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El Blog de Sergio del Molino

Literatura

JOYCE Y JACK

Muy de vez en cuando, me gusta colgar aquí alguno de los artículos que publico los domingos en Heraldo, y que llevan por título genérico La ciudad pixelada. Especialmente si, como es el caso, pienso añadir algo que no tiene cabida en el papel. Éste es el que se ha publicado hoy:

Personajes secundarios

Me he pasado la noche en vela leyendo ‘Personajes secundarios’, de Joyce Johnson (Libros del Asteroide). Hacía meses que una lectura no me atrapaba con tanta fuerza, y es muy agradable sentirse sacudido y noqueado por un libro.

El dicho “una imagen vale más que mil palabras” se aplica perfectamente a este libro. En concreto, a su portada. Es una foto del escritor Jack Kerouac en Nueva York. Un primer plano en blanco y negro tomado de noche, con un gran contraste de sombras. Él aparece nítido, acaparando buena parte del encuadre, pero en la esquina inferior izquierda se aprecia una figura femenina emborronada. Está unos metros por detrás de Kerouac, entre ajena y anhelante, casi fuera de la composición, sin que quede claro si su aparición es intencionada o accidental. Se trata de Joyce Johnson, la autora del libro y amante intermitente de Kerouac durante más de diez años.

La imagen fue empleada en los ochenta como reclamo por la cadena de tiendas de moda Gap, pero los publicistas la recortaron para dejar fuera de ella a Johnson, en una maniobra digna del comité central del PCUS. Ese es el sino de los personajes secundarios.

Ilustración: Álvaro Ortiz

‘Personajes secundarios’ narra las aventuras de la generación ‘beat’ de los años cincuenta desde la perspectiva de una joven confusa y enamorada del más grande narrador del grupo, Jack Kerouac, un nombre al que no le viene grande el apelativo de mito. Para varias generaciones de escritores, músicos y artistas estadounidenses, eso ha sido Kerouac, el autor de ‘En la carretera’ (obra recientemente retraducida al castellano en su versión original sin censurar: está en Anagrama y es altamente recomendable): un mito enorme e idolatrado patéticamente, en todos los sentidos del adverbio. En su encumbramiento influyó decisivamente que muriera joven. Joyce Johnson, en cambio, no era nadie: la chica tímida que iba y venía y que a veces se colaba sin querer en las fotos.

Cuidado con los segundones. Cuidado con esa multitud que calla, asiente, sonríe y toma notas mentales. Suelen ser ellos quienes mejor comprenden lo que pasa delante de sus ojos. La historia rara vez la escriben sus protagonistas, pues están demasiado ocupados llenando la pantalla. Es quien vive agazapado, observando, a la sombra del grande, quien suele tener mejor pulso a la hora de retratar una época y unos personajes.

Lo de Johnson fue accidental: le tocó conocer a una gente extraordinaria y, al cabo de un tiempo, entendió que debía escribir sobre lo que había visto y vivido, que merecía la pena dar su versión de unos hechos y unas personas que estaban en boca de todos. Pero yo he conocido a tipos y tipas empeñados en convertirse en una Joyce Johnson.

En la prensa española es una especie que abunda y que ha creado escuela, y no es raro encontrar cronistas de la vida literaria o farandulera que no son escritores o artistas frustrados, sino que les basta con ser testigos y contarlo. Hay mucha tradición: desde ‘La novela de un literato’ de Rafael Cansinos Assens a los artículos y entrevistas de Luis Alegre, han sido muchos los que han cultivado este seudogénero reporteril. Pero no deja de sorprenderme que, en torno a toda farándula, pululen cual libélulas ciertos tipos que no aspiran a nada más que a estar allí, sin querer contar ni aprender ni aprehender ningún genio. Ellos son los verdaderos personajes secundarios, los que ni siquiera aparecen emborronados en las fotos.

Como es fácil suponer, la pobre Joyce llevaba las de perder en la relación amorosa con Kerouac, pero sabía dónde se metía, nunca se sintió engañada ni le exigió a su amante lo que no le podía dar. La relación iba y venía, y cuando se publicó On the Road, la fama terminó de desquiciar al pobre Jack. En una de sus despedidas, Joyce se dijo que ya estaba bien, que no iba a sufrir más, que tenía que hacerse valer y respetar. Y lo consiguió durante unos meses, consiguió alejarse y no saber nada de él. Hasta que Kerouac fue a Nueva York a dar unos recitales en un garito del Village. Así lo cuenta en el libro:

Un día me llamó. "¿Quieres venir a escucharme? Esta noche les pasaré tu nombre a los de la entrada". Fui sola y me senté en una mesa oscura del fondo rodeada de parejas de universitarios cogidos de la mano. Cenicientas de Radcliff y chicos con el pelo al rape y jerséis de lana que se habían acercado a la ciudad para ver a su héroes durante las vacaciones de Navidad. La luz fue apagándose y sonó una fanfarria de aires vagamente vodevilescos, un largo redoble de tambor; Jack entró en el escenario tambaleándose y estuvo a punto de tropezar con el piano. Agarraba una botella de Thunderbird como si la vida le fuera en ello, con la misma mirada trastornada que exhibía en los estudios de televisión. Parecía haber olvidado dónde estaba o qué era lo que tenía que hacer. Sólo sabía que los músicos eran sus amigos, quizá los únicos que tenía en aquel momento, y cuando empezaron a tocar se dispuso a canturrear satisfecho, lejos del micrófono, enseñándoles la botella mientras le daba la espalda al público.

La perplejidad inicial de aquellos jóvenes se convirtió en impaciencia y, más tarde, en hostilidad. Cuando algunos de aquellos atildados jóvenes comenzaron a silbar y a aplaudir, uno de los músicos le dijo a Jack, con mucha amabilidad: "Eh, es hora de actuar".

Y consiguió encontrar el micrófono y leer un párrafo o dos de En el camino mientras Zoot Sims le acompañaba al piano, pero el público empezaba a pagar y a marcharse; el lugar se quedó vacío antes de que él terminara. Después incluso los músicos parecieron apresurarse en recoger sus instrumentos y dejaron a Jack en la banqueta del piano preguntando abatido: "¿Adónde vais?". "Tenemos que largarnos, Jack. Mañana será otro día".

No me había visto en la mesa del fondo. Me levanté y me dirigí hacia él. Le daría las gracias por haberme invitado y luego haría acopio de todas mis fuerzas para salir por la puerta y marcharme a casa. Quizá él estaría tan borracho que ni me preguntaría qué me había parecido la actuación y yo no tendría que mentirle. Le quería, pero yo no significaba nada para él.

Advertí que, naturalmente, una chica había hecho acto de presencia, un pálido espectro de la noche de rasgos marcados y aquella indiferencia hipster que yo nunca conseguiría imitar. Abrochándose el abrigo muy despacio, se quedó esperándole de pie con aspecto de haberle esperado -con éxito- en otras ocasiones.

-Buenas noches, Jack -lo saludé rápidamente.

-¡Joycey!

Gritó al pronunciar mi nombre, con una voz tan triste que se me olvidaron todos los consejos de Hettie, que me había animado a que me mantuviera firme. Me acerqué a él y le besé en la boca. Me agarró de los brazos y apoyó la frente en la mía; no me soltaba.

-¿Puedes sacarnos de aquí? Quiero ir a algún sitio contigo, pero estoy demasiado cansado para hacer nada, ¿entiendes? Demasiado cansado, demasiado borracho. No te importa, ¿verdad? ¿Puedes sacarnos de aquí?

Qué suerte tuvo Kerouac. Ojalá todos, cuando estemos a punto de caernos en un escenario agarrados a una botella casi vacía de Thunderbird y todo el público se haya ido del local asqueado, tengamos una Joyce que nos meta en un taxi y nos lleve a su casa.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

MARIO DE LOS SANTOS, EN POLONIA

MARIO DE LOS SANTOS, EN POLONIA

Ya sabéis (y si no lo sabéis, lo digo ahora) que no soy amigo de usar el blog como tablón de anuncios. De mis cosas, sí, que para eso cuento mi vida, pero procuro que sea un espacio libre de afiches: no anuncio saraos, no gloso a los amiguetes ni a los artistas que no son amiguetes, ni hago las veces de agenda cultureta del barrio. Esa función la cumplen muy rebien otros blogs y yo me propuse hacer otra cosa, por eso no suelo atender las peticiones que algunos me hacéis a través del mail de que publicite aquí historias varias. No por nada, sino porque creo que desentona, que no es el lugar adecuado. No me odiéis mucho por ello.

Pero hoy permitidme hacer una de las muchas excepciones que planteo a esta norma nada inflexible. Aquí os dejo linkado el artículo que sale hoy en Heraldo sobre el gran editor -y, sin embargo, amigo- Mario de los Santos, que el 4 de diciembre estrena una obra teatral de su autoría en Polonia. Mi compi Sole Campo le ha hecho un reportaje, y un fotero que no aparece especificado (no estoy en la redacción y no puedo averiguar su nombre, lo siento) le ha hecho esta interesante afoto donde Mario parece lo que es: un intelectual de la antigua RDA.

Entre las cosas horribles que Mario ha hecho en su vida está la de editar un libro mío (origen de la amistad: siguió tratándome después de conocer al majadero que había escrito Malas influencias, y eso indica cierto desequilibrio mental). Entre las buenas, además de echarse de novia a una chica más que estupenda, escribir tres novelas muy majas, enamorarse de Colombia y de los colombianos que las pasan putas y escribir unas obras de teatro que se estrenan siempre en Polonia, porque allí vivió una temporada. También presume de preparar unos cócteles de la hostia, mejores que los míos, dice, pero ese extremo todavía no lo hemos comprobado. No hemos encontrado ocasión de medir nuestras fuerzas coctelera en ristre.

Pero, sobre todo y por encima de todas estas cosas contingentes, lo que cuenta es que Mario es un tipo cojonudo, un estupendo charrador y una compañía inigualable, incluso cuando habla del Sporting de Gijón, que es otra de sus pasiones.

Y ya, que luego me llamáis pelota.

PD. Me olvidaba: Mario tiene un blog que se titula como una de sus novelas, Cuando tu rostro era niebla.

EL GRAN FRESÁN

He escrito una cosita sobre la visita que Rodrigo Fresán hizo ayer a Zaragoza para presentar su nuevo libro. Tuve la suerte de conocerlo (cual fan arrojabragas) y pasar un breve y grato ratejo con él y con la panda juntaletrera local.

El articulillo se titula Travesuras de alto nivel, y puedes leerlo aquí.

ERTZAINA Y LESBIANA

Llega un mail de la editorial Vía Magna con este asunto:

Felicidad Olaizola, ertzaina y lesbiana

Hostias. Las vascas salen del armario. O del arcón del caserío. Qué movidón. Y qué miedo. No me preguntes porqué, pero es una perspectiva que aterra.

Abro el mensaje y leo:

"Soy Felicidad Olaizola, ertzaina y lesbiana. Javier Otaola ha novelado mis casos más interesantes".

Pronto se desvanece mi felicidad: es puro márketing. Otaola es un escritor de novela negra y Felicidad Olaizola es su detective heroína. El mail anuncia el lanzamiento de su nueva novela, As de espadas, donde la suboficial (y lesbiana) de la Ertzaintza investiga un asesinato en las afueras de Bilbao. Sin ETA de por medio, que se sepa. La cosa va de chanchullos de ricachones. Vale, de acuerdo, no todas las tramas de corrupción gansteril y de crímenes mafiosos han de transcurrir en San Francisco o en Chicago. Pero el noir precisa de algo de glamour, de un puntito cosmopolita y de un alma atormentada que beba bourbon. Lo siento, pero no hay glamour en Bilbao, y las almas atormentadas, aunque sean lesbianas, parecen menos atormentadas si en vez de bourbon beben pacharán o chiquitos de tintorro.

No sé, no me llama. Para la cosa gansteril, me quedo con los americanos. Donde esté un buen Ellroy, que se quite la Ertzaintza. Puedo quedarme con un Juan Madrid o, incluso, si me pilla resfriado, me puedo echar al coleto un Vázquez Montalbán, pero dejen las boinas rojas fuera del género negro, que para eso es negro, coño.

En cualquier caso, le alabo el ingenio a Otaola: su "ertzaina y lesbiana" es una de las caracterizaciones de personaje más descacharrantes que he leído en tiempos. Sólo la supera el Hans Delbruck de Mel Brooks.

Hans Delbruck sale en El jovencito Frankenstein, pero no es un personaje: es un cerebro que se guarda en el depósito de cerebros y que el doctor Fronkonstin quiere utilizar para su creación monstruosa. En el frasco donde se guarda, se lee esta etiqueta: "Hans Delbruck, científico y santo".

Científico y santo. Ertzaina y lesbiana. Grandes acotaciones ambas, vive dios.

Me intriga saber si, como parece ser, dada la importancia que se le da en la caracterización, la condición lésbica de la policía influye en sus dotes policiales. En principio, no debería, pero igual resuelve crímenes con sus poderes lésbicos. Igual consigue que los sospechosos confiesen prometiéndoles que pueden mirar mientras se enrolla con su novia. ¿Qué hombre podría resistirse a ello?

No lo sé, para descubrirlo, tendría que leer el libro. Y no estoy por la labor. No tengo cuerpo, amigo.

En fin, este jueves presentamos Soldados en el jardín de la paz. Vente, que haremos merienda-cena (mentira: sólo habrá alcohol). A las 20.00 en la Librería Cálamo. Se exige pajarita para los caballeros y traje de noche escotado para las damas.

EL LUPANAR ETERNO

A propósito del libro de Gracq que comentaba el otro día. En general, tiene razón el gruñón francés, pero falla en una cosa esencial: durante todo el panfleto, atribuye todos esos males de la república de las letras a la sociedad de masas surgida tras la Segunda Guerra Mundial. Implícitamente, asoma la muletilla de "esto en mis tiempos no pasaba".

¿Que no?

Amos, anda.

La cantinela de que todo tiempo pasado fue mejor la llevamos escuchando desde que a un homo sapiens se le irritaron las cuerdas vocales de tanto comer mamut y tosió emitiendo un sonido quejumbroso que hoy llamamos lenguaje. Lo primero que dijo un humano fue: "Estos jovenzanos imberbes no saben cazar bisontes como es debido. En mis tiempos sí que se cazaba bien, ahora ya no saben ni afilar la lanza de sílex. Vamos hacia el abismo".

Todo lo que denuncia Gracq sigue vigente, pero no era nuevo en 1950. Lo único nuevo de 1950 era la sociedad de masas institucionalizada. Lo nuevo era el ascenso de una clase media que quería aparentar dignidad burguesa, y la forma más fácil de adquirirla era a través de la cultura, que es una de las fuentes de legitimación social más poderosas desde que los bailes de primavera de los duques de Medina-Sidonia pasaron de moda. Incluso llego a sospechar que lo que le molesta realmente a Gracq no es el teatrillo vanidoso de la farándula letraherida, sino que el público, selecto y educado antes de la guerra, se haya llenado de gañanes recién salidos de la aldea, con el pelo de la dehesa a medio sacudir.

Porque casi 200 años antes que Gracq, un español, José Cadalso, ya dejó caer alguna que otra andanada parecida en Los eruditos a la violeta. Y entonces no había una industria cultural ni unos periodistas amarillosos a los que echarle la culpa.

Incluso en una cultura cortesana y de salón pueden identificarse males parecidos. Es extraño que nos emperremos en no verlo y atribuyamos siempre a nuestros antepasados una dignidad que nosotros, al parecer, hemos perdido.

Pues os voy a contar un secreto: nuestros antepasados, aunque parezcan algo en los retratos antiguos, eran unos hijos de puta.

Hicieron cruzadas, exterminaron razas indígenas enteras, esclavizaron a varios continentes, churruscaron en hogueras a todo quisque, les gasearon, les empalaron, les abrieron en canal, les deportaron, les encerraron en guetos...

¿Por qué razón debemos suponer que los literatos que vivían en esas sociedades eran mejores artistas y personas que los literatos actuales? En principio, yo tiendo a presuponer que eran, por lo menos, tan hijos de puta como ellos. No hay motivo para deducir que tuvieran un estatus moral o estético superior. En eso sigo siendo marxista y creo que el arte es fruto de su tiempo. Un tiempo esclavista genera un arte esclavista.

Otra cosa es que sepamos leer a toro pasado. Otra cosa es que sepamos rescatar lo que nos interesa y lo que nos emociona. Otra cosa es que, pasados los años, sepamos abstraernos del hombre y nos centremos en la obra. Tras el refinado que sólo el transcurrir de los siglos puede realizar, nos queda un repertorio de lo mejor, de lo más interesante, y la filfa queda fuera. Ni la miramos siquiera.

Lo malo del presente es que la filfa no se puede apartar. Todavía no se ha tamizado nada y es difícil saber qué merecerá la pena y qué quedará en el olvido. Para escribir el libro de los alemanes he vaciado varias colecciones de periódicos de 1916 hasta entrados los años 20, y por curiosidad he seguido la crónica cultureta de aquellos años. ¿Sabéis dónde estaban los nombres que estudiamos hoy en los libros de texto, esos de la generación del 98 y del 27? En ningún sitio. Si acaso, en la letra pequeña. Nada de lo que aquella gente consideraba grandioso o imprescindible ha aguantado hasta hoy. Lo que leemos ahora era marginal entonces. No todo, pero sí en buena medida. Los intereses, el amigueo y la crítica aduladora y manipuladora funcionaban entonces igual que ahora, encumbrando a mediocres y soslayando a los curritos honestos. Sólo que entonces había muchos más analfabetos y la cosa cantaba menos, sólo concernía a cuatro señoritos cultos. La diferencia es cuantitativa, no cualitativa.

De los tiempos de Gracq a esta parte parece que lo único que ha cambiado es la sofisticación de los protocolos culturetas. Todo escritor que publique con una editorial firma un contrato en el que se compromete, en una cláusula estándar, a colaborar activamente en la promoción del libro, concediendo entrevistas y asistiendo a los saraos que el editor considere menester. Yo lo he firmado las dos veces sin rechistar (pero a mí no me duele: soy un exhibicionista de gabardina, me mola que me saquen de paseo).

Este requisito no es un dogal, claro, pero está mal visto que un autor se escaquee de esas obligaciones (aunque un escaqueo bien llevado puede ser un arma promocional más poderosa que el machaque continuo: miren Salinger, o Elfriede Jelinek. No estar nunca, a veces, es más eficaz que estar a todas horas, como les pasa a esas chicas que se hacen las distantes y cuyo desprecio nos erotiza mucho más que si nos lo pusieran fácil).

Los mecanismos están más controlados y hay más aros por los que un escritor se ve conminado a pasar, pero, en lo fundamental, hoy como hace mil años, la república de las letras es una casa de putas. Forma parte de su encanto. De su despreciable encanto, si lo quieren así. A mí me reconforta saber que está poblada por humanos con las mismas mezquindades que los demás, y no por seres puros e insoportablemente enmohecidos en sus torres de marfil o de alabastro.

Porque, puestos a considerar dioses a los juntaletras, prefiero que sean dioses griegos, con sus raptos, sus orgías y sus matanzas, que aburridos déspotas absolutos judeo-cristianos con el culo tan gordo como para tenerlo en todas partes.

EL CIRCO LITERARIO

EL CIRCO LITERARIO

Como empiezo a sospechar -quizá sin razón- que el blog literario de Heraldo y este rinconcito tienen públicos distintos que apenas se cruzan dos miradas cuando tropiezan en el ascensor, os cuelgo aquí un texto que escribí ayer para De reojo, porque creo que podría haberse publicado aquí sin desentonar. El otro día, tomando una caña con un amigo escritor, me dijo que el blog de Heraldo es muy sobrio, que le falta algo de la sal que esparzo en este. Puede ser, pero es que allí me ciño a un tema y procuro reseñar los libros con rigor. Aquí hay un ambiente más distendido, me siento más en casa. Intentaré, en la medida de lo posible, aliñar con un poco de alegría el otro blog, pero no prometo nada.

Julien Gracq, La literatura como bluff. Editorial Nortesur.

Con el fin del verano se acaban los romances, las noches se hacen más largas, Chanquete la diña y Julia vuelve a pedirle a Pancho que pose desnudo para ella. Y con el fin del verano se acaba la insoportable sequía de novedades editoriales. Las librerías, que han respirado un poco, sacuden el polvo a los estantes y hacen hueco para la marabunta otoñal. Las imprentas trabajan en estas fechas a toda máquina para que, en cuanto acabe la campaña de los libros de texto, arranque la temporada literaria, con sus presentaciones, sus imprescindibles, sus clásicos, sus descubrimientos y sus grandes esperanzas blancas.

Pero antes de que los acróbatas y los domadores del circo literario vuelvan de vacaciones y abran la taquilla de su carpa, la editorial Nortesur (apostillaría la exquisita editorial Nortesur, pero sería una adjetivación redundante: todo lo que saca este joven sello barcelonés es ambrosía pura) nos da una oportunidad de redención con la muy atinada publicación de La literatura como bluff, del francés Julien Gracq, un microlibro (apenas 80 paginitas de nada) que seguramente pasará desapercibido y cuya invisibilidad me gustaría evitar en la medida de mis modestísimas posibilidades.

Es un libro pequeño, pero su tono es atronador. Se publicó en Francia en 1950 y durante décadas ha sido un dedo en el ojo de los faranduleros literarios. Es una pequeña venganza, fruto de un cabreo muy gordo que se cogió el bueno de Gracq (seudónimo de Louis Poirier). Además, es contingente: sus andanadas se refieren a un país -Francia-, una época -los años de la posguerra mundial- y un movimiento filosófico-literario -el existencialismo-. No pretende ir más allá, no busca ser un alegato universal, solo quiere cantarle las cuarenta a unos cuantos so called escritores. Y, sin embargo, es difícil no reconocer en el mundillo literario actual de cualquier país, autonomía, ciudad o barrio muchas de las afirmaciones que se hacen en el libro.

Gracq denuncia la banalización del hecho literario, la dictadura de la imagen, el aburguesamiento del escritor y la crítica naïf  más preocupada por seguir la moda que por enjuiciar con criterio los libros que reseña. Le asquea el sistema de castas, la obsesión por publicar a toda costa y el desfile pedante de vacas sagradas que siempre son alabadas aunque sus libros se parezcan más a excrementos de vaca sagrada que a obras dignas de ser consideradas literarias.

Gracq era una rara avis. Adoptó un seudónimo porque quería que su obra fuera valorada solo por sus méritos literarios y artísticos, no por el carácter o el carisma de su autor. Vivió alejado del circo literario, fue profesor de instituto toda su vida, y murió convencido de que lo único que debe hacer un escritor es escribir. Todo lo demás es paja. Para Gracq, comer canapés en recepciones de embajadores, vestir chaqué, recibir premios, asistir a tertulias y lanzar soflamas políticas en los periódicos no tiene nada que ver con la literatura, que se compone en exclusiva de un tipo que escribe y otro que lee. Y, si acaso, de un crítico honesto y con buen bagaje que orienta al lector en algunos laberintos sin Minotauro. De hecho, rechazó el Goncourt, que es el mayor premio que puede recibir un juntaletras francés después del Nobel.

Les cito algunos pasajes del libro y luego me comentan si creen que pueden extrapolarse, sin cambiar una sola coma, a la república de las letras de hoy de España, de Aragón o de su comunidad de vecinos. A poco que frecuenten los suplementos literarios y hayan ido a alguna presentación de libros, reconocerán muchos tropos:

Y ya que estoy con los premios literarios, y sin prescindir de la extremada desconfianza que hay que tener a la hora de solicitar a la policía que intervenga en los lugares públicos, me permito llamar la atención a los agentes a cuyo cargo corre, en principio, la represión de los delitos contra las buenas costumbres, y avisarlos de que ya va siendo hora de terminar con ese espectáculo que lo deja a uno helado, de “escritores” amaestrados para enderezarse sobre los cuartos traseros desde que nacieron y a quienes unos cuantos sádicos engolosinan ahora por las esquinas con lo que sea -un camembert, una botella de vino-.

Existen, en literatura, plazas envidiables que se reparten lo mismo que esas carteras ministeriales que van a dar a manos de candidatos que no tienen más méritos para ello que “estar siempre ahí”.

Nada se opone a que en nuestra literatura se siga siendo una “esperanza” perpetua: nadie se echará encima la responsabilidad de poner una cruz sobre esa virtualidad fallecida a corta edad.

Sus libros [los del escritor], de los que a veces solo se sabe que existen, lo convierten en persona autorizada, le proporcionan una letra de cambio, un cheque en blanco indefinido para ejercer las funciones más variopintas.

Nos amenaza en la actualidad este suceso inconcebible: una literatura de pedantes.

¿Está escrito con mala sangre? Sí. ¿Con ánimo vengativo? Sí. ¿Contiene pullas personales lanzadas contra otros escritores y críticos? Sin duda, está trufadito, y seguro que alguien se ha dedicado a descifrarlas. ¿Hay animus injurandi? A raudales, de la primera a la última página: a un abogado no le costaría mucho demostrarlo. ¿Es un desahogo personal? Básicamente. Pero la respuesta afirmativa a todas estas preguntas no invalida lo que dice. Quizá esté dicho con la glándula que segrega bilis y no con el cerebro, pero lo dicho es cierto. Da en el clavo. Por eso podemos leerlo hoy, medio siglo después, y seguir asintiendo y reconociendo cada afirmación.

Eso sí: la cosa tiene mal remedio.

SEÑORES CON PAJARITA

Denunciaba alguien en algún lugar el otro día (mi precisión se resiente con el calor) el machismo institucional de las letras hispanas, y lo justificaba con una estadística demoledora: desde 1976, año de su institución, solo dos mujeres han ganado el Premio Cervantes. Y en el otro gran premio, el Nacional de Literatura, la cosa anda casi igual de vergonzante: solo hay tres ganadoras en la lista. Aunque es verdad que el premio se instituyó en 1984, así que puede decirse que ha sido más benévolo con las literatura escrita por mujeres que el Cervantes.

Es fácil lanzar un guantazo así, tan contundente y, en apariencia, irrebatible. Pero nunca está de más afinar un pelín más la argumentación. El golpe de efecto es menor, claro, pero el debate se enriquece. Yo pienso que esos datos, más que evidenciar un machismo presente, son fruto de un machismo pretérito, y para calibrar el grado de machismo real que puede darse en el mundillo literario de hoy, habría que acudir a otros indicadores más fiables.

¿Por qué? Muy sencillo: estos dos premios se entregan a gente viejuna. Son reconocimientos a toda una vida de excelencia y dedicación, son colofones a las carreras literarias de sus agraciados, el último mojón dorado de su camino. Por tanto, se dan a escritores que despuntaron hace muchas décadas, mucho antes de la incorporación masiva de las mujeres a la educación universitaria. Si se fijan, en esa lista tampoco menudea gente de origen proletario o curritos: son niños de papá machitos, los que podían permitirse el lujo de escribir. Los más recientes ganadores de ambas listas empezaron sus carreras literarias en los años 50. ¿Cuántas escritoras había entonces, en España y en Latinoamérica? Para que empiece a haber cierta igualdad en este palmarés tendrán que pasar veinte o treinta años más, cuando las escritoras que emergieron en los años 70 y 80, y que hoy empiezan a madurar, entren en la senectud, que es requisito obligatorio para recibir el premio. Si dentro de 20 años, las listas siguen igual de desequilibradas, entonces sí que se les podrá acusar de machismo. De momento, sólo dan cuenta del panorama literario de hace medio siglo.

Y, la verdad, cualquiera que otee un poquito el panorama actual, verá que la igualdad es prácticamente un hecho. Las escritoras no tienen que demostrar más que los escritores, y no están infrarrepresentadas, que yo perciba, en ningún ámbito. En la colección Voces, de Tropo, donde aparecieron mis Malas influencias, sólo estamos editados dos chicos: Matías Candeira y un servidor. El resto, son autoras. Y es una colección que pretende anticipar las voces que tendrán algo que decir en el futuro inmediato, así que por ahí sí que pueden ver por dónde van a ir los tiros.

Desde luego, los grandes premios literarios son a la literatura lo que un casino aristocrático a la vida real. Si queremos hablar de machismo en el mundo de las letras, busquemos en otros rincones, no me hablen de señores mayores que usan pajarita, por favor.

IMPOSTURAS

IMPOSTURAS

Hace un tiempo leí El adversario, de Emmanuel Carrère. Es una especie de docudrama en forma de libro que cuenta la historia de Jean-Claude Romand, que en 1993 conmocionó a Francia entera. Romand mató a su mujer, a sus hijos y a sus padres, y luego intentó suicidarse, pero no lo consiguió. Todavía cumple condena.

Les mató por una razón muy sencilla: estaban a punto de descubrir que era un impostor. Un impostor absoluto, el mayor impostor que ha dado la historia.

Oficialmente, Romand era médico y trabajaba en la OMS en Ginebra. Vivía muy holgadamente en las afueras francesas de la ciudad suiza, en barrios acomodados de funcionarios internacionales. Padre amantísimo, amigo entrañable y querido, figura destacada del vecindario, hijo dilecto...

Pero Romand no era nada de eso. Un día, mientras estudiaba medicina en Lyon, se bloqueó. No pudo presentarse a un examen. Y, a partir de ahí, empezó a fingir. Siguió yendo a la facultad pese a que ya no estaba matriculado. Fingió terminar medicina, se casó con una compañera de la facultad y entabló una estrechísima amistad con otro compañero. Fingió que se iba a hacer residencias que nunca hizo en hospitales de otras ciudades, y un buen día le dijo a su familia que le habían contratado en la OMS y que había que mudarse a las afueras de Ginebra.

El dinero para mantener su tren de vida lo consiguió estafando a familiares y amigos. Les decía que podían invertir sus ahorros en jugosas cuentas de bancos suizos que, puestas a su nombre, y dado que él era funcionario internacional, darían muchos réditos, pues podía contratarlas en condiciones muy ventajosas. Sableó a sus padres, a sus suegros, a sus amigos, a todo el que pasaba por allí, y con su dinero pagó la casa, el coche, el colegio privado de sus hijos y los caprichos de su mujer.

Por las mañanas, cogía el coche y decía que se iba a trabajar. Conducía hasta algún bosque y allí pasaba ocho o nueve horas, hasta que llegaba la hora de volver a casa.

Nadie sospechó de él nunca. Se pasó años y años en un equilibrio inestable. Su mujer no miró nunca los extractos de la cuenta, nunca descubrió que no tenía una nómina, que no había ningún despacho suyo en la OMS. Nunca le llamó al trabajo, nunca conoció a su jefe ni a sus compañeros de la OMS. Ni siquiera se extrañaban de que, cuando necesitaban un medicamento, él no se los recetase y tuvieran que recurrir a otros médicos.

Una increíble recua de casualidades mantuvo su farsa muchos años.

Hasta que el dinero empezó a escasear.

Hasta que empezaron a reclamarle esos ahorros que había invertido en Suiza y él no podía devolverlos, porque se los había gastado en la casa, en el coche, en el colegio privado de sus hijos, en los caprichos de su mujer.

Hasta que el director del colegio le dijo a su esposa que había llamado a la OMS por un asunto escolar y le habían dicho que allí no trabajaba ningún doctor Romand.

Su mujer empezó a sospechar, pero antes de que pudiera descubrir nada, murió.

O eso se cree, porque no se sabe si la mujer murió sabiendo la verdad o engañada.

Carrère se carteó con Romand desde la cárcel, y de esa correspondencia, y de la turbia fascinación que el escritor sentía por el farsante, surgió El adversario, que es un libro soberbio, breve, sintético y significativo. Me gustó mucho.

En 2002, un español decidió llevarlo al cine (hay versión francesa también, pero no la he visto). Lo tituló, supongo que por cuestión de derechos, La vida de nadie, y situó la acción en Madrid, con un falso economista en lugar de un falso médico.

El prota era José Coronado. Y sale una jovencísima Marta Etura, correteando desnuda para alegría de todos. La única alegría de la peli.

La vi el otro día y pensé que si Romand hubiera tenido que mantener su tinglado con las limitadísimas dotes escénicas de Coronado, la broma no le habría durado ni un día. No habría engañado ni al conductor del autobús.

Terrorífico, de verdad. Una película olvidable. No es que empeore el libro, es que defeca sobre él.

Recordé a mi querido John Banville, que ha hecho de la ficción de la identidad el eje de su obra. En Imposturas, en El intocable, en El mar. Libros donde personajes que han suplantado otras vidas están a punto de ser descubiertos. Espías, prófugos, simples farsantes.

Y recordé F For Fake, el falso documental de Orson Welles sobre la vida de Elmyr d’Hory, el mayor falsificador de cuadros de todos los tiempos. Se cree que todos los grandes museos del mundo tienen al menos un Picasso, un Matisse o un Modigliani falsos que, en realidad, son verdaderos D’Horys. Welles le utilizó para componer un sofisticado juego sobre la identidad.

Pensaba todo eso mientras veía a Coronado perderse en la inmensidad de su propio personaje, cagado sin necesidad de comer yogures.

Qué triste.

LAS HISTORIAS DE HOPPER

LAS HISTORIAS DE HOPPER

Una de las más irritantes virtudes de Rodrigo Fresán es que explicita pensamientos que tú ya has pensado, pero no has dicho. O te hace sentir que los has pensado antes, que la originalidad no es patrimonio exclusivo suyo. En el cuento "El pánico de la Huida Considerada ataca de nuevo (Un milagro)" dice que los cuadros de Edward Hopper son cuentos cortos. "No son cuadros, son historias -dice Selene, la prota del relato-. Puedo leerlas, y lo que más me gusta es que no se conforman con ser apenas un instante en la inmensidad del tiempo. Ya sé: es como si los cuadros de Hopper tuvieran un antes y un después. Como cuentos, como historias".

Recuerdo haber tenido esa misma sensación mientras paseaba por el Moma de Nueva York. Las pinturas de Hopper me agarran con placidez. Tienen un temblor inquietante. Creo que, todas juntas, conforman ese mito perseguido por todos los escritores de Estados Unidos: la gran novela americana.

Me encanta especialmente esta, de 1940. Recuerdo que la última vez que la vi, hace unos meses, en nuestra última escapada americana, se nos puso al lado una madre que llevaba a sus dos criejos pequeños de visita por el Moma. Pensé: qué madre más maja y más divertida. Les llevaba por el museo jugando, enseñándoles a disfrutar, a dejarse emocionar por las escenas y por los colores. No les aleccionaba, no les soltaba rollos, no intentaba que "aprendieran" arte, sino que gozaran de él.

El chavalín, que era un poco menos espabilado que su hermana, se iba parando en los mismos cuadros en los que me paraba yo (señal de que yo tampoco soy muy espabilado y tiendo a fijarme siempre en lo accesorio). Y cuando me detuve ante este, el chico se quedó flipado y me miró, buscando la confirmación de su flipe. La madre se acercó por detrás y le preguntó:

-Do you like it? What is this?

El niño me miró, yo me encogí de hombros, y el chico respondió bajito, muy tímido:

-A petrol station.

Pero algo me decía que el chaval estaba viendo algo más que una gasolinera. La madre también se paró junto a nosotros, intercambió miradas y palabras amables con Cris (yo tiendo a la asocialidad en los lugares públicos y rehuí la mirada, no soy de conversar sobre los cuadros de Hopper con extraños, aunque los extraños me parezcan encantadores. Por suerte, Cris tiene el charming touch que a mí me falta) y nuestros caminos se separaron en la modernez blanca y nítida del museo.

Sé que el chaval también vio una historia en este cuadro de Hopper. Yo veo un crimen aquí. Veo un hombre que espera el crepúsculo inminente para deshacerse del cuerpo que esconde en la caseta de la gasolinera. Se lo llevará al otro lado de la carretera, al bosque oscuro y silencioso que rodea el lugar. Y lo enterrará bien hondo. A algo más de seis pies de profundidad. Lo fascinante de Hopper es que capta el momento tenso de la espera: no está el antes ni el después, pero los dos extremos temporales se proyectan fuera de los márgenes.

Por cierto, el cuento de Fresán al que he aludido tiene forma de cuadro de Hopper. No sé cómo lo ha hecho, pero ha escrito un cuadro de Hopper. Eso es talento.

LITERATURA CHUPASANGRE, POR FRESÁN

Cuanto más leo a Rodrigo Fresán, más rabia me da no haber ido a verlo cuando estuvo en la última Feria del Libro de Zaragoza -junto a otros estupendos escritores argentinos, país por el que ya sabéis que siento una debilidad enfermiza-. Su sentido del humor, su forma de samplear -y los temas que samplea-, la belleza refinada de su estilo, la forma exquisitamente cruel en la que le retuerce el cuello al cisne del pop y la estructura en bucle y autorreferencial de su obra hace que su literatura sea adictiva, como un chute hormonal de ingenio directo al cerebro. Además, es un gusto comprobar que comparto con él muchas obsesiones: el rock clasicote, los bonus tracks de los CD, el alcoholismo de John Cheever y la soledad dublinesa de Bram Stocker después de escribir Drácula. Creo que Fresán es la versión hispanoamericana y desquiciada de Nick Hornby. Corrijo y amplío: suena, más bien, a una imposible película de David Lynch con guión de Nick Hornby y banda sonora de Roy Orbison y Bob Dylan.

En Vidas de santos, que es una continuación en muchos sentidos de Historia argentina, hay un ¿cuento? (las piezas que lo componen parecen cuentos, pero no lo son. Tampoco son capítulos de novela. A Fresán no le gustan los géneros) titulado El espíritu santo (Un réquiem) en el que ofrece una definición de literatura. No hay que tomársela muy en serio, porque se inventa una definición nueva en cada libro, pero esta, como tiene a Drácula de por medio, me ha tocado el corazoncito. Os la pongo. Es un pelín larga, pero merece la pena:

[Primero cita un pasaje de Drácula, en boca de Van Helsing, luego habla Fresán. O el narrador]

"Cuando ha encontrado el camino, Drácula puede entrar o salir de cualquier lugar, por más pequeño que sea o más cerrado que parezca. Y éste es un poder nada despreciable en un mundo en el que tantos lugares están cerrados. Pero escúchenme hasta el final. Puede hacer todas estas cosas, pero no es libre. No, es un prisionero, como el esclavo de una galera, como el recluso en su celda. No puede ir a cualquier lugar donde se le ocurra. Pese a ser un ente antinatural, debe obedecer algunas de las leyes de la naturaleza. Por qué, no lo sabemos. No puede entrar en ningún lugar por primera vez a menos que haya alguien de la casa que lo invite a hacerlo; después de esto, sin embargo, puede entrar tantas veces como se le ocurra".

Eso es todo y tal vez eso y esto sea la literatura.

La literatura como vampiro al que -encandilados por las posibilidades de su poder- le abrimos la puerta y lo invitamos sospechando que a partir de entonces será imposible contenerlo.

La literatura como vampiro capaz de convertirnos en cualquier cosa: en lobo, en murciélago, en sólido jirón de niebla bailando a nuestro alrededor y, ah, es tan engañosamente fácil y gratificante entregarse a la danza que nos enseña.

La literatura como vampiro y llave capaz de entrar y salir de cualquier lugar "por más pequeño que sea, por más cerrado que parezca".

La literatura como ese vampiro al que le abrimos la puerta para que nos cuente su historia con el implícito compromiso de volver a contarla algún día a otros que no la conozcan y para que así -una y otra vez, en versiones más o menos completas- sobreviva a los rigores de su tiempo y al espanto de su maldición.

La literatura como ese vampiro que nos exige nuestra sangre para después, si somos dignos de ella, devolvérnosla desde un tajo en su pecho y así volvernos inmortales, poder convertirnos en cualquier cosa y poder abrir todas las puertas que nos inviten a trasponer sabiendo que una parte nuestra se quedará allí, al otro lado del libro, por toda la eternidad, por el tiempo que se siga contando nuestra historia.

Inspirado el Fresán, ¿no? ¿Para qué queremos a catedráticos de Teoría Literaria teniendo a gente como él? Descartes decía que la intuición era también una forma de conocimiento, y es precisamente la que utiliza la literatura. Sin disertaciones, sin argumentos de dentro afuera y de fuera adentro. En bandeja y de un tajo: con la rabiosa clarividencia del enamorado incapaz de razonar su amor.

En pocos párrafos, Fresán expresa lo que a un profesor universitario le costaría varias tesis. Una por cada concepto que aquí se ofrece abierto y destripado: seducción, narratividad, tradición, gloria, posteridad, transmisión, contagio, inmortalidad... A eso se refería Sábato cuando decía que la literatura penetra allí donde la filosofía se queda varada. Qué grande.

INCESTO CARNÍVORO

INCESTO CARNÍVORO

Leamos, pues, ya que caminar no puedo.

L’agneau carnivore. El cordero carnívoro, de Agustín Gómez Arcos. Traducido por Adoración Elvira Rodríguez y exquisitamente editado por la editorial barcelonesa Cabaret Voltaire. Hoy me he terminado sus casi 400 páginas.

¿Os acordáis de Gómez Arcos? Hablaba de él aquí hace unos días. Ésta es la novela de la polémica, la que provocó una propuesta en el pleno del ayuntamiento de su pueblo, Enix (Almería), para que le retirasen el nombre de la calle que allí tiene dedicada.

Pues está bien la novela. Incluso muy bien a ratos. No es redonda, tiene muchos peros. Algunos, achacables a la época en que fue escrita (1974, publicada en 1975), síntoma de que ha envejecido mal por algunas aristas. Otros, a una inexcusable impericia narrativa. Se le va la mano, creo que Gómez Arcos no pensó muy bien algunas inconsistencias del protagonista-narrador (cuyo nombre se conoce en la última línea del libro), pero en general es una buena novela, merecedora de todos los elogios que se le han hecho.

Tiene un arranque y un desenlace fantásticos, pero flojea por el nudo. Es sublime cuando ahonda en los sentimientos más primarios del ser humano y sensacional en el trazo erótico, pero cuando se pone política, se desinfla en tópicos. El alegato más explícitamente antifranquista es ñoño, vacuo y facilón. Parece que le cuenta al público francés -país e idioma en el que fue publicada originalmente- lo que el público francés quiere oír sobre la España franquista, corroborando punto por punto la imagen que tenía en la cabeza. La única reflexión interesante y válida, sin envejecer, que encuentro en el libro sobre la guerra civil y la dictadura es esta:

Hace unos veinticinco años, el país se dividió en dos herederos rencorosos. Nunca se les ocurrió pensar que los demás íbamos a nacer. Pero nacimos. Y aquí estamos, con una herencia que rechazamos, con todas nuestras fuerzas, por ambos lados. Lo que significa, lisa y llanamente, que estamos desheredados.

Pero se puede pasar por encima de esto, no afecta al meollo de la novela.

El cordero carnívoro cuenta en primera pesona los primeros 25 años de vida del menor de dos hermanos de una familia terrateniente venida a menos en una ciudad de provincias que no se nombra pero que es Almería. El protagonista no abre los ojos hasta 16 días después de su nacimiento, lo que convence a su madre de que es un monstruo. Desposeído del amor de su progenitora, que decide enclaustrarle en casa para no mostrarle al mundo, y sin poder acudir a su padre -abogado republicano rescatado de la cárcel por la influencia de su suegro y que vive encerrado en su despacho recibiendo a sus escasísimos clientes-, el único sostén del protagonista es su hermano, de quien vive enamorado y con quien establece desde muy pequeño una relación de incesto muy tórrida.

Hay mucho Sade en esta novela. Pero Sade del bueno, del que ponía todo su empeño en escandalizar, en forzar los límites de los lectores más liberales desnudando el tabú. No se corta un pelo, y en ningún momento se cuestiona ni se condena -ni siquiera tangencialmente- el folleteo fraterno y el amor que se tienen. Es más: se condena el exterior. Frente a las sábanas donde los hermanos se aman -que huelen a membrillo-, frente a la ventana de su habitación, frente al jabón que usan para bañarse juntos al atardecer, se oponen una serie de imágenes de oscuridad: los curas que se empalman en el confesionario, la radio que emite soflamas franquistas, el profesor particular que desparrama su obesidad sobre el sofá... Es el mundo (el mundo franquista, la España franquista) el que es obsceno -en el sentido moral y en el sentido etimológico, lo que está "fuera de la escena"-, y no el amor de los dos hermanos, que se presenta luminoso y lleno de libertad rabiosa.

Funciona muy bien esa oposición. Gómez Arcos la maneja con mucha habilidad, especialmente al comienzo y al final, que son las partes más apetitosas del libro. En el nudo, el protagonista se desdibuja, no me lo creo. Tiene reflexiones políticas que no se corresponden con las de un chaval de 12 años que ha pasado su vida entera encerrada en casa. Se contamina demasiado de los juicios del autor, que le utiliza de portavoz de su rabia y de su visión de España, ahogándole y no dejándole crecer como personaje. Por suerte, hacia el final suelta el dogal, vuelve a dejar que exprese libremente sus sentimientos y acaba construyendo un personaje redondo, oscuro, contradictorio y salvaje. Muy interesante.

Hay en el ambiente de la novela un misticismo tenso, que no se disipa nunca, que busca una trascendentalidad que roza lo afectado. Aunque tiene momentos sublimes:

Puedes llegar como enamorado o como verdugo, estoy listo para recibirte. Más que nunca. Con todas las obligaciones que me da mi espera de ti. Pero no vengas como hermano para profanarme en el sacrilegio de la familia, porque, en tal caso, mi espera de ti exigirá sus derechos.

Hay también, igual que en el marqués de Sade, una constante reflexión filosófica sobre la moral católica:

Cuando se es verdaderamente católico, no se puede prescindir del pecado.

Pero, sobre todo -y ese es su valor principal si no eres un monje cisterciense o un meapilas con levita-, El cordero carnívoro es un libro bello. Muy bellamente escrito. A ratos hay poesía, frases que se encadenan con una musicalidad perfecta y morosa, que se despliegan como el rosal de rosas amarillas de la madre del protagonista.

Hay imágenes logradísimas, que son casi greguerías:

Y su alegría es siniestra. Como un disco del rastro.

Y descripciones de levantarse y aplaudir:

Tu cabeza de hombre pesa lo que una fruta madura.

Si queréis leer las partes guarrillas, comprad el libro. Están muy bien -y narrar un polvo es una prueba de fuego para un narrador: fijaos que muy pocos novelistas lo hacen bien, la mayoría prefiere pasar de puntillas y presentar el coito con cuatro imágenes de recurso-. De hecho, están tan bien, que este libro podría haberse publicado en La sonrisa vertical sin problemas.

Por unas horas, he matado el tedio. A ver con qué otra lectura sigo atizándole cuando resucite.

PS: Al parecer, voy a presentar una sección sobre literatura en un magacín de ZTV este verano. Debería empezar a emitirse el viernes que viene, pero dada mi situación médica, el estreno se pospondrá una semana. Ya os diré fechas y horas de emisión. Y, si puedo, colgaré aquí algún vídeo, para que hagáis risas a mi costa.

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MARICÓN Y BLASFEMO

MARICÓN Y BLASFEMO

Me ha encantado esta historia que he leído a Sónia Hernández en el Culturas de La Vanguardia de hoy. Mi ignorancia es inabarcable: la desconocía absolutamente.

Agustín Gómez Arcos era un chaval de Enix, provincia de Almería, nacido en el terrible año de 1933, hijo de un alcalde republicano. Es decir, que le tocó crecer entre mondas patateras de posguerra, pero pronto marchó a Barcelona a estudiar y a probar suerte con las letras. Los estudios de Derecho los colgó pronto, y con la literatura no tuvo mejor suerte. Escribió un par de obras de teatro que no llegaron a representarse porque la censura franquista dijo que nanay. Se daba la circunstancia de que Gómez Arcos era homosexual, así que, ahogado en una España que le censuraba en los escenarios y en la vida, cogió el petate y cruzó los Pirineos.

Triunfó en Francia, después de que un editor viera una obrita suya que unos aficionados representaban en un café. Se la editó, tuvo un exitazo de la leche y siguió escribiendo en francés, con gran éxito hasta su muerte, en 1998.

Su fama llegó al recóndito Enix. O el eco de su fama. Se enteraron de que un chaval del pueblo triunfaba allá en París y no cupieron en sí de orgullo. Así que le dedicaron una calle, colocaron una plaquita en su casa natal y el ayuntamiento creó un premio de novela al que le puso su nombre.

Así de orgullosos estaban hasta que, en 2007, se tradujo al fin un libro suyo al español, idioma en el que estaba inédito. Era L’Agneu carnivore (El cordero carnívoro), novela ganadora del premio Hermés de 1975. Los de Enix corrieron a leerla, encantados de ver a su chaval reconocido al fin en España, pero más les valdría no haberlo hecho.

Qué barbaridad. Resulta que El cordero carnívoro es una historia de incesto entre hermanos. Tórrida, húmeda, obscena. Una blasfemia. Qué digo una blasfemia: ¡un pecado mortal, una condenación absoluta! ¡Qué perversión, qué guarrería, qué indecencia! A las viejas beatas les volvió la regla del susto, y el sargento de la Benemérita salió a matar perdices con su pistola reglamentaria para descargar su furia.

Vale, en Enix también se habían modernizado. Sabían que el chico era maricón y no les importaba. O hacían como que no les importaba. Pero aquella cochinada con forma de libro... Eso sí que no. ¡Y el maestro había propuesto que lo leyeran los chavales en la escuela! Qué despropósito, cuánta desvergüenza.

Se armó la marimorena. Pidieron al alcalde que le retiraran la calle que tenía dedicada en el pueblo y que el premio de novela dejara de llevar su nombre. O que se suprimiera. A saber qué novelitas de mierda estaban premiando. A ver si estaban subvencionando mariconadas de esas proabortistas y catalanistas.Y la placa conmemorativa, que se la metieran por el culo a alguno de los progres que defendía el librito de marras.

La historia saltó a los medios de comunicación, y al final se impuso el sentido común. Los exaltados moralistas, por una vez, no se salieron con la suya, y el pleno del ayuntamiento rechazó la propuesta de retirar los honores a Agustín Gómez Arcos. Hoy se mantiene como hijo ilustre de Enix, a pesar de los meapilas vocingleros.

Ahora, la editorial Cabaret Voltaire ha traducido otra novela de Gómez Arcos, Ana No -reseñada por Sónia Hernández en La Vanguardia-. He corrido a encargarla en mi librería favorita -junto a El cordero carnívoro-. Cuando las lea, te cuento, a ver si me escandalizan más que al boticario de Enix.

UNA BOTELLA FRÍA DE POIGNON DIX-NEUF

UNA BOTELLA FRÍA DE POIGNON DIX-NEUF

-Ah, Jack, si pudieras sentarte conmigo en el País Vasco con una botella fría de Poignon Dix-neuf, sabrías que existen otras cosas además de vagones de mercancías.

-Ya lo sé. Lo que pasa es que me interesan los vagones de mercancías, y me encanta leer en ellos nombres como Missouri Pacific, Great Northern, Rock Island Line... ¡Santo Dios, Temko! Si te contara todo lo que me ha pasado haciendo autostop hasta llegar aquí...

De En la carretera. El rollo mecanografiado original, el clásico de Jack Kerouac rescatado en su versión primigenia por Anagrama.

Leí On the road cuando hay que leerlo. Cuando no sabía qué pinta tenía un contrato indefinido ni por dónde cojones se firmaba. Cuando lo indefinido era, como mucho, el mes que viene. Cuando bebía litronas de cerveza en la calle. Cuando no necesitaba de relojes ni de agendas. Lo vuelvo a leer ahora, en la versión "real" (se supone que el On the road publicado originalmente es una novela, una ficción basada en un viaje. Esto es el viaje), y siento que me entra mejor, que lo flipo menos, pero me empapa más a fondo.

O a lo mejor es el calor.

BIKINIS INTELECTUALES

Nuevos derroteros de la narrativa española actual. Casi na. Ése es el coloquio que se ha tenido que tragar Elsa Fernández Santos en la Casa de Velázquez de Madrid para glosar en El País. Es uno de esos títulos que provocan somnolencia fulminante. Qué pestiño. Cuánta sandez subvencionada se escucha en esos saraos, como convenientemente queda recogido en la crónica de Elsa Fernández Santos, que de tan notarial parece un resumen taquigráfico, más que un trabajo periodístico (pero eso sería tema para un coloquio titulado Nuevos derroteros del periodismo español actual).

Como mi masoquismo dominical no tiene límites, llego hasta el final del artículo, y allí me encuentro con este cierre, quiero pensar que intencionado e irónico:

El colmo de lo novedoso, añade [el crítico Santos Alonso], se limita a repetir formas arcaicas de los años sesenta o setenta, y críticos y periodistas "ignorantes o desmemoriados lo aplauden".

¡Cómo, qué me dices! O sea, que después de más de 5.000 caracteres con espacios hablando de relatos reticulares (¿?), de cuentos basados en performances, de autoficciones y de autofelaciones, nos suelta esa bomba, llamando "ignorantes o desmemoriados" a todos los "expertos" que disertan en los párrafos anteriores. Acabáramos.

Lo comentaba una de estas tardes de garabateo de libros en la feria con una librera simpática, genial y gran conversadora, a propósito de algunos volúmenes de ensayo literario en cuyos títulos superabundaba el prefijo ’post’ (postliteratura, postnovela, postpoesía, postlibro, postal, postcoital, postraumático, postpostpostartamudeo...).

-Chica, ¿es que nadie se da cuenta de que estos obsesos de la postmodernidad son más viejos que la Tana?

-Y tanto, pero cualquiera se lo dice.

Pues hombre, alguien debería decirlo, porque lo flipan demasiado. Toda esta presunta literatura experimental no es más que un refrito del nouveau roman de hace medio siglo, que a su vez es un refrito de las vanguardias de los años 10 y 20. Vamos, que su postmodernidad dura ya cien años, que llevan un siglo haciendo lo mismo y vendiéndolo como nuevo. O como postnuevo.

Y me parece estupendo que Agustín Fernández Mallo y su parroquia se lo lleven crudo. En serio. No son malos escritores, ni mucho menos. Pero su rollo post me cansa. No nos tomen el pelo, que lo de romper la linealidad narrativa y la unidad espacio-tiempo, descomponer el punto de vista en muchas voces, fragmentar los relatos e incorporar en ellos elementos del ensayo o construirlos con técnicas de collage está ya muy visto. No digo yo que dejen de hacerlo, a mí me gusta esa literatura, la verdad, pero sí les pediría que, en aras de no hacer el ridículo ante personas que han terminado el bachillerato, que no lo flipen tanto.

Hace un tiempo, un narrador se me quejaba de que las grandes editoriales no le hacían caso porque su literatura era demasiado vanguardista: "Claro -me decía-, no entienden que haya varias voces fragmentadas en una novela, no están acostumbrados aún".

¿Que no están acostumbrados aún? Hombre, pues han tenido un siglo para acostumbrarse. Que hasta Unamuno, que era un señor con levita al que le gustaba que le llamasen Don Miguel y no me lo imagino yo en una rave party, escribió una novelita en la que el personaje se enfadaba con el autor y se salía del libro. En fin, que está ya todo inventado, no me jodan.

En los años 70, cuando la nouveau roman empezó a desinflarse y los escritores redescubrieron la fluidez de la gramática convencional, con sus reconfortantes sujeto, verbo y predicado, algunos se cuestionaron los excesos experimentales. En la literatura en español, Cortázar fue y es la bandera de aquel subidón experimental, y por aquel entonces apareció un ensayo titulado ¿Es Julio Cortázar un surrealista? Y el autor se respondía que sí, que por supuesto, que muchas de las audacias asombrosas de su obra beben directamente de las gamberradas de Breton y compañía. Vamos, que Julio tampoco se había inventado nada. Y estoy de acuerdo.

El problema no es reinventar y actualizar formas, estilos y temas. El problema es que todo el esfuerzo creativo de un autor se centre en vender una postmodernidad que ya practicaban sus abuelos, sólo que ellos lo hacían mejor.

El otro día, en otra caseta de la feria, en un rato en el que no firmé nada de nada, me puse a hojear el último libro de Carlos Castán, Papeles dispersos, una colección de artículos y reflexiones en torno a la literatura. Y allí me encontré esto:

Siempre he considerado que el papel esencial de la literatura (igual que el del arte en general) consiste en ahondar en la condición humana, en arrojar algo de luz acerca de qué significa y qué comporta para un ser humano existir, hallarse entre las cosas y bajo la capa del cielo; en explorar los diversos condicionamientos que nos dan forma.

Y un poquito más adelante:

No pretendo, ni mucho menos, que los grandes temas que desde siempre han preocupado al hombre aparezcan resueltos en la obra literaria, pero lo que sí pido es que estén en juego, que en cada página permanezcan sobre la mesa.

A Ricardo Piglia y a Ernesto Sábato les he leído reflexiones muy parecidas. Las suscribo todas. No hay más. La literatura es eso. La literatura que a mí me interesa es eso. Y la literatura que se escribe con honestidad es eso. En ella caben todos los estilos y todas las sensibilidades: en esa búsqueda caben Galdós y Cervantes, pero también Georges Pérec y Apollinaire. Cabe la literatura de viajes de Paul Theroux y la prosa reconcentrada de Robert Musil. Hay millones de formas de aproximarse a la condición humana desde la ficción, y si son honestas y se reconoce en ellas la voz del autor, qué más da que se manifiesten como relatos fragmentarios y discontínuos o como teatro isabelino. Los lectores sabremos luego ponernos la que mejor nos siente, aquella cuya música nos suene mejor.

Pero lo que me alucina es que se pueda montar un coloquio entero sobre literatura y no mencionar ni una sola vez la condición humana. Para mí que no hablaban de literatura, sino de modelitos, de moda de primavera-verano. Eso es la postmodernidad: un bikini intelectual.

QUERIDA ELENA FRANCIS

Su Majestad Córnea, Javier López Clemente, me deja esta pregunta, que paso a atender en profundidad, como en el consultorio de Elena Francis:

En serio, al fin y al cabo eres crítico literario. ¿Qué tipo de crítica valoras más, la de la percepción del crítico, sus vibraciones, sus gustos, sus fluidos corporales; o esa otra que analiza, disecciona, da ejemplos, es didáctica?

En primer lugar, llamarme crítico literario es astralmente hiperbólico. Una cosa es que reseñe y comente libros con mayor o peor fortuna y otra muy distinta que se me pueda considerar crítico literario. Soy un lector que, en vez de escribir anotaciones al margen en los libros, compone artículos con sus impresiones y las comparte con otros lectores. Nada más. La crítica es algo más sistemático, doctoral y prescriptivo.

Yendo al grano de tu pregunta, no creo que haya una separación tan radical entre ambos tipos de críticas. Sí que es verdad que se adivinan dos escuelas, una más nietzscheana y subjetiva, y otra más kantiana, que aspira a cierta objetividad. O, al menos, a establecer un juicio justo -sea lo que sea eso- sobre la obra. Pero, en la práctica, ambas se mezclan, apenas hay ejemplos puros de una o de otra. Y, en cualquier caso, ambas tienen su espacio y su público, pueden coexistir pacíficamente.

El problema en ambas es cuando no se cultivan con honestidad, sino como coartada. Un crítico pretendidamente manso y didáctico puede usar esa actitud como una fachada para ocultar una connivencia con los editores. Es decir, que así es fácil vender como crítica lo que no es más que una hoja promocional del libro en cuestión. Véase Babelia y la imposible independencia de sus reseñistas (¿han visto que algún crítico ponga un mal gesto a un libro editado por una editorial de Prisa? Bueno, sí, hubo uno una vez, y le echaron. Recuérdenlo, que fue sonadísimo). Asimismo, un crítico vitriólico y acerado puede utilizar su estilo para muchas cosas: para disimular sus carencias analíticas o para ajustar cuentas personales que nada tienen que ver con la literatura.

Por eso, para mí, en tanto que la crítica es un género periodístico (un género híbrido y complicado, pero periodístico al fin y al cabo), la mido por el mismo rasero que cualquier otra expresión periodística: lo único que me importa es que se ejerza con honestidad, rigor y, sobre todo, credibilidad. Si un crítico es creíble, se ha ganado su reputación entre el público, y su juicio es respetado, ¿qué más da cómo ejerza su oficio? Lo importante es que no sea sospechoso de nada y que los textos que llevan su nombre respondan realmente a lo que él piensa y siente y que no esté ejerciendo de vocero de nadie ni atendiendo cuitas que no son literarias (o cinematográficas, o lo que sea). Si es destructivo o constructivo, si hace que los autores se caguen en los pantalones o los cubre de rosas, si utiliza refinada jerga filológica o se expresa como un taxista ex legionario en turno de noche con media botella de cazalla en el cuerpo me da absolutamente igual.

Dicho esto, a mí, como lector y como gourmet, me gusta que las cosas lleven picante. La crítica que se limita a ser un comentario de texto academicista me deja frío. Eso estará bien para los despachos de las universidades, pero yo, como lector, espero mucho más. Espero chispa, ingenio, audacia y, por qué no, mala uva si se da el caso. Y, si de mí dependiera, trataría de que los suplementos culturales estuviesen lo más poblados posible de críticos con cierta tendencia a revirarse. Desde mi punto de vista, cuando un autor decide exponer su obra al público, la expone a todo, y no debe esperar compasión. No tiene derecho a exigir compasión. Más que nada, porque el artista pierde su dignidad cuando contesta a una crítica. Incluso a una crítica sin fundamento. Se rebaja al nivel de un niño caprichoso y malcriado. Hay que tragarse el orgullo (espero aplicarme este cuento toda mi vida, por cierto, porque si sigo publicando libros llegará un momento en el que alguién defecará en ellos, lo tengo asumido).

Resumiendo: si el crítico tiene credibilidad, que es el atributo que todos los periodistas deberíamos perseguir por encima de cualquier otra cosa, lo tiene todo. El público se fiará de él, y cuanto más a la vista deje sus prejuicios, sus filias y sus fobias, mejor podremos seguirle. Yo me hago una idea muy clara de si me va a gustar una obra o no en función de cómo la tratan algunos críticos de los que soy fan -y Boyero es uno de ellos-. Y no por lo mesurado de su juicio ni por lo bien que la analizan, considerando todos y cada uno de sus aspectos. No hace falta. Si conozco -porque la ha expuesto- su sensibilidad, sé de qué palo va la obra que comenta en función de las reacciones que ha provocado en él.

¿He respondido satisfactoriamente, señor Córneo? Un abrazo.

RAFAEL CONTE

Ha muerto Rafael Conte.

No le conocí más que como lector. Bueno, miento, sí que le conocí, pero entonces no sabía quien era.

Fue en Madrid, en una época en la que teníamos por afición colarnos sin invitación en saraos literarios de postín (cuando los había, ahora las editoriales no están para muchas alegrías). Había un acto fastuoso en la Casa de las Américas con Saramago (que no sé si estaba ya nobelizado o en proceso de nobelización) y la créme de la créme del juntaletrismo patrio. Éramos unos micos estudiantes de la Complu, y la verdad es que no sé cómo conseguíamos meternos en esos sitios donde la gente entraba con invitaciones impresas en cartulina gorda y letras doradas y se ponía tibia de canapés.

El objetivo de esa noche no era Saramago, sino Juan Cruz, que por entonces era director de Alfaguara. Mi amiga quería endosarle un novelón, y estaba dispuesta a hacer lo que fuera por que el gran gurú de Prisa le hiciera caso (lo que fuera).

-Míralos -me decía, entre canapé y canapé-, qué viles, qué asquerosos, qué pelotas todos los priseros estos... Qué babosos y que... Y qué bien se lo montan, joder. Yo quiero ser como ellos.

(Hoy por hoy, por lo que yo sé, todavía no lo ha conseguido, señal de que debe de ser más difícil de lo que parece)

Juan Cruz coordinaba el besamanos a Saramago, ante cuya cabeza de tortuga iban postrándose un montón de egregios enfants terribles de las letras patrias, así que era difícil asaltarle. Mi amiga lo consiguió, y creo que logró despertar en él cierto interés sexual. Pero debió de cagarla en algún momento, porque súbitamente se dio la vuelta y se desentendió de su acosadora. Se marchó gritando, bastón en mano: "Hablad con Rafael, hablad con Rafael".

-¿Y quién es Rafael? -pregunté.

-Yo soy Rafael. Rafael Conte, para servirle -me dijo un tipo robusto, con una ancianidad bien llevada, bonachona. Y me tendió la mano.

-¿Rafael Conde? -dijo mi amiga.

-¡Conte, con té!

Hablé un rato con él, mientras mi amiga buscaba un flanco descubierto por el que asaltar de nuevo a Cruz, y me cayó bastante bien. Era una nota discordante en aquel hormiguero de cortesanos y aduladores. Parecía fuera de lugar, pero no se le veía incómodo. La conversación duró poco, lo justo para descubrir que era bastante sordo -y que, quizá, gracias a esa sordera sobrellevaba estar rodeado de pelmas y trepas-. Lo sentí afín a mí. Al fin y al cabo, aunque me había colado, yo tampoco tenía ningún interés por ese sarao ni por esa gente. Era un polizonte consorte, estaba allí por mi amiga.

Con el tiempo aprendí quién era Rafael Conte -que entonces publicaba en el ABC- y lo mucho que pintaba en el panorama literario, y le leí con placer. Nuestros gustos librescos eran bastante dispares y no siempre -casi nunca, más bien- comulgaba con sus ideas, pero siempre era estimulante leerle. Lamenté no haber sabido nada de él cuando me lo encontré.

Hoy, al editar su necrológica en la edición digital del periódico, he querido destacarla porque recordé que era aragonés de nacimiento -aunque no ejerciente-. Estaba convencido de su gentilicio, pero como no quería meter la pata, me metí en el archivo para comprobarlo. Y allí, además de esa confirmación, tropecé con algo que no esperaba: un montón de alusiones venenosas en los artículos de un compañero. Espumarajos de inquina, a montones. ¿Cuentas pendientes? No lo sé, pero de verdad que no menciona a Rafael Conte ni una sola vez para algo bueno, siempre es para acusarle solapadamente de apandador y de mafioso tocomochero del star system literario.

No diré más, que soy partidario de respetar el luto. D. E. P.

DESCRIBIR A PUÑALADAS

Aquí os dejo una lección de escritura de las buenas. Una descripción magistral, tan concisa como penetrante, tan contenida como explosiva. Dos trazos que dejan al personaje desnudo y redondo, abierto hasta el píloro. Es de mi querida A. M. Homes, en su novela In a Country of Mothers (creo que hay una traducción agotadísima en Ediciones B, con el título de Solo una madre):

Eighteen and a half years old, finishing her first year at George Washington University, she was involved with Mark Ein, an English professor just out of Yale with a novel already published. Intense, with curly brown hair, sexy pursed lips, and blue eyes. He was like no one Claire had ever known. He said he avoided eye contact because he was afraid of burning holes into people, and describe himself as a nonteacher. "We’re in this together", he told the class. "This is an exploration, the beginning of what should become an unending process".

Esto es, más o menos, y pido disculpas por mis paupérrimas dotes de traductor, algo libres también:

A los dieciocho años y medio, cuando acababa su primer año en la Universidad George Washington, estaba liada con Mark Ein, un profesor de inglés (es decir, de literatura inglesa) recién salido de Yale con una novela ya publicada. Serio, con el pelo castaño y rizado, atractivos labios fruncidos y ojos azules. No se parecía a ninguna otra persona que Claire hubiera conocido. Evitaba el contacto visual porque temía perforar agujeros de fuego en la gente y se describía a sí mismo como no profesor. "Estamos en esto juntos", dijo a la clase. "Esto es una exploración, el comienzo de lo que debería convertirse en un proceso inconcluso".

Otro escritor se habría recreado durante páginas y páginas en explorar la fascinación de Claire, y otros quizá habrían caricaturizado hasta más allá del esperpento el histrionismo imbécil del profesor, pero a A. M. Homes le basta y le sobra un párrafo para situarnos en las coordenadas, jugando magistralmente con los estereotipos. Es una descripción para enmarcar, que requiere de un temple y una técnica narrativas fuera de serie. Hay mucho callo en los dedos de Homes. Hay que emborronar muchas páginas hasta alcanzar esa sublime concisión, tan telegráfica como honda. Ella sí que abre burning holes en sus personajes.

He escrito una cosita breve sobre Benedetti en el blog de Heraldo. Puedes leerlo pinchando aquí si te apetece.

FURIA HUECA

Todas las semanas reincido. Todas las semanas me asomo al artículo de Pérez-Reverte en El Semanal y dejo que me irrite. Podría pasar de él pero no lo hago. Supongo que es una virtud de su prosa periodística.

Una vez escuché al editor Constantino Bértolo decir que valoraba mucho los informes negativos de sus lectores. "No hay que desechar esos manuscritos porque al lector no le gusten -decía-. De hecho, eso puede ser indicativo de que el material es interesante. Una vez recibí uno que decía: 'Consigue irritarme desde la primera página'. Y decidí echarle un ojo a esa novela: una obra que consigue irritar a alguien desde la primera página suena interesante".

Pérez-Reverte me irrita. Físicamente. Noto un sarpullido en la corteza cerebral. E intentado racionalizar esa respuesta irracional a sus artículos, he llegado a la conclusión de que lo que me cabrea de ellos no es su tono chusco de legionario encabronado al que le duele España -o más bien le pica, e intuyo que su España está situada en la región testicular-, ni tampoco el discursito populachero pasado de rosca, ni su afán por agradar al gremio de los taxistas, ni su exaltación de la testosterona. Lo que me mosquea es que emplee tanta furia en nada. Que sea un falso provocador, que su tono bronco no esté a la altura de su contenido. Que al final, después de leer muchos hostia, hijoputas, cojones y agarrarse a los machos, pisar varios esputos biliosos y tres o cuatro catalinas al final de cada párrafo, me quedo como estaba. Tanta furia para no decir nada más que cuatro tópicos. Tanto berrido para arropar una sarta de obviedades o, en el mejor de los casos, de veladas y cobardes insinuaciones.

Con esa mala hostia que gasta, lo mínimo que uno espera es un llamamiento a la insurrección, a liarse a tiros por la calle, a quemar el mundo entero. La furia de Spengler y de Sorel combinada con el apocalipsis de Nietzsche. Pero no: amaga y no remata. Parece que se acobarda, que no se atreve a dar el paso, que se arredra. El artículo se queda en pirotecnia de tasca. Resulta que, al final, los textos son lo que parecen: una bobada cazallera de un legionario chusco. La diatriba cuartelera de un viejo amargado. Ni siquiera asoma por detrás un deje de nihilismo que pueda dotar de cierta elegancia intelectual a sus arrebatos. Nada, vacío, berridos sin más.

Y eso es lo que me jode, y por eso vuelvo a él todas las semanas, perplejo. Que nos haga creer que tiene algo que decir, cuando lo único que busca es escupir. Supongo que ése es un talento como otro cualquiera.

Un regalito chanante:

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¿DEJARTE MI LIBRO? SÍ, HOMBRE, PARA QUE LO LEAS MAL Y ME LO JODAS

¿Recordáis que hace unos días hablaba de un incomprensible artículo de Vila-Matas sobre Coetzee? (No, no os acordáis, porque cuando yo hablo, vosotros estáis a vuestras cosas, que lo sé yo). Pues el asunto está levantando polvareda -el artículo de Vila-Matas, no mi post-, porque, como era fácil presumir, el texto era en realidad un sopapo traicionero y encubierto, una de esas ridículas venganzas de baratillo que se gastan los grandes de las letras. Antes de internet, la cosa se habría quedado en nada, pero con los blogs, ahora todo se sabe, y a los cotillas nos ha faltado tiempo para enterarnos de que el "escritor pajarillo" con el que se metía Vila-Matas en el artículo es Kiko Amat, y que el reseñista de Coetzee al que pone a caldo y trata de tontolaba sin mencionarlo es Jorge Carrión. Este último ha respondido a Vila-Matas en su blog.

Y más vila-matadas. Según refiere Rafael Reig en su blog, citando una noticia de Público, Vila-Matas y Paul Auster aprovecharon unas charlas en Nueva York para proclamar su hartazgo por los lectores estúpidos, esos que no entienden lo que quiere decir el autor. Qué duro es ser un autor exquisito, rediós. Tanto esfuerzo juntando frases geniales para que luego las lea cualquier imbécil. No está hecha la miel para la boca del asno.

Creo que Vila-Matas y Auster no han visto Amanece, que no es poco, esa cumbre todavía no superada del cine español. ¿Os acordáis del escritor latinoamericano que recibe en la cantina los elogios de uno de los intelectuales del pueblo que acaba de leer su última obra?

-Maravillosa, excelsa, sublime, me ha dejado sin palabras -le dice el intelectual.
-¿Puedo leerla yo, me la dejas? -pregunta uno de los labriegos que aspira a ser aceptado por los intelectuales.
-¿A vos? -responde el argentino-. Sí, hombre, para que me la jodas.
-Pero, ¿cómo la voy a joder? Si sólo quiero leerla...
-No sería el primer libro que se jode porque lo leen mal, y vos no estás preparado.

Me imagino a Vila-Matas firmando ejemplares en Sant Jordi y diciéndole a sus lectores: "Mira, dejo que lo compre porque me acabo de reformar el chalet de Pedralbes, todavía no me han revisado la hipoteca y me viene bien el dinero, pero sepa que no me hace ninguna gracia que me lean tipos como usted. ¿Usted se ha visto la pinta de ignorante que tiene? Mi libro le queda grande. Venga, largo, fuera de mi vista".

Dejemos a los genios fatuos en su Parnaso y hablemos de genios de verdad.

Hoy se ha estrenado un nuevo blog en la plataforma de Heraldo.es, y es un lujazo compartir plataforma con un tipo como él. Porque yo, en esto del periodismo, siempre he andado manco de referentes cercanos, la verdad. Son muy poquitas -poquísimas- las personas a las que me atrevo a llamar maestros, pero Mariano García lo es. Profesional y humanamente. Es un tío cuya compañía enriquece más que el Avecrem.

Confieso que muchas veces he echado más horas de las necesarias en la redacción porque me quedaba charlando con él, quizá intentando que se me pegara algo de su genio. Me falta todavía mucho para alcanzarle, y seguramente no lo conseguiré nunca, pero secretamente os digo que cuento entre mis logros personales cada elogio que ha hecho de mi trabajo. Para mí, ganarme su respeto profesional ha sido como si el padrino de una familia mafiosa me aceptara en su seno. Lo digo aquí, donde no puede oírme, y ahora que nos separan un par de pisos en la redacción, después de varios años trabajando espalda con espalda y gritándonos bromas burras y soeces que seguramente escandalizarían a Vila-Matas y a Paul Auster. No le digáis que he dicho esto, que luego se pone muy tonto.

Ahora estrena un blog, Ratón de Hemeroteca, donde va a ir volcando toda su erudición somarda. Porque Mariano es una enciclopedia de la intrahistoria con patas, ahí lo iréis comprobando.

EL PRESTIGIO

EL PRESTIGIO

Dice Enrique Vila-Matas de Coetzee:

No sólo puede soportar que haya escritores tan buenos como él, sino que, además, se molesta en aproximarse pacientemente a sus obras, sabiendo que semejante gesto no irá nunca en detrimento suyo, porque, por mucho que muestre la grandeza de los libros de otros, sabe que eso no perjudicará, no mejorará ni empeorará su propia obra.

Oh, alabado sea Coetzee, que, entre milagro y milagro, todavía tiene tiempo de compadecerse de una miserable prostituta e impedir su lapidación y de mostrar su faz más humana en el huerto de Getsemaní. No somos dignos de su grandeza.

¿Ser capaz de soportar que haya escritores tan buenos como uno es admirable? ¿Lo normal es desear que todos los escritores tan buenos como uno sean condenados a trabajos forzados en un Gulag literario? ¿Y si los escritores son -Coetzee no lo quiera- mejores que uno?

De verdad que no entiendo la frase de Vila-Matas (un tipo que me parece sensato, interesante y digno de ser leído la mayor parte de las veces, dicho sea de paso).

Los expertos en Shakespeare juegan a identificar las que llaman monday morning sentences, es decir, frases de lunes por la mañana. Como buen farandulero, a Shakespeare le iba la juerga y el trasnocheo, pero como también era un currito de las letras, se veía obligado a escribir en cualquier circunstancia. Incluso con resaca. Y hay varias teorías que atribuyen pasajes poco afortunados o especialmente pastosillos a esos duros despertares de después de la jarana, cuando uno se encuentra los jarros de vino sin fregar, un sujetador en el suelo y una chica cuyo nombre no recuerda en la propia cama.

Según cuenta Vila-Matas, este artículo empezó a fraguarse cuando volvió de Sant Jordi, después de almorzar "con un escritor pajarillo que confunde clase social y universo literario" y de ver reaparecer a novias de hace 40 años. Ante semejantes visiones, trabajos y sufrimientos, es comprensible que la corteza cerebral del autor barcelonés tuviera la consistencia de un yogur caducado. Habrá que atribuir ese sinsentido a una mala digestión de Sant Jordi.

Vale que ganar el Nobel puede dejarte tocado del ala. Miren, si no, al pobre Gabo. Pero de ahí a que nos tengamos que sorprender porque el pobre señor Coetzee siga leyendo autores que le gustan y los glose como le dé la gana, hay un trecho. ¿Y por qué iban a ir esos gestos "en detrimento suyo"? En todo caso, irán en beneficio de los reseñados, que tienen el honor de ser leídos y admirados por el gran Coetzee. ¿Desde cuándo la admiración ha supuesto desgaste para nadie? ¿Al admirar a otro, se desprenden partículas de prestigio de nuestro ser y se instalan en el del admirado? ¿Nos oscurecemos al deslumbrarnos por el brillo ajeno?

En cualquier caso, lo de Coetzee no me parece tan admirable porque apuesta sobre seguro. Miren la nómina de autores que glosa con generosidad en el ensayo que menciona Vila-Matas: Beckett, Walter Benjamin, Paul Celan, Faulkner, Musil, Josep Roth, Philip Roth, Bruno Schulz, W. G. Sebald, Ítalo Svevo, Robert Walser... Joder, así cualquiera. Así yo también proclamo mi admiración. Con semejante equipazo, a ver quién se atreve a toserme cuando digo que son escritores excelsos.

Venga, voy a hacer como Coetzee y voy a comprometer mi prestigio proclamando mi admiración incondicional por Homero, Cervantes y Dante. Tres chicos nuevos en los que nadie se había fijado.

El riesgo, a mi modo de ver, lo asume Mario Vargas Llosa -también citado en el artículo-. Vargas Llosa sí que se moja de verdad dando la alternativa a autores emergentes. El peruano ha aupado a más de un escritor semidesconocido cuyos libros le han gustado y no ha tenido empacho en apostar por ellos en sus piedras de toque de El País. Ahí tienen a Javier Cercas, por ejemplo. Vargas Llosa sí que compromete su prestigio recomendando a autores que juegan en las divisiones inferiores, él sí que se arriesga haciendo de ojeador y confiando en su buen gusto para reconocer el talento ajeno donde nadie se ha molestado en verlo.

Decir a estas alturas que Faulkner es excelso puede seguir siendo interesante, por más obvio que resulte. No digo yo que no sea estimulante leer a Faulkner con los ojos de Coetzee, pero, desde luego, no me parece admirable ni humilde en absoluto. ¿Qué prestigio va a achicarse glosando a semejantes fieras? El riesgo es apostar por un bollo a medio hacer que puede salirte amargo. De Faulkner... Pues ya sabe usted la admiración que se tiene en este pueblo por la obra de William Faulkner (Cuerda, en Amanece que no es poco, dixit).

Foto: Coetzee, por alusiones.

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