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El Blog de Sergio del Molino

Memoria

MÁS PADRES E HIJOS

Hace unos días hablé aquí de Maus y de otras obras que exploran la difícil y dolorosa relación entre padres e hijos desde la perspectiva del hijo. Y aquí estoy, emocionado perdido de nuevo, después de ver el pase que La 2 ha emitido de Bucarest: la memoria perdida. Ya no me arrepiento de haberme quedado en casa y no haber ido a un concierto que me apetecía mucho ver (me remordía la conciencia aparcar al cachorro con su madre, qué le voy a hacer, y además, me ha fallado el colega con el que iba a ir). El documental ha hecho que mereciera la pena el muermo hogareño.

No sé por qué no lo vi en su día. Hoy, recién muerto Jordi Solé Tura, era obligada su emisión. Albert Solé, periodista e hijo de Jordi, decidió rodarlo cuando a su padre le diagnosticaron Alzheimer. Es un sencillo, honesto y dolorosísimo buceo en la vida de su padre, cuyos recuerdos se van descomponiendo. Hablan sus viejos camaradas, sus enemigos, las mujeres que le amaron y los tipos que le detestaron políticamente. Es una obra muy extraña en estos lares. Los españoles, tan aparentemente expansivos, somos muy pudorosos al explorar nuestros sentimientos y nuestros conflictos más punzantes. La desnudez con la que Albert se muestra y a la que expone a su familia es rara en una sociedad acostumbrada a encerrar el dolor en casa.

Es precioso, una declaración de amor devastadora e incondicional. Una catarsis que no sé si habrá ayudado a Albert a pasar el trance de la desintegración de su padre con menos dolor, pero que seguro que le ha servido para entender, con una clarividencia nunca antes sentida, el verdadero e invisible cordón umbilical que le ha unido a su padre. Supongo que el dolor será el mismo, no creo que haya consuelo alguno en estos casos, pero al tratar de comprender quién fue su padre, ha estado más cerca de él de lo que nunca estuvo en los momentos de expansión y lucidez.

Muy cercano al entorno de Solé Tura, el de esa clase media universitaria barcelonesa del tardofranquismo, me viene a la cabeza el libro de memorias de Pepe Rivas, Los 70 a destajo. Es una crónica del primer Ajoblanco, y, con la excusa, aparece retratada la Barcelona de la transición, con un montón de personajes entre los que aparecen también Jordi y Albert Solé. En ese libro, Rivas se desata y se confiesa sin ningún pudor, conflictos sexuales incluidos, y creo que algunas de las páginas más emocionantes de la obra son las que dedica a la relación con su padre, viejo burgués de la vieja Barcelona ligado al franquismo. Partiendo del desacuerdo más radical, del desencuentro más absoluto, Rivas va narrando cómo, poco a poco, las líneas divergentes de la brecha generacional fueron convergiendo hasta el entendimiento mutuo. Ambos se admiraban y se reconocían, y para Pepe, ese reconocimiento tuvo mucha importancia.

Los padres dan para mucha literatura (como narración, incluyo Bucarest: la memoria perdida en la categoría de literatura). Y, cuando se traza con sencillez y honestidad, generalmente es buena literatura. Intensa, de altísima carga emocional, una de las más terribles exploraciones de nuestra condición humana: desmontar y volver a montar a esos personajes siempre oscuros, que siempre guardan algún secreto, a los que a veces odiamos y con los que casi nunca estamos de acuerdo nos tiene que enseñar por fuerza muchas cosas de nosotros mismos. Y todo aprendizaje, si se hace bien y hasta sus últimas consecuencias, es doloroso.

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LA CIUDAD DE LOS ESPÍRITUS

LA CIUDAD DE LOS ESPÍRITUS

Mientras leía estos días el monumental y muy recomendable ensayo La ciudad de los espíritus, de Mark Mazower (Crítica), no dejaba de pensar en un libro de Adam Zagajewski titulado Dos ciudades (Acantilado). Dos ciudades es un ensayo íntimo, si es que eso existe, muy emparentado con la literatura de Sebald, en el que el autor polaco reflexiona sobre su identidad a partir de un hecho fundamental y fundacional: el traslado forzoso de su familia en 1945 desde su localidad natal, Lvov, a una antigua ciudad prusiana incorporada a Polonia tras la Segunda Guerra Mundial, Gliwice (nota para afectados por la Logse: una de las consecuencias del tratado de Yalta fue un reparto de Europa en el que las potencias vencedoras impusieron nuevas fronteras. Uno de los cambios más traumáticos fue que Polonia se movió hacia la izquierda, quedando la franja oriental dentro de la URSS y solapando parte de la vieja Prusia en la zona occidental. La población que habitaba la primera zona fue reasentada en las ciudades alemanas, desalojadas a su vez de sus moradores y rebautizadas con nombres polacos. La familia de Adam Zagajewski vivió ese traslado forzoso).

Los padres y abuelos de Zagajewski nunca se acostumbraron a su nueva ciudad, que él abondonó cuando tenía cuatro meses, y conforme iban envejeciendo y el pasado y el presente se iban emborronando en un sentimiento confuso, la vieja y perdida ciudad de Lvov iba materializándose en las calles prusianas sin prusianos de Gliwice. Hay un párrafo muy emocionante que así lo cuenta:

Recorría las calles con mi abuelo, pero, de hecho, cada uno paseaba por una ciudad distinta (...). [Yo] estaba convencido de que, caminando por las calles de Gliwice entre edificios modernistas prusianos adornados con pesadas cariátides de granito, me hallaba donde me hallaba. Sin embargo, mi abuelo, a pesar de andar a mi lado, en aquellos momentos transitaba por Lvov. Yo recorría las calles de Gliwice y él las de Lvov (...). Después, para cambiar de aires, nos adentrábamos en el Parque de Chrobry, pero él, naturalmente, se encontraba en el Jardín de los Jesuitas de Lvov.

Qué hermosa, sobria y aterradora forma de expresar el desarraigo. Creo que pensaba inconscientemente en Zagajewski -desde luego, más que en Sebald- cuando, en Soldados en el jardín de la paz, escribí sobre los habitantes de la Pequeña Alemania que existió en Zaragoza en los años 20, y lo he hecho conscientemente mientras me emocionaba con La ciudad de los espíritus, la historia de Salónica que ha narrado el historiador Mazower.

Mazower presenta Salónica como una ciudad empeñada en desarraigarse, poblada por gente sin raíces o empeñada en no tenerlas o en echarlas muy lejos de ella. El libro empieza con la conquista de la ciudad por el imperio otomano en 1430, y termina en la guerra civil griega, con un breve dibujo de las últimas décadas. Unos 65 años después de la invasión turca, llegaron decenas de miles de sefardíes expulsados de España y Portugal e invitados por el propio sultán, y hasta los años 20 del siglo XX (cuando empezó una agresiva política de helenización, después de que la ciudad se incorporara al Estado griego en 1912), fueron el grupo social dominante, hasta el punto de que el judeoespañol fue durante siglos el idioma más hablado en una ciudad cuyos habitantes se manejaban en seis lenguas principales (turco, griego, judeoespañol, albanés, valaco y francés, que era la lingua franca de las élites y del comercio).

En unas pocas semanas de 1943, 50.000 judíos sefardíes de Salónica fueron enviados a Auschwitz. Sobrevivieron menos de 1.500, y cuando regresaron a su ciudad descubrieron que su presencia era algo más que incómoda, que no habría complacencia ni consuelo para ellos, que sobraban. Todavía en 1997, tantos años después, el Ayuntamiento se opuso a erigirles un monumento en el centro de la ciudad. Al final se instaló discretamente en la periferia, en una rotonda de la carretera que lleva al aeropuerto.

Mazower se enamoró de Salónica en un viaje hace veinte años, y desde entonces ha vivido obsesionado por su historia. Es decir, por la historia que no se cuenta en los foros oficiales. Al adentrarse en los vericuetos de una ciudad, y no de un país, Mazower desmonta los tópicos nacionalistas y evidencia algo que no por sospechado y sabido es menos sangrante: que la historia y la memoria son instrumentos del poder, que los relatos históricos del pasado se elaboran para justificar el futuro que se quiere construir. Lo sabe muy bien mi amigo Javier Rodrigo, que es experto en la instrumentalización política de la memoria en el debate público.

Los países mienten, maquillan y precisan de retórica para mantener su tinglado a flote. Las ciudades -que casi siempre sobreviven a los países y a los conquistadores: vivo en una que existe desde muchísimo tiempo antes de que ni siquiera se insinuase el país en el que hoy está integrada- lo tienen más difícil. Las ausencias y presencias son difíciles de silenciar, y al relatar la vida urbana sale a la luz buena parte de la mierda que las prístinas y puras naciones tienden a esconder debajo de sus banderas.

Te dejo un pasaje que describe la Salónica otomana de finales del siglo XIX, tan mitificada por los viajeros occidentales por su orientalismo cosmopolita como denostada por los cronistas oficiales griegos por ser parte de un imperio medieval en descomposición:

Es cierto que las ciudades otomanas eran difíciles de descifrar para los visitantes occidentales. Para muchos, como para generaciones de historiadores urbanos de Occidente desde entonces, no se comportaban en absoluto como ciudades. Carecían de espacios públicos como plazas o bulevares; a menudo eran curiosamente silenciosas porque había poco tráfico rodado; de noche quedaban a oscuras y desiertas y las calles no tenían nombre ni números. El primer mapa detallado de Salónica data de 1882 y quedó casi inmediatamente obsoleto por el incendio devastador de 1890. Ni siquiera el tiempo corría tal como lo entendían los europeos, y las llamadas del muecín a la oración no eran de gran ayuda: había pocas torres públicas con relojes, a pesar de lo cual se empleaban como mínimo tres calendarios (cuatro si contamos el judío) y, cuando se preguntaba por la hora, había que precisar si se quería decir alla turca (que comenzaba al amanecer) o alla franca [a la europea]. Los viajeros quedaban comprensiblemente desconcertados, como escribió Lucy Garnett, cuando les hacían preguntas como "¿A qué hora es hoy mediodía?". Para acrecentar la sensación de desorientación, las señales y carteles podían estar escritos en uno de los cuatro alfabetos y las conversaciones que se escuchaban al pasar, en más de seis lenguas, o, en la mayor parte de los casos, en una amalgama siempre heterogénea de todas ellas.

Vamos, que sueltas allí a un notario de Quintanilla de Onésimo y se lía a tiros gritando viva Cristo Rey en menos de cinco minutos.

MIRADAS

MIRADAS

Aprovecho los últimos coletazos de estas breves vacaciones -pero no me quejo, que tal y como está el percal en la economía y en la prensa patrias, las siguientes vacaciones pueden ser a cuenta del Inem- para llenar un vergonzante vacío cultural: Primo Levi.

Sí, es espantoso, es una lectura que hace muchos años que debería haber hecho, con el agravante de que acabo de publicar un libro donde reflexiono -tangencial y someramente, pero con cierta ambición especulativa- sobre el nazismo, su memoria y sus secuelas. Deberían ahorcarme por haber echado a andar por ese camino sin llevar los libros de Levi en la mochila, pero qué quieren: soy periodista y me han adiestrado para que me lance a escribir sin rubor y sin rigor sobre cualquier tema que se me cruce, con la osadía del ignorante profesional. Nos va el sueldo en ello.

Además, después de leerle, sé que Primo Levi sabría disculparme, no le daría ninguna importancia. Porque, si le he entendido bien, Levi valora por encima de cualquier otra cosa el debate reposado de opiniones y juicios basados en la experiencia directa y en la observación. El pedigrí académico y el prurito doctoral están siempre por detrás de la reflexión honesta y mesurada, que se expresa después de haberse metabolizado en las entrañas mismas del ser humano.

Tengo en mis manos la Trilogía de Auschwitz, que recoge los tres libros que Levi escribió sobre su paso por el infausto campo de exterminio nazi y su peregrinar pícaro y agónico por una Europa en ruinas en un larguísimo y penoso regreso al hogar, a Turín. Lo edita en español, en edición primorosa y delicada, El Aleph, y viene con un muy acertado prólogo de Antonio Muñoz Molina.

No voy a descubrir a estas alturas de la vida a Primo Levi, pero sí que me apetecía dejar constancia de lo hondo que me ha llegado su relato. Y no tanto por la descripción desapasionada y testimonial del horror del Holocausto, sino por la sencillez y ternura de su mirada. Porque testigos hay muchos, y todos pueden contar más o menos lo mismo con distintas palabras. No es el contenido del relato, sino su punto de vista, y la visión del mundo que se va desgranando en las reflexiones, lo que convierte a Levi en una figura gigantesca, casi homérica.

Estas madrugadas, encerrado en este mismo despacho que ya no es despacho, pues estamos desalojando los muebles para que lo ocupe el habitante de esta casa que está en camino, he llorado varias veces. Sin vergüenza, seguro de mi soledad y de mi encierro. Y no he llorado ante lo más truculento ni ante los detalles del exterminio nazi que todos conocemos porque nos los han contado mil millones de veces. He llorado ante el dolor insoportable de lo minúsculo.

Hay un momento de Si esto es un hombre en el que Levi cuenta que, debido a su formación como doctor en Químicas, le destinan a un barracón-laboratorio a trabajar como científico-esclavo. Es un privilegio que, probablemente, le salvó la vida, al librarle de los trabajos forzados en la nieve y ofrecerle un entorno a cubierto y con una alimentación un poco más decente que la que tenía el resto de los presos. Pero es allí donde toma conciencia de su indignidad. Allí, de vuelta a medias a la civilización y a la humanidad, descubre por contraste hasta qué punto le han anulado. En el laboratorio trabajan auxiliares y secretarias. Chicas jóvenes alemanas, alegres y coquetas como cualquier otra chica trabajadora de la época. Levi y los demás presos que trabajan de químicos ven despertar una atracción de lo más natural, pero que enseguida se vuelve dolorosa: las chicas les observan con asco, evitan tropezarse con ellos, ni siquiera les miran a los ojos ni toleran que se dirijan a ellas si no es por mediación de un kapo. Y Levi se ve con los ojos de esas chicas, y ve un alfeñique flaco, pestilente, rapado, con zapatos de madera llenos de barro y ropas jironeadas llenas de mugre. Se da cuenta entonces de hasta qué punto le han robado la humanidad, hasta qué punto se ha convertido en una bestia que no merece ni una mirada.

Hay otro pasaje de una hondura aterradora, que atraviesa y condensa siglos de filosofía y literatura y da cuenta de la grandeza del personaje Primo Levi, de su estratosférica altura moral. Sucede en La tregua, segundo volumen de la trilogía, que empieza con la liberación de Auschwitz. Levi se encuentra por primera vez con dos soldados rusos que están reconociendo el campo, tratando de hacerse una idea de la magnitud del horror que tienen delante de sus ojos, y escribe este párrafo terrorífico, que a mí me hiela la piel:

No nos saludaban, no sonreían; parecían oprimidos, más aún que por la compasión, por una timidez confusa que les sellaba la boca y les clavaba la mirada sobre aquel espectáculo funesto. Era la misma vergüenza que conocíamos tan bien, la que nos invadía después de las selecciones, y cada vez que teníamos que asistir o soportar un ultraje: la vergüenza que los alemanes no conocían, la que siente el justo ante la culpa cometida por otro, que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducida irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad ha sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla.

Leo a Levi en la habitación que ocupará mi hijo, y me gustaría que cuando creciera aprendiera a ver el mundo con la sencillez y la insobornable dulzura que encuentro en estas páginas, sin necesidad de que tenga que pasar por lo mismo. Si pudiera darle algo parecido a eso, mi trabajo como padre sería soberbio, el más grande de cuantos emprenda en mi vida. Pero no estoy seguro de que esas miradas y esa disposición ante el mundo puedan aprenderse con facilidad o de que incluso puedan llegar a aprenderse de alguna forma si no están ya injertadas en nuestros cromosomas. No estoy seguro de poseerlas yo mismo ni siquiera en su forma más tibia y miserable. Si fuera tan fácil ser como Primo Levi y hubiera muchos Primos Levis en todas las ciudades, no habría existido Auschwitz. Es así de sencillo.

Es decir: si los Primos Levis fuesen la norma, no harían falta Primos Levis.

EL HORROR Y LA CONTENCIÓN

EL HORROR Y LA CONTENCIÓN

Hasta que mi vecina maquinera ha decidido ambientar a todo el bloque con los grandes éxitos de los politonos y de Cadena Dial, obligándonos a todos a abandonar nuestros pensamientos y actividades, estaba embebidísimo en el tocho de Diario de Berlín, de William Shirer, que acaba de editar Debate.

¿Cómo ha estado tanto tiempo este libro sin publicarse en España? ¿Cómo no se había fijado antes ningún editor en él? Qué laguna más grande. Subsanada, por suerte.

William Shirer fue corresponsal en Berlín de la CBS entre 1937 y 1941, y se hizo famosísimo por sus crónicas radiofónicas de la Segunda Guerra Mundial desde el corazón del nazismo. Heredero de la generación perdida, Shirer fue un tipo sutil, inteligente y un periodista fuera de serie, de los que no sólo entienden lo que pasa, sino que lo saben contar. Estos diarios los escribió en secreto, consignando en ellos lo que la censura nazi no le dejaba meter en sus crónicas. Los pasó de contrabando, camuflados cuando regresó a Nueva York en 1941, y ese mismo año los publicó.

No hay retórica ni presunción en sus páginas: como buen periodista americano, va al meollo del relato, sin circunloquios ni preámbulos. Cuando retrata a un personaje, lo hace de dos brochazos precisos, apuntando lo esencial. No pierde el tiempo en espesuras líricas, y eso hace que su relato sea especialmente intenso, porque las emociones están en el contenido, no en el continente.

Shirer evita especular sobre los significados profundos de los sucesos que está contemplando en primera línea. Y no por falta de recursos ni bagaje intelectual, pues pertenece a ese grupo de estadounidenses que, como Hemingway, se quedaron varados en París mientras buscaban las esencias de su legado europeo, mientras se emborrachaban de la vital y añeja cultura del viejo continente de la que su país -creían ellos- andaba tan falto. Shirer era uno de esos escritores aventureros y pasionales para los que no había separación entre la vida vivida y la vida leída, que lo mismo se entusiasmaban con un pasaje del Decamerón o un cuadro del Greco que con la tienda nómada de un campesino pakistaní o las nieves del Kilimanjaro con las que flipaba Hemingway. Por eso, ver y dejar constancia de lo visto era más importante e imperioso que elucubrar a oscuras sobre ello.

Pero Shirer era humano. Un humano sensible y afectado profundamente por todo lo que estaba viendo, así que hay ratos en los que no puede evitar usar sus diarios clandestinos como desahogo. A los dos meses de estallar la guerra, febril, después de haber recorrido los campos quemados de la Polonia dominada por el Tercer Reich, después de semanas sin dormir apenas nada, emitiendo tres y cuatro horas diarias con el censor nazi pegado a la chepa, Shirer se para un instante, se mira en el espejo y escribe:

¡Qué borroso está en mi memoria aquel tiempo en que reinaba la paz! Aquel mundo se acabó y, para mí, en conjunto, a pesar de sus fallos, injusticias y desigualdades, fue una buena época. Me hice mayor en ella, y la vida que me dio era libre, civilizada, intensa, llena de pequeñas tragedias y alegrías, de trabajo y de diversión, con nuevos lugares, nuevas caras; rara vez vulgar y nunca falta de esperanza.

Y ahora ha llegado la oscuridad. Un nuevo mundo. Oscurecimiento, bombas, matanzas, nazismo. Ahora nos han caído encima la noche, los alaridos, la barbarie.

En entradas escuetas y breves cuenta cómo algunos judíos acuden a él en busca de ayuda y las cartas que recibe de madres que le piden que averigüe en los medios diplomáticos que él frecuenta el paradero de sus hijos. Va a ser verdad una vieja máxima del periodismo que aprendí hace mucho que dice que la barbarie y el terror no necesitan adjetivos ni adornos estilísticos: el horror no admite figuras retóricas, y la única manera de transmitirlo en una crónica es siendo conciso y escueto en la descripción. El efecto de esta austeridad suele ser demoledor en quien lo lee, pero se lo he visto hacer a muy poca gente. Por lo general, las crónicas de guerras y de grandes crisis están llenas de adjetivos banales y abstractos que redundan en tópicos resobados. Lees que "el campo devino un infierno" o que -¡horror, horror!- el espectáculo era "dantesco" (deberían cortar las manos de cada periodista que utilizara "dantesco" o "kafkiano" en su trabajo). Nada nos dicen esas frases vacías. Sin embargo, cuando Shirer nos cuenta que al avanzar por los bosques de Pomerania sentía "el olor dulzón de los cadáveres recientes en descomposición" no necesita echar mano del diccionario de sinónimos ni agredirnos con metáforas insulsas para que nos dé una punzada en el estómago.

Muchos juntaletras deberían fijarse en Shirer y en su magistral contención descriptiva, en especial en estos tiempos de yoísmo donde las pelusas de los ombligos devienen destellos épicos que refulgen en la noche de la egolatría.

En fin, parece que mi vecina se ha ido con los politonos revientacráneos a otra parte. A lo mejor puedo seguir leyendo en esta primera tarde de invierno. Ya os contaré.

PS: veo que hay una peli de 1990 titulada The Nightmare Years basada en este Diario de Berlín. No está en español.

RECUERDOS CHUNGOS

RECUERDOS CHUNGOS

Está feo que me cite a mí mismo, pero seguro que vosotros hacéis cosas más feas todos los días y yo no os digo nada. Hace un mes y pico escribía aquí esto:

Hace un par de semanas, comiendo con un amigo profesor universitario que sabe mucho de estas cosas, recordábamos al cachondo de Enric Marco, aquel que se hizo pasar por víctima de Mauthausen, y de ahí divagamos un poco sobre cómo el estatus de víctima puede resultar cómodo y apetecible en el mundo actual. Lejos de estar silenciadas, las voces de las víctimas están por todas partes, hasta el punto de que sus relatos se han normalizado. "Fíjate en las historias de la dictadura argentina -me decía-: todas las sesiones de tortura están cortadas por el mismo patrón. La picana, el viaje sobre el océano...". Los tics de los relatos se repiten y se hacen muy predecibles. Por tanto, debe de resultar muy fácil fingirlos. Las falsas víctimas o las víctimas-actores estarán por todas partes.

Pues bien, hace un rato, leyendo con los ojos muy abiertos a Sebald, me he encontrado con esto en Sobre la historia natural de la destrucción:

Lejos de mí dudar de que en la mente de los testigos hay muchas cosas guardadas, que se pueden sacar a la luz en entrevistas. Por otra parte, sigue siendo sorprendente por qué vías estereotipadas se mueve casi siempre aquello de lo que se deja constancia. Uno de los problemas centrales de los llamados "relatos vividos" es su insuficiencia inctrínseca, su notoria falta de fiabilidad y su curiosa vacuidad, su tendencia a lo tópico, a repetir siempre lo mismo.

En mi trabajo, los testimonios vitales de las personas me han sorprendido realmente en muy pocas ocasiones. Porque generalmente te cuentan lo que creen que quieres oír. En cierta forma, todos interpretamos papeles, y cuando alguien se ve en la tesitura de contarle su vida a un periodista para un reportaje, acomoda sus recuerdos a las exigencias del guión de ese reportaje. Y he depurado técnicas para evitar eso en la medida de lo posible: no utilizo la grabadora a menos que sea necesario, pues coarta mucho al entrevistado y le obliga a pensar cada palabra dos veces, saco el cuaderno a mitad de la conversación, cuando ya está un poco caliente la charla, intento evitar el martilleo interrogador y me esfuerzo por que la cosa se parezca todo lo posible a una conversación amigable... Pero sólo consigo reducir los daños, no suprimirlos.

Me refiero, fundamentalmente, a los testimonios que remiten a hechos históricos, aunque pasan con todos los relatos vitales (un artista te cuenta una vida de artista, un escritor te cuenta su letraheridismo en unos términos muy parecidos a los de otro escritor, y el dueño de una casa rural te habla de su huída de la maldita urbe sin añadir muchos detalles al relato del dueño de la casa rural del pueblo de al lado). Cuando he entrevistado a un maqui, el maqui no me ha ahorrado ningún detalle previamente mistificado: el frío de la sierra, los guardias civiles que tenían más miedo que los guerrilleros, la nieve en el monte (es curioso que apenas cuentan anécdotas primaverales o veraniegas), la comida que le servían los masoveros... Cuando he entrevistado a un viejo resistente antifranquista, lo mismo: todos los tópicos que él cree que quiero escuchar van desfilando. Los relatos de la guerra civil están tan estereotipados que a veces hasta dejan que termines tú las frases. Los testimoniantes, generalmente, ponen mucho cuidado en que su verdad se ajuste a la verdad aceptada, y si hay disensos, siempre serán anecdóticos, nunca afectan al cuerpo del relato.

Ojo, no estoy diciendo que mientan ni que se inventen nada. Sólo pienso que la memoria es maleable y se contamina fácilmente. Está pasando incluso con los miembros de mi generación, que relatamos nuestra infancia como si todos hubiéramos vivido la misma, refiriéndonos a los mismos tópicos (todos televisivos, por cierto): Naranjito, Barrio Sésamo y la teta de Sabrina.

Ahora estoy metido de lleno en un asunto para el que he recogido también varios testimonios. Pero como es un asunto prácticamente inédito (o sin el prácticamente), del que no existen "relatos oficiales", las historias que me cuentan sí que resultan sorprendentes y están llenas de sombras y vericuetos apetecibles. Entre sí, se contradicen muchas veces. Unos asumen con naturalidad unos hechos que para otros son rotundamente falsos. Es maravilloso, porque me está obligando a hilar muy fino para montar las piezas del puzzle, y creo que su actitud virginal se debe precisamente a que te cuentan lo que recuerdan o lo que les ha sido transmitido en sus familias sin que un discurso externo haya contaminado su versión. En definitiva, sin que nadie les haya dicho cómo deben enjuiciar esa experiencia a priori. Pero cuando la Historia con mayúsculas se fija y se pasa a limpio, a todo el mundo le queda claro qué partes de su relato debe subrayar y cuáles debe silenciar.

La cosa va un poco más despacio de lo que yo quisiera (no por mí, que ya he hecho mis deberes, sino por terceras personas a las que tengo que andar persiguiendo), pero cuando el proyecto encuentre al fin a sus padrinos informaré debidamente de ello. Incluso puede que cree un blog paralelo y temático.

EL ELVIS ROJO ESTUVO EN FRAGA

EL ELVIS ROJO ESTUVO EN FRAGA

Charlando con Óscar Sipán salió la figura de Dean Reed, uno de sus personajes preferidos, y la peli que Tom Hanks ha empezado a rodar sobre su vida. Óscar recordó su paso por Aragón rodando algunos espagueti western. Husmeé un poquito por aquí y por allá, y gracias a las sugerencias de Óscar escribí esta página publicada en el último Heraldo Domingo. Por cierto, la editorial de Sipán, Tropo Editores, prepara un volumen de cuentos sobre el espagueti western. Al loro. Aquí os dejo el reportaje.

¿Qué demonios hacía una superestrella de la canción, ídolo de masas en América Latina e icono revolucionario de la RDA y de la URSS en la localidad aragonesa de Fraga en 1970? Pues lo único que podía hacer un extranjero guapo en la Fraga de 1970: protagonizar los "espagueti western" de rigor.

Dean Reed (Denver, EE. UU., 1938-Berlín Oriental, RDA, 1986), conocido como el Elvis Rojo, va a ser uno de los personajes de este año, cuando se estrene la película que Tom Hanks acaba de empezar a rodar en Alemania sobre su vida y que se titulará "Camarada Rockstar". Pero es posible que el filme pase por encima -o que ni siquiera mencione- la aventura aragonesa de esta peculiar y olvidada estrella.

El Elvis Rojo se ganó su sobrenombre en América Latina, donde arrasó con sus canciones ligeras en los años 60. De hecho, llegó a residir unos años en Chile -donde aprendió a hablar español- y en Argentina. En este último país presentó un programa de televisión que le valió ser bautizado como Míster Simpatía. Allí, en las barriadas pobres de Buenos Aires y de Santiago, el rockero que derretía a las adolescentes se empapó de izquierdismo -aunque dicen que nunca llegó a militar en ningún partido comunista- y empezó a sentirse atraído por el otro lado del telón de acero.

En 1966 actuó en Moscú y conoció Berlín Oriental, empezando una relación de amor con esta última ciudad. Tras algunas temporadas residiendo en Rusia y en la RDA, se instaló definitivamente en este país en 1973, y en él murió en extrañas circunstancias -que apuntan a un suicidio- el 13 de junio de 1986.

Pero muy poco o nada de esto se sabía en Fraga aquellos años. El Elvis Rojo, aclamado por los descamisados de América Latina y vigilado de cerca por la CIA, quería seguir los pasos de su némesis de Graceland en todos los ámbitos, incluido el cine, así que puso mucho empeño en formarse como actor y, más tarde, como director.

Empeño inútil, claro, pues ninguno de los horrosos títulos que protagonizó ha pasado a la historia del cine, y a duras penas han conseguido figurar en los anales del "espagueti western". Con cintas como "La banda de los tres crisantemos", "Veinte pasos para la muerte", "La ley del kárate en el Oeste", "Besos para ella, puñetazos para todos" o "Adiós, Sábata", Dean Reed y Aragón contribuyeron a engordar un género saturado de olvidables y olvidadas maravillas.

Desde mediados de los años 60, Fraga y los cercanos Monegros dieron la réplica a Almería, en cuyo desierto se hicieron fuertes los Clint Eastwood y los Sergio Leone que abanderaron estas producciones de corto presupuesto, guiones apenas insinuados y ambientaciones 'kitsch' sin mucho aprecio por el rigor histórico. En realidad, los inmensos platós romanos de Cinecittà ofrecían todo lo que un director de "espagueti" podía desear en cuanto a "saloons" y cantinas de mala muerte, pero cuando había que rodar un duelo al aire libre o una persecución al galope por el desierto de Arizona, era necesario llevar los bártulos a España. Preferentemente, a Almería. Y si no, a Fraga, que quedaba cerca de Barcelona, base de operaciones y contratación de los productores de esta industria.

Sobre lomas polvorientas y entre antiguas parideras en ruinas que simulaban ser fuertes de Arizona, Dean Reed se codeó con otros grandes del "spaghetti western", como Yul Bryner ("Los siete magníficos"), con quien compartió cartel y coprotagonismo en "Adiós, Sábata" (1971), parte de una saga en la que Sábata, una especie de Robin Hood mestizo, ayuda a los revolucionarios mexicanos a asaltar trenes para conseguir fondos y armas.

Pero en Fraga no solo se rodaron "espagueti westerns". En 1970, el Elvis Rojo se quitó las espuelas para interpretar a uno de los hermanos Owen en "La banda de los tres crisantemos", una película de acción ambientada en el Chicago de los años 30 (que, para el caso, viene a ser Barcelona). Fraga ya no es un paraje del Viejo Oeste, sino el lugar apartado donde los forajidos de la Banda de los Tres Crisantemos busca refugio después de atracar el Gulf Bank.

Tras las cámaras

Aunque los críticos fueron muy poco complacientes con las dotes interpretativas de Reed, el Elvis Rojo perseveró y, financiado por las autoridades de la RDA, se lanzó a dirigir para transmitir al mundo su mensaje revolucionario a través de un soporte distinto al de sus canciones. Así, en 1978, con medios y actores alemanes orientales -salvo él mismo, que se reservó el protagonista-, estrenó "El cantor" (con título original en castellano). Allí evoca en clave melodramática el golpe militar que llevó a Pinochet a la presidencia de Chile en 1973.

No debió de quedar muy contento con el resultado, porque en su segundo y último experimento como realizador volvió a lo que mejor se le daba -o eso creía él-: el "espagueti western". "Sing, cowboy, sing", rodada en 1981 con actores de los países comunistas, fue su testamento fílmico. No volvió a aparecer ni delante ni detrás de las cámaras, y cinco años después, el 13 de junio de 1986, su cadáver apareció flotando en un lago berlinés cercano a su casa.

Olvidado hasta hace un lustro, ha surgido un movimiento de recuperación de su legado en Alemania, con documentales, libros y reediciones en DVD de sus películas. Entusiasmado con su historia, Tom Hanks compró el año pasado los derechos de su biografía, y este mismo mes de enero ha empezado el rodaje en Alemania, como actor y productor.

 

 

LA MUGRE DE LA HISTORIA

LA MUGRE DE LA HISTORIA

Hablando de geografías, colonialismos residuales y tonterías varias, me encontré ayer con la columna tumbada de Maruja Torres en El País (que, en un alarde de genio singular, tituló "Ano-polis": guau, Maruja, qué hallazgo culero). La columna me importó más bien poco, pero, como a Mafalda, me dio por pensar en Israel y Palestina y en otras muchas poblemáticas nacionales.

Creo que muchos nacionalismos de corte clásico generan una paradoja: quieren restituir la historia ignorando la propia historia. Identifican un punto de quiebra -la ocupación de su civilización por parte de otra- y quieren volver a la situación anterior en la que la cultura impuesta no existía. Sin embargo, eliminar esa cultura dominante implica en buena medida falsear y transformar la realidad actual, pues esa cultura -impuesta o no- se ha asimilado y asentado en el lugar. Vamos, que se podrá pensar lo que se quiera de la fundación del Estado de Israel y de su actuación posterior, pero lo cierto es que existe y que ya hay varias generaciones de israelíes nacidas allí, y esa tierra es tan suya como de los palestinos, por lo que la solución debe incluirles: echarles al mar sería tan injusto como los campamentos de refugiados palestinos de ahora.

Acercándonos más a nuestra realidad, podemos lamentar todo lo que queramos la casi desaparición de la lengua aragonesa y la castellanización de Aragón, pero la historia es la que es y hay que vivir con ella. La única estrategia inteligente, incluso desde un punto de vista nacionalista, es concluir que una sociedad es el resultado de su historia, de toda su historia, y que el único futuro que no tiene visos de convertirse en pesadilla es el que se construye teniendo en cuenta ese crisol, asimilando incluso lo que fue impuesto a sangre y fuego, pero que está ahí y no se puede borrar.

Los argentinos, siempre preocupados por estos temas, llevan unos años inmersos en una ebullición cultural tremenda, de la que seguro que se hablará en el futuro como una edad de oro de la creación. El corralito de 2001 ha supuesto un punto de inflexión brutal que les ha obligado a remirarse su obligo porteño. Ahí están escritores como Rodrigo Fresán o Carlos Gamerro, que han despuntado ahora, pero sobre todo está el tango, que ha sido redescubierto por una juventud perdida. Los músicos argentinos más jóvenes e inquietos han buceado en su herencia, la han asimilado sin prejuicios y se han empapado de toda la suciedad de su historia. No se trata del falso mestizaje ni de un criollismo rancio, sino de la búsqueda de lo que uno es como ser social. Han cogido el tango, asumiéndolo como fruto de una historia concreta -no como esencia inmutable de nada- y lo han tomado como base para construir su propia historia. La del presente y la del futuro que quieren.

Eso hace Bajofondo Tangoclub, que acaba de sacar nuevo disco, Mar Dulce: no es una reinvención del tango, sino la música que necesita una generación desquiciada. Quizá este segundo álbum sea mucho más flojo que el primero (lo es: a mí me ha decepcionado un poco), que me impresionó mucho. Les vi en Buenos Aires y me impactaron un montón, pero me impactó mucho más la conexión que tenían con su público. Bajofondo ha tocado algo muy hondo del alma argentina, si es que los pueblos tienen alma, y creo que es porque han sabido asimilar su cultura sin mitos ni utopías, con toda la mugre que trae la historia, que es mucha. Quizá sería una buena forma de empezar a debatir sobre la memoria y de hablar en serio sobre algunas cosas serias.

CAMBALACHE MEMORIALÍSTICO

CAMBALACHE MEMORIALÍSTICO

Al final, como siempre, se ha recurrido a la subordinación. Subordinación gramatical, con frases muy largas, llenas de matices entre comas y de contradicciones tras un punto y coma. Pero también subordinación pura y dura de los beneficiarios a las camarillas de los partidos. Parece que va a haber Ley de la Memoria Histórica, al final de la legislatura y de chiripa, pero será con un texto de compromiso redactado a espaldas de quienes reclamaban y necesitaban la norma (de hecho, la necesitaban de verdad hace 30 años, ahora ya sólo es un pequeño consuelo antes de irse a la tumba). Me gustaría comentar algunos aspectos de esta nueva ley que llega tan tarde y con un nombre tan poco apropiado.

Cuando el PSOE decidió crear la Comisión Interministerial en 2004 para el estudio de esta ley, el Gobierno no tenía ni idea de dónde se estaba metiendo. Es cierto que quizá no contaba con la virulencia desaforada de un PP desgañitado y fuera de sí, pero debería haber tomado en consideración un dato: si ningún gobierno español había metido mano en el avispero del franquismo es porque el asunto era muy delicado y exigía pies de plomo. Mi impresión es que creían que con un texto de compromiso con cuatro vaguedades contentarían a los cuatro abuelos republicanos que quedan y ganarían algo de rédito electoral entre la juventud del ala más izquierdista del partido. Error: no tuvieron en cuenta al complejo y amplio movimiento en pro de la recuperación de la memoria histórica, con un nivel de debate y reflexión mucho más refinado que el de la ejecutiva federal socialista, y cuyas demandas, sostenidas por una intelectualidad joven y de nuevo cuño, iban mucho más allá de un compromiso retórico. Luego vino la utilización del PP de este asunto, el entramado vocinglero liderado por la COPE y todo lo demás. Apenas comenzó el estudio, el PSOE se quemó las manos con una patata caliente que no sabía a quién pasar. Estaban perdidos: el texto retórico y sin consecuencias jurídicas que querían aprobar les enemistaría con buena parte de sus bases y con algunos influyentes intelectuales que hasta ese momento no tenían empacho en ejercer de mamporreros gubernamentales y, al mismo tiempo, el texto inofensivo desataría la cólera de los obispos y de esa vieja Españolaza de cuartel y sacristía que sigue agazapada en muchos pueblos y ciudades de este siglo XXI.

Así que la primera consigna del PSOE fue dilatar los trámites y los estudios con la esperanza de que la actualidad acabara haciendo olvidar el proyecto, y terminar así la legislatura silbando y pasando de puntillas por el negro y espinoso pasado hispano. Pero la mecha ya estaba encendida dentro del propio PSOE, y en este último año y medio, los sectores más jóvenes han arrumbado a los pragmáticos herederos del felipismo (quienes, en los años 80, perdieron la ocasión de haber resuelto con dignidad este embrollo y ahora se apuntan al carro con gran desfachatez), así que se pusieron a trabajar contrarreloj para llegar a un amplio acuerdo parlamentario que permita sacar adelante una ley en la que ya nadien creía, como así ha sucedido. Y lo han hecho bien, la verdad. Han trabajado de puta madre, hilando adverbios y conjunciones para lograr el sí de todos los partidos, salvo del PP y de ERC. ¿Cuál es el problema, entonces? El de siempre en esta partitocracia: que se han antepuesto las filigranas parroquiales de cada partido a la opinión y necesidades de las víctimas a las que se pretende dotar de dignidad y reconocimiento.

Lo que se ha filtrado del texto que se votará en el Congreso es interesante, porque revela una estrategia muy típica de la política española y que empezaron a practicar los gobiernos de Suárez: echar balones fuera. Hilando fino, la norma no deroga las sentencias dictadas durante el franquismo por motivos ideológicos, religiosos o de discriminación, pero sí deroga formalmente las leyes franquistas que amparaban esas sentencias. Derogación innecesaria, pues la mayoría de esas normas ya perdieron vigencia al entrar en contradicción con la Constitución y la mayoría de las leyes sociales aprobadas desde 1977 (parece que no recuerdan como funciona el ordenamiento jurídico: la norma de rango superior o dictada con posterioridad deroga automáticamente a la vieja que regula la misma materia, aunque la nueva ley no lo establezca explícitamente), pero bueno, fale, dacuerdo, que deroguen lo que quieran. El caso es que, con esta argucia, tiran la pelota al tejado de los jueces: las víctimas que, voluntariamente y de una en una, quieran reclamar ante los tribunales la nulidad de las sentencias que les condenaron durante el franquismo por su condición de activistas demócratas, homosexuales o lo que quiera que sea, tienen ahora un potente argumento legal a su favor, pero para conseguir su objetivo dependen de la habilidad de su abogado para utilizar ese arma y de la sensibilidad del juez, ya que el articulado es muy vago y lleno de perífrasis y puede utilizarse de muchas formas en un juicio. Pero el Gobierno y sus aliados han cumplido su objetivo: dotar de valor jurídico (y no sólo sentimental) a la norma sin mancharse las manos. Ahora, que los tribunales apechuguen.

Vaya rollo que os estoy metiendo, pero es que este tema me interesa mucho, ya perdonaréis. Si habéis leído hasta aquí, ya sólo queda daros mi modesta opinión sobre la Ley de Memoria Histórica. Muy simple: para este viaje no hacían falta tantas alforjas. La demanda social (de las víctimas y de las personas que pensamos que una democracia digna de tal nombre debe dar un tijeretazo a los restos de cordón umbilical que le unen con el franquismo, que 30 años son muchos años) era muy sencilla: restitución moral y jurídica para las víctimas represaliadas por el franquismo. ¿Por qué sólo las del franquismo, cuando es cierto que durante la guerra hubo muchos franquistas y derechistas injustamente reprimidos y asesinados? Porque estos últimos ya fueron honrados y resarcidos por el régimen anterior, y la democracia no ha anulado esas honras ni esas restituciones morales y materiales: no hay más que pasar por cualquier iglesia de cualquier pueblo de España para leer la lista de los "mártires que dieron su vida por España", por no hablar de la cantidad de estancos que siguen perteneciendo a viudas de guerra. Quedaban los otros, los que defendieron la República. La deuda está ahí, y era muy sencillo pagarla, incluso con el complicado tema de las fosas comunes de por medio. Sin embargo, todo el circo y la cobardía de los partidos ha envilecido el propósito de origen. Tienen suerte de que las víctimas son ancianos agradecidos que se emocionarán y ondearán banderas republicanas el día que se apruebe en el Congreso, en lugar de responderles que se introduzcan por el orto su ley de la memoria histórica, que no se han pasado una vida de cárcel y exilio para andar mendigando nada a su país.

Pero como no lo dirán ellos, que bastante tienen con lo que tienen, lo diré yo: métansela por el culo, señores artistas del compromiso y del cambalache.

Y ya. Ahora, por favor, ¿podemos hablar de otras cosas?

FRANCISCO NÁJERA, BOXEADOR

FRANCISCO NÁJERA, BOXEADOR

Al igual que las cadenas de televisión, yo también tengo derecho a rellenar el verano con refritos. Así que abro el archivo y recupero al boxeador de la industria petrolera rusa, un reportaje que publiqué en Heraldo Domingo en 2004, no recuerdo la fecha exacta. Andaba por entonces empeñado en encontrar a un niño de la guerra con una historia peculiar, y lo encontré en un piso del barrio de Delicias. Su historia, que es la de muchos, me conmovió. Por eso la traigo al blog. La foto es de María Torres-Solanot.

 

 

UN BOXEADOR ESPAÑOL EN LA ESTEPA RUSA

Son los mayores olvidados de la guerra civil española. Los libros les dedican apenas unos párrafos; las películas documentales, un par de planos. Un tren partiendo, un barco alejándose. Pañuelos, lágrimas y adioses. Sólo ahora han logrado ocupar el centro de la foto, cuando apenas quedan unos pocos centenares con vida.

Los ‘niños de la guerra’, aquellos que el Gobierno republicano sacó de España en 1937 y 1938, son hoy ancianos que viven sin ruido, inadvertidos en los barrios de cualquier ciudad. Salvo unos pocos casos, sus vidas de leyenda encaran discretas el último tramo, entre fotos y recuerdos de los países que les acogieron.

Francisco Nájera, el boxeador que se midió con los temibles y rudos obreros de la industria petrolera soviética y les venció, es uno de ellos. Hoy, en un piso del barrio de las Delicias de Zaragoza, conserva en cajas de latón los centenares de fotos y de papeles que generaron los casi veinte años que vivió en la URSS.

Francisco Nájera nació en Pasajes (Guipúzcoa) en 1929, y es el tercer hijo de una familia de obreros vascos. Por tanto, el 18 de julio de 1936 tenía siete años. Al arreciar la ofensiva franquista sobre el País Vasco en los primeros meses del conflicto, su madre buscó refugio en Bilbao. Allí vivieron el bombardeo sobre Guernica, que provocó una encendida reacción internacional, tras la cual numerosos gobiernos se ofrecieron para acoger a los indefensos niños el tiempo que durasen las hostilidades. Desde comienzos de 1937, Bilbao sufrió continuos bombardeos que hicieron que la madre de Francisco decidiera sacar a su hijo de la guerra.

El Habana

“A mi hermano lo mandaron a Bélgica, donde le acogió una familia en su casa. Y mi hermana y yo embarcamos en el Habana. Primero, a Francia y, de ahí, a Rusia”, relata. Sucedió el 13 de junio de 1937. El Habana era un enorme crucero que se había librado por los pelos de caer en manos franquistas y que las autoridades republicanas atracaron en Bilbao y utilizaron, primero, para alojar en él a los refugiados procedentes de Irún y de San Sebastián y, después, para evacuar a contingentes de niños a puertos de Francia,

Países Bajos e Inglaterra. Muchísimos ‘niños de la guerra’ salieron del país a bordo del Habana, por lo que su nombre se ha convertido en símbolo del éxodo infantil. La de Francisco fue la segunda expedición que partió con rumbo a la Unión Soviética, con unos 500 niños a bordo. El régimen comunista acogió a casi 3.000 menores durante la guerra.

El grupo de Francisco llegó a Leningrado (actual San Petersburgo) unas semanas después, donde recibieron una oficial, pero calurosa, bienvenida. “De Leningrado, pasamos a una colonia de vacaciones en Crimea, en el Mar Negro”. Y, de ahí, a la Casa de Niños número 1, situada a unos 40 kilómetros de Moscú. “Era como un balneario, tranquilo, precioso y enorme. Yo estaba en el pabellón de los más pequeños y recibíamos clases en español”.

Las Casas de Niños eran unos internados creados para los pequeños refugiados españoles donde los pedagogos de la URSS impartían las asignaturas en castellano, con profesorado soviético y español, y enseñaban, al tiempo, el idioma ruso. El proyecto pedagógico pretendía que los niños pudieran integrarse en la sociedad soviética sin perder sus raíces hispanas.

Hasta poco después de 1945, funcionaron 16 Casas de Niños (11 en Rusia y 5 en Ucrania), todas numeradas, atendieron a 2.189 pequeños y estaban instaladas en mansiones y fincas requisadas a la nobleza durante la Revolución de 1917. Por eso, Francisco tiene el recuerdo de que el centro era como un “balneario”. El suyo era el más grande y el más importante, con 435 alumnos y 319 profesores (297 rusos y 22 españoles).

Saratov

“Cuando los nazis invadieron Rusia, nos evacuaron en barco por el Volga y nos llevaron cerca de Stalingrado, a una república autónoma de alemanes en Saratov”. Los alemanes en cuestión no eran nazis invasores, sino un núcleo germano que llevaba generaciones asentado en el lugar, conservando su lengua y sus costumbres. Por eso, Moscú le había concedido un estatuto de autonomía y la zona era conocida como la ‘república alemana’.

Francisco apenas tuvo noticias de la Segunda Guerra Mundial, y pasó aquellos difíciles momentos para la Unión Soviética resguardado de la violencia y del hambre. “Casi no nos enteramos de las bombas”.

En 1944, con los ejércitos del Reich en retirada y fuera del territorio ruso, Francisco regresó a la Casa de los Niños, donde terminó sus estudios de secundaria e ingresó en una escuela de oficios, donde aprendió, con otros 30 españoles, la profesión de tornero.

“Salí de la escuela con trabajo y entré, junto con otros 30 españoles, en una fábrica de maquinaria petrolífera que daba empleo a 12.000 personas. Nos alojábamos en dormitorios comunes de 12 camas, separados los de hombres y los de mujeres”.

Una separación que no era estanca, desde luego, ni evitaba que los jóvenes se divirtieran los fines de semana. Aunque, a esas alturas, Francisco ya dominaba el ruso y tenía amigos soviéticos, los españoles seguían siendo una piña y se juntaban para ir al cine y hacer excursiones los fines de semana. Así, Francisco fue intimando con otra ‘niña de la guerra’, una asturiana: Josefina Díaz Álvarez.

“Me casé al poco tiempo de empezar a trabajar en la fábrica. Tendría... no sé, 17 años o así”. Como era preceptivo, el Estado les facilitó un piso en Moscú y, por primera vez desde que salió de España, Francisco supo lo que era vivir en una casa.

Paradójicamente, el inicio de la vida conyugal fue seguido del comienzo de la aventura de su vida. Deportista consumado, Francisco siempre había destacado en todo tipo de disciplinas, pero por entonces descubrió la que le apasionaba de verdad: el boxeo.

La URSS alentaba la práctica de cualquier deporte y establecía competiciones muy exigentes entre los trabajadores de la industria. Aunque eran ‘amateurs’, la entrega, los medios y el entusiasmo que despertaban este tipo de campeonatos eran equiparables a los niveles profesionales de cualquier país europeo.

El campeonato de boxeo de la industria petrolera era duro. En él competían curtidos obreros eslavos de todas las cuencas de la Unión Soviética. Gentes acostumbradas a manejar pesadas máquinas bajo temperaturas extremas. Individuos fuertes y temibles. Para la propaganda del régimen, héroes forjadores de la utopía socialista, cantera de atletas que debía erigirse en modelo para las masas.

El español Francisco, enamorado del deporte del ring, no se sintió amedrentado por aquellas minucias y fue ganando un combate tras otro. “Era un chollo -recuerda-. Me permitía librarme del trabajo, me pagaban buenos extras y viajaba por todo el país”.

Paso a paso, llegó a la final y ganó el campeonato, noqueando por el camino a rudos siberianos de la estepa, a nietos de cosacos y a recios ucranianos. Había aprendido de los mejores puños del bloque comunista. No se perdía un solo combate de las muchas veladas que se programaban en Moscú. Tenía buenos preparadores y asistía a exigentes escuelas.

Preparador

Fueron 11 años como boxeador y, aunque no llegó a dar el salto al terreno profesional (meta imposible para un español sin la nacionalidad rusa), obtuvo el diploma de preparador. “Di muchos cursos y aprendí todas las técnicas”.

Había pasado mucho tiempo y, en 1951, nació su hija, Nieves. La morriña hacía mella. Una morriña extraña, ya que apenas había conocido España y no tenía queja alguna del trato recibido en la URSS, donde seguía viendo con frecuencia a su hermana. Así, cuando, tras la muerte de Stalin, se restablecieron las relaciones diplomáticas entre Madrid y Moscú, Josefina y Francisco se plantearon regresar.

Lo hicieron en 1956, en uno de los primeros contingentes masivos de repatriación en los que volvió la mayoría de los ‘niños de la guerra’. Tenía entonces 27 años, 19 de los cuales, los había pasado en la URSS.

Como su madre se había trasladado a Zaragoza, tras un período de tanteo en su País Vasco natal, Francisco probó suerte en la capital aragonesa. “Me habían dicho que los sindicatos (verticales) ayudaban a los que volvíamos de Rusia, así que me acerqué y, como había conseguido un trabajo de tornero en una empresa de las Delicias, me dieron un piso en el barrio Oliver”. La familia se instaló, pues, en Zaragoza, ciudad de la que no ha vuelto a salir.

Pero, como el gusanillo del boxeo no es algo que desaparezca así como así y, por aquel entonces, en la capital aragonesa había afición y se celebraban muchas veladas, Francisco dedicó todo su tiempo libre a ese deporte. Pero desde una esquina, fuera de las cuerdas.

“Cogimos unos locales en el barrio Oliver y montamos un gimnasio que llamamos La Estrella. Un día sí y otro no, entrenábamos a chavales que querían boxear”. Su título soviético de preparador y su trayectoria le convertían en alguien muy respetable en el mundillo del boxeo ‘amateur’.

Hoy, todo eso se conserva en las cajas de latón donde Francisco, el temible púgil español, guarda sus viejos recuerdos.

 

LOS SUEÑOS CUMPLIDOS A MEDIAS

LOS SUEÑOS CUMPLIDOS A MEDIAS

Zaragoza es una ciudad difícil. Abierta y cerrada al mismo tiempo. Apenas se deja conocer, tienes que ir adivinándola esquina a esquina, abstrayéndote de sus pegotes desarrollistas, de sus moles fascistoides y de su cierzo fastidioso. Cambia constantemente y sobrevive travistiéndose a los golpes que le da el poder, ya esté éste formado por los fariseos nativos de comilona y siesta en el puticlub o por esa nueva oligarquía caciquil que hace y deshace en la ciudad oteándola desde valles con pistas de esquí o desde somontanos tapizados de vides.

Se suele considerar una virtud tener unas convicciones a prueba de trilita, pero yo ando cada día más perdido desde que descubrí que es mucho más complicado observar que juzgar. Mis juicios se vuelcan cada vez más sobre el núcleo de lo evidente. Mi indignación y mi alegría proceden de lo básico, de lo primario. Tengo claro que debo despreciar a un torturador y admirar a quien sea capaz de escribir algo que me emocione, pero creo que no logro pasar de ahí. Por eso no sé si lo que sucede con la casa del doctor Lozano Blesa debe indignarme, alegrarme o dejarme indiferente. Creo que sólo me pincha un poco en el estómago.

Paso todos los días varias veces por delante de la casa y me he convertido en un experto de sus biorritmos, si es que las casas, que son como animales de compañía, gastan de eso. Es un palacete que muchos zaragozanos ignoran, una joyita perdida en el centro que sale en pocas guías y que parece puesta ahí para el disfrute de los grandes conocedores de la ciudad. No sé si yo pertenezco a ese grupo, pero he hecho méritos para pertenecer a él. Méritos como peatón pateador, como lector senderiano y como borracho empeñado en encontrar un abrevadero abierto un lunes a las cinco de la madrugada. El palacio es uno de los últimos chalets modernistas que quedan en el Paseo de Sagasta, y está encajonado entre un edificio moderno y la monstruosa mole fascista de la Confederación Hidrográfica. Tiene un pequeño jardín arruinado en el lado del paseo, y otro más grande en la parte trasera, tapiado con un muro alto. Es precisamente en ese jardín donde van a construir un edificio de no sé cuantas plantas, para indignación de muchos. La verdad es que se van a comer el palacete por completo.

La casa fue construida por el arquitecto Félix Navarro, uno de los hacedores de la Zaragoza modernista, la que pretendía recuperar el orgullo perdido en los Sitios y lucir esplendorosa, como un París estepario, cabalgando a lomos de un liberalismo socarrón y de cabaret. Los edificios más conocidos de Navarro en Zaragoza son el Mercado Central, hecho de acero, como la Torre Eiffel, y la Escuela de Artes, que ahora van a convertir en un museo de Goya bastante desangelado, sin majas ni saturnos. Pero eso es otra historia. Félix Navarro construyó esa casa a comienzos del siglo XX para su amigo, el doctor Lozano Blesa, médico ilustrado a quien debe mucho la universidad y la sanidad locales. Por eso, uno de los hospitales de Zaragoza lleva su nombre. En el lugar confluyen dos nombres importantes de la burguesía culta y transformadora de la ciudad (que se definía cosmopolita y liberal, en oposición al carlismo cazurro que imperaba en el campo aragonés), conectada con las grandes corrientes europeas y más pendiente de la expansión de Barcelona que del marasmo de Madrid. Fue la burguesía que se empeñó en abrir el paso ferroviario de Canfranc para sentir más cerca el viento de los bulevares parisinos.

La casa sigue perteneciendo a los descendientes de esa estirpe de burgueses irrepetibles, la que adivinó Ramón J. Sender cuando era un adolescente en Zaragoza y la que retrató en La Quinta Julieta (tercera parte de Crónica del Alba). No sé si la habitarán los nietos o los bisnietos del doctor, pero quien quiera que sea, roza el ascetismo o vive en la melancolía de los gatopardos. No sólo el jardín está descuidado, sino que algunos vidrios rotos delatan el abandono de parte de las plantas de arriba. Las columnas del portal, dedicadas a Pareto, Servet y otros médicos ilustres, están cubiertas de mugre y de pintadas. Se intuye el polvo que flotará por parte de la casa. Imagino las sábanas que cubrirán algunos muebles, insinuando perfiles de mecedoras, canapés y algún piano. He pensado alguna vez en inventar un reportaje como excusa para que me dejen entrar y cotillear por los rincones, pero no me he atrevido a desentrañar la sutil red de relaciones sociales que une a las familias poderosas de Zaragoza. Porque los Lozano Blesa siguen siendo una de esas familias.

A deshoras y con premura, he llegado a ver cómo entraba una criada con cofia de servidumbre añeja. Y he imaginado sus manos lavando platas centenarias que ya no lucen en ninguna fiesta. Pero hay un detalle que casi me llega a sobrecoger. Por la noche, una luz tenue ilumina el recibidor. Se ve a través de la vidriera. He pasado muchas madrugadas por delante, con distintos niveles de alcohol en sangre. A la una, a las dos, a las tres, con el resplandor del amanecer... Siempre está encendida. Parece la lucecita aquella del Pardo, pero no sé a quién vela o a quién controla esta bombilla.

Ahora se van a cargar el jardín. Un jardín misterioso tan grande como la casa. La constructora ya ha asentado sus reales y dentro de poco la zona cambiará. No sé qué pensar, la verdad. Me gusta el Paseo de Sagasta y no sé si quiero que cambien su entorno. A veces lo recorro sin motivo hasta el Parque Pignatelli. Me gustan sus árboles y me gusta su nombre, muy bien elegido, muy acorde con quienes pusieron en pie esa parte de la ciudad (durante el franquismo se llamó ignominiosamente General Mola, pero sobrevivió a ese nombre, que no logró asfixiarlo ni convertirlo en patio de desfiles). Camino por el andador central y me fijo en los balcones de las fachadas de Albiñana. Albiñana fue un arquitecto desgraciado. También liberal, transformador y hedonista. Le fusilaron en 1936 por republicano. Murió joven. Me da pena pensar que pocos de los miles de transeúntes que desfilan por esos balcones saben quién fue Albiñana. Ni el doctor Lozano Blesa. Ni Félix Navarro. Son unos pocos metros en los que todavía se respiran los aires truncados de los sueños nunca cumplidos. O cumplidos a medias, que es la peor forma de cumplir un sueño. ¿Qué pensarían ellos de la Expo? ¿Qué pensarían ellos de esta ciudad difícil que se desparrama por la estepa y que acabará saliéndose de los márgenes del valle?

¿A quién ilumina la luz del recibidor de Lozano Blesa?

UN ENCUENTRO CON JOSÉ RIBAS

UN ENCUENTRO CON JOSÉ RIBAS

El miércoles estuvo por aquí José Ribas, el alma de la desaparecida Ajoblanco, una revista con la que algunos aprendimos unas cuantas cositas del oficio de juntaletras cuando todavía le dábamos al futbolín. Nos encontramos, nos conocimos en persona (por teléfono ya nos habíamos tratado un par de años atrás) y, fruto de esa charla, salió este artículo en el Heraldo del domingo. El libro, después de hojearlo para la entrevista, lo estoy devorando ahora, y ansío que lleguen las vacaciones para tumbarme una tarde entera en su compañía, porque es como una novela llena de chismes. Aquí os pego lo que los lectores del periódico donde echo las tardes ya pudieron leer el domingo.

Vestido de negro y casi con la misma delgadez de sus febriles 20 años, José Ribas (Pepe Ribas, sin exigir protocolos) se mueve y conversa con la parsimonia de quien tiene la conciencia tranquila y ya no espera nada. "La ocasión para provocar un cambio social se perdió en los 70. Entonces, era posible, se palpaba. Hoy ya solo nos queda esperar que venga el cambio climático". No hay tragedia en su tono de voz ni drama en su gesto. Es la simple convicción, personal e intransferible, de un agitador cultural que cumplirá 58 años en septiembre y que acaba de realizarse como lo que siempre quiso ser: un escritor. "Pero no un escritor literario, sino un escritor de la vida, lleno de experiencias", recalca.

Pepe Ribas (Barcelona, 1951) ha estado esta semana en Zaragoza para presentar "Los 70 a destajo. Ajoblanco y libertad" (RBA), una crónica de su vida y de la de su generación, la que puso en pie la revista "Ajoblanco", un referente de la "cultura libertaria" española que echó el cierre definitivo en 2000 y que viene a ser el equivalente ibérico de la contracultura hippie californiana de los años 60. Ribas estuvo al frente del proyecto desde sus comienzos, todavía bajo la dictadura franquista, y ahora cuenta cómo fueron esos años en los que todo estaba por hacer.

Por "Los 70 a destajo" desfilan las personas que hicieron posible "Ajoblanco", que en 1978 tiraba 130.000 ejemplares al mes y alcanzaba el millón de lectores, cifras imponentes para una publicación independiente -incluso para una comercial- en España. "No éramos una minoría gritona sobre una mayoría silenciosa, como se ha vendido después -relata-. La democracia no la trajeron los políticos. Ellos sí que eran una minoría. La democracia la trajimos nosotros, y por nosotros me refiero a la gente, que aprendió cómo quería vivir su libertad articulándose en movimientos sociales, en el ecologismo, el feminismo, el asociacionismo vecinal, los sindicatos obreros... Nosotros obligamos a la clase política a reaccionar y nosotros solos salimos del franquismo".

La gran olvidada

Para Ribas, la ciudadanía ha sido la gran olvidada en el relato de la Transición, muy presente en los medios de comunicación con motivo del trigésimo aniversario de las primeras elecciones democráticas del 15 de junio de 1977. "Yo empecé a escribir este libro hace siete años -se excusa-, cuando no podía imaginar que se iba a dar este 'boom".

"Los 70 a destajo" no son unas memorias personales ni una historia de "Ajoblanco" ni un repaso a la prehistoria de algunas biografías muy relevantes de la cultura española de finales del siglo XX, aunque es todas esas cosas a la vez. Tampoco es un ajuste de cuentas con una época o con algún viejo enemigo: "No podría serlo. Soy libertario y no puedo enjuiciar a las personas. Cada cual ha tenido su trayectoria, pero me ha sorprendido el alto porcentaje de gente de mi generación que ha conservado su coherecia estos 30 últimos años. Por supuesto, nadie se lo ha reconocido, pero ellos tampoco lo necesitan".

El libro empieza su relato en la Barcelona de 1972 y está escrito en primera persona con una estructura novelística, "como si fuera un relato de aventuras". Su autor lo concibe como "una provocación hecha con cariño y elegancia". Una provocación dirigida tanto a quienes vivieron esos años con Ribas como a los jóvenes que solo conocen la "historia oficial" de la Transición.

Una de los aspectos más abrumadores de la obra es su índice onomástico, que recoge más de mil nombres. "He reconstruido la historia de vida de centenares de protagonistas de la Transición". Por supuesto, están los que le acompañaron en las primeras andanzas de "Ajoblanco": Quim Monzó, Fernando Mir, Toni Puig, Juanjo Fernández o Luis Racionero. Por supuesto, también aparecen los amigos y colaboradores, como Alaska o Alberto García Alix. Pero, entre tanto apellido, de vez en cuando, aparece una nota discordante. Es el riesgo de buscar en el baúl de los recuerdos, que en él puede haber cualquier cosa.

Así, Karmele Marchante, la famosa tertuliana de los programas del corazón, también aparece en esta lista, en calidad de abanderada del feminismo radical y de periodista aguerrida y comprometida con la causa. "Yo creo que Karmele -explica Ribas-, que es una mujer muy inteligente, ante la imposibilidad de hacer un periodismo serio y libre, se ha inventado un personaje dadá. Ha hecho de sí misma una performance contínua. Es puro dadaísmo".

Lo que vuelve a confirmar el tópico de que 30 años no pasan en balde.

PS: Ahora que recuerdo: en Ajoblanco publicó sus primeros reportajes la fotógrafa -y compañera de andanzas de un servidor por andurriales poco recomendables- María Torres-Solanot, que el verano pasado recorrió parte de la India, y que ahora expone las fotos que tiró allí en una excelente muestra que podéis visitar estos días en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés del paseo de la Independencia de Zaragoza.

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HA MUERTO ALFONSO ZAPATER

HA MUERTO ALFONSO ZAPATER

Hoy ha muerto Alfonso Zapater, el gran periodista aragonés, y yo estoy junto a su mesa vacía en la redacción. Cada vez que paso junto a ella veo la correspondencia que nunca abrirá. Cartas de agradecimiento, probablemente. Invitaciones para cenas en las que ya no brindará. Cartas de los miles de amigos que acumuló durante los años, trotando por los pueblos secos y desarrapados de Huesca, de Zaragoza y de Teruel 

Esta semana no tendré que corregir el capítulo de las memorias que iba escribiendo en Heraldo Domingo y no tendré que custodiar la foto que rescataba de dios sabe qué desvanes para ilustrar el relato de las copas que compartió con Cela en el Café Gijón, o de la noche que estrenó su primera obra de teatro en el Madrid de los años 50, o de la primera vez que se vistió de luces y se puso delante de un toro. Fue buena idea proponerle escribir sus memorias, pero siento que se ha guardado lo mejor de su vida para sí. No contó, como siempre recuerda mi compañero M., que fue él el único periodista que, en pleno franquismo, se atrevió a preguntar y poner en un brete a todo un gobernador civil. De su vida periodística, la faceta que le hizo famoso en su tierra -desmintiendo aquello de que no se puede ser profeta en el solar de nacimiento-, no soltó prenda. Ya hablaba bastante de ella de viva voz y en su serie "Historias de un reportero".

Estaba jubilado, pero venía todas las tardes a escribir su columna y a pasearse un rato por la redacción, como un padre que arrastra los pies por una casa que sólo le pertenece nominalmente, porque está llena de muebles y recuerdos de sus hijos, que no le dicen nada. Hace dos o tres años, cuando nos veía colgados del teléfono y mandando mil mails para cerrar un reportaje, siempre decía: "Qué barbaridad, cuánta tontería. En mis tiempos, hacíamos el periódico sin tanta leche, con un solo teléfono para toda la redacción. Y el periódico tenía más chicha y contaba más cosas que ahora, que salimos con cada tontada...". Y se trabajaba menos, añadía yo malévolamente, dándole pie para que contara alguna historia de las vedettes del Oasis y del Plata, cuyos camerinos fueron su segundo hogar. Siempre que escarbaba en la microhistoria de la ciudad y me perdía en un recodo de los años 40 o 50, alguien me conminaba: "Pregúntale a Alfonso, que seguro que lo sabe". Y era verdad: siempre lo sabía.

Pero Alfonso no vivía en el pasado. Se llevaba con la informática mucho mejor que personas de 40 y de 50 años. Cuando nos instalaban un nuevo programa de edición, a Alfonso sólo habia que decirle una vez cómo utilizarlo: "Tú dime cómo entro a escribir y ya está". Y ya estaba, en efecto. Era un tipo despierto que estaba en el mundo, acostumbrado a la calle, a los chistes y a los bares. Por eso ha muerto con las botas puestas, escribiendo hasta el final, sin resignarse a quedar olvidado en una mecedora polvorienta. Cuando vuelva a buscar fotos de los años 30 y 40, ¿quién me pondrá nombres a esas caras? (Nombres que solían ir acompañados de una anécdota subida de tono). Conocía a todos y todos le conocían, y ha sido un honor compartir durante unos años la misma habitación que él.

Descanse en paz, maestro.

LA MIRADA DE ORWELL

LA MIRADA DE ORWELL

Me costó meterme en George Orwell. Curioso, ¿no? No es una de mis lecturas tempranas, y no lo fue por simples ganas de llevar la contraria. Si profesores y bienpensantes varios insistían en loar los alegatos que había detrás de 1984 o de Rebelión en la granja, la cosa no era de fiar. ¿Alguien realmente sensato hace caso a sus mayores? Si te ahorras los errores, te pierdes lo mejor de la vida. Así que los leí con anteojeras, sin dejarme emocionar por su Apocalipsis (al fin y al cabo, hablaba de dictaduras y situaciones que me eran completamente ajenas) y, por llevar la contraria, me declaré fan de Aldous Huxley. Un mundo feliz era aceptable, porque se metía con el capitalismo. 1984 sólo escondía prejuicios. 

Tuve que llegar a Homenaje a Cataluña para que las anteojeras se desprendieran de mi coco y poder admirar de frente a George Orwell. Qué mirada más triste y más dolorosamente sincera. Ojalá pudiera yo mirar el mundo algún día como él miró la maldita guerra y la destrucción totalitaria y dejar esa mirada impresa en un reportaje. No me extraña que el pobre Orwell las pasara putas. Aunque desde hoy le miremos con cariño y admiración, creo que lo pasaría igual de mal en la actualidad, porque lo importante de Orwell no es lo que dice, sino su actitud y su coraje. Atreverse a contar lo que se ve comprometiéndose tan sólo con la propia mirada siempre se paga, aunque al final es lo único que nos queda, ese núcleo genuinamente humano.

Ahora hay una exposición sobre Orwell en el Centro de Historia de Zaragoza. Es una muestra que funciona como apéndice de la Ruta Orwell que la comarca de Los Monegros ha organizado en los lugares de Aragón donde combatió en 1936 y 1937, en los que fue herido, antes de presenciar los hechos de Barcelona de mayo de 1937 de los que ahora se cumplen 70 años y que son el núcleo de Homenaje a Cataluña. Hace dos años compré una primera edición española de este reportaje fuera de serie y me gusta hojearla de cuando en cuando, deteniéndome en sus descripciones, admirando cómo incrusta el paisaje de la guerra en el relato. En el periódico donde echo las tardes habré publicado tres o cuatro grandes reportajes sobre aspectos de la vida en Los Monegros (que ahora, en mayo, aparecen extrañamente verdes, gracias a los cultivos), y siempre que recorro la Sierra de Alcubierre, Monegrillo, Lanaja, Sariñena, Tardienta y el resto de pueblos despanzurrados sobre la estepa, me acuerdo de Orwell y de sus descripciones. Podría imitarlas en los reportajes, pero es imposible, porque Orwell habla de otros pueblos muy distintos. Sí, son Alcubierre, Sariñena y Siétamo, con sus nombres y sus mismas calles, pero vemos mundos distintos. Él veía la miseria y la peste de la guerra en unos villorrios miserables que no habían salido de la Edad Media. Yo veo pequeñas poblaciones llenas de ancianos que quizá vieron a Orwell de niños, pero que ahora sestean a la sombra de unas calles limpias y apacibles, donde se puede beber vino fresco y comer una carne que no le tiene nada que envidiar a la de cualquier sitio de Europa. Viajamos por mundos distintos, pero yo no me quito de la cabeza sus descripciones:

"Alcubierre nunca había sido bombardeado y su estado era mejor que el de la mayor parte de las poblaciones que estaban casi pegadas a la línea de fuego. Sin embargo, me parece que incluso en tiempos de paz no hubiese sido posible recorrer esa parte de España sin quedar impresionado por la peculiar y extremada miseria de los pueblos aragoneses. Son como fortalezas, un amontonamiento de casuchas de barro y piedra apiñadas en torno a la iglesia, y ni siquiera en primavera es fácil ver una flor por aquellos alrededores. Las casas no tienen jardines, sólo corrales en la parte trasera, donde unas escuálidas gallinas patinan sobre una alfombra de estiercol de mula. El tiempo era muy malo, con alternativas de viento y lluvia (...). No tenía, ni nunca había tenido, nada semejante a un retrete o un albañal de la clase que fuera (...). No puedo recordar mis dos primeros meses de guerra sin pensar en aquellas rastrojeras en invierno con los márgenes cubiertos por una corteza de estiércol".  

PS: No tiene nada que ver con esto, pero el periódico donde echo las tardes me ha encargado una crónica diaria sobre cómo se vive la campaña electoral en los blogs, en una sección llamada El buscador. Así que si algún bloguero se ve citado y glosado en el periódico estos días, que no se extrañe. 

HISTORIA-FICCIÓN

HISTORIA-FICCIÓN

Hay a quien le gusta jugar al ajedrez o a inventar palíndromos y quien tiene otras perversiones más pedantes incluso. A mí me gusta jugar a la historia-ficción con un par de amigos a los que veo cada vez menos (malditas maternidades y trabajos de jornadas imposibles). Tiene que ser cuando quedamos solos, para que no se ría nadie de nosotros, y entonces, con unas cuantas cervezas en el cuerpo, nos dedicamos a imaginar historias paralelas. La típica: ¿cómo sería el mundo si la República hubiera ganado la guerra civil o si los nazis hubieran vencido en 1945? Ésas son las fáciles, porque lo bonito del juego es hilar más fino, buscar un hecho más puntual (un atentado político, una dimisión, un discurso de un agitador callejero, un divorcio monárquico o que Marx hubiera decidido dejar de fumar con parches de nicotina y su irritación personal influyera en sus ideas) y borrarlo de la historia para comprobar cómo se desmoronan todas las consecuencias posteriores y se abren mil caminos posibles. ¿Qué hubiera pasado si en lugar de casarme con el mastuerzo de mi marido me hubiera fugado en moto con el canalla alemán que me robó el corazón en una playa de Torremolinos? Mi vida hubiera sido muy distinta. De eso va el juego.

Todo juego tiene sus normas, y éste implica la aceptación de la historia como un discurso lineal formado por causas y consecuencias, por una sucesión de hechos que se explican por hechos anteriores. Vamos, la idea más pedestre que puede manejarse historiográficamente, ¿no? Si quitas el atentado del príncipe de Sarajevo, no hay Primera Guerra Mundial, y si Calvo Sotelo sólo hubiera salido a dar un paseo tranquilo sin disparos la noche del 12 de julio de 1936 no tendríamos levantamiento del 18 de julio. A lo mejor lo hubiéramos tenido el 24, claro, pero un simple cambio de fechas trastoca toda la historia, de la misma forma que el hecho de que te atrevieras o no a dar aquel beso en aquel bar aquella madrugada decide en cierta forma tu vida posterior en un sentido u otro.

Creo que lo bonito de este pasatiempo es que te enseña que la historia concebida como una sucesión de causas-consecuencias es una engañifa y cómo esa concepción es una ordenación artificial de unos acontecimientos en los que domina el caos y el azar. Y, en última instancia, te enseña hasta qué punto el discurso histórico es una ordenación ideológica para justificar cosas del presente. Los hechos son los que son, pero podemos cocinarlos para que nos den la razón o se la quiten al contrario. Éste es el continuum que nos enseñan en la escuela y que nos hace sentirnos partícipes de la misma civilización que la de los antiguos griegos, pero no tanto -o, incluso, opuestos- de la de Al Andalus, por ejemplo, pese a que ésta nos es mucho más cercana en el tiempo y en el espacio. Este juego te enseña una de las máximas de los electroduendes de La bola de cristal: te desenseña a desaprender cómo se deshacen las cosas.

Viene todo esto a cuento porque Arturo Pérez Reverte (sí, él) publica este domingo que viene un artículo en defensa de la peli 300, dado que muchos han censurado la crueldad y salvajismo de los vencedores y deploran su exaltación. Reverte sale al paso diciendo que si esos 300 espartanos no hubieran vencido, la civilización griega habría sido engullida por los persas y que, por tanto, no habría habido ni Imperio romano, ni Renacimiento, ni Revolución francesa, ni laicismo, ni democracia. Éso es hacer historia ficción a lo grande, sin complejos, poniendo las causas de la democracia actual en la batalla de las Termópilas en lugar de en la de las Ardenas. Se parece un poco a esa teoría tan cara a Iñárritu que dice que el aleteo de una mariposa en Tokio puede provocar un terremoto en California.

A eso me refiero cuando digo que la construcción causa-consecuencia sirve para justificar casi cualquier cosa, convirtiendo en sagradas cosas que son fortuitas. ¿No tendríamos democracia si los persas hubieran ganado? ¿Danton y Robespierre nunca habrían existido? ¿Es que no hay muchos caminos para llegar a un mismo sitio? Es peligroso sacralizar las cosas, y especialmente a los antepasados, pues podemos caer en el error de pensar que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que toda la historia anterior sólo ha sucedido para justificar nuestra presencia y nuestros actos. Es bonito y tentador poner toda nuestra vida en manos de unos desesperados en los campos griegos, en el fuerte de El Álamo, en los campos de Gettisburg o un meandro del Ebro en 1938, pero la vida y la historia son más complicadas que todo eso.

La historia como causa-consecuencia genera banderas, héroes y monumentos. Llamadme lo que queráis, pero una de las cosas que más me gustan de este extraño país que habito es que, debido a su peculiar historia, sus calles no están llenas de banderitas nacionales. Y no me parece del todo mal que amplios sectores sociales se sientan violentados cuando se hace una exhibición patriótica. El banderón de la plaza de Colón en Madrid es algo común en cualquier país. Cualquier villorrio francés tiene banderas tricolores hasta en la sopa; Lisboa está llenita de balcones con el trapo rojo y verde; Marruecos, para qué hablar; Italia, ídem. En México hay un banderón como el de la plaza de Colón en cada zócalo, Buenos Aires está tapizada de banderas nacionales y todavía recuerdo lo extraño que me sentía en Nueva York al montarme en unos vagones de metro pintados con las barras y estrellas. Lo que en España nos parece chocante, excesivo y molesto, en el extranjero es lo habitual, y yo celebro la anomalía española. Celebro que este país no tenga claro a qué ídolos debe honrar ni qué mitos debe tragarse. Y ojalá no hubiera ninguno más allá de la voluntad de convivencia.

PS: Acabo de recordar, a este respecto, lo que me ha contado esta semana un minero prejubilado de las cuencas mineras aragonesas. Ha sido uno de los que ha trabajado en el Museo Minero de Andorra (Teruel) y han reconstruido una vieja mina. Dentro de unas semanas la inauguran, y han descubierto que el castillete del pozo estaba coronado por un mástil. ¿Por qué no colocamos ahí una bandera, ya que vamos a reinaugurar la mina, en cierta forma?, pensaron. Muy bien, pero, ¿qué bandera se pone? En cualquier otro país estaría claro: la nacional, sin duda. Pero aquí se han puesto a discutir para no herir ninguna sensibilidad en Andorra: la aragonesa, la española, la municipal, la de la comarca... En estas, a mi minero se le ha ocurrido una idea genial: inventarse una bandera minera. Y ahí está, cosiendo una con un dibujo de un casco y un pico sobre fondo negro, rollo pirata. A muchos les parecerá estúpido e incluso les molestará que la bandera española no pueda ondear con normalidad sin que se arme la marimorena, pero yo creo que deberíamos sacar provecho de nuestra rareza. Como este minero, que, sin pretenderlo, ha encarado y resuelto con valentía y originalidad un espinoso asunto histórico y social.

TODO ES VERDAD, TODO ES MENTIRA

TODO ES VERDAD, TODO ES MENTIRA

Dice mi cuñado que su vecina le contó que Menganito había visto cómo una señora relataba con gran gestualidad la guisa con la que Alejandro Sanz entró en Urgencias con una botella en el culo (uy, ¿he escrito yo eso? Qué soez me pongo, redios). ¿Quién no habla de oídas en este país nuestro? ¿Quién no cree a pies juntillas que en esa curva se aparece una chica en camisón que hace auto-stop y anuncia con acento del Bierzo que se mató en tal punto kilométrico porque las imprudencias se pagan? Puede que sea verdad, puede que no. Lo que no podemos es comprobarlo.

Es un problema con el que todos mis colegas -y yo mismo cuando me da por trabajar- nos tropezamos a diario. Llegas a un pueblo, te encuentras con un señor, le enchufas la grabadora y él empieza a largar: "Pues mire usted, resulta de que tal y cual". Y tú, más tarde, escribes: "Fulanito de Mengánez declaró: 'Resulta de que tal y cual'". ¿Pero y si Fulanito te ha metido una bola y no ha visto ni ha oído lo que dice que ha visto y ha oído? Para eso está nuestra máquina de la verdad, dirán en Telecinco. Pero es un chisme muy aparatoso y no me gusta llevármelo de reportajes, así que tengo que limitarme a exprimir, recoger y contrastar. Un rollo.

No siempre se puede contrastar. No siempre se puede volver al punto de origen. La mayoría de las veces te tienes que fiar de lo que te cuentan unos y otros y procurar que las versiones no se contradigan. Algunos filósofos pegigueros incluso saltarán con que no podemos hacer nada para alcanzar la verdad, que no es más que una patraña subjetiva. ¿Qué pasa entonces? Pues que no hay más remedio que coger las cosas o dejarlas. Eso es lo que le pasa al inclasificable libro El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales, periodista sevillano de los años 30.

Publicado en 1934, cuenta el presunto relato que el bailaor flamenco Juan Martínez hizo al periodista sevillano de cómo vivió la Revolución Rusa, que le sorprendió en Moscú, Petrogrado y Kiev, y de cómo sobrevivió a los terrores rojo y blanco con varios ardides. Aunque está redactado en primera persona, se nota la mano de Chaves. No es una transcripción de un discurso. Hay demasiado estilo. Demasiada literatura. Lo que te indica que estás leyendo una reelaboración muy reelaborada, medida y corregida, que marca mucha distancia con el relato oral original. Otro problema es que Juan Martínez cuenta tres años largos e intensos de su vida (1916-1919) casi 20 años después de haberlos vivido, y lo hace sin ahorrarse un detalle: ni número de cigarrillos fumados en una noche ni nombres ni calles ni fechas. Demasiada exactitud para un período que debió suceder como un torbellino ante sus ojos y en el que probablemente estaba demasiado preocupado por sobrevivir como para fijarse en minucias no comestibles. ¿No será esto una novela en lugar de un reportaje? ¿De nuevo el trampantojo narrativo? ¿De nuevo Cide Hamete contando El Quijote?

Y, sin embargo, se mueve. Sin embargo, los datos son ciertos en su mayor parte, como ha comprobado la investigación histórica posterior. Claro que eran datos a los que podía haber tenido acceso el propio Manuel Chaves para novelar sobre ellos, aunque resulta muy difícil que así sea: estamos hablando de 1934, con las purgas de Stalin ya en marcha y una Europa que calentaba motores de guerra. La información que llegaba de la URSS era nula al margen de la propaganda. Incluso, aunque hubiese sabido ruso y hubiera tenido ocasión de viajar allí, le habría costado algo más que sudor obtener esos datos. ¿Simple memoria de elefante del bailaor?

Sea como fuere, El maestro Juan Martínez que estaba allí, rescatado por Libros del Asteroide, es un documento muy interesante para los aficionados a la historia del siglo XX y para los lectores de literatura, pues es también un libro de aventuras contado por un pícaro, un outsider que intenta salvar los muebles sin llevarse a nadie por delante. ¿Qué coño hacía un bailaor español en la Rusia de los soviets?

CAMINO A CASA

CAMINO A CASA

Ha tardado mucho tiempo TVE en abordar el asunto de la emigración española en el siglo XX, y ahora que lo ha hecho no sé si el resultado me termina de convencer. Camino a casa (los lunes, por La 2) es una serie de seis documentales (anoche se emitió el tercero) sobre los españoles que fueron a buscarse las castañas a Argentina, Venezuela, Australia, Bélgica, Brasil, Argelia, Francia y Suiza. La semana pasada devoré el capítulo dedicado a Venezuela, esperando ilusamente encontrar el testimonio de alguno de mis familiares, pero nada. Sólo salieron canarios y gallegos. Madrileños republicanos con alma pícara, ninguno. Aunque a lo mejor sí que entrevistaron a mi tía o a mis primas, pero soltaron tales barbaridades que tuvieron que cortarlas en el montaje. No sería extraño.

En el periódico donde echo las tardes, ha habido varios proyectos para realizar una serie de reportajes similares sobre los emigrantes aragoneses, pero ninguno ha cuajado. Alfonso Zapater realizó algunos trabajos sueltos hace décadas, y matiene contacto con las comunidades aragonesas en Cuba, Venezuela y Argentina. Esos textos sirvieron de base para que Eloy Fernández Clemente y Vicente Pinilla se largaran a principios de esta década por Cuba, Argentina y Venezuela para confeccionar su monumental y fundamental obra Los aragoneses en América (siglos XIX y XX), en dos tomos editados por el Gobierno de Aragón. Hasta la fecha, es la obra de referencia sobre el tema y el punto de partida inexcusable para cualquier buen reportaje sobre la emigración americana.

Me encanta la odisea migratoria. En Nueva York, me quedé pasmado en la impresionante isla de Ellis, hediondo y grandilocuente recibidor de las hordas de italianos, irlandeses, polacos y judíos que construyeron Estados Unidos. En Buenos Aires, la imaginación se me desbocó en los muelles del viejo puerto donde se producían idénticas escenas. En Mérida, en el Yucatán mexicano, coincidimos por casualidad en un café con un anciano que dijo ser el presidente de la Casa de España, y conocía a la pequeña colonia española de la ciudad, dividida todavía entre franquistas y republicanos. Me gusta el argentino Juan Filloy cuando habla de crueles estancieros de rancio abolengo británico con braceros que hablan italiano y se emborrachan en polaco. ¿Y cómo no emocionarse ante la estampa del niño Vito Corleone, sentado junto a la ventana de su habitación en la isla de Ellis, con la estatua de la Libertad al fondo, y cantando una canción siciliana? Creo que las oleadas migratorias a América son la gran epopeya de la época moderna, mayor incluso que la de las grandes batallas y los grandes muertos.

Pero en España apenas le hemos sacado provecho al asunto, pese a haber sido un rico exportador de almas y de manos dispuestas a currar hasta la extenuación. En Cataluña, Euskadi y Galicia sí que han explotado ese material a placer. TV3 hace tiempo que produce una excelente serie llamada Afers exteriors, sobre los catalanes instalados en los lugares más lejanos del planeta. ETB tiene un canal, el Canal Vasco, en castellano y euskera, que emite para las comunidades vascas en América. Y TVG ha hecho infinidad de guiños y programas sobre los millones de gallegos que hay por el mundo, casi tantos como los que hay en Galicia. Pero TVE se había quedado en Juanito Valderrama y en Lo verde empieza en los Pirineos. La serie Camino a casa salda una vieja deuda, pero lo hace de forma un tanto precipitada. Echo de menos un narrador que vertebre cada episodio y una mayor profundización en las historias que se cuentan. Se ha planteado como una sucesión de testimonios bien escogidos y bien montados, pero que dan la sensación de que no terminan de relatar las cosas bien.

Supongo que el (pretendidamente) contenido presupuesto de Aragón Televisión no permitirá estos desmanes, pero si yo tuviera una productora, ya habría registrado la idea y estaría acosando al director general de la Corporación Aragonesa de Radio y Televisión para que soltara la guita necesaria para llevarse un par de cámaras y dos redactores por aquel querido continente. ¿Cogen la indirecta? El tiempo apremia, si quieren grabar los testimonios de los que quedan vivos.

PS: Sé que últimamente sólo respondo esporádicamente a vuestros comentarios. Mil perdones, pero mi ritmo de frenesí actual no me permite estar muy participativo, aunque os puedo garantizar que leo todos y cada uno de ellos, aunque sea un desagradable y no incentive el debate. Espero que las cosas cambien pronto. Gracias.

Foto: inmigrantes en la isla de Ellis.

EL FALSO PRÍNCIPE DE WATTENBERG

EL FALSO PRÍNCIPE DE WATTENBERG Ahondando en mis carpetovetonismos he encontrado una historia curiosa, casi tragicómica, charlotesca incluso. Es la historia del falso príncipe de Wattenberg. La resumiré muy a grandes rasgos, casi de memoria y atendiendo sólo a una de las muchas versiones que tiene.

Érase que se era, en algún puerto gallego, un oficial de la Marina que tuvo un hijo. El hijo creció y decidió seguir los pasos de su padre, aunque era algo díscolo y no encajaba bien en la disciplina militar. Tan poco encajaba y tantas ganas tenía de andar liando gresca, que encandiló a una muchachita de provincias que, oh, estaba prometida (o casada o qué sé yo). El novio-marido, como no podía ser de otra forma, era también un cadete, y no se cortó un pelo en retar a un lance al mancillador de su honra. Como los duelos estaban prohibidos en el ejército, y el chaval había protagonizado varias grescas de aúpa, le expulsaron de tan insigne institución. El papá del muchacho se llevó un enorme disgusto y dijo que no quería saber nada de semejante balarrasa, por lo que el impetuoso joven marchó por estos mundos de dios sin oficio ni beneficio.

Alboreaba el siglo XX cuando el pillastre, de perrería en perrería, acabó en Gibraltar, y allí, en una taberna del puerto, conoció a un inglesito que también había sido expulsado de la Marina británica y andaba necesitado de parné. Sin pensárselo dos veces, decidieron asociarse como dos vulgares hampones, y convinieron que, con su cultura y su ingenio, no les iría mal en un país lleno de primos y pichones.

El muchacho hablaba inglés casi a la perfección, y aprovechó esto para hacerse pasar por noble extranjero, después de viajar a Londres y dar unos cuantos palos allí. En Inglaterra contactaron con la Embajada española, y no se sabe cómo, lograron que el embajador remitiese un cable a Madrid anunciando la inminente visita a España del príncipe de Wattenberg, ordenando que todo fuera dispuesto para tan honorable huésped.

El muchacho y su amigo inglés, convertido en el "personal assistant" del príncipe de Wattenberg desembarcaron en Santander recibiendo honores de Estado, con presencia de los gobernadores civil y militar de la provincia y besamanos de todas las fuerzas vivas. De tal guisa, allá por 1906, empezaron una gira por varias ciudades españolas, y en todas comieron, bebieron y durmieron por la filosa en los mejores hoteles y restaurantes, siendo agasajados por todos y recibiendo regalos y atenciones extraordinarias. Pero el lujo no les distrajo de su verdadero objetivo: timar a todos los primos posibles. Así que se las ingenieron para fingir que estaban detrás de un negocio multimillonario y se dedicaron a captar inversores entre los más ricos y avaros del reino. Un arzobispo cayó en la trampa, y empeñó varios miles de pesetazas de la época (y de la Iglesia, claro) en complacer al falso príncipe de Wattenberg, que era un tipo divertidísimo y muy ameno.

El falso príncipe y su asistente llegaron a Zaragoza en su peculiar gira, y también aquí engatusaron a todo quisqui. Durante un par de años, fueron los reyes del mambo, los protas de las notas de sociedad, el no va más del glamour. Hasta que un descuido les hizo caer y tuvieron que salir de najas, sujetándose el falso bigote. Desde entonces, el falso príncipe de Wattenberg alternó periodos de prisión con fugas e imposturas varias, hasta que el dueño de una pensión de Zaragoza le denunció por impago y fue a dar con sus huesos en la cárcel por veinte años. Escribió unas memorias cínicas e, incluso en la cárcel, era objeto de reportajes y entrevistas con las que se ganaba la simpatía del vulgo, que le trataba de héroe pícaro.

Estoy rescatando la historia del falso príncipe de Wattenberg, y espero una excusa para escribirla en condiciones. Es más, me gustaría contactar con algún descendiente suyo, que sé que los tuvo. A ver si hay suerte.

PS: En este empacho de prensa de principios de siglo que me estoy llevando, he corroborado una idea que siempre me ha rondado: lo que los jerifaltes de los medios consideran accesorio es donde reside el espíritu de una época. De un periódico antiguo sólo reconocemos las páginas de atrás, los estrenos de cine, el fox trot y el debate sobre la última novedad literaria, pero lo de la primera página amarillea enseguida. Los debates políticos son incomprensibles pocos años después de haberse producido, y las pasiones que despertaron en su momento mueren con mucha rapidez. Sin embargo, lo que se consideró accesorio y segundón sigue ahí de alguna forma. No realmente, pero sí en nuestra memoria, en la imagen que tenemos de una época. Para mí es todo un alivio saber que dentro de un siglo lo que interesará al husmeador de hemerotecas será el reportaje equivalente al del falso príncipe de Wattenberg y que ese husmeador torcerá el morro cuando lea titulares sobre ácido bórico y pensará, como Obelix: "Estaban locos estos romanos".

LOS ALEMANES DEL CAMERÚN

LOS ALEMANES DEL CAMERÚN

Aquí cuelgo el reportaje que he publicado este domingo en Heraldo. Es la primera publicación de una investigación bastante larga, con la que llevo varios meses trabajando. Es un poco extenso, pero a los aragoneses que se pasen por aquí les hará gracia. Varios descendientes de alemanes del Camerún que no pude localizar ya se han puesto en contacto conmigo a raíz de su publicación. La investigación va a seguir, por lo que pido a todos los zaragozanos que tengan familia alemana y sospechen que pueden descender de los alemanes del Camerún, que dejen un comentario o que me escriban a sdelmolino@heraldo.es. También me pueden llamar a la redacción del periódico. El teléfono de centralita es 976 765 000.  

Durante la Primera Guerra Mundial, un grupo de militares y civiles alemanes procedente de Camerún encontró asilo en la capital aragonesa. Muchos de ellos se instalaron definitivamente, convirtiéndose en el germen de una influyente colonia germana

¿Se ha parado a pensar por qué hay en Zaragoza una cadena de tintorerías llamada Tinte de los Alemanes? ¿Se ha preguntado alguna vez cómo es posible que la marca de salchichas Kurtz tenga su origen en la capital aragonesa pese a que el nombre tiene sonoridad germana? Durante alguna visita a Torrero, ¿le ha intrigado ese pequeño aparte rotulado "Deutscher Friedhof" lleno de tumbas antiguas con inscripciones en alemán? ¿Sabía que la cerveza Ámbar debe su receta original a un hombre apellidado Schneider? ¿Y por qué uno de los mejores y más veteranos colegios privados de la ciudad se llama Colegio Alemán? Si tiene edad suficiente, quizá hasta alguna vez poseyó unos guantes de marca Schoeman fabricados en Zaragoza o degustó el azúcar de la Azucarera Zaragozana, que se producía siguiendo los métodos de un ingeniero alemán.

Si nunca ha reparado en estas cuestiones, quizá acabe de darse cuenta, con cierta sorpresa, de que la influencia germana sobre el paisaje y el paisanaje zaragozanos es considerable y afecta a multitud de detalles de la vida cotidiana. La colonia alemana en la capital aragonesa ha sido poderosa y ha dejado una gran huella en la ciudad a lo largo del siglo XX. Pero mucho más sorprendente que esta constatación es el desconocido germen de esa colonia, que debe mucho a un grupo conocido a principios del siglo pasado como "los alemanes del Camerún".

Hay que remontarse a la primavera de 1916, en plena Primera Guerra Mundial. Camerún era entonces un territorio bajo dominio germano, una de las muchas colonias que Alemania tenía en África. Entre marzo y abril de ese año, en el curso de una victoriosa ofensiva, los ejércitos francés y británico conquistaron todo Camerún y obligaron a varios miles de alemanes residentes allí a buscar refugio en la Guinea Española (hoy, Guinea Ecuatorial).

Apelando al estatuto de neutralidad de España, pidieron asilo al Gobierno de Madrid, que se lo concedió a finales de abril. Así, la primera semana de mayo, desembarcaron en Cádiz un par de miles de refugiados germanos, tanto militares como civiles, que se repartieron por varias ciudades del país. En una primera fase, 347 de ellos escogieron Zaragoza como punto de destino. La noche del 5 de mayo de 1916 llegaron a la capital aragonesa en un tren especial, causando un gran revuelo en las calles y convirtiéndose de inmediato en la comidilla de todas las tertulias.

En principio, estos 347 alemanes sólo iban a permanecer en la ciudad el tiempo que durase la guerra. Sin embargo, al quedar su país derrotado y sumido en la ruina, muchos de ellos se negaron a regresar a Alemania. Además, para entonces algunos ya se habían casado con mujeres aragonesas y habían echado raíces. Estos populares alemanes del Camerún crearon así la base y la infraestructura necesarias para el desarrollo y la perpetuación de una colonia germana firme y arraigada en la ciudad, con múltiples intereses industriales y financieros. Aunque, actualmente, sólo los más viejos de sus miembros recuerdan muy vagamente la peripecia aventurera de estos pioneros.

De hecho, este episodio es tan desconocido que apenas hay referencias escritas sobre los alemanes del Camerún. Un par de párrafos aislados en algunos libros de historia local, parte de una tesis doctoral presentada hace décadas en la Universidad de Zaragoza y una muy digna mención en la famosa novela de Ramón J. Sender "La Quinta Julieta" resumen prácticamente todo lo que se ha publicado sobre ellos en Aragón. Y eso, teniendo en cuenta que es muy probable que fueran los culpables de la popularización en Zaragoza de un nuevo deporte que, hasta su llegada, era minoritario y elitista: el "football", que practicaban con pasión, llegando a construir para ello un campo en la calle Bilbao.

El barón

Este desconocimiento ha dejado inédita hasta hoy, entre otras, la peripecia vital del barón Gerhard Von Wichmann, valeroso teniente-coronel poseedor de la Cruz de Hierro (máxima distinción militar alemana) por su actuación en la Primera Guerra Mundial. Refinado, melómano y culto, además de un exquisito gourmet y cocinero, cautivó a quienes le conocieron y animó con su charla y su aristocrático y sutil sentido del humor la vida social zaragozana de los años 20, 30 y 40, una época marcada por dos guerras -la española y la segunda mundial- de las que, por edad, quedó al margen. Él es uno de los poquísimos alemanes del Camerún cuyo rastro se puede seguir hoy con cierto rigor. Cuando recaló en Zaragoza en compañía de sus otros 346 compatriotas, al barón Von Wichmann ya sólo le quedaba, como eco de la pasada gloria de su familia, un título aristocrático y un puñado de recuerdos de sus años africanos. Ya no tenía ni posesiones ni fortuna, sino sólo un extraordinario don de gentes que le permitió enamorar y enamorarse de una bella joven de Ejea de los Caballeros llamada Carmen de Miguel y Ventura.

De su matrimonio con ella, celebrado en 1921, nacieron seis hijos, dos varones y cuatro mujeres, de los cuales hoy sólo viven tres hijas, y solamente una de ellas, Elisabeth, de 80 años de edad, sigue residiendo en Zaragoza, acompañada por decenas de fotos y recuerdos de su padre, de entre los que destaca un mapa del Camerún colonial impreso en Berlín en 1910, donde el barón marcó con pluma los lugares en los que estuvo destinado.

"Recuerdo que, de niños, nos encantaba la colección de flechas que todavía se conserva en la casa familiar de Ejea -rememora Enrique de la Figuera Von Wichmann, uno de los nietos del barón, que es médico de atención primaria en un centro de salud de Zaragoza-. Para que los nietos no jugáramos con ellas, nos decía que eran de los nativos y que tenían la punta envenenada". Pieles de leopardo, armas nativas, trofeos de caza y grandes panoplias componían el grueso del legado africano del barón, del que siempre se sintió orgulloso.

"¡Ah, las fiestas en la casa del barón, qué recuerdos!", dice Juan Kurtz, que evoca con emoción las veladas pasadas junto a las hijas de Von Wichmann -"que eran altísimas"- en su domicilio de la calle Ponzano. Juan es uno de los hijos de Alfonso Kurtz, un alemán que se instaló en Zaragoza durante la Guerra Civil y trabó una intensa relación con sus compatriotas procedentes de Camerún, que ya llevaban 20 años residiendo en Zaragoza. Kurtz, charcutero de profesión, hizo fortuna en la capital aragonesa con su fábrica de salchichas, que llegó a emplear a 255 obreros y, durante muchos años, hizo famosa a la ciudad por elaborar unas salchichas que competían sin rubor con las fabricadas en la misma Alemania.

Relevo generacional

Alfonso Kurtz protagonizó el relevo generacional de la colonia alemana, que cuando él llegó se había asentado firmemente en la ciudad. Entonces, gracias al trabajo de los alemanes del Camerún ya funcionaba el primer Colegio Alemán, el primer centro bilingüe que se creó en Aragón, con sede en la calle Cervantes; la Casa de los Alemanes, en Moncasi, actuaba como un dinámico centro de reunión de la colonia; se habían fundado algunas empresas, como el Tinte de los Alemanes, y algunos otros habían emprendido pequeños negocios, como el fotógrafo Carlos Skogler que, en los años 20, abrió un estudio en el Coso. Por último, se habían iniciado los trámites para crear un cementerio para alemanes, dividido en dos mitades, una católica y otra, protestante.

Pero todo eso sucedía en los años 30 y, pese a que la colonia prosperaba bien integrada en la ciudad, no podían sustraerse a la deriva de su país, gobernado desde 1933 por Adolf Hitler. Una parte de la colonia, de origen militar y autoritario, simpatizaba abiertamente con los nazis, y su ideología impregnó buena parte de la infraestructura social y empresarial creada por ellos. No era el caso ni de Von Wichmann ni de Kurtz, pero sí el del cónsul de la época, que cuidó demasiado diligentemente de los intereses del Tercer Reich en la capital aragonesa. Entre otras cosas, "nazificó" el Colegio Alemán.

Tanto la Guerra Civil como la Segunda Guerra Mundial fueron tiempos duros para la colonia alemana -y para todos los españoles y europeos, obviamente-. El cónsul no sólo se preocupó por crear una sección de las Juventudes Hitlerianas en el Colegio Alemán, sino que se empeñó en que todos los hombres menores de 50 años marcharan al frente cumpliendo el mandato del Tercer Reich. Alfonso Kurtz, con varios hijos y un negocio que atender, tuvo que ir a la guerra. No así Von Wichmann, que pese a ser oficial del Ejército, se encontraba ya en la reserva a la altura del año 1939. Ni el mismísimo director del colegio se libró de vestir el uniforme nazi y enrolarse en una compañía.

Como consecuencia de la guerra, el Colegio Alemán cerró sus puertas y sólo volvió a abrirlas, ya en su ubicación actual de la urbanización Torres de San Lamberto, en 1956. El empeño de los Kurtz, los Schneider (de La Zaragozana), los Schoeman y otras familias vinculadas a la industria zaragozana reflotó el viejo proyecto, debidamente purgado -como el resto de la colonia- de elementos nazis.

Esa fecha (1956) puede considerarse la inaugyral de la moderna colonia alemana de Zaragoza, heredera de la que empezaron los alemanes del Camerún que, a la vista de los últimos datos, tuvo mucha prisa por instalarse en la ciudad, como si hubieran rehusado de antemano a ser repatriados. Anneliese Wingenbach, delegada del Instituto Goethe en Aragón y residente en Zaragoza desde los años 60, ha estudiado la historia del Colegio Alemán y ha encontrado indicios que sitúan sus orígenes en 1917 o 1918, una fecha bastante más temprana de la que se manejaba hasta hoy y que indicaría que los alemanes del Camerún, al año de llegar a Zaragoza, ya preveían una estancia larga.

En esos años existía ya un "kindergarten" (jardín de infancia) en la calle Cervantes, junto al paseo de Sagasta, que sería el germen de la futura escuela. Buscando en el archivo municipal, la profesora Wingenbach ha descubierto que, entre 1918 y 1919, en el tramo final de la calle, que da al río Huerva, residían al menos seis familias alemanas, una de ellas encabezada por un prusiano llamado Carl Tiede que tenía un criado negro de 17 años procedente de Camerún. Este hallazgo permite deducir que la mencionada calle era algo así como la "Pequeña Alemania" de Zaragoza, y probablemente en ella habría comercios y servicios germanos. De hecho, una de las tiendas de El Tinte de los Alemanes está situada en Sagasta, a la altura de Cervantes.

En el descuidado cementerio alemán de Torrero hay tres tumbas de tres alemanes que fallecieron los días 15, 23 y 30 de mayo de 1916, muy poco después de llegar a Zaragoza. Eran dos militares, el sargento Alexander Torgany y el subteniente Wilhelm Albat, y un civil, el comerciante austriaco Josef Wenig. Probablemente pertenecieran al grupo que llegó con heridas o enfermo y fue ingresado en el hospital, pero no deja de ser curioso que Ramón J. Sender, en "La Quinta Julieta", hable de un alemán del Camerún que murió en el bar Los Espumosos cuando una camarera le golpeó en la cabeza con un sifón porque, al parecer, se había propasado por ella. Podría tratarse de Josef Wenig o podría ser una leyenda urbana que corrió con la ciudad aquellos días. En este asunto, realidad y mito, todavía hoy, se confunden con demasiada facilidad.

Foto: el barón Von Wichmann, en 1940.

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SUPERMAÑO EN 3D

SUPERMAÑO EN 3D

¡Tiembla, Walt Disney! Las nuevas tecnologías han entrado en el mundo de Alberto Calvo, el inigualable autor de Supermaño, tan simbiotizado con su personaje que hace tiempo que todo el mundo le conoce por su nombre. "Ha llamado Supermaño", "Supermaño ha dejado unos dibujos", "Por ahí va Supermaño"... Frases habituales en mi día a día. Y, sin embargo, siempre que las oigo me imagino a su personajillo correteando con su garrote por el centro de la ciudad, en lugar del Alberto Calvo de carne y hueso. Cuando, dentro de cien años, a los historiadores y literatos les dé por interesarse por la cultura de la Zaragoza extraña y enloquecida de hoy, acogedora y desquiciante al tiempo, no se podrá obviar a Calvo ni los bares que ha empapelado con sus obras (es un estajanovista del dibujo, la pintura y el cómic: compadezco al desgraciado que, llegado el caso, se dedique a recopilar sus creaciones).

Me dijo una vez que quería darle otro aire a Supermaño, o incluso cargárselo. Supermaño tiene más de 20 añitos, y el Aragón que lo inspiró es ya sólo un eco de alguna vieja jota que ya nadie canta. Hay ahora una Zaragoza urbana e inquieta, con un par de generaciones que desconocen los rigores de la era y de la casa de adobe y a los que los tópicos del botijo y de la faja resultan tan extraños como un expediente X. Ya no nos encontramos con "supermaños" por la calle, y hasta el propio nacionalismo aragonés se vuelve urbano y juvenil, renegando de jotas rancias. Vamos, que Supermaño ya no recoge el volkgeist de Aragón y Alberto lo mantiene por cariño y porque a muchos nos sigue haciendo mucha gracia. Pero había que modernizarlo, y aquí os ofrezco, en primicia mundial y con la debida autorización de su autor, el nuevo Supermaño del siglo XXI, en tres de. Una versión mejorada de esto aparecerá el domingo en Cualo!, la página de cómic con la que Alberto ennoblece el suplemento de Heraldo donde envejezco laboralmente.

Una amiga que entiende de estas cosas informáticas se ha quedado sorprendida de que Alberto haya aprendido a dibujar en 3D él solo y en tan poco tiempo, pero los autodidactas y los genios son así: cuando se ponen, se ponen. Alberto tiene experiencia en animación cinematográfica, y yo veo esto como el germen de un futuro videojuego de Supermaño. Lo voy dejando caer, por si cuela y se atreve a recoger el guante, porque a este moñaco sólo le falta hablar y liarse a garrotazos.

ECOS DE PUERTO URRACO

ECOS DE PUERTO URRACO

Creo que fue la última y más brutal expresión de esa España negra que ya sólo asoma cuando un individuo con aliento de cazalla arroja por el balcón a su aterrorizada esclava. Fue la última tragedia capaz de recorrernos el espinazo al recordarnos que el país en el que vivíamos no era el de la estatua del Jardín Botánico de Radio Futura, ni el de la distendida tele de Pilar Miró con los veinte kilos de teta de Sabrina alegrando la Nochevieja, ni el de los alegres pícaros sabinianos de Bajarse al moro o de La corte del faraón. No. Fuera de la ciudad, fuera de los neones y del asfalto que tan cruelmente se pintaba en versos facilones, los ecos de Las Hurdes, tierra sin pan palpitaban frescos y amenazantes. De repente, un nombre, Puerto Urraco, sacó por unos días a España de su idilio europeo. De repente, Los Santos Inocentes, Las ratas, La familia de Pascual Duarte. De repente, Goya. De repente, siglos de hambre y Torquemadas.

Hoy ha muerto uno de los hermanos Izquierdo. Ha muerto en la cárcel, claro, y a mí me ha venido a la memoria la imagen de esas dos hermanas enlutadas hablando con fingida angustia en el compartimento de un tren. Hasta la RENFE pareció retroceder décadas. España, obsesionada por la carrera al galope que le llevaba al mágico 1992, con la Expo y las olimpiadas milagrosas, que ratificarían para siempre el europeísmo hispano, se hundió en la más negras pesadillas de Buñuel.

Hoy ha muerto uno de los hermanos Izquierdo, y yo he vuelto a recordar ese crimen, el de Puerto Urraco, sin creérmelo todavía. Sigo sin creérmelo. Aquello sólo pudo deberse a la imaginación de un guionista emborrachado de Delibes. ¿Dónde estaba Paco Rabal con su milana bonita? ¿Dónde estaba el señorito Juan Diego? ¿Acaso contrataron a actores de segunda para interpretar el drama? No, es que no eran actores. Es que aquello ocurrió de verdad. Nueve muertos a escopetazo limpio una tarde extremeña de agosto de 1990. La paranoia, el encierro, el atraso. Ni el más sórdido drama sureño de endogamia y deformidades puede igualarlo. Es tan incomprensible, que todos los intentos por llevarlo al terreno narrativo han sido un fracaso bien sonado.

Hoy ha muerto uno de los hermanos Izquierdo, y yo no me quito de la cabeza a esas dos hermanas brujas, malvadas, ignorantes y beatas manipulando con salmodias atávicas las mentes cerriles y zopencas de sus hermanos. Hasta que lograron su propósito y, llenos de odio, salieron a exterminar el pueblo entero, que tomaba la fresca con cerezas y vino.

Hoy ha muerto uno de los hermanos Izquierdo. El domingo murió Pinochet. Quiero creer que los jirones de un mundo invivible se están yendo por el sumidero sin que nadie lo lamente. Pero no tengo la voluntad necesaria para ejercitar el optimismo.

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