

La cosa parece clara: por un lado hay una industria cultural que, tras varias décadas de generar millones y millones a porrillo, está viendo cómo los públicos que hacían posible su opulencia se fraccionan y desaparecen. Por múltiples causas, muchas de ellas ajenas por completo a internet. Es una industria, y por supuesto que se aferrará con uñas y dientes a su negocio, intentando por todos los medios que no se hunda. Y si para ello tiene que sacar los tanques a la calle, lo hará. Y no sólo los malos malotes de los empresarios: los curritos cuyos sueldos dependen de la opulencia de ese negocio no creo que estén dispuestos a irse al ropero de Cáritas sin presentar batalla antes. Otra cosa es que el Gobierno se preste a dejarles los tanques. Es algo que todo el mundo entiende a la perfección cuando el afectado se llama General Motors o Nissan, pero que se ignora -o incluso se celebra- cuando se llama Prisa, Disney o EMI.

En la otra esquina del ring hay una amalgama de "periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de internet" (manifiesto dixit) que reclaman justamente que Ramoncín no les criminalice por descargarse gratis la peli esa del fin del mundo de los mayas. De acuerdo. Pero más allá de esa demanda razonable -y de que se cuestione que se puedan cerrar webs sin mandato judicial- no entiendo nada de nada. De verdad. Si quieren tomar al asalto el Palacio de Invierno del emule, que lo digan abiertamente, que se lancen a degüello no contra Teddy Bautista, sino contra Steven Spielberg y George Lucas. Que les dejen en pelota picada y cuelguen sus cabezas del palo mayor. Lo que no entiendo es que quieran que Spielberg y Lucas les regalen pelis, que se conviertan de la noche a la mañana en buenos samaritanos que van de pueblo en pueblo llevando la ilusión sin cobrar nada a cambio. A lo mejor los "periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de internet" tienen otra escala de valores que les hace mejores personas, pero puedo asegurarles que Spielberg y Lucas se metieron en este negocio para forrarse los dos riñones de oro macizo, y si en vez de oro macizo tienen que emplear cobre o latón porque la gente no pasa por caja, invertirán sus fortunas en la industria farmacéutica o en minas de diamantes de Ruanda.

Me da la impresión de que en todo este debate de las cosas pirateras se obvia algo que le resulta evidente a mi sobrina de cuatro años y que muy pronto le resultará igual de evidente a mi hijo de menos de un mes: que la cultura de masas capitalista sólo existe por una cuestión de oferta y demanda. Elvis Presley, Fernando Savater, La Hora Chanante, César Vidal, La Ronda de Boltaña, Chiquito de la Calzada, George Steiner, la poesía beat, Joan Baez, las novelas de Carvalho, Paco Martínez Soria, Locomía, António Lobo Antunes, los esputos de Pérez Reverte y Las señoritas de Aviñón deben su existencia al público, y no a un Geist platónico ni a las musas ni al indomable guerrear de un pueblo orgulloso. Son productos de una industria cultural, y en ese contexto viven y tienen sentido. No han sido transmitidos oralmente a la comunidad por el más anciano del lugar ni son creaciones desinteresadas y colectivas de una aldea de superdotados.

Es la grandeza y miseria de la industria cultural, pero no podemos decir que no nos lo advirtieron. En 1944, dos filósofos de la Escuela de Fráncfort, Max Horkheimer y Theodor Adorno, publicaron un denso libraco titulado Dialéctica del iluminismo. Si no lo han hecho, quizá los promotores de ciertos manifiestos deberían empezar por leerlo. Allí, los dos alemanes esbozan su teoría de la "industria cultural" y argumentan hasta qué punto su mera existencia ha destruído lo que tradicionalmente se consideraba cultura en Europa. La cultura no siempre ha sido una mercancía. La cultura no siempre se ha transmitido en términos de producción y consumo, nos dicen. Pero, cuando empezó a mercantilizarse, se colocó en un punto de no retorno: al convertirse en industria, la cultura firmó su sentencia de muerte. Cuando la rentabilidad sustituyó a la excelencia como criterio dominante, se acabó lo que se daba. No sólo se rebajó a los creadores a la condición de proletarios o, en el mejor de los casos, de mercachifles obligados a vender sus productos en la plaza, sino que se establecía claramente que, el día que la industria dejase de funcionar por falta de clientes, la cultura dejaría de existir. Esto, que parece lógico y evidente, sólo empezó a ser así a partir del siglo XIX, cuando en occidente aparecieron los públicos, democracia mediante, y el arte dejó de ser palaciego. Es decir, cuando los antiguos mecenas se convirtieron en inversores y patronos que esperaban recibir algo (más bien mucho) a cambio.

Goethe, por ejemplo, nunca tuvo que preocuparse de otra cosa que no fuera estar a buenas con su protector, el duque Carlos Augusto, que le dio una casita y le dejó hozar por la campiña de Weimar con todas las mujeres de la corte para que, los ratos que no andaba dándole al frotis-frotis con una dama de alta alcurnia, compusiera el Werther y el Fausto. Goethe los escribió sin preocuparse de plazos de entrega, sin tener que adular a ningún editor, sin montar presentaciones ni preocuparse por obtener una buena crítica o cobrar un anticipo digno. Robert Louis Stevenson, unas pocas décadas más tarde, ya creció en otro modelo: sin duque Carlos Augusto y sin casita en Weimar, tuvo que buscar la manera de agradar con su literatura a unos editores que no le apreciaban por ser amantes del arte, sino porque querían ganar viruta con sus libros. Goethe fue el último gran escritor anterior a la industria cultural, y Stevenson fue uno de los primeros pelotazos -y yo diría que una de las primeras víctimas- de ésta.

Cuando los manifestantes dicen: "Consideramos que las industrias culturales necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles y que se adecuen a los nuevos usos sociales, en lugar de limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen perseguir" no están diciendo nada. ¿Qué son alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles? La cosa es bien sencilla: yo produzco, tú consumes. Si tú no consumes, yo no produzco, me llevo la pasta a otro lado y tú vuelves a la tradición oral y a los romances de ciego, que es lo único que puede sobrevivir sin industria.

Lo dijeron bien clarito los Sex Pistols en su gira de regreso en 1997, titulada Gira del Lucro Indecente: "Estamos en esto sólo por la pasta". Yo, como currito de la industria cultural -la prensa es parte fundamental de ella-, te aseguro, por si alguien lo dudaba, que no aprieto una sola tecla en el ordenador del periódico si no me pagan. Y no le haré ascos a cuantos aumentos de sueldo quieran proponerme. Sí, me metí en esto por afán de lucro, siento desengañaros. Un lucro miserable, bien es cierto, pero que al menos nos permita a mi hijo y a mí pasar el invierno calentitos sin preocuparnos por la factura de la calefacción.

La cuestión es más radical y dura: ¿necesitamos/queremos una industria cultural? Y aún más: ¿seríamos capaces de generar una cultura (una cultura de verdad, con su literatura, su artisteo y su musiqueo, nada de cuatro adolescentes granudos montando vídeos en YouTube o unos tíos con barba sermoneando como yo en un triste blog), sin una industria? Hace años (quizá demasiados: yo era un pimpollo sin desvirgar), un grupo de bebedores habituales de ron que hacíamos una revista llamada Derraíz creíamos que sí que era posible, y tratamos de argumentarlo en unos cuantos números en los que dimos voz a gente muy interesante (fuimos los primeros que publicamos en España obras del colectivo Luther Blisset, que proponían cosas muy dadaístas y divertidas). Pero el esfuerzo nos agotó y, cuando vimos que aquello no nos reportaba ni un duro, a pesar de que nos divertía un montón, acabamos dejándolo. Todavía tenemos pendiente liquidar los magros fondos de la revista en una juerga de despedida, pero la hemos postergado indefinidamente porque sentimos que hacerla sería oficializar nuestro fracaso. Y somos de los que no damos nuestros brazos a torcer.

Foto: el disco de la gira del lucro indecente.

ANACRÓNICOS GRADUALES

Para comprobar cuánto hemos cambiado no hay que ver Cuéntame. Basta con escuchar a Labordeta. Hace poco, repitió en un montón de entrevistas la misma anécdota: cuando le detectaron el cáncer, una médico le dijo que le tendrían que hacer un PSA. "¿Sabe lo que es?", le preguntó. "Hombre, no he de saberlo, si yo fui el fundador", respondía el cantautor. Para Labordeta y su generación, PSA es Partido Socialista de Aragón, formación creada en la entusiasta transición en plan socialdemocracia protocomunista y aragonesista. Algo que, en Aragón, ya sólo existe en ciertos antros del barrio de la Magdalena de Zaragoza pasadas las tres de la mañana. Si entiendes la anécdota sin que te la expliquen, es que estás tan fuera del mundo como su narrador. Yo la pillé rápido: para mí, PSA también es Partido Socialista de Aragón, y eso, pese a mi aparente bisoñez, me hace sentir un carcamal.

Le pasa algo parecido a Carrillo cuando habla por la radio y se refiere a "los viejos PC". Hablado suena "los viejos peces", y uno piensa en pescados prehistóricos o en raspas podridas en el cubo de la pescadería. Por escrito, por supuesto, se piensa en cacharros como el que te sirve a ti para leer esto, sólo que más viejos, con la pantalla verde y de marca Amstrad o Spectrum. ¿A qué persona sensata se le va a ocurrir que por PC se está refiriendo a los partidos comunistas? De nuevo, que mi pavloviano instinto me haga asociar hoces y martillos a las letras P y C me deprime sobremanera. No hay crema de L'Oreal que me quite los años mentales que llevo encima.

Me sucede lo mismo con la expresión "intelectual orgánico", que alguna vez he empleado para zaherir a ciertos paniaguados. Ahora dudo que se entienda: creo que para los que todavía hicimos el viejo BUP, queda claro qué era un intelectual orgánico del franquismo y en qué sentidos más o menos metafóricos se puede aplicar esa expresión hoy. Pero para una persona razonable, sin deudas y que lleve sus mejores camisas al tinte, un intelectual orgánico tiene que ser por fuerza un ganador del Premio Planeta que cultiva una huerta ecológica. O peor aún: un intelectual hecho de materia orgánica, de carne y huesos, no como esos intelectuales de silicio con memoria RAM.

Una vieja amiga decía que todos somos anacrónicos, que nadie vive al cien por cien en su época. La cuestión es averiguar cuál es nuestro grado de anacronismo, porque es muy distinto vivir con un pie en el siglo XX de las revoluciones postergadas que tener ese mismo pie en el Vietnam medieval o en la Lousiana borbónica.

WIINDIMIA

¿Te has perdido la vendimia de tu pueblo? No te apures, Los Giraos te lo apañan.

 

ENTRE DOS TIERRAS

ENTRE DOS TIERRAS

Hoy, Pablo y su pediatra se han conocido. Andaba yo algo preocupado, porque no me hacía gracia la perspectiva de encontrarme a un señor desabrido, funcionarial y resentido toquiteando el frágil cuerpo de mi cachorro. Pero, una vez más, la vida nos ha sonreido, y parece que Pablo va a tener un pediatra fantástico, muy simpático y cariñoso, uno de esos médicos que te hacen sentir bien, que te curan con un par de frases tranquilizadoras.

Pablo se ha relajado tanto con su buenrollero pediatra que se ha meado en mitad de la consulta. En plan géiser, como suele hacer, regándolo todo a conciencia. Luego, en casa, ha repetido el número con mi camisa como diana, y por la noche, cuando intentaba darle un baño, ha hecho otro pase apuntando a otra camisa recién sacada del tendedero. Para rematar, ha regurgitado sobre la camiseta limpia que me acababa de poner. Me tiene manía o me ama demasiado, porque a su madre no le hace esas cosas. Ya se sabe: las madres son sagradas y los padres están para ser meados y cagados cuando convenga.

Expresiones de amor filial -y fluvial- al margen, cuento lo del pediatra porque, aunque llevo muy poquitos pasos andados en este extraño y permanente estado de paternidad, empiezo a percibir ciertas actitudes y cierto ambiente sectario que me está dando muy mal rollo. No por mi hijo, que se contenta con dejarme sin ropa limpia y con el que tengo una relación de lo más fluida (no sólo por lo mucho que lubrica las relaciones la orina -que se lo digan a Pedro J.-, sino por las rutinas que estamos estableciendo y que nos unen más que la teta de una madre: usar las canciones de La Polla Records como nanas, acunamientos desenfrenados a ritmo de los grandes éxitos del punk rock español, desde Cirrosis a Parálisis Permanente, pasando por Eskorbuto y, a veces, hasta Porretas, e imitaciones de llanto de bebé alla maniera de Faemino y Cansado. Hasta la fecha le distingo dos tipos de llanto: "neee" y "buaaa". El primero es más desganado e indica hastío y desencanto vital, y el segundo es un sustitutivo de me voy a cagar en todas tus muelas, y lo haría de verdad si no llevara pañal y pudiera orientar mi culo hacia tus muelas).

Como digo, el mal fario que me está dando la paternidad no tiene que ver con mi hijo, sino con ese grupo sectario y tenebroso que conocemos como "los otros padres". Como toda secta, quieren cooptarte, pero no a cualquier precio: tienes que pasar por varios ritos iniciáticos que no te especifican con claridad, pero cuya crueldad y sofisticación sadiana intuyes de reojo. Y lo peor es que no puedes buscar refugio ni consuelo en el bando contrario, el de los chicos jóvenes que no son padres y se emborrachan todas las noches. Ellos han dejado de considerarte uno de los suyos y te dejan bien claro que no van a poner su hombro para que les llores ni para que tu hijo les vomite. Así que, o entras en la secta de "los otros padres" o te quedas solo en casa escribiendo en tu blog.

En la consulta del pediatra, por ejemplo. En la sala de espera. A simple vista, parece una sala de espera normal. Gente aguardando ser atendida y una enfermera que de vez en cuando va gritando nombres. Buscas un sitio cómodo para ti, tu chica -todavía flojucha de los días de hospital- y tu cachorro, y te dispones a dejar pasar el rato como harías en cualquier otra consulta médica. Pero, a los pocos minutos -todo depende de lo que se alargue la espera-, empiezas a notar una presión incómoda y difícil de concretar. Son miradas extrañas que percibes fugazmente, bisbiseos, susurros y sonrisas torcidas.

Hasta que una madre rompe el hielo y se lanza a hablar: ya estamos en su red, somos una presa fácil. Somos padres primerizos con cara de pardillos. Se nota que es nuestro primer hijo por la atención desmedida que prestamos a cualquier movimiento del crío. No lo sabemos, pero nos hemos convertido en objetivo a abatir. En el alimento ideal de una madre-depredadora con dos o más crianzas en sus pechos y espaldas.

Lo que empieza como una conversación inocente deviene pronto un tercer grado. La madre-depredadora está calibrando si realmente tenemos madera de padres, si merecemos entrar en el club y si somos aptos para superar las pruebas iniciáticas, las que nos otorgarán las credenciales para disfrutar de los columpios del parque y de las tiendas de chuches en igualdad con los otros padres. Nos reprocha lo blandos que somos (porque se ve a la legua lo mucho que mimamos al niño, dice), nos exhibe sus hitos ("a la primera -emplean ese lenguaje en clave, hay que entender que por "la primera" se refiere a su hija mayor- no le dejé sentarse hasta los nueve años, que luego se malacostumbran y quieren sentarse en las sillas, y eso no puede ser. Con los chupetes y las sillas hay que ser muy estricto), sus trofeos ("apenas vengo al pediatra, porque mi hija está más sana que una manzana". Subtítulos: porque yo sí que soy una pedazo de madre que la cuida, y está por ver que vosotros estéis hechos de esa pasta, a lo mejor os las tenéis que ver con los servicios sociales o con el juez) y sus heridas de guerra ("una noche, el mediano casi se ahogó con el pene de plástico que venía en un huevo Kinder. Menos mal que mi marido hizo un curso de primeros auxilios y le practicó el boca a boca hasta extraerle el pene").

Nos está probando, qué duda cabe. Pretende apabullarnos. Probablemente intenta desanimarnos con el secreto deseo de que le entreguemos a nuestra cría, pero nosotros nos hacemos fuertes en el nido y protegemos los huevos. Yo, íntimamente, confío en que si la madre-depredadora se acerca demasiado a Pablo, éste responderá con un letal ataque de orina en toda la cara.

De vez en cuando intervienen otras madres-depredadoras, marcando el territorio, dejando claros sus vastos conocimientos de la ciencia de la maternidad y recordándonos que esto no es un camino de rosas, que nos quedan muchos pañales, muchas noches en vela y muchas funciones escolares para ganarnos su respeto.

En otras palabras: que no nos creamos que somos padres por el mero hecho de tener un hijo. Sólo seremos merecedores de ese título cuando hayamos sufrido lo que han sufrido ellas.

¿Hay que aclarar que nos envidian? Envidian el brillo que todavía se aprecia en nuestros ojos, porque de los suyos hace tiempo que desapareció. Añoran los días en que no deseaban asesinar a los monstruos de sus hijos. Añoran los días en que conversaban con adultos sin niños interrumpiendo. Añoran las noches en las que podían follar haciendo mucho ruido.

Pero no nos contagiarán su postración. Lo tenemos claro. Nos haremos fuertes.

Por eso nos vamos a tomar un vermú al Tubo, buscando el amparo de nuestra gente, la que hasta hace dos días nos saludaba con afecto y celebraba nuestras bromas con carcajadas. Nos ven, saludan a Pablo, nos dan la enhorabuena y... se excusan con suavidad. Se dan media vuelta y se sitúan a una distancia prudencial. Y desde ella nos lanzan tenues miradas de reproche que dicen: "Qué vergüenza, con un bebé y por ahí de vermú, como si no tuvieran responsabilidades, cuando deberían estar en su casa lavándose esa ropa que huele a pis y no bebiendo cerveza junto a una criatura tan pequeña". Ya no estamos en su mundo, nuestras bromas ya no les hacen gracia. Somos grotescos, unos pervertidos, unos outsiders.

Aquí estamos, en tierra de nadie, a resguardo -de momento- de las madres-depredadoras y desterrados de nuestra vieja tribu. Le cantaré a Pablo otra canción de La Polla Records antes de que se me mee otra vez.

Foto: cuando escucha a Charly García, a Pablo le gusta morderme la nariz con su boca desdentada. Todavía no ha aprendido a diferenciarla de la teta de su madre. Para él, todos los apéndices del cuerpo alimentan por igual.

EL DÍA EN QUE FUI FRANQUISTA

EL DÍA EN QUE FUI FRANQUISTA

Creo que no lo he contado aquí, pero supongo que ni a I. ni a D. (que firma sus comentarios en este blog como Ex Compañero de Piso) les importará que repita para esta audiencia uno de los episodios más bochornosos, atontolinaos, estúpidos y potencialmente peligrosos de nuestras vidas.

Me refiero al día en que fuimos franquistas.

Fue sólo un día. Un 20 de noviembre de hace algunos años -¿puede que empiecen a ser demasiados? Me noto viejo y achacoso- en Madrid. Y como la gloriosa efeméride vuelve a celebrarse esta semana, es un buen momento para contarlo.

El 20 de noviembre anterior al que me refiero, D. llegó a casa a la hora de comer y nos enseñó un cartón:

-Mira, me he hecho un carnet de Francisco Franco.

-Aparta eso de ahí. ¿De dónde coño lo has sacado?

-De la Plaza de Oriente. Bueno, no, de la Plaza de Ópera, que es donde se ponen los puestecillos de Falange. Había mogollón de viejos y en un puesto daban estos carnets. Me he hecho uno.

-Joder, estás fatal. ¿Para qué coño te acercas por allí?

-Si no pasa nada... Son cuatro viejos que apenas pueden levantar el brazo por la artritis. Un descojone, la constatación de que el franquismo está muerto de verdad o le queda muy poco fuelle.

Ahí se quedó la cosa.

Durante todo ese año nos dio por decorar el piso con parafernalia propia de los desustanciados que éramos: carteles de muñecos que se tiraban pedos con advertencias de peligro tóxico, botellas vacías de licor de guayabita del pinar y envoltorios de snacks alemanes que trajo una chica que vivió unas semanas con nosotros mientras hacía un estudio de mercado para introducirlos en España (no los he visto ni en el Lidl, y juro por Juan Tamariz que me alegro un huevo, dice mucho del paladar español que esas mierdas incomestibles no hayan encontrado clientes al sur de los Pirineos). Cuando hubimos refinado bien nuestro estilo de interiorismo y empezamos a barajar la posibilidad de incorporar alguna señal de tráfico o un cono de obras de la M-30, nos topamos con algo que nos enamoró a primera vista. Sin palabras convenimos que era perfecto para colgar en la pared.

Era un cartel que anunciaba el 20-N. Como creo que era el 25 aniversario, se habían esmerado un poco más en el diseño, y tenía las caritas angelicales de Franco y José Antonio. Nuestro casero era general de la Guardia Civil, así que la humorada se amplificaba.

Sí, ya sé, nadie le vio nunca la gracia aparte de nosotros. Pero qué más daba. Éramos felices y franquistas.

Con ese cartel, D. se animó y empezó a convencernos a I. y a mí de que fuéramos a la Plaza de Oriente a -palabras textuales- "descojonarnos de los viejos".

-Venga, veis el percal y luego comemos algo.

Creo que me sedujo la perspectiva del "luego comemos algo". O quizá fue la resaca de licor de guayabita del pinar. El caso es que D. nos convenció. Y el 20 de noviembre nos montamos en el metro y nos fuimos a ver de qué iba ese acto decrépito de ancianos que no podían estar mucho cara al sol, pues se entumecían y se quedaban dormidos.

(Un inciso: por aquel entonces, I. y yo llevábamos el pelo muy largo y nuestro look no tenía nada que ver con el protopijo de profesionales aburguesados que exhibimos hoy. Otro inciso: por aquel entonces, empezó a interesarme la fotografía, y me paseaba con una reflex antigua haciendo pretenciosas y fatuas fotos en blanco y negro. Por supuesto, me llevé la cámara al acto. Fin de ambos incisos).

Deberíamos haber dado media vuelta cuando vimos que en la Plaza de Oriente no había cuatro viejos. Ni siquiera cuarenta. Eran unos pocos cientos, puede que algunos miles incluso, y parecían lozanos, fuertotes y bastante agresivos. A lo mejor nos paralizó el miedo. D. masculló entre dientes: "Os lo juro, el año pasado no era así, daba risa, era muy patético. No entiendo qué ha pasado".

-Qué alegría, cuánta gente joven ha venido este año -gritó con entusiasmo una mujer de unos sesenta con pinta de ser la mala de las hermanas Hurtado.

El acto empezó y, ya que estábamos allí, nos quedamos. La verdad es que, pasada la impresión inicial, no nos sentimos especialmente amenazados, y el ambiente se relajó tanto que I. hasta me susurró, en una inconsciencia suicida que todavía hoy le reprocho con ganas de estrangularle: "Venga, Sergio, saca la ikurriña ahora".

Mientras hablaba el confesor de Franco, un fraile capuchino que llamó a las armas contra las 17 autonomías que habían roto España, me subí a la basa de uno de los pilares del Teatro Real y me puse a hacer fotos. Por lo menos nos llevaremos un bonito recuerdo de tan soleada y patriótica mañana, pensé. La señora que se congratulaba de la juventud que dominaba entre el público estaba a mi lado, dejándome sordo cada vez que gritaba "¡Arriba España!" o "¡Franco, Franco, Franco!".

No habría tirado ni tres placas cuando se acercaron cuatro de esos jóvenes entusiastas y con susurros firmes y dejando bien clarito lo que les podía pasar a nuestros cuerpos serranos si no les hacíamos caso, me conminaron a entregarles el carrete.

Opusimos un poco de resistencia al principio, y por un momento vi mis dientes esparcidos por el suelo y mis costillas hundidas contra los pulmones. Recuerdo que pensé en castizo: "Joder, nos van a dar la del pulpo". Pero la hermana mala de las Hurtado les dijo a los gangsters que nos azuzaban, con una voz que aún me hiela la sangre al recordarla: "Dejadlo para después".

Se refería a que el acto estaba siendo grabado por cámaras de televisión. Cuando la prensa se fuera, podrían darnos nuestro merecido sin testigos incómodos.

Les dimos el carrete y salimos por peteneras. A mí no dejaron de temblarme las piernas hasta que no llegamos a Malasaña y nos sentimos "en nuestro territorio", y después de asegurarnos varias veces que nadie nos había seguido. I. y yo fuimos repitiéndole a D. durante todo el camino: "¿Con que sólo cuatro viejos? ¿Sólo cuatro viejos?". No nos quedaron ganas de comer algo luego.

Sí, éramos jóvenes y, por tanto, gilipollas. Y sí, puede que nos estuviera bien empleado, por graciosillos sin gracia y por tontear con asesinos de masas orgullosos de serlo. No te lo niego. Pero también te digo que no me arrepiento de aquella mañana. Aquella absurda y suicida experiencia me enseñó más sobre el país en el que vivo que las obras completas de Unamuno y Menéndez y Pelayo juntas.

TRAIDORES DE CLASE

TRAIDORES DE CLASE

El otro día estuve cerveceando con M. e hicimos un breve inventario de las mujeres que nos han sacado los intestinos, vísceras varias y el corazón latiente y se han largado pisoteando nuestros restos con finísimos zapatos de tacón. Y terminamos hablando de las otras mujeres, las que pararon el coche junto a nuestros cuerpos, se acuclillaron en el arcén y fueron recolocando las vísceras, intestinos y el corazón en su sitio antes de proceder a una cariñosa e indolora sutura y a llevarnos a un sitio seco y calentito.

Mujeres que te desmontan y mujeres que te montan.

Hay personas que tenemos propensión a ser desmontadas. Vamos por la vida como cabestros furiosos, sabiendo que esa carrera sólo puede terminar con una estocada, pero empeñados en recibirla. Por suerte, algunos acabamos encontrando a mujeres que no nos quieren torear en la plaza, que no quieren que corramos hacia los caballos ni darnos pases para ver cómo comemos arena, sino que gozan más dejándonos pastar por la dehesa y acurrucándose con nosotros a la sombra de una encina las tardes de verano.

M. y yo habíamos encontrado a esas mujeres, y creo que ya no estamos dispuestos a cambiar el alfombrado pasto de la dehesa por la áspera arena del albero. No mientras nos sigan admitiendo en la dehesa.

Eso nos pasa porque somos chicos de barrio, porque no somos artistas, porque no nos atormentan las musas, porque la banda sonora de nuestras vidas suena a guitarra desafinada y a Carrusel Deportivo. Y aunque lo que hemos corrido desde aquel entonces nos haya hecho cambiar la guitarra furiosa por tangos dodecafónicos y el Carrusel Deportivo por las páginas de cultura de Le Monde, hemos sido criados en la certeza de que es preferible el cobijo a la intemperie, que es otra forma de expresar la horrible e irrenunciable creencia de que el trabajo nos dignifica.

Ética proletaria, al fin y al cabo. La que nos han transmitido y en la que seguimos instalados, aunque la hayamos traicionado un millón de veces y aunque volvamos a traicionarla un millón más (la traicionamos una vez más aquella noche, cuando en la cena nos quejamos de que el excelso vino que habíamos pedido no estaba a su temperatura). Pero sabemos que sin ella estamos perdidos, a merced de la lluvia y de las mujeres de tacón alto.

Yo no tuve conciencia de esa ética hasta que me tropecé con gente que no la tenía. Cuando, en la universidad, empecé a trabar amistad con algunas personas que, sorprendentemente, no creían tener que demostrar nada al mundo, que no había nada que aprender ni nada por lo que luchar. No querían dar nada y aspiraban a recibirlo todo a cambio porque el mundo les pertenecía. Y les pertenece. Creo que mi espíritu de currante siempre les ha parecido ridículo. Lo sé. Para ellos era y soy un intruso bastante ingenuo. A ellos les han transmitido justamente lo contrario de lo que me han transmitido a mí: les dijeron que las mujeres destripadoras de tacón alto son suyas por derecho propio, que el mundo es un territorio de conquista y que ellos tienen escuadrones muy bien situados para tomarlo. Y que, desde luego, el trabajo y el calor del bar al atardecer no significan nada. No valen nada. Sólo cuentan la seducción y la capacidad de convencer. Lo demás es consuelo de esclavos.

Creo que no me estoy explicando nada bien, pero en este cuaderno de notas no me siento obligado a hacerlo. Son pensamientos que me vienen a la cabeza de un tiempo a esta parte, y que me he planteado fugazmente de cuando en cuando. Si intento balbucearlos ahora por escrito es porque desde hace unos meses han pasado por delante de mí dos obras que hablan de esto y a las que no dejo de darles vueltas.

Una es la segunda temporada de The Wire, donde se cuenta la decadencia de la 'working class' americana. El orgullo, la moral y la honda solidaridad obrera son ya solo una fachada que se agrieta y está a punto de caer. Pocas veces he visto narrar esa decadencia con tanta sensibilidad y tanta belleza. Ken Loach lleva años intentando hacer lo que The Wire consigue en unos pocos capítulos, y esos capítulos tienen una potencia poética y transmiten una sensación de verdad que Loach nunca ha tenido.

La otra obra son las canciones de Jairo Zavala, un tipo que podría ser, si le dejan, el Springsteen madrileño. Escuchad esta canción:

 

SOIS UNOS CERDOS

Títulos de las diez entradas más vistas de la historia de este blog, que siguen acumulando visitas. A ver si encontráis un elemento común a todas ellas:

  1. Una chica desnuda en el Soho.
  2. Erotismo olvidado y segundón.
  3. Mitos de los 80.
  4. Sexo en Zaragoza.
  5. El coito eternamente frustrado.
  6. Juan Aguirre y las dos vaginas.
  7. Porno austríaco en acción.
  8. Tania Raymonde.
  9. Los peores anuncios de la tele.
  10. Tangos, tigres y selvas.

Y yo que pensaba que me queríais con el corazón limpio, que me amábais por mi interior y no sólo por mi cuerpo. Qué engañado estaba.

Tres breves observaciones:

  1. Quizá el cerdo obseso soy yo, vista la profusión de entradas con contenido sexual.
  2. Para conseguir muchas visitas, no hay nada como arrojar unos genitales aparentes pinchados en un anzuelo al proceloso mar de Google. Los peces pican a millares.
  3. De los diez títulos, el más sucio, el que más huele a sexualidad primaria, matutina y desesperada es, sin duda, Tangos, tigres y selvas. Supongo que estaréis de acuerdo.

LOS FAMAS

Murió Del revés, vivan Los famas.

Hasta la temporada pasada, firmé la columna Del revés en el suplemento de ocio y tendencias MVT, de Heraldo. Esa columna ha desaparecido en la nueva temporada y, tras una renovación del suplemento, he sido reubicado. Pero no ha sido una reubicación traumática, del estilo de los polacos que fueron trasladados a Prusia en 1945, sino molona.

Hoy se estrena Los famas, una sección quincenal que se alternará viernes sí y viernes no con Ojos de miope, que firmará Óscar Senar. Las semanas que no se publiquen Los famas, estaré en la página de al lado comentando un puñado de libricos en la sección El estante de arriba. Asimismo, cuando yo publique Los famas, Senar me cogerá el relevo en la página de al lado comentando un puñado de cómics en la sección El estante de abajo.

¿Lo has entendido? Yo todavía no lo tengo claro del todo, pero me voy haciendo a la idea.

En Los famas -cuya primera entrega se publica hoy, reitero, y no está online, así que te tendrás que rascar el bolsillo y pasar por un kiosco- saldrán también cronopios. Y piedritas de rayuelas. Y algún que otro axolotl. Vamos, que hablaré de cosas bizarras, pasadas y presentes -rara vez futuras-, en formato hiperbreve y sin gruñonerías. Empiezo, obligado por el calendario, hablando de Halloween, pero de un Halloween de jazz y dibujos en blanco y negro.

Por si te apetece echarle un vistazo.

PD: coincide un moderado pero constante, progresivo y notable aumento de visitas a este blog en los últimos dos meses con un descenso de comentarios bastante acusado. ¿Cuantos más somos, más callados estamos? Me intriga, la verdad.

VADE RETRO, PAGANO

VADE RETRO, PAGANO

Menos mal que aún queda en este país gente con lo que hay que tener. Menos mal que Sigüenza, además de parador nacional, torreznos y diez grados bajo cero a mediodía en diciembre, tiene un obispo con todos sus atributos episcopales. Un obispo al que no le tiembla la voz al denunciar el paganismo que nos invade y nos subyuga. Con españolísimo y fiero ademán, monseñor José Sánchez (según puede leerse aquí) nos advierte de los peligros de Halloween, ese "rito importado" y pernicioso que se celebrará este finde. Dice su eminencia:

"Si todo quedara en un juego de niños, con sus regalos y travesuras... Pero también podemos correr el riesgo de que, a impulsos del comercio, del consumo y de la moda, costumbres como ésta, paganas, importadas, prevalezcan y hasta desplacen costumbres cristianas".

No se crean que monseñor habla de un riesgo hipotético. Las buenas manos que rigen la iglesia ya han visto con anterioridad cómo otras costumbres paganas, importadas, han prevalecido y hasta han desplazado costumbres cristianas:

La perniciosa y afrancesada moda de la democracia, por ejemplo, que desplazó la costumbre de los autos de fe, tan ibérica y tan del gusto del buen pueblo.

La extranjerizante moda de tratar con respeto a los niños, que desplazó la costumbre cristiana de abrirles la cabeza contra el pupitre y atizarles con la regla en los dedos. Por no hablar de esa otra moda pagana que dice que no se puede juguetear con los genitales de los monaguillos, arraigada costumbre del orbe cristiano (porque si un sacristán no puede tocarle el culo a un monaguillo, ¿para qué diantres quiere un monaguillo?).

La iglesia ha asistido con silencioso e imperturbable dolor a la imposición de tales costumbres paganas, que han convertido a los buenos y penitentes cristianos en cretinos afeminados y masones. Pero, si no escuchamos al obispo de Sigüenza y no hacemos algo por atajar pronto el problema, en muy pocos años veremos desaparecer de nuestras ciudades y pueblos costumbres españolísimas, que serán barridas por los vientos que se cuelan entre los picos de unos Pirineos que han demostrado no ser lo bastante altos, o a través de las redes infernales de internet.

Aparcar en doble fila, pagar en dinero B, irse de los bares sin pagar, reírse de la gente que lee libros, descargarse politonos de Camela, gruñir y gesticular como pitecos en celo cuando la selección gana un partido, recalificar terreno rústico en urbanizable, alancear y prender fuego a reses bravas, trucar los taxímetros, intoxicar con salmonela a los guiris o reutilizar el mismo mondadientes durante un mes entero. Todas estas costumbres, orgullo y emblema de lo hispánico, tienen los días contados si seguimos dejando que los universitarios prefieran irse de erasmus a ingresar en la tuna, si subvencionamos a los cines que proyectan en versión original subtitulada o hacemos carriles-bici para los perroflauta que no contribuyen a que la industria del automóvil salga del pozo.

Sí, señores, la batalla no se libra sólo por Halloween. Se libra por la hispanidad. ¿Acaso queremos ser como esos franceses que tanto hemos odiado? ¿Acaso somos suizos de mierda? ¿Acaso aspiramos a vivir como esos escandinavos de los cojones, que tienen el seso reblandecido de tanta sauna?

No, caballeros, no. Hay que tomar medidas pronto. Si esta noche de Halloween te viene un niño vestido de Drácula pidiéndote caramelos, dale dos buenas hostias, un rodillazo en los huevos y enciérralo en un cuarto oscuro un par de horitas con el obispo de Sigüenza. Si después de ese tratamiento de choque no sale cantando el Hala, Madrid y bebiendo un sol y sombra es que ese chaval no tiene remedio, bien porque es hijo de un belga o porque es maricón.

Que se entere de que es español, cojones, y que viva como tal.

Foto: buscando imágenes de calabazas de Halloween me ha salido esta bruja china, que es mucho más graciosa.

NOSTALGIAS Y DECEPCIONES

NOSTALGIAS Y DECEPCIONES

Me llama Julio, viejo compañero de tumbos madrileños, para felicitarme por mi inminente paternidad. Le noto un poco flipado, incrédulo. No se termina de imaginarme cambiando pañales, pero se alegra un montón. A Julio le veo muy de cuando en cuando, soy un desastre absoluto, ya que mis visitas a Madrid suelen ser fugaces y semiclandestinas, y no me da tiempo de abrazar a todo el que quiero abrazar, por eso reduzco siempre mis escarceos. La última vez que nos vimos nos encontramos por casualidad en el Manuela. Abandonó a la gente con la que iba, se unió a nuestro grupo y creo que intentamos ponernos al día a grito pelado en varios bares llenos a reventar. Es un tío alegre, chisposo y disparatado. La compañía perfecta para una noche en Malasaña.

Julio tiene el gravísimo defecto, como yo, de ejercer el periodismo. Lleva tiempo haciéndolo en Europa Press, donde parece haber anidado al fin después de pasar por todos los rincones posibles de Telemadrid. Pero esa es su identidad de día. Su otra faceta fantomásica la acaba de desvelar en un blog (¿dónde si no?) que se titula Madrid no duerme. Allí descubre su Madrid nocturno y crapulento, ese que ha conocido a fuerza de noches y noches dejándose la salud por las esquinas. Recuerdo que Julio siempre descubría los garitos más inverosímiles en calles que ni sospechabas que existiesen, y ahora vuelca su sabiduría noctámbula en la red, para compartirla con los profanos que creen que la noche en Madrid se limita a caminar Gran Vía arriba y Gran Vía abajo.

Pero si lo comento aquí no es por hacer propaganda al amigo Julio -que también-, sino porque uno de los últimos artículos está dedicado al Clandestino. Y ahí me ha exprimido la glándula de la nostalgia.

El Clandestino es una covacha de la calle Barquillo, muy cerquita de lo que fue la Casa de Tócame Roque -una placa lo recuerda-. Es un sitio claustrofóbico, donde los tipos grandullones y torpes como yo nos vamos dando con los techos y las columnas. Tiene muy poca luz, ambiente catacumbario y, en tiempos, era de los últimos bares en cerrar que no te cobraban entrada, así que era muy recurrente.

En el Clandestino abandoné mi fe en el rock and roll. En el clandestino me hice nihilista y dejé de preocuparme por el futuro y por el pasado. Por los ladrillos de sus paredes se escurrieron para siempre algunos prejuicios y en su arcana penumbra me juré no abandonar nunca Madrid, que no me sacaran de esas calles si no era con espátula.

(Bueno, a lo mejor exagero un poco: hubo más bares, y no sé exactamente en cuál de ellos tomé la determinación).

Por supuesto, abandoné Madrid. Hace demasiado tiempo ya. Nunca hay que hacer juramentos sobre nada, porque es la forma más fácil de que suceda lo contrario a lo deseado.

Hay gente -creo que Julio es uno de ellos- convencida de que mi ausencia de Madrid es temporal. Ahora, mi inminente paternidad les hace sospechar que quizá no vuelva nunca.

Yo también lo empiezo a sospechar ahora (aunque nadie sabe nunca dónde estará mañana).

En realidad, lo sé desde hace tiempo, claro.

Me abofeteo y le doy tres vueltas al cilicio, pues no me permito nostalgias estúpidas. Dejo el blog de Julio y vuelvo a la lectura de este fin de semana. He cogido, casi por azar, El escritor y sus fantasmas, de Ernesto Sabato. Lo leí hace mucho -cuando aún iba al Clandestino- y recuerdo que me pareció revelador y sensato al mismo tiempo. Yo era un gañán que se creía letraherido y me tomé algunos pasajes como una especie de manual de escritura para mis balbuceantes creaciones.

Por supuesto, al leerlo este finde me he caído del guindo.

Hay pasajes de un simplismo atroz; planteamientos estéticos muy rudimentarios, y debates viejunos, anquilosados y superadísimos.

El libro es de los años 60, y en él, Sabato se mete mucho con la novela americana de la década anterior, muy influida por el conductismo. Frente a la introspección y al narrador omnisciente propios de la gran novela europea (especialmente, rusa y francesa), los autores americanos de la posguerra practicaban una técnica descriptiva basada sólo en la acción. Una técnica muy del gusto de la generación beat, claro. No había evocación de sentimientos, ni procesos mentales, ni interioridades. Los personajes salían de casa, cogían el coche, iban al trabajo, asesinaban a sus esposas y se bebían un whisky. Pero el narrador no nos contaba lo que le pasaba por la cabeza al cargarse a su cónyuge, ni si le carcomían los remordimientos o el dolor. Sólo le veíamos tomar un whisky.

Sabato, como un viejo cascarrabias, dice que eso es una barbaridad, que para eso ya está el cine, que la novela tiene que respetar al lector y ofrecerle una panorámica de la devastación interior del personaje. Y bla, bla, bla.

Ay, Sabato, pobre Sabato. Parece el vecino de arriba protestando contra los jóvenes de abajo que ponen la música muy alta.

El tiempo ha dado la razón a los americanos, claro. Esa técnica es muy efectiva para transmitir al lector la angustia de la nada, la angustia de los vecindarios de la clase media, el vacío inabarcable del poderoso hombre blanco, ahíto y decadente en sus automóviles brillantes y sus chalets con jardín.

Nuestro vacío, vaya.

Cheever lo entendió de puta madre. Pero a Sabato, Cheever le parece un mindundi, un joven melenudo que va por la calle con unas pintas que no son de recibo. En mis tiempos -dice Sabato-, se leía a Proust. Proust sí que era un caballero, un gentilhombre que te contaba con pelos y señales todo lo que le pasaba por la cabeza al personaje, y no estos guarros que no saben hacer un monólogo interior en condiciones.

Hay otras invectivas contra cierta literatura que él llama "lúdica" que me parecen también propias de un amargado que no sabe de dónde le viene el aire.

Qué desilusión.

Bueno, hay cosas del libro que están bien. Las reflexiones sobre Borges son muy certeras, y tiene aforismos brillantes, pero el resto suena acartonado y rancio. ¿Cómo pudo deslumbrarme así? Amigos: no releáis nunca, que se caen los mitos.

Me quedo con una cita de Caldwell incluida en el libro:

La profesión de escritor tiene un lado penoso, que consiste en que el trabajo lo obliga a uno a mezclarse con una serie de literatos. Para guardar las apariencias, una o dos veces por año, hay que concurrir a una reunión y pasar varias horas en compañía de críticos, autores radiales y gente que lee libros. Todos ellos hablan una jerga que sólo pueden entender los literatos. Únicamente después de proceder a una purificación de fondo puede uno recobrarse y caminar con la cabeza en alto, como un ser humano.

Sólo un apunte, Mr. Caldwell: ese lado penoso de la profesión de escritor es el único que le importa a muchos que se dicen escritores o aspirantes a. Para ellos, escribir no es un fin, sino un medio, una ceremonia iniciática para alcanzar el estatus de literato y poder pasar su vida de canapé en canapé. Por supuesto, nada tiene esto que ver con la literatura, que se construye en tardes lluviosas y solitarias con escritores y lectores que se encierran en pijama en sus casas.

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EN EL BULLI, POR LA ARMADA

Ahora que ha pasado ese día de la hispanidad que a los hispanos nos pone los pelos como escarpias, se pueden comentar algunas cosillas sin miedo a ser encarcelado o apaleado por una turba de amas de casa losantianas. ¿Habéis visto la campaña del ejército, con famosetes diciendo lo mucho que molan los soldaditos?

Me ha intrigado especialmente la de Ferran Adrià, donde dice: "Yo estoy en el Bulli por la Armada".

 

 

Enigmática confesión. Sobre todo, porque no aclara más. ¿Cómo se llega de la Armada al Bulli?

En las biografías de todos los grandes hombres hay siempre una escena que puede considerarse "la llamada" o "la iluminación". Es ese momento en el que el prócer, todavía bisoño, aún enfangado en los bastos lodos de su aldea natal, tiene la certeza de que va a hacer algo grande en su vida, algo por lo que su nombre será recordado durante muchas generaciones.

Ese Abraham Lincoln aterido de frío en su cabaña de madera, pero reconfortado en la seguridad de que un día regirá los destinos de esa grande y joven nación y la salvará de su desmembramiento.

Ese Albert Einstein aburrido en la oficina de patentes de Berna, haciendo ecuaciones -porque no había sudokus- y empezando a sospechar que esas cuentas ociosas le están llevando a algo muy gordo, pero no tiene a nadie con quien compartirlo, salvo el bostezante bedel, al que le queda una semana para jubilarse.

Ese Francisco Franco que soporta, apretando los dientes, las burlas de los niños que se ríen de su aflautada voz, mientras él piensa: "Reíd, cabrones, reíd, que cuando la político-social vaya a visitaros no os hará tanta gracia".

Ese Nacho Vidal que, en pleno furor adolescente, admirando su fenomenal verga mientras se la sacude a dos manos, se propone follarse hasta los desagües de las jardineras, y hacerse rico y famoso con ello.

Ese Camilo José Cela que, cuando empieza a leer a los clásicos y a dejarse poseer por el suave embrujo de la letra impresa, se dice para sí: "Algún día aborberé un litro de agua por el culo, y me tiraré pedos en la Real Academia".

Son momentos clave en la biografía de todo prohombre. Por eso lamento la racanería de Adrià, que nos insinúa una epifanía que le condujo de forma certera e inexorable a su vocación, pero no nos aclara en qué consistió. Sólo nos dice que fue "en la Armada".

In the Navy, que dirían los Village People.

¿Cómo ocurrió? ¿Qué epifanías se pueden tener en la mili, especialmente si esa mili se desarrolla en un barco lleno de gañanes garrulísimos que sólo pueden ser domados a base de bromuro?

¿Fue mientras el joven soldado Adriá (en aquellos años, seguro que el acento se lo escribían del otro lado) fregaba las letrinas después de que el sargento le hubiera gritado una arenga estimulante del tipo: "¡Maldita sea, Ferrando, quiero ver esta letrina tan limpia que se me reflejen en ella los granos del culo para que puedas chupármelos!"? Puede que en la operación de limpieza aprendiese el arte de combinar colores y texturas gelatinosas.

Quizá descubrió unas cisternas de nitrógeno líquido junto a las cargas de profundidad del navío y decidió echárselo al rancho de la tropa "para hacer unas risas". Y ahí empezó su carrera.

Explíquenos, señor Adrià. El público quiere saber.

CORRIJO Y AMPLÍO

Dije ayer que lo más equiparable a Donald Trump en España sería el dijunto (sic tanguero: Gardel siempre se veía a sí mismo dijunto, nunca difunto) Jesús Gil. Me quedé muy corto. Para que un ente español se aproxime un tanto a Trump tendrían que batir en la misma coctelera a Jesús Gil, Bertín Osborne, Julio Iglesias, Andrés Montes y Ruiz Mateos.

LA RUTINA DE COSTUMBRE

LA RUTINA DE COSTUMBRE

Redundante y vacía, la frase "la rutina de costumbre" me ha sonado siempre gansteril. En realidad es de piratas: la repetía el loro del capitán pirata cuyo barco siempre hundían Asterix y Obelix. Cuando divisaban un buque romano, el capitán -con parche en el ojo, claro-, gritaba: "Es una embarcación lenta y pesada, será un botín fácil. Vamos a abordarlo, chicos, ya sabéis, la rutina de costumbre". Y el loro repetía: "La rutina de costumbre".

En el francés original del cómic dice "comme d’habitude", que también es el título de una canción gabacha que Sinatra convirtió en su My Way, que en inglés habla de la afirmación individualista y quiere decir justamente lo contrario a "la rutina de costumbre". Ironías. 

La rutina de costumbre es un sintagma mostrenco, tópico e inane. Viene al pelo para describir el plomazo de la vuelta al curro, cuyo intenso dolor experimento ahora en mis fofas carnes.

Con aire cansino, abro el correo electrónico, contesto mails con semanas de retraso -y sarta de disculpas adjunta- y abro cartas que han cogido polvo en la mesa. Material caducado, indigesto. Entre los sobres por abrir aparece una invitación a mi nombre para una so called "Fiesta de la Unidad Alemana", celebrada el 1 de octubre en la Embajada de Alemania (cachis, si lo llego a saber, me calzo la americana de las bodas y me pongo hasta las trancas de canapés germanos y vino de Mosela).

También recibo una amable carta manuscrita (de puño y letra y con membrete, eso es más raro que toparse con un lince ibérico en El Corte Inglés) de una concejala -¿o ahora se llaman consejeras?- del Ayuntamiento de Zaragoza felicitándome por la publicación de Soldados en el jardín de la paz, cuya lectura asegura acometer con gusto. Dudo si debo responder a esta elogiosa atención con una nota análoga de mi puño y letra, porque casi se me ha olvidado escribir a boli y mi caligrafía puede percibirse como un insulto.

Es placentero encontrar esas cosas entre otras invitaciones, compromisos y marrones afortunadamente pasados de fecha, pero el roce de la cartulina oficial se sigue haciendo extraño a mis dedos. No entiendo -ni hago esfuerzos por entender- de protocolos y tengo las habilidades sociales de una ameba reumática. Sé que mis respuestas a ciertas atenciones nunca estarán a la altura de las formas que se gastan en los círculos oficiales, pero confio en que mi atolondramiento no se tome por grosería sino por la estulticia de un chaval que sigue pensando que la mejor forma de expresar afecto y corresponder a los afectos ajenos es un brindis con cerveza en la barra de un buen bar.

Por desgracia, ciertos protocolos forman parte de mi rutina de costumbre. Venceré la pereza y los atenderé, pero sólo porque el loro me los recuerda desde su atalaya hombruna con su soniquete: "Vamos, la rutina de costumbre".

INFECCIÓN DE BILIS

No hay duda. Internet nos ha hecho más guapos, más listos y más molones. La vida es mucho mejor desde que tenemos ADSL y enumerar las ventajas sería inabarcable.

He aquí algunas:

  • Ahora tenemos una gran cantidad y variedad de pornografía a nuestra disposición (¿os acordáis de esos sórdidos cines X que sobreviven en algunas ciudades, donde nunca se vio entrar a ningún limpiador de tapicerías?).
  • Tenemos blogs geniales y divertidos donde se dan a conocer mil genios a los que los medios de comunicación tradicionales nunca hubieran hecho caso (luego están los blogs coñazos como este, todo tiene su reverso tenebroso).
  • Nuestro vocabulario se ha enriquecido muchísimo. Antes de internet, era difícil que se popularizasen términos como bukake, gang bang o fist fucking.
  • Antes hacía falta ser granjero o guarda forestal para ver la eyaculación de una mula o la deposición diarreica de un venado de Alaska con apoplejía, espectáculos hoy al alcance de todos en vídeos que, es cierto, no tienen la calidad de una peli de Spielberg, pero enseñan lo que hay que enseñar.
  • Los chavales de instituto han descubierto que pueden llegar a selectividad usando sólo tres teclas en dos combinaciones: "Control + C" y "Control + V". No pocos periodistas han descubierto también que pueden hacer toda su carrera profesional con esas dos combinaciones, ahorrándose un montón de esfuerzo y disgustos y dedicando más tiempo al bar y a los suyos, así que todos han salido ganando. Algún que otro doctorando sabe que puede acortar considerablemente el tiempo de redacción de su tesis usando ese método. Es lo que se llama la democratización del conocimiento. Antes se llamaba tenerla de cemento armado, pero todo cambia.
  • Con el correo electrónico hemos aprendido que se puede comprar Viagra a precios muy competitivos, que el PowerPoint es demasiado fácil de manejar y está en manos de demasiados cursis e idiotas y que hay una princesa en Namibia que acaba de heredar un fortunón de su padre y nos lo quiere ceder enterito, aunque añada, en un español macarrónico, que para hacer la donación necesita nuestro número de Visa, su PIN y la clave secreta de nuestra cuenta corriente. A veces, esa misma princesa pide ayuda para un niño de Bangladesh que nació sin brazos, piernas ni orejas y necesita 100.000 euros para que le impanten un rabo de vaca mecánico con el que sacudirse las moscas. Entreverados con esos mails aparecen algunos de trabajo en los que tu compañero te informa de que tu compañera Fulanita ha acudido a la oficina sin sujetador y te anima a que subas el aire acondicionado para ver qué pasa.
  • Finalmente, hemos descubierto -quizá con cierta desilusión- que nuestra pandilla de colegas no es la más graciosa del mundo, ya que en YouTube hay un montón de tipejos con la gracia más subida que Chiquito de la Calzada, cuyas ocurrencias hacen palidecer las noches más tronchantes de nuestro más tronchante amigote. Por ejemplo, ahora se ha puesto de moda en Estados Unidos hacer canciones en español. Esta es One Semester of Spanish Love Song. Es decir: La canción de amor del primer semestre de español, compuesta con las frases que aprende un estudiante de español en sus primeros pasitos de aprendizaje:

 

A mí me parece una humorada digna de Muchachada Nui, la verdad.

El colectivo de funcionarios de la administración pública ha sido, sin duda, el más beneficiado por las bondades de internet, pues antes sólo podía llenar sus largas jornadas a base de prensa deportiva y autodefinidos. Sus horizontes laborales se han expandido casi hasta el infinito.

Son sin duda grandes avances, que nos han hecho más felices y más gordos. Y más cachondos, ahítos de porno en baja resolución. Pero donde hay felicidad, hay un cabrón. Es una ley humana. En cuanto dos personas se ríen, aparece un tercero amargado dispuesto a joderles el día.

En internet se llaman trolls. Tienen otros nombres, pero no los controlo. Son los típicos perros del hortelano: el cuñado que te amarga la cena de Nochebuena todos los años y que sabes que alguna vez te clavará el cuchillo de trinchar en el bajo vientre, el vecino que llama a la policía en cuanto pones el disco de Los del Río un poco más alto de lo habitual, el compañero de curro que siempre se chiva de ti al jefe, el jefe que te grita y te humilla, la ex novia que te hace vudú en los testículos hipertrofiados de un muñeco que recuerda muy vagamente a ti cuando llevabas la ropa que te compraba ella, el taxista que te comenta, buscando complicidad, que habría que hundir las pateras a cañonazos, la tertulia de Pío Moa y el publicista que diseña las campañas de ING Direct.

Vamos, los hijos de puta de siempre.

Antes de internet podíamos zafarnos de ellos. Les veíamos venir y podíamos organizar una defensa eficaz antes de que sus esputos se emplastaran en nuestra cara. Pero la red les ha liberado, les ha sacado del ecosistema bilioso en el que vivían encenagados y les ha llevado a ámbitos virtuales en cuyos equivalentes del mundo real jamás se adentrarían.

Es una especie muy común y altamente infecciosa. Cualquiera que tenga un blog se ha encontrado alguna vez con ellos. Por aquí les habéis visto: llegan a tu casa, se cagan en el salón, eructan en tu cara, te dicen de todo, a ti y a tu santa madre, y cuando les dices que ya está bien, que se larguen por donde han venido, te llaman censor. Por supuesto, siempre desde el anonimato.

-Joder, tío, cómo te pones, ¿no? -dicen-. Si no aguantas una crítica... Podré comentar lo que me parezca, ¿no?, que para eso hay libertad de expresión.

Pues no, mira tú por donde. Claro que hay libertad de expresión, pero si vas a defecar sobre mi persona, lánzame los excrementos en la calle, no vengas a mi casa a cagarte en la alfombra. No sé si me explico: el blog y la web de cada cual sólo manifiesta la libertad de expresión de su autor o autores, no de los que pasaban por ahí.

Y eso que de vez en cuando hay alguno que tiene gracia, y no me opongo a los libelistas que libelan desde sus propias atalayas. Allá ellos con lo que dicen y a quién. Hay tribunales y leyes que resuelven esos asuntos, y la legislación española es bastante protectora del derecho al honor y a la propia imagen -y aunque a algunos medios les compensa pagar las multas que les imponen constantemente, no creo que a un particular le salga a cuenta-. Pero no entiendo a los que se pasean por todas las webs dejando cagarrutas en cada una de ellas. Es como si fueran puerta por puerta llamando gilipollas a la gente que está tan tranquila en sus casas. Y encima se ofenden cuando el aludido les da un portazo en la jeta.

No hay nada ni nadie que se libre de su hijaputez, todo les parece mal. Son racistas, filonazis y verbalmente muy agresivos. Contra todo y contra todos. Parece que no discriminan.

Yo, personalmente, estoy más que harto. En tiempos de bisoñez bloguera cometí el error de enzarzarme con alguno de ellos. Ya no lo hago más: les veto (sí, les censuro, sin paños calientes) y me quedo más ancho que largo. Si en la vida real no tolero que nadie me alce la voz, ¿por qué habría de consentirlo en internet?

¿Y por qué habrías de consentirlo tú? Tu web es tu casa. O tu bar. Y tiene también reservado el derecho de admisión si quieres. Si a un tío broncas y nazi le echarías de tu bar sin dudarlo, échalo de la web también. Es un consejo de la DGT.

UNA COLUMNA Y UN ANUNCIO

Robo -con permiso del autor- la columna que mi querido amigo Santiago Paniagua publica hoy en la contra de Heraldo. La suscribo punto por punto. Y seguro que muchos de vosotros, también.

La dignidad de Cohen

En el lodazal de los mentideros anónimos de Internet, este fin de semana se revolcaban con fruición unos cuantos proclamando su contento por que Leonard Cohen se hubiese desplomado en una de las escalas de su gira española, el viernes en Valencia. Tales sujetos se burlaban del cantautor por su supuesta condición de "progre", por "anciano" (sí que lo es, hoy cumple 75 años) y hasta por "artista" (indiscutiblemente), y varios, cómo no, recurrían en sus embestidas a ese 'hallazgo' de Jiménez Losantos que es el uso despectivo del término 'titiritero'.

La inquina hacia los 'entretenedores' (el canadiense proclamaba el martes, en su gigantesca actuación de Zaragoza, su orgullo por tal condición) es uno de los fenómenos del momento en España. Se ha querido en los últimos años lapidar toda disidencia política, especialmente, por la vía de la ridiculización de las preocupaciones colectivas, de todo aquello que no fuera medrar en solitario y sin escrúpulos. Y ahora se batalla por silenciar también cualquier discrepancia estética ante la grosera ramplonería que manda en Occidente. La víctima puede ser incluso un caballero como Cohen, que ha dado al mundo un cancionero en el que abunda la belleza como en pocos otros y en el que se sublima, como prácticamente en ninguno, la tristeza de existir. Con más dignidad sobre un escenario que la que pueda encontrarse en todos los despachos del planeta.

¿Se puede añadir más? Sí, pero serían addendas fruto de la rabia y, por tanto, contingentes y fútiles. Darle más volumen o más procacidad al discurso no le aporta más valor. Estos dos párrafos condensan lo que muchos llevamos mucho tiempo sintiendo ante el repugnante y creciente poder de los ignorantes satisfechos de serlo. Pocas cosas hay más hirientes y agresivas que la grosería y el desdén hacia lo que se percibe como diferente o precioso.

En fin, me callaré, que se me calienta el teclado.

El anuncio prometido en el título del post: me acaban de confirmar la fecha de presentación en Zaragoza de mi libro Soldados en el jardín de la paz. Será el jueves 22 de octubre en la librería Cálamo. Será un acto amigable y sencillo, con invitado sorpresa (que dejará de serlo cuando lo anuncie) y mucho buen rollo. Daré todos los detalles más adelante. Esta tarde voy a grabar una entrevista para la tele -ya diré cuándo se emite- y este domingo, si no se agosta, estaré en la Cadena Ser. Empieza el tostón promocional, amigos, y yo todavía no he pasado por la peluquería ni me he hecho la pedicura. Estas cosas siempre me pillan en pelotas.

DOS TONTADICAS

1. El otro día, en la Fnac de Lisboa, tropecé con una edición portuguesa muy chula de Un tranvía llamado deseo. En portugués es Um eléctrico chamado desejo. Me suena a porno del chusco. No dejo de imaginarme a Stanley como un electricista que va a arreglarle los plomos a Stella.

2. Me entero por Evelyn Waugh en su autobiografía parcial que había un club de estudiantes de Oxford en los años 20 que practicaba "la jornada al revés". Se levantaban por la mañana, se vestían de noche, fumaban unos puros, bebían whisky y jugaban a las cartas. Luego, cenaban al revés, empezando por los licores y terminando por la sopa, y así, hasta que acababan desayunando a medianoche. Doy gracias por no haberme enterado de esto hace diez años, cuando tenía amigos lo suficientemente locos y lo suficientemente ociosos como para seguirme en la idea del día al revés. Hoy estamos dispersos y desarmados, no creo que pudiéramos hacerlo.

ESTADOS MENTALES

Aún no me lo creo. Hace unas pocas horas que estoy de vacaciones. He abierto una Coronita (sin limón, degollaría a los camareros que me ponen la rodajita antes de que pueda decirles que no la quiero) y me he sentido extraño. Y ahora, ¿qué? El tiempo se expande ante mí como un agujero de gusano, sea lo que sea eso, y me siento desorientado y confuso. Plácidamente noqueado.

Esta última semana apenas he dormido. Creo que juntando lo que he dormido todas las noches de los siete días me sale el descanso de una noche y media normal. Con suerte. Estoy agotado y he abusado un poco del ibuprofeno, que es milagroso para las jaquecas pero que destroza el hígado con más eficacia que los señores Jack Daniels y Johnny Walker juntos y al galope. Normalmente, procuro moderar mi consumo, pero esta semana no podía, las jaquecas eran más fuertes que yo.

Por suerte, se acabó. Llega el relax. De vacaciones casi nunca me duele la cabeza. Siempre echo unos ibuprofenos en la maleta porsiaca, pero no me suelen hacer falta. Sé que a partir de mañana, cuando mi cerebro se reacomode a la nueva situación (quince meses después de mis últimas vacaciones) todo irá como una malva. Ahora me sentaré a leer Una educación incompleta, las memorias de Evelyn Waugh (en Libros del Asteroide, altamente recomendable). Cinismo british a lo bestia. Muy divertido, tremendamente cabrón. Debería maridar la lectura con una buena pinta de pale ale. O una red ale bien fuerte, pero a estas alturas del año prefiero una cerveza ligera mexicana, que contrasta bien con la prosa de Waugh, que también es ligera como el vuelo de un colibrí.

Dice Waugh cuando narra las vidas de sus ancestros -oportunistas, clérigos corruptos y oficiales británicos en la India- que los Waugh eran bastante altos hace siglos, pero que han ido menguando de estatura. La razón, según él, es que se han casado siempre con mujeres muy bajitas, ya que su soberbia y prepotencia no les permitía buscarse una esposa prominente que les hiciera sombra. Así que, al mezclar los genes, cada generación ha ido perdiendo unos centímetros.

This is England.

Mañana cogeremos los trastos y cambiaremos de paisaje. No pararemos hasta llegar a la estación de Santa Apolonia, en Lisboa, a los pies de la Alfama y junto al bello Tajo, que los portugueses, con mucho más acierto poético, llaman Tejo (pronúnciese algo así como Texo o Teyo). Hemos alquilado un apartamentito en Bairro Alto, y nuestra intención es dejar pasar los días entre afiladores de cuchillos en bicicleta, galeristas posmodernos, bellas mulatas de madre angoleña con pantaloncitos cortos, fadistas electrónicos y gitanos ociosos y esquineros. Pasear, hacer fotos con esa cámara maravillosa que tengo y a la que apenas doy uso, comer muchas sardinhas, algún pastais de Belem y beber vinho branco fresquito al anochecer. Este verano no cruzamos ningún océano: por lo visto, las compañías aéreas no dejan viajar a mujeres en avanzado estado de gestación. Y tampoco nos apetece que el chico se adelante y nazca en Samoa, la verdad. Si ha de nacer en el extranjero, que lo haga en Lisboa, que queda más cerca.

Bueno, vale, también me llevaré el portátil y le meteré caña a esa novela que acabo de empezar. Espero darle un buen empujón este mes, pero sin agobios. Apilaré un montón de páginas sin método ni disciplina. Escribiré con relax y placer, dejándome mecer por la cadencia de la historia que tengo en la cabeza (y en un esquemita muy complejo que empiezo a no entender ni yo). Ya ordenaré y puliré más adelante.

He localizado un pequeño restaurante en la misma calle donde vamos a quedarnos en Lisboa que tiene wifi. Lo lleva un español y dice que por las tardes ofrece café y tartas a quienes se quieran sentar un rato con el ordenador. Me bajaré con el portátil mientras Cris reposa su gestante barriga en las sobremesas y, si se tercia, mandaré algún que otro post viajero. Ya sabéis que vivo enamorado de Lisboa, así que tendré que dar la brasa un poco con esta ciudad.

Practicaré el escaso portugués que llevo aprendido, pero es difícil. Yo a esta gente no le pillo una palabra. A ver si nos entendemos en portuñol. Eso sí, por convicción y dignidad, he decidido que en este viaje no vamos a usar el inglés para nada. Dos habitantes de la Península Ibérica, aunque tengan lenguas maternas distintas, deberían poder entenderse sin usar una lingua franca, ¿no?

Lo dicho: que si me veis ausente de este blog durante unos días, buscadme en la Feira da Ladra o en alguna tasca cerca de la Praça de Camões.

Por cierto, a la vuelta de Lisboa empezaré con la promoción de Soldados en el jardín de la paz. Supongo que para entonces estará ya decidida la fecha de la presentación en Zaragoza.

Cuidaos mucho y haced todo lo que os pida el cuerpo. Besos húmedos y abrazos viriles para unas y para otros.

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UN ROBADO

UN ROBADO

Que me detengan si quieren, aquí les espero. Sé que violo las leyes de protección a la infancia y las del derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen, pero me da igual. He hecho un robado. He contratado a un paparazzi y le he encargado una fotografía furtiva. De hecho, el retratado está durmiendo, doble delito. No se ha enterado de que le estábamos viendo. Dormía sobre la placenta y se metía la mano en la boca, ignorante de que le estábamos espiando. Pobre iluso. Ahora tengo las imágenes en mi poder y las voy a hacer públicas, caiga quien caiga. Aquí las tenéis: desde las profundidades uterinas, mi chaval ha sido pillado in fraganti. Es la primera foto que tengo de él, y todavía no ha nacido.

LA CIUDAD PIXELADA: ¿LA ÚNICA RESPUESTA POSIBLE?

LA CIUDAD PIXELADA: ¿LA ÚNICA RESPUESTA POSIBLE?

Aquí te dejo mi último artículo dominical de HERALDO. Ya sé que no los suelo colgar (llevo unas 20 entregas de La ciudad pixelada y en el blog sólo habré puesto dos o tres), pero esta me interesa especialmente. A ver qué te parece a ti. La ilustración, como siempre, del gran Álvaro Ortiz -cuyo último cómic aún no he reseñado aquí, a ver si encuentro ocasión pronto, que a este paso va a publicar otro antes de que yo me decida a comentarlo-.

En la avenida de América de Zaragoza se mantiene, impertinente, la fachada de la cárcel de Torrero. Ahí siguen el portón y las torretas de vigilancia, pero no hay ningún carcelero en ellas. Aun así, me da la impresión de que la gente ralentiza el paso cuando se acerca a la fachada, manteniendo parte del temor antiguo que irradiaban aquellas piedras. Yo, que soy más aprensivo que los demás, incluso me cambio de acera. Aunque sé que detrás solo hay un solar con cascotes, esos ladrillos y ese portón me ponen mal cuerpo, no lo puedo controlar, y en mi delirio imagino que los demás sienten un resquemor parecido al que me hormiguea por dentro.

Me pasaba lo mismo de chaval, cuando visitábamos a la familia de Barcelona y mis paseos acababan, sin darme cuenta, frente al edificio de la cárcel Modelo, a pocas manzanas de donde vivían mis tíos. Que siga funcionando en el centro de la ciudad me sigue espantando hoy. Por esa incontrolable aprensión, años más tarde, en marzo de 1999, me negué a ir a un concierto que dio Rosendo en el patio de Carabanchel, en Madrid, poco después de que la cerraran, para celebrar precisamente su cierre. Aunque no fui, sé que le quedó un 'show' muy emotivo porque lo recogió en un disco y lo tituló 'Siempre hay una historia'. Fue el triunfo de la gente del barrio frente a los carceleros, el desquite por décadas de desprecio. Rosendo cedió los derechos de autor del disco a Basida, una oenegé que atiende a reclusos enfermos de sida.

Nadie quiere tener una cárcel en su barrio. A los que hemos crecido escuchando historias de macarras de ceñido pantalón y riéndonos con las hazañas de Maki Navaja, el trullo nos da mucho yuyu, aunque nunca jamás nos vayamos a ver en la tesitura de pisarlo, ni siquiera como visitantes. Y, sin embargo, me da la impresión de que todo el mundo quiere más cárceles. Eso sí, lejos de su vista.

De un tiempo a esta parte, percibo un clamor vengativo. Tres o cuatro sucesos muy mediáticos han avivado en amplios sectores de la sociedad la creencia de que la ley española es muy laxa y que los criminales campan a sus anchas. Los datos contradicen tajantemente esa percepción, que se repite como un mantra en los más variados foros, y que muchos políticos utilizan con ánimo populista en cuanto tienen ocasión.

Este mismo periódico publicaba la semana pasada que Aragón tiene una tasa de criminalidad del 37,3%, diez puntos más baja que la media española. Si se tiene en cuenta que España tiene una criminalidad veinte puntos más baja que la media de la UE, cualquiera puede deducir que Aragón es una de las regiones más tranquilas y seguras de todo el continente. Y, sin embargo, según otro estudio, la tasa de encarcelamiento española es la más alta de Europa. Tenemos unas cárceles saturadísimas y no paramos de construir 'macrocentros' como el de Zuera porque los viejos se quedan pequeños. El año pasado, el de la Expo, la población reclusa en la prisión zaragozana duplicó la capacidad para la que fue construida.

Vamos, que en España se aplica una mano mucho más dura que en Europa: se cometen pocos delitos, pero tenemos muchísimos presos. Quizá el problema no sea de defecto, sino de exceso. ¿No basta el esqueleto de Torrero para que nos planteemos que la respuesta de un Estado de Derecho tiene que ser más imaginativa e integradora? En 10.000 años, hemos pasado de inventar la rueda a fotografiar los confines del Sistema Solar, pero seguimos creyendo que la delincuencia solo se puede atajar con encierros. ¿No es triste?

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