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El Blog de Sergio del Molino

Música

ROSAS Y COCAÍNA

Estoy escuchando mi último pequeño cuelgue musical, una moza canadiense llamada Carolyn Mark que hace ese country rock americano tan grato al oído (a mi rústico oído, al menos). Su último disco lo ha hecho a medias con un colega de Toronto llamado NQ Arbuckle, que tiene una voz levemente rasgada, como de rockero viejo de bar de carretera, y una de las que canta él, Too Sober To Sleep, empieza así:

God blessed those girls from Barcelona
Who smelled the roses and cocaine.
I hope they know their parents missed them,
So did the sunny shores of Spain.

Es decir, más o menos:

Dios bendiga a esas chicas de Barcelona
que olían/esnifaban rosas y cocaína.
Espero que sepan que sus padres las echaban de menos,
las soleadas costas de España también (las echaban de menos).

¿Dónde estarán esas chicas? En Barcelona, no, ya lo dice la canción. Quizás en Toronto, haciendo un postgrado en Filología Inuit. Y por Toronto andan desmelenadas dándole a las rosas y a la farlopa. Es muy tierno el paternalismo del rockero, que piensa en los padres de las criaturas. Esos mecánicos de la Renfe o esos prejubilados de la Seat que, en un piso mal iluminado del barrio de Sants, se meten en el Facebook de sus hijas y les preguntan si necesitan que les envíen más dinero por Western Union para pasar el mes. Si supieran que estas mocitas se están puliendo los ahorros familiares en rosas y cocaína...

¿Dónde han quedado los rockeros que, cuando ven a una chica de Barcelona en Toronto a las cuatro de la mañana puesta hasta las trancas de cocaína, en lo último que piensan es en sus padres? ¿Qué le está pasando al rock? ¿Están todos viejos chochos y cuando ven a una chica ya no ven una vagina a la que hay que tomar al asalto, sino a la hija que nunca tuvieron? Que se pare el mundo, que me bajo, que yo con unos rockeros así de tiernos no quiero saber nada.

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EL COSO DE AL LAO

Ya está bien de hablar de hijos de puta y de cabrones con pintas.

Hablemos de buena gente.

Es más, hablemos de gente extraordinaria. De gente por la que merece la pena vivir. De gente que goza y hace gozar, y que, cuando sufre, no lo hace por un cash flow mustio ni por el índice Nikkei.

Hace mucho, escribí una columna sobre Cristóbal Repetto. Bastante tiempo después, la colgué en este rinconcito. La tenía olvidada, no había vuelto a pensar en ella. Hasta esta mañana. Al abrir el correo, me ha saltado un mensaje extraño. En la marabunta de tonterías cotidianas, un nombre destacaba en los "de". Allí ponía claramente "Cristóbal Repetto". Y el asunto se titulaba: "Cristóbal Repetto, desde Argentina". No me lo podía creer.

El tanguero de la voz imposible se ha topado con mi pobre columnica. Y el tanguero de la voz imposible se ha emocionado y me ha escrito una carta bellísima, trenzada con un verbo claro y fresco, lleno de ternura. No reproduzco nada de la carta ni de mi respuesta porque entiendo que es correspondencia privada, pero sí que quiero dejar constancia del bien que me ha hecho. No importa lo mucho que el día haya podido torcerse. No importan los tropezones, las malas caras ni las zancadillas con las que he tenido que bregar durante la jornada. Las miserias cotidianas han quedado disminuidas, como si les hubieran colocado una enorme sordina. La carta de Repetto me ha inmunizado contra todo y contra todos.

¿Hay algo más bonito que emocionar a quien te emociona a ti?

He buscado en YouTube una versión de Los cosos de al lao, un tango que en su voz eriza hasta la piel del hígado por su profunda simplicidad sentimental. Dice:

De pronto se escuchan
rumores de orquesta.
Es que están de fiesta
los cosos de al lao.

Ha vuelto la piba
que un día se fuera
cuando no tenía
quince primaveras.

Hoy tiene un purrete
y lo han bautizao,
por eso es que cantan
los cosos de al lao.

Esas frases, cantadas por Repetto, me llegan al alma, si es que alguien tan mundano como yo gasta de eso. A falta de Los cosos de al lao, os dejo una grabación de Organito, un viejo tango que compuso Juan Carlos Graviez en los años 20 y que recuperó Repetto con su voz de pizarra de 78 revoluciones. Es una pequeña historia del tango cantada:

 

CABREADO CON BLOGIA Y CON EL MUNDO

Acabo de escribir un post sobre la excursión que Javivi y yo hemos hecho este finde a Borja para ver a Barricada. Hablaba del Drogas, con quien estuvimos de charleta un rato después del ensayo, y hablaba también de nuestra vocación grupie y del subgénero pornográfico que Javivi ha taxonomizado en el repertorio del grupo pamplonés. Pero, cuando le he dado a publicar, Blogia ha decidido que el texto no merecía la pena, y me ha saltado el cms en blanco. He perdido todo el artículo, sin posibilidad alguna de recuperación, y ahora estoy demasiado cabreado como para rehacerlo. El blog tiene que ser una cosa espontánea, hay que escribir bajo la premisa del hic et nunc. Si no, no merece la pena. No me saldría lo mismo si me pusiera a reescribir, quedaría falseado y gélido, así que, con vuestro permiso, voy a pasar.

Dejo un vídeo de los Barri como consuelo.

 

EL ÚLTIMO HOMBRE GENTIL

EL ÚLTIMO HOMBRE GENTIL

-¿Qué tal Lisboa? -me dijo anoche un amigo.

Me gustó la pregunta por dos motivos: porque vino acompañada de una cerveza que me tendió y porque no preguntó "¿Qué tal por Lisboa?". No se interesó por nuestra experiencia en la ciudad, sino por la ciudad misma, antropomorfizándola. En la sutileza está la elegancia. Poner o quitar una preposición puede marcar la diferencia entre un tío zafio y uno con clase.

-Sucia y rota, como debe ser -le contesté.

Y es verdad: el día que la limpien y la arreglen, dejará de interesarme. No pude decir más, porque a los pocos segundos se apagaron las luces y Leonardo salió a escena. Se imponía el silencio del respeto por el genio.

Como soy desaliñado, bebedor, con ínfulas autodidactas y leo pocos y malos libros, muchas de mis referencias las saco de canciones y de pelis. Y en la película que Roger Corman rodó sobre el Barón Rojo, Manfred von Richtofen, que así se llamaba el aviador, replica en una secuencia (cito de memoria): "Se ha acabado el tiempo de los caballeros: esta es una guerra de hombres". No sé si dijo algo parecido alguna vez, pero lo importante es que la frase le pega al personaje. Lo verosímil casi siempre importa más que lo real.

Es cierto: el relato histórico tiende a subrayar implícitamente -que es la forma más eficaz de subrayar algo- que la guerra del 14 aniquiló para siempre, entre otras muchas cosas, la dignidad aristocrática del caballero. Un caballero puede matar. Incluso puede matar a sangre fría, pero no lo hará indiscriminadamente. Podrá ser un asesino, nunca un genocida. El hombre puede cargarse ciudades enteras con apretar un solo botón, con glotonería industrial.

Hay más diferencias: un caballero se destoca cuando corresponde, sabe cuándo debe alzar la cabeza y cuándo agacharla en reverencia, y siempre ha de estar dispuesto a hacerse a un lado cuando reconoce el talento ajeno. Básicamente, un caballero -o un hombre gentil, como dicen los ingleses con mucha más propiedad- se rige por una única norma no escrita: hacer sentir bien a quienes le rodean, pero con discreción. Sin efusiones de ningún tipo. Es una cuestión de tono: un halago desmedido o a destiempo puede incomodar más que un reproche. El cariño debe arropar, nunca ahogar ni asaetear.

Son refinamientos que pueden aprenderse, pero hay quien nace con ellos. Y Leonard Cohen los lleva ya de fábrica. Su caballerosidad y su vocación de hombre gentil explican su obra, su espectáculo y su vida. Es la parte más brillante de su grandeza: reconocer en su apostura, en su elegancia, en la forma de quitarse el sombrero ante sus músicos y en la delicadeza e ingenio que emplea en presentarlos al público, a un caballero impecable, que nunca desentona, ni en el pentagrama ni en la vida.

Luego están sus canciones, claro. Luego está su faceta genial, su condición legendaria, su rutilante puesto de honor entre los dioses mayores de la música popular. Estoy con el maestro Matías Uribe, que ha dejado escrito estos días: "Si ni diez segundos de una canción de Leonard Cohen llegan a tocar mínimamente la fibra de cualquier ser humano es que este no es su reino. La jungla o el cementerio".

Pero eso se puede apreciar en sus discos. Su caballerosidad sólo se ve sobre el escenario. Y yo me siento tocado por ella. Gracias, Don Leonardo.

LO QUE ESCUCHO

Dos canciones suenan mucho en el iPod estos últimos días. Curiosamente, ambas en español.

La que dice:

En los dedos de mis pies
crecen hongos de colores,
me los como y crecen flores
más allá del horizonte.

Es Hongos, de Albert Pla, de su último disco, La diferencia.

La otra dice:

Plantaron en Puerto Madero
un almorzadero de trabajador.
No hay que reservar primero
donde el piquetero tiene el comedor.

Es Comedor piquetero, de Calamaro. También de su último disco, La lengua popular.

De la primera me gusta su guarrismo lisérgico, y de la segunda, el guiño porteño (que no bonaerense, como me recriminó Mecha una vez: "Los españoles usan mal bonaerense. Un bonaerense es alguien de la provincia de Buenos Aires. Los de la capital son porteños"): Puerto Madero es la zona de los restaurantes pijos, donde los ricachos van a zampar carne a doblón, donde está el hotel Hilton y toda la pesca. Un comedor piquetero sólo puede instalarse en Puerto Madero a la fuerza, después de guillotinar a unos cuantos en Plaza de Mayo.

Son ligeras y estivales. Me ayudan a mantener la cabeza fresca con este insoportable calor.

COMO IBA DICIENDO...

Como decía en el anterior post, esto es lo que Zaragoza ha podido gozar en un lugar maravilloso -las Playas del Ebro, una Ibiza de secano-, pero ha preferido pasar:


Puto niño prodigio. ¡Es dos años más joven que yo! Y tiene el aplomo escénico de un Nick Cave o de un Leonard Cohen. Hay gente a la que el talento le sale por los poros. Qué ascazo dan. Otro botón de muestra:

 


Cuando tenía 19 años le encarcelaron por drogas, sus padres le echaron de casa y se dedicó a vagar por Texas, escribiendo canciones sobre su desgraciada vida y tocándolas por cuatro dólares en garitos texanos. Grabó una maqueta, y tuvo tanta potra que llegó a la BBC, donde un locutor cazatalentos la emitió. Fue en el año 2003. Una discográfica de Glasgow se quedó prendada de su genio y le dijo: "Vente pa Escocia, que te grabamos un disco".

Pero Micah no podía salir de Estados Unidos. Debía 600 dólares en multas y tenía confiscado el pasaporte. La discográfica tuvo que pagar las multas y enviarle un billete de avión. Cuando aterrizó en el Reino Unido, no le querían dejar pasar. Le tuvieron retenido un día en el aeropuerto, interrogándole, hasta que las súplicas de la discográfica hicieron efecto. Le dieron visa sólo por un mes, así que se puso las pilas. Grabó el disco en dos semanas, arreglando viejas canciones autobiográficas de su desdicha. Lo tituló Micah P. Hinson And The Gosspel Of Progress. Después vinieron Micah P. Hinson And The Opera Circuit y Micah P. Hinson And The Red Empire Orchestra.

Tiene fans en los cinco continentes. Somos muchos los que nos hemos quedado con el corazón hecho un trapo después de escuchar sus doloridas y dolorosas canciones. Una de su último disco -y uno de los momentos cumbres de anoche en las playas- dice que no tiene miedo del atardecer o de la lluvia, que sólo tiene miedo de morir solo.

Pero, por lo visto, no es suficientemente bueno para Zaragoza. A esta ciudad todo le parece poco.

THE SOUTH WILL RISE AGAIN!

THE SOUTH WILL RISE AGAIN!

Hi, my name is Michael P. Hinson and I came from Abilene, Texas.

Lo dijo con su voz indescriptible, que a ratos sonaba con la guturalidad de un Leonard Cohen y a ratos se desgarraba como si el polvo de todo un desierto se le incrustase entre las cuerdas. Profunda, grave, única. Es una de esas voces a las que no les importan tus oídos, porque no les hablan a ellos, sino a ese conglomerado de vísceras que llevas dentro y que sientes cómo se eriza y encabrita bajo la vibración de su poderío vocal.

Cuando sacaron el banjo me dieron ganas de ondear una gran bandera confederada y gritar vivas al general Lee: "Yeah, damn fucking yankees: the South will rise again!".

(Para los que no han cursado Educación para la Ciudadanía en inglés: "Eso es, malditos putos yankis: ¡el Sur resurgirá de nuevo!")

As seen on Gone by the wind, podría haber añadido.

Esto no lo traduzco, señorita Escarlata.

¿Que de qué fucking demonios estoy hablando? Del acontecimiento del verano en Zaragoza: el concierto que dieron en las Playas del Ebro los adrenalíticos y reconcentrados The War On Drugs y el intensísimo y atormentado Micah P. Hinson. Un lujazo a precios irrisiblemente verbeneros (12 euritos de nada). Un regalazo al que los zaragozanos no hemos hecho aprecio, a juzgar por los cuatro gatos mal contados que nos esparcimos por la arena de las playas, frente al escenario acuático y bajo la noche negra y espesa.

Me cabreé con esta inmortal ciudad de paletos. Me retracté mentalmente de algunas de las críticas más duras que he lanzado desde mi columna de los viernes a la gestión cultural municipal. La culpa no es de los gestores, es de los ciudadanos: si el ayuntamiento se esfuerza por programar este conciertazo, cuyo cartel no creo que pueda verse en ninguna otra ciudad de España, lo financia para dejar la entrada a un precio casi simbólico, y luego no va ni el Tato, es que esta ciudad está poblada por paletos sin remedio, carne de espectáculo de José Luis Moreno.

Sin remedio alguno.

Tíos: somos 700.000 habitantes y subiendo.

Con una universidad potente que da mucha población estudiante.

Con mucha gente joven.

Demográficamente, las cuentas no salen: el concierto de anoche tendría que haber sido un exitazo. Lo hubiera sido en cualquier otra gran ciudad europea. ¿Qué otra cosa mejor se podía hacer en Zaragoza anoche que irse a las playas a cervecear bajo el cielo negro mientras se disfruta de un conciertazo mayúsculo? ¿Dónde estaba la chobenalla? ¿Sudando y bebiendo garrafón en los garitos infames del Casco Viejo? ¿Todos se habían ido a la playa de Salou?

Si yo fuera responsable cultural del ayuntamiento, ayer me habrían dado la confirmación definitiva. Me aplicaría el refrán de no está hecha la miel para la boca del asno y no me rompería la cabeza programando exquisiteces como ésta, a las que nadie hace aprecio.

Jotas y Marianico el Corto, que parece que es lo que gusta de verdad. The War On Drugs y Micah, que se los lleven a otras ciudades.

Qué duro es esto, de verdad. Siempre quejándonos de que no hay nivel, y cuando se esfuerzan por poner alto el lisón, escupimos sobre él. ¿En qué quedamos? ¿Por qué menudean tantas quejas de que esto es un páramo, si cuando hay algo majo sólo vamos los cuatro de siempre? Saludé a un montón de gente y entreví bastantes caras familiares. Los que coincidimos en todos los saraos. Ni uno más, ni uno menos. Siempre estamos los mismos, esto no cambia, el círculo no se amplía, llueve siempre sobre mojado, pero no arraiga nada.

Y no, no me vengan con que son grupos de minorías. ¡Y una mierda! Para minorías son los conciertos del Audicón -que también se los van a cargar-. Esos sí que están pensados para el disfrute de los alumnos de séptimo de conservatorio y para los melómanos enfermizos. Pero la programación de las playas es popular. ¿Qué hay más popular que el rock? ¿Qué tiene de inasimilable por las masas el guitarreo de The War On Drugs, con sus destellos dylanianos y progresivos? ¿Alguien me puede explicar qué barrera intelectual se impone entre la voz de Micah y cualquier oído con sus huesecillos intactos? ¿Hace falta tener una licenciatura en Filosofía para emocionarse con las canciones sureñas y marismeñas de este monumento del folk-rock?

Vamos, hombre.

Item más: si un cojo en rehabilitación que camina a 100 metros por hora y una embarazada con barriga prominente pudieron ir al concierto anoche, puede ir cualquiera. No hay excusas: si no estuviste, fue porque, simplemente, no te dio la gana, porque más fácil ya no lo pueden poner.

Perdón, ya me he desahogado. Luego cuento algo del concierto en sí, que para mí ha sido el mejor del año en la ciudad después del de Caléxico (en el que había más gente, aunque era considerablemente más caro).

MALDITO COHEN

Maldito, maldito, maldito seas. ¿Por qué has elegido el 15 de septiembre para venir a Zaragoza? Ese día pensaba estar disfrutando de mis merecidísimas vacaciones, tomando una cervecita bajo la sombra de la Alfama. ¿Por qué me vas a hacer volver corriendo para rendirte la pleitesía que mereces? ¿Por qué no actúas en Lisboa, donde quería estar ese día? ¿Por qué me harás atravesar toda la tórrida península el 15 de septiembre, y cambiar mi querido Tajo por el sucio y más que visto Ebro?

Lo haré. Por suerte, no pensaba irme muy lejos (circunstancias biológicas que contaré en su momento impiden que crucemos ningún océano este año). Así que allí estaré, disfrutando del rasguido cavernoso de tu voz, susurrando por lo bajo que Suzanne me sirve té con naranjas, que en un pasillo de Viena hay novecientas ventanas, que en mi lengua no queda nada salvo la palabra aleluya, que te recuerdo bien en el Chelsea Hotel, que todo el mundo sabe que los chicos buenos siempre pierden.

No puedo faltar, porque Leonard Cohen me enseñó a poner nombre a las cosas que sentía cuando ni siquiera sabía que las sentía. Desbrozó con su machete de versos la oscura fronda de mi adolescencia. Me enseñó que tras la oscuridad hay mucha más oscuridad, y que hay que zambullirse en ella. Me desvirgó sentimentalmente. Por eso, en las noches de escozor, siempre le he usado de analgésico. Es mi mejor cura.

Señor Cohen, le agradezco los cacharros que me ha traído: el mono y el organillo. He ensayado todas las noches, y ahora estoy listo. Espero que no me pille la policía del jazz.

Me he perdido ya demasiados conciertos este año. De este no paso. Y ahora voy a enchufar el tocadiscos y a escuchar eso de que primero tomaremos Manhattan.

HOW ARE YOU DOING, AMIGO?

 

Venimos del concierto de Calexico cargados de espíritu fronterizo, de esa música de la raya, del lugar donde rompen dos mundos. Calexico es California y México, es ese trozo del desierto donde Estados Unidos se confunde con México, donde el folk recupera su razón de ser, donde las energías populares y las tradiciones enfrentadas durante siglos encuentran un acoplamiento sonoro que apunta directamente a la caja torácica de quien escucha.

De todas las fronteras, la de México y la de Estados Unidos es una de las que más nos concierne a los que vivimos en este país. Porque en ella chocan y se contaminan dos culturas que hemos mamado: el american way of life y el barroco mexicano. Dos mundos poderosos, dos culturas brutalmente dominadoras, la anglosajona protestante y la hispánica católica, convergen en Tijuana y San Diego. El choque tiene que ser brutal por fuerza: ahí se libra la batalla que no pudo presentar Felipe II con la Armada Invencible. Ahí no hay mar. Sobre el desierto, los dos mundos pueden colisionar con la violencia que tanto complace a ambos. Nosotros, hijos por igual de los cuadros del Bosco y de Cheers, no podemos quedarnos indiferentes ante ese espectáculo. A los españoles, la música de Calexico nos toca fibras muy hondas y muy bien afinadas.

Quizá la fusión de la cultura mexicana y la estadounidense empezó en la batalla de El Álamo, pero yo prefiero ver a Ambrose Bierce como el pionero de este mestizaje. El escritor que inspiró Gringo viejo a Carlos Fuentes salió de San Francisco en 1910 para unirse a la revolución de Pancho Villa y nunca más se supo de él. Se lo tragó el desierto.

La frontera como obsesión y como tema está en la Sed de mal de Orson Welles y en casi todas las películas de Sam Peckinpah (Calexico habría puesto una banda sonora espléndida a las pelis de Peckinpah). También está en Iñárritu y en la música de Abierto hasta el amanecer. La frontera es rock de largas notas y voces agudas.

La frontera es Roberto Bolaño. El mejor libro de la literatura de frontera escrito en español es 2666.

Para los americanos, el otro lado es el reverso tenebroso, el santuario de los fugitivos, el lupanar donde aparcar las inhibiciones y quemarse el hígado, el paraíso de las 72 vírgenes. Para los mexicanos, el otro lado es el del curro duro, el de la honradez, el de la cuenta de ahorro, el de la hipoteca, el de la casa con jardín.

A priori.

Siempre he creído que esa dialéctica de dominadores y dominados explicaba el mundo de la frontera. Ahora dudo. Ahora pienso que es todo más complejo, que también hay dominados entre los dominadores y dominadores entre los dominados, que el juego de fuerzas en la sociedad fronteriza es mucho más sutil, que la contaminación no siempre se escurre de arriba abajo, sino que también trepa y se enrosca. Que cuando dos culturas con una personalidad tan fuerte se encuentran, el resultado del encuentro no se puede explicar en un esquema de tesis-antítesis.

Calexico son un ejemplo de ello: un grupo de dominadores, de californianos anglos bien situados, fascinados por la música del sur. Entienden que lo mexicano forma parte de su cultura fronteriza tanto como Shakespeare, y lo integran orgullosos, sin mirar por encima del hombro, sin pretensiones ni doblez.

El discurso oficial de Estados Unidos, la mitología de masas que se enseña en la escuela dice que lo anglosajón es la espina dorsal de la cultura del país, y que todos los demás elementos son secundarios. Pero cada vez son más los estadounidenses que reniegan de ese dogma y sienten -con sobrada razón-, que su país tiene varias espinas dorsales, y que la herencia hispana es tan reivindicable y poderosa como la anglosajona. Los viejos espaldas mojadas les están ayudando a verlo así, les están ayudando a reencontrarse con una parte de su país que desconocían. Por eso Calexico suena tan auténtico: porque es folk vivo de verdad, porque son los sonidos sentidos de la tierra. No es mestizaje, es música de frontera, es la música de una generación abierta que no quiere oponer ningún nosotros a ningún ellos. Es la música del mundo en el que yo quiero vivir.

SILVIA SOLA: UNA MIRADA A LO PRIMIGENIO

SILVIA SOLA: UNA MIRADA A LO PRIMIGENIO

Aviso para navegantes: he publicado esta pieza en el MVT de hoy, como previa al concierto que Silvia Sola dará en la Oasis esta noche, pero Silvia no es una desconocida para mí. La conozco desde que los dos éramos unos adolescentes tontacos que descubrían el rock con The Black Crowes y Pearl Jam. Nos hemos seguido las vidas de reojo y a intermitencias, ella peleándose con los pentagramas y yo con las letras, y creo que es de las pocas personas a las que conozco de antiguo que es razonablemente feliz y vive como quiere vivir. Cuando la ves no sientes esa frustración y esa ansiedad que aprecias en otros a los que la vida va derrotando. Siempre me da gusto reencontrármela y tomar una cerveza con ella. Obviamente, puse un cariño especial en este artículo. Espero poder pasarme esta noche por el concierto.

Silvia Sola es uno de los secretos mejor guardados de Zaragoza. Su voz, tímida y cálida como ella, ha ambientado suavemente muchas noches en muchos garitos zaragozanos. También en El Páramo, que es una de sus casas en la ciudad, donde anima muchas veladas pinchando ese rock puro, guitarrero y desnudo que tanto le gusta.

La historia de Silvia es la historia de una desnudez. De una desnudez musical, que de las otras ya se ven muchas en El Plata. Empezó apasionándose con el rock bronco que salía del sueño grunge en los 90; llenó de emoción el repertorio pop de Sola, su primer grupo de verdad, y exploró la vanguardia sonora de la mano del ex Héroe del Silencio Alan Bugoslavsky, de cuyo elenco formó parte. Tocó muchos palos del pop y del rock, se vistió de muchas formas, pero la eclosión esperada -ese despegue, ese empujón definitivo que todo artista necesita para saber hacia dónde tirar- no llegó, y se quedó en punto muerto.

"Hubo un momento en el que dejé de componer y me planteé dejar de cantar -confiesa-. No había nada en Zaragoza que me motivara. Estaba vacía, no me salía nada". Así que hizo la mochila y se largó a Inglaterra con lo puesto, haciendo honor a su apellido artístico: totalmente sola.

"En Oxford me encontré de frente con el folk -cuenta-. Conocí a un montón de músicos muy jóvenes que exploraban formas musicales muy viejas, y hacían con ellas lo que les daba la gana. Me enamoró la simplicidad de esas canciones, su espíritu primario, y volví a componer y a tocar".

Allí grabó un disco y hace un año regresó a Zaragoza, donde ha ido volviendo a los escenarios (teloneó hace poco a The Jayhawks en La Casa del Loco). Con José Javier Gracia a la guitarra, Guillermo Mata al bajo, Jaime Lapeña al violín y Nines Cárceles en los coros, prepara un segundo asalto musical, esta vez desde el lado del country y del folk. Sin las fanfarrias rockeras ni alternativas de antaño: desnuda. "E imperfecta", añade. Para 2009 anuncia disco, pero el lujo de su voz se disfruta más en directo.

PS: el concierto se ha suspendido. El Ayuntamiento ha cerrado la Oasis. Pintan bastos en la noche, amigos. Próximamente, un post sobre el cierre y sobre la Oasis.

NICE BOYS DON'T PLAY ROCK AND ROLL

NICE BOYS DON'T PLAY ROCK AND ROLL

Es estupendo que justo cuando la industria del disco se va a la mierda, reviva el viejo vinilo. La Fnac empezó dándole un espacio marginal y cada vez ocupa más expositores: muchos nuevos lanzamientos se sacan también en vinilo, y se reeditan viejos discos remasterizados constantemente. Hoy he olisqueado un poco por allí y me he dado un caprichazo comprando los cuatro discos de Use your illusion, el magnum opus de Guns n’ Roses. La chorrez esa de Chinese Democracy me suena a autopsia, y paso de necrofilias. Me quedo con los clásicos, con los que no se puede ser necrófilo porque son inmortales, nunca acusan rigidez cadavérica.

Es una pequeña revancha de pijo con tarjeta de crédito, la verdad, porque con esta compra me siento como un conde de Montecristo que adquiere un traje después de pasar por la cárcel. Estos discos han sido claves en mi educación sentimental, pero cuando salieron, los chavalillos del barrio no teníamos dinero para comprarlos. Eran dos discos dobles, un despropósito, un dispendio inasumible para un protoadolescente. Por suerte, a algún amiguete se lo regalaron por su cumpleaños y todos los demás nos hicimos copias en cintas Maxwell de 120 minutos. Las escuché hasta desgastarlas, pero para cuando ya empecé a tener mi colección de discos y dinero para comprarlos, Guns n’ Roses me habían dejado de interesar, así que nunca me compré el CD.

Redescubrí a Guns n’ Roses hace relativamente poco. En un arrebato de nostalgia me compré el Appetite for Destruction y tuve que concluir, aplaudiendo, que sí, que qué cojones, que Guns n’ Roses tenía razón, que el rock era eso, que si existe una idea platónica de rock, ellos son los que más se han acercado a ella. Así que con esta compra ejecuto dos venganzas: la del chaval de barrio que no tenía un chavo para comprarse esos carísimos discos y la de todos los que siempre supimos que el rock era una cuestión de suciedad, berridos y adrenalina, pero que nos vimos obligados a elaborar un discurso intelectualoide para justificar nuestro vicio. Los Guns están ahí para recordarnos que no tenemos que justificar nada.

La frase clave la dan en una canción: "Nice boys don’t play rock and roll". Eso es: los niños bien no tocan rock and roll. Pueden intentarlo, pero no les sale. Al final, siempre se les descubre. Las raíces proletarias del rock están incrustadas en la pelvis de Elvis. El rock no es para remilgados.

Cuando los Guns irrumpieron, las dos grandes tradiciones del rock duro estaban casi estancadas: el punk ya no daba más de sí, y aquel dislate virtuoso del rock progresivo había evolucionado hasta un heavy de gimnasio y ascensor, una cosa más artificial y playera que las tetas de Pamela Anderson. Pero hete aquí que unos chavales de Los Ángeles se pusieron a tocar, y transmitieron a un público aborregado y saturado de laca y sintetizadores una sensación desconocida: la de la autenticidad. Se subían a un escenario y tocaban dejándose las tripas, sin dar tregua y sin para mientes en arreglos ni en corsés de género. De repente, el público recordó por qué le gustaba eso: porque le divertía, porque le permitía descargar adrenalina, porque su descarga era adictiva y te dejaba como nuevo. Los Guns devolvieron al rock todo lo que la política y el virtuosismo le habían robado. Dejaron el rock desnudo, sin adornos ni maquillajes, y lo escupieron al mundo con toda la fuerza de la que fueron capaces.

Del punk rescataron la actitud y el descaro, y de los viejos maestros, la técnica artesanal de construir canciones sólidas y bien hechas. Sólo les faltaba una cosa para completar el invento: comportarse como superestrellas, con toda su inconsciencia, su consumo compulsivo de drogas, sus berrinches de niño pequeño y esa certidumbre tan bien fundada de que el mundo entero gira en torno a ti y te debe pleitesía. Siguieron bien el guión. Cumplieron hasta la parte en la que la guerra de egos entre guitarrista y cantante pone fin a la banda.

Pasaron fugaces, y con ellos se reconfirma aquello de que lo bueno, si breve, mil veces bueno. Su primer disco, de 1986, ya anticipaba en su título lo que iba a venir después: Live like a suicide. En él se contenía la canción Nice boys, todo un manifiesto. En otra canción decían: "No resulta fácil vivir como un gitano" (en inglés, gypsy no sólo hace referencia a la raza, sino a la gente de vida nómada y errante). Al año siguiente sacaron su obra maestra, Appetite for destruction, con sus greatests hits y varias canciones que no han sido superadas en fiereza, que suenan como relámpagos perfectos, como My Michelle, Think about you o Rocket Queen.

Después vino Lies, un buen trabajo, pero no tan emocionante. Con los cuatro discos recogidos bajo el título de Use your illusion se permitieron el desfase que todo rockero en la cima pasado de roscas de ego y droga debe permitirse. Calamaro hizo algo así con El salmón, pero le salió mal. A los Guns, por suerte, les fue bien: son cuatro buenos discos, donde su trabajo está a la altura de su ambición, pero no alcanzaron las cumbres del Appetite (normal: el Appetite era instinto puro, espontaneidad apenas pulida por un productor poco entrometido, es difícil superar enamoramientos pasionales tan poderosos). El genio empezaba a notarse gastado y lo que antes era fresco ya empezaba a oler a enquistamiento. La cuesta abajo se adivinaba al final de ese esfuerzo monumental. Digamos que con Use your illusion quisieron demostrar que su talento no era espontáneo, que eran capaces de hacer algo serio, profundo y currado. Y lo hicieron, sin duda, pero parece que la presión les abrumó un poco: demasiados arreglos, demasiados retoques en la mesa de mezclas, demasiado poco directo. La actitud punk se había perdido, pero no nos importaba, porque los Guns seguían estando ahí, seguían divirtiéndonos. No se habían convertido en unos nice boys.

Pero ya estaba, se acabó. El siguiente disco, The Spaghetti Incident, fue bochornoso. Los Guns estaban agotados, habían perdido definitivamente el touch. Poco después, se separarían. Hicieron bien, pero no tendrían que haber tardado tanto. Por coherencia, tendrían que haberse ahorrado ese último bodrio. Use your illusion hubiera sido un cierre precioso a su carrera, sin borrón ni mancha, un adiós bien hecho. Pero no, tuvieron que meter su coda. No importa. Para mí -y sé que para mucha más gente- los Guns se acabaron con Use your illusion. Cuatro discos, cinco años de carrera. Bien poquito, pero, bien mirado, ¿para qué más? Cinco años y cuatro discos son más que suficientes para decir todo lo que hay que decir.

Ahora que estoy a punto de sacar Malas influencias envidio a los que son capaces de concentrar todo lo que llevan dentro en muy poco. Yo no quiero crear una obra literaria extensa. Me gustaría escribir pocos libros, porque eso significaría que he encontrado enseguida lo que andaba buscando. Sólo hay dos explicaciones para los que persisten libro tras libro o disco tras disco: o se han enquistado en una fórmula banal que les resulta fácil repetir o no alcanzan a encontrar lo que quieren contar, por lo que tienen que seguir buscando. Y sería horrible pasarte la vida buscando y no encontrar nada al final. Por eso envidio a los creadores poco prolíficos, porque creo que han encontrado algo parecido a la paz de espíritu.

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JUAN EL SOBADO

JUAN EL SOBADO

Si estampar mi firma en Zona de Obras ya ha sido todo un privilegio que ennoblece mi plebeyo nombre, que ahora vengan y utilicen unas frasecillas mías para adornar el dossier que han hecho sobre cultura danesa en el número que acaba de salir a la calle ya es para tener el ego obeso. El año pasado me mandaron a cubrir el Spot Festival en Arhus, Dinamarca, y desde allí escribí este post. Este año volvieron a invitarme, pero las fechas no cuadraron bien y me quedé sin la escapada vikinga. Una lástima, porque Dinamarca es el típico país que nunca está en mi lista de destinos apetecibles, pero guardo un recuerdo maravilloso de aquel viaje y no me importaría repetirlo.

Zona de Obras, ese lujo cultural que se hace en Zaragoza para toda América Latina, saca su número 53, consolidando cada vez más el formato grande (estuvo muchos años tirando en formato cuadrado) y afianzándose como cabecera de referencia en el mundo de las tendencias. Cuesta casi 8 euros, pero te llevas a casa una carretilla de papel maché (más de 200 páginas con letra preta), un DVD y dos CD. Uno de los CD está editado por el Spot Festival y da un repaso a lo que están haciendo ahora los rockeros daneses. El CD y el DVD están dedicados a San Salvador, ciudad que también protagoniza un amplio dossier.

Entre los grupos salvadoreños que aparecen en el DVD se menciona La Pepa, una banda de hardcore metal algo pasado de revoluciones que tiene una de las canciones que más gustan a los jóvenes modernos de Sívar (que es como se llama popularmente a la ciudad): Juan el Sobado. No he encontrado la letra en Internet, pero podéis escuchar un podcast que la contiene aquí). Juan el Sobado, héroe de la chavalería radicalosa, es un mangui "bien chingón", como dice la letra, que pasea su fardona verga por todas las vaginas del barrio y hace y deshace lo que le sale de ahí a lo largo de la ciudad. El narrador del documental dice que define muy bien el carácter de San Salvador, y yo respondo que tururú. Juan el Sobado es la última variante de un tema urbano, un arquetipo universal de la narrativa de todas las ciudades abarrotadas y conflictivas.

Este Juan el Sobado es el Jimmy Jazz de The Clash, el macarra de ceñido pantalón de Pulgarcito cantado por Sabina, el que hizo en los billares la primera comunión de Leño, el Maky Cuchillo de Brecht, Sinatra, Morrison e Ivá y el Billy el Niño de Peckinpah. Es ese individualista violento, sentimental, duro, de mirada centelleante y navaja rápida. Es el más chulo del barrio, es James Dean, es el que armaba gresca en la calle sin razón, sólo por saltarse las normas. Juan el Sobado no es un endemismo salvadoreño. Juan el Sobado pertenece a todas las ciudades y a ninguna. Está en todos los barrios, en la cabeza de todos los chavales que crecen apiñados en un entorno duro, ruidoso y sin más futuro que la cola del paro. Es esa épica de barrio que tanto triunfa en las sociedades donde abunda la chavalería perdida, puteada y vigilada por la policía.

Escuchaba Juan el Sobado y escuchaba el mundo en el que crecí yo mismo, cuando nadie creía ni de coña que este país algún día sería la octava potencia mundial, ni que nos iríamos a recorrer el universo como nuevos ricos. Creo que se perdió aquello. Creo que ya no existen esos futbolines. La música que suena en los institutos de barrio ya no habla de Macky Cuchillo, y me parece bien. Ojalá la música que se escuche en ellos sea muy frívola y plana. Ojalá no hagan falta nunca más héroes acratoides urbanos. Ojalá estos personajes nos despierten sólo simpatía, pero sin enjuagar la rabia que, por lo visto, sigue enjuagando en muchas ciudades del planeta.

Tenía que soltar esto, por eso he hecho un alto en mi encierro monástico, pero mañana sigo con mi disciplina tecleadora. Besos.

TAMBIÉN ME GUSTA MOZART

Los Judas Priest vuelven a pasar por Zaragoza en su gira mundial. Y por la plaza de toros, como ya hicieron en 2005. Entonces escribí una previa en el suplemento MVT de Heraldo que me costó varias amenazas de muerte. No gustó a los heavies, y me encorrieron a gorrazos. Con la excusa la recupero, para que puedan reeditar ellos también las amenazas filoeterras con las que me agraciaron la otra vez:

Los Judas Priest entran a matar

Qué mejor escenario que la plaza de toros de Zaragoza para que Judas Priest desplieguen su cuero, sus tachuelas y sus decibelios. Al fin y al cabo, desde una perspectiva ‘kitsch’, poco tiene que envidiarle el traje de luces de un torero a la indumentaria que se marcaba el bueno de Rob Halford en sus tiempos de icono sadomasoquista.

Los Judas (pronúnciese con jota, a la española, o ningún heavy sabrá de qué grupo habla) visitarán el coso taurino de la capital aragonesa el próximo 16 de abril. Zaragoza será una de las cuatro etapas confirmadas de su gira española, que pasará también por La Coruña, Madrid y Barcelona. Parece que se afianza la voluntad municipal de integrar a la ciudad en los circuitos internacionales.

La banda que veremos en abril es toda una leyenda del heavy metal que siempre se ha movido en esa finísima línea que separa lo épico de lo grotesco. Su estética excesiva y su sonido afilado e irritante, que acentúa los agudos hasta el borde de la ruptura de tímpano, marcaron, para bien o para mal, una época del rock mundial.

Actualmente, son más bien un ejemplo de supervivencia y de cómo una buena estrategia de márketing puede levantar un grupo que se había hundido en sus propias miasmas. Judas Priest nacieron a mediados de los 70 en la Inglaterra pre-tatcheriana poblada por una juventud fascinada por el punk. Y precisamente su éxito en aquellos años se lo deben a que supieron aunar en su sonido la rabia y la visceralidad de los Sex Pistols con las estructuras hard-rockeras más convencionales. Puede decirse que ellos fundaron eso que se llama heavy metal. La histriónica agresividad del cantante Rob Halford, inimitable en los agudos, terminó por encumbrarles en el imperio del rock más duro.

Pero, en plena cresta de la ola, a mediados de los 90, después de editar el que para muchos es su mejor disco, “Painkiller”, Rob Halford anunció su marcha, aduciendo cansancio y desmotivación. El cataclismo en el mundo metalero fue inenarrable. ¿Cómo iban a seguir los Judas sin Halford? Pero siguieron. Tras un ‘cásting’, contrataron en 2000 a un fan anónimo imitador de Rob, un tal Ripper Owens, y sacaron cuatro álbumes que decepcionaron a la parroquia. A Halford, que aprovechó la nueva etapa para proclamar su homosexualidad, tampoco le fue nada bien con sus discos en solitario. Así que, pasado un tiempo, y como la pela es la pela, Halford volvió al redil y sus fieles, ya creciditos y con hipoteca, lo celebraron desempolvando la chupa de cuero. En primavera, saltarán al ruedo zaragozano con su tralla de siempre (que, por cierto, ha sido reciente y lujosamente reeditada en cedé).

No se publicó casi ninguna de las indignadas cartas que provocó mi sobradete artículo. Unas porque sólo eran una retahíla de insultos, otras porque constituían directamente un delito de amenazas y las demás, porque transgredían en tres frases todas las normas de ortografía y gramática vigentes en la lengua castellana, si era esa la lengua en la que se suponía que estaban redactadas. Aquí os pego una de las que se publicaron, y está corregida por los redactores de Opinión del periódico:

El viernes 28 de enero, HERALDO publicó una información, a mi entender bastante parcial y excesivamente crítica, sobre el grupo musical Judas Priest. Me sentí ofendido por ciertas alusiones como “desde una perspectiva ‘kitsch’, poco tiene que envidiarle el traje de luces de un torero a la indumentaria que se marcaba el bueno de Rob Halford en sus tiempos...”, “Los judas (pronúnciese con jota, a la española, o ningún heavy sabrá de que grupo habla)”, “Su estética excesiva y su sonido afilado e irritante...”.

Todas esas frases nos hacen parecer a sus seguidores como unos zoquetes, y difiero de tal opinión, porque no me considero idiota por oír heavy. También me gusta Mozart, y no me siento superior por oír música clásica. El suplemento cultural “Muévete”, que publican los viernes, me gusta, pero me irritó este artículo.

Desde el heavy mozo que fui, puedo decir que siempre me ha fascinado que los heavies saquen siempre a pasear su pasión por Mozart, Bach y Beethoven cuando se sienten injuriados, cosa que suele suceder muy a menudo. Aquí va un fragmento de una peli de culto, This is Spinal Tap?, la gran parodia del mundo heavy:

 

Por cierto, este viernes retomo la costumbre de publicar columnas de opinión en el suplemento MVT, pero no sé por cuánto tiempo. Quizá esta sea la primera y la última de la temporada. Seguiremos informando.

¿DÓNDE VAS, TUNANTE?

Nos vamos a la Expo, a ver a Björk y cía. Asín de modernos y tontunos somos. Pero una duda corroe nuestra alma vanguardista: ¿conocerá Björk este clásico del humor chanante que toda la muchachada asocia ya impepinablemente a la prota de Bailar en la oscuridad? Think about it.

 

HA MUERTO SERGIO ALGORA

HA MUERTO SERGIO ALGORA

Coincidí muy poquitas veces con mi tocayo, aunque me alterné un tiempo con él en las columnas "Del revés" del suplemento Muévete. La última vez que lo vi, compartimos mantel (de papel) en la Fonda La Peña, cuando los poetas del 22 me invitaron a una de sus jolgoriosas cenas y les hice un reportaje que gustó mucho y pulula por Internet. Le conocí lo justo para saber lo que sabía todo el mundo: que sufría gravemente del corazón, de lo que, al parecer, ha muerto. No estoy capacitado, por tanto, para escribir nada en condiciones. Eso se lo dejo a quienes compartían las noches con él en el Bacharach, en La Casa Magnética y antes, cuando todavía existía, en La Caja de los Hilos. Sólo quiero decir que la noticia me ha noqueado y que lo lamento mucho por todos sus amigos y admiradores, que sé que son muchos.

La noticia de su muerte, aquí.

En mi blog de Heraldo de Aragón he publicado un articulillo comentando un par de cosas sobre Algora. Puedes leerlo pinchando aquí.

DAYNA KURTZ EN LA EXPO

DAYNA KURTZ EN LA EXPO

Esta noche no estoy para nadie. Me cogeré una cervecita y me sentaré en un rinconcito para dejarme empapar por la voz profunda de Dayna Kurtz, que toca en el Balcón de las Músicas de la Expo a las 0.30. Ya escribí un artículo sobre ella en este blog que podéis releer pinchando aquí. También he escrito un breve anuncio en el portal Muévete en la Expo de Heraldo, que podéis leer pinchando aquí. En él podéis ver un vídeo donde toca con Enrique Bunbury durante una actuación en El Puerto de Santa María.

ROCK URBANO PARA RURALES

ROCK URBANO PARA RURALES

Una vez, un entrevistador tan torpe como pagado de sí mismo quiso meter en un brete a Rodríguez Ibarra preguntándole qué le parecía que el referente cultural más conocido de la comunidad que por entonces presidía fueran unos rockeros piojosos y berreones de soez nomenclatura: Extremoduro. Rodríguez Ibarra sonrió, se recostó en la silla y dijo (cito de memoria): "Es fantástico que una comunidad tan rural y tan ligada a las tradiciones del campo tenga como embajadores unos exponentes de una cultura urbana tan juvenil. A mí me llena de orgullo que Roberto Iniesta (lo juro, se sabía el nombre del cantante de Extremoduro) haya sido capaz de influir en el rock español desde la apartada dehesa extremeña". Por supuesto, el adalid del guerrismo sólo estaba barriendo para casa con maestría de perro viejo y demagogo, pero quizá sin saberlo, estaba apuntando varias cosas muy interesantes.

En los 80, en España echó raíces un género local de nombre tautológico que no tiene igual en Europa (entre otras cosas, porque en el resto de Occidente el punk se vivió con intensidad y no hicieron falta sucedáneos): el "rock urbano". ¿Qué diablos es eso? ¿Puede el rock no ser urbano? ¿No es, de hecho, el folclore de las ciudades? Con esa lerda redundancia se agrupaba a los cultivadores de un estilo postpunk inventado en buena medida por Rosendo Mercado en Leño y caracterizado por su crudeza, su guitarreo desaliñado, su absoluta falta de academicismo o corrección y su marcado sesgo social (y, a veces, político) en las letras. Es decir: para oídos sensibles, basura sonora. Para los analfabetos funcionales como yo, una maravilla. Un disco de Barricada lo definía bien: Pasión por el ruido.

El desafortunado adjetivo "urbano" se refiere más bien a su carácter "de barrio" y obrero. Es música de futbolín, de jarra de cerveza y porro vespertino. Extremoduro -que vuelve ahora con un disco- se subió al carro en los 90 y, desde mi punto de vista, transformó completamente sus esquemas (insisto, los melómanos me van a tomar por un irritante loco inculto, pero les recomiendo que no sigan leyendo si no quieren hacer mala sangre con mis teorías peregrinas). Y lo hizo, efectivamente, desde la rural dehesa extremeña. Paradoja: rock urbano hecho por rurales.

Últimamente me he convencido de que el rock urbano es en realidad un rock genuinamente rural. De hecho, gusta mucho en los pueblos. ¿Y por qué? Porque es un rock compuesto (¿compuesto?) en las ciudades, sí, pero por hijos recientes del éxodo del campo. Es la banda sonora de una juventud que todavía tiene lazos muy fuertes con sus pueblos y que crece en unas casas donde el pasado campesino está mitificado porque es el único anclaje identitario y reconfortante posible en una ciudad hostil y bronca. El rock urbano es la música de los hijos de los primeros obreros, y su brutalidad y su espíritu primario remiten a la era. Mirad esta estrofa de Este Madrid, himno de Leño:

Lo que falta es un buen bidón
de aire puro y natural
y de cerveza,
de cocido y de salchichón.
Leña seca y carbón,
una menda y un colchón.

Es un grito inadaptado, antimovida madrileña, de chavales de barrio perdidos en la urbe que sólo abandonan su anonimato cuando vuelven al pueblo en verano. À la recherche du temps perdu, pero sin nostalgias.

Por eso, la sensibilidad hiperrural de Extremoduro tenía que encajar bien en esos esquemas, aunque su irrupción fuera muy tardía en el movimiento. De ahí viene (aunque no del todo) su capacidad para convertirse en la música de parte de una generación, la parte más antirretórica y la menos deslumbrada por los faroles minimalistas del pop.

Yo descubrí muy tarde a Roberto Iniesta y a Extremoduro, y no entiendo su alianza con unos tipos tan ramplones y anodinos como Platero y Tú. Como buen chaval de barrio izquierdoso (aunque sin un pasado rural), crecí entre los rugidos del Drogas y los ripios de Rosendo, pero el rollo de Extremoduro no me iba, no conectaba conmigo. Hasta que, algo más mayorcito, tropecé con Agila y con Deltoya y me dio un subidón. La energía desgarrada y brutísima de Roberto Iniesta, su talento cazurro, sin pulir, más salvaje que el más salvaje Camarón, me llegaron muy dentro. No me importa confesarlo. Entiendo perfectamente al protagonista de La flaqueza del bolchevique cuando hace que su rabia fluya a través de las canciones de Extremoduro en la radio del coche, y creo que Jesucristo García hace todavía más grande la película Barrio.

Tuvo momentos grandiosos el enorme Robe. Momentos llenos de semen, mechones enredados, jeringuillas tiradas en una baldosa, pelotillas de mierda de cabra y cerveza rancia formando charcos en el suelo. Si hay algún melómano o un tipo sensato que esté todavía leyendo a estas alturas del texto, que no se moleste en entender lo que intento decir. Esto es una cosa de tripas. De tripas retorcidas. De isleros, de shirleros y de ladrones. De gente que berrea estrofas como estas:

Afuera de mi casa tengo flores,
sembradas en el campo
como a ellas les gusta estar.
Enciendo muy temprano los motores,
me pongo muy contento
si la voy a visitar.

Lo dicho, rock urbano para rurales. O al revés.

RITOS PAGANOS

Columna publicada hoy en el suplemento MVT de Heraldo.

Tengo un amigo que no soporta los discos en directo, pero que se pasa la vida yendo a conciertos. Bien, a mí no me gusta comer naranjas y el zumo me lo bebo por litros. Aunque sospecho que lo de mi amigo responde a un proceso mental completamente opuesto al mío: yo suprimo sensaciones y me quedo con lo mínimo, y él hace lo contrario. No es solo que prefiera comer la naranja a beberse el zumo, es que le pierde tocarla, pelarla, llenarse las manos de su jugo, olerla y sentir la explosión de jugo y pulpa en su boca.

A mí me gustan los discos en directo, pero me gustan precisamente porque son muy falsos, porque están más retocados que Sara Montiel, porque tienen un simpático aroma de prostituta ajada y triste de burdel antiguo. Y me gustan también por su ingenuidad: pretender transmitir en una grabación la sutil, compleja y pagana experiencia de un concierto tiene algo de alquimista. O de feriante que vende filtros de amor.

La crisis discográfica nos está trayendo más conciertos. No como los de antes, ya apenas quedan supergrupos de estadio. El público tampoco ha crecido mucho, pero los espectáculos pequeños, más o menos íntimos, donde el sudor y el calor se concentran hasta casi asfixiar a todos, están en auge. Si los músicos quieren ganar dinero y no venden discos, no les queda más remedio que tocar. Y tocar mucho.

Un concierto es, por encima de todo, una celebración en la que se permite el desmadre. Un pequeño carnaval. Pero también es una ceremonia muy reglada con una liturgia que hay que respetar escrupulosamente. Para saltársela hay que tener mucho talento o mucho morro. O las dos cosas. El público no encaja bien que el oficiante se pase por el forro las partes y el tono del ritual pagano. A saber: un poco de retraso, un poco de tensión entre la cercanía y la distancia al público (los que pelotean demasiado a la concurrencia, cansan, y los que la ignoran, caen mal), algún discursito arengatorio bien medido, algo de participación ciudadana -¿palmas, coros, subidas al escenario? Las posibilidades son infinitas-, unos bises como dios manda y un "hasta siempre" para despedir. La música, en realidad, viene a ser lo de menos.

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AMOEBA

AMOEBA

Habla el sabio Diego A. Manrique en su columna de los lunes en El País de las tiendas de discos, y concretamente dice esto:

Para muchos, entre los que me cuento, hay pocos recintos más sagrados que los tres establecimientos de Amoeba en California, hangares donde caben todas las músicas: aparte del stock profundo, cumplen las reglas de los precios moderados y los empleados eruditos; ellos editan incluso un fanzine donde comparten sus hallazgos. Como debe de ser.

Sagrado, no sé, pero hermoso, sin duda. Casi una maleta de vinilos llené (y gastándome relativamente pocos dólares) en el Amoeba de San Francisco, que está junto al Golden Gate Park. Uno de los momentos más dulces del viaje a California que hicimos el verano pasado. Pasamos por las tres tiendas de Amoeba: la de San Francisco, la de Berkeley y la de Los Ángeles, que está en Sunset Boulevard. Tres monumentos a los aficionados al vinilo y al rock.

Son lo más parecido a la idea platónica de una tienda de discos. Todas las demás no son más que sombras de la caverna.

Alguna vez he hablado aquí de tiendas de discos, ese mundo en extinción. Lo que no sé si he confesado alguna vez es la punzadita de dolor que me aguijonea la cara interna del esternón cada vez que paso por la Gran Vía de Madrid y noto la ausencia de Madrid Rock (puede que casi la mitad de mi discoteca haya salido de esa tienda). Ahora hay un Bershka lleno de adolescentes. Ya no queda dignidad en la Gran Vía. Snif.

La foto que cuelgo es de Rasputín, la tienda de discos vecina (pared con pared) de Amoeba en Berkeley. De Amoeba no consigo localizar ninguna imagen entre las mil y pico que tengo del viaje. Como suele pasar con los sitios que te gustan y con las ex novias, nunca encuentras fotos suyas cuando las buscas.

En Zaragoza hay un bar que nos tira bastante (aunque cierra muy pronto) que ocupa el lugar de una histórica tienda de discos. En realidad, sólo ocupa la mitad del local original (la otra mitad sigue vendiendo discos, pero ahora es un Daily Price), pero conserva su nombre: Linacero. Con muy buen gusto y criterio, todo en el bar es un homenaje al vinilo y a la memoria de aquel establecimiento, que alimentó a varias generaciones de discómanos. Las mesas son discos y las paredes están cubiertas con carteles de conciertos que cuentan la historia musical de Zaragoza desde los años 80 hasta hoy. Y, por supuesto, no faltan los imprescindibles souvenirs, más o menos simpáticos o más o menos cutres. Los más destacados: una vieja guitarra de Labordeta y un traje de concierto de Bunbury (un habitual del antro, o al menos lo era). Pero nosotros vamos, para qué engañarnos, por el jamón y la torta del Casar que sirven para cenar y por las copas heladas gigantes de cerveza que ponen en verano.

El espíritu del vinilo sigue vivo.

THE SONG REMAINS THE SAME?

THE SONG REMAINS THE SAME?

¡Vuelven Led Zeppelin (sin Bonzo, claro)! Ayer se hicieron públicos al fin todos los detalles: un único concierto en Londres con aforo para 20.000 personas, el próximo 26 de noviembre. Lógicamente, iba a haber algo más que sopapos para hacerse con una entrada, pero yo soy un muchachote grandote y no me importaba repartir algo de leña a unos cuantos ingleses blandurrios para conseguir una. Pero no va a ser tan fácil. A los Led Zeppelin les ha dado por ser justos con sus fans, y quieren dar a todo el mundo las mismas oportunidades de conseguir una entrada, así que han ideado un sistema de reservas por sorteo: te tienes que inscribir en una página web y el 1 de octubre te dirán si tu solicitud ha sido agraciada con una de las 20.000 entradas o no. Ayer me pasé toda la tarde intentando entrar en la dichosa página, que estaba colapsada por millones de visitantes. Mi única esperanza es que, al igual que yo, ninguno más pudiera entrar a inscribirse. Al final, de madrugada, conseguí entrar y dejar mis datos. Ya estoy en el sorteo, y si tengo la inmensa suerte (seguro que a estas alturas ya hay más de un millón de solicitantes, no me cabe duda) de que me caiga en gracia una entrada, previo apoquinamiento de las 125 libracas que cuesta, que no son dos duros precisamente, volaré a Londres (bendito Ryanair) a disfrutar cual enano adicto a las setas de colores. ¿Lo conseguiré? La respuesta, el próximo 1 de octubre. De hecho, hasta ese día no pienso postear nada sobre mi pasión ledzeppelinera, para no hacerme muchas ilusiones y luego llevarme un chasco.

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