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El Blog de Sergio del Molino

Televisión

EL GRANDÍSIMO SETH MACFARLANE

Los Simpson cumplen ahora veinte años. Hace por lo menos diez que dejaron de interesarme, hace mucho que se me hicieron pesados, facilones y viejunos. Pero no por ello dejo de reconocer su grandeza, su condición de monumento televisivo, emblema cultural e icono generacional. Son unas de las grandes creaciones de la cultura popular, pero para mí murieron hace mucho. Como todo mito, ha generado esporas, imitaciones y vástagos más o menos afortunados. A Los Simpson debemos muchas cosas, no todas buenas, y la más grande es la eclosión de ese duende vitriólico, más corrosivo que el ácido sulfúrico, llamado Seth MacFarlane, padre de Padre de Familia, imitación de Los Simpson que ha superado con mucho al modelo que plagiaba, rebasándole en genialidad, agilidad, mala uva y profundidad. Y en escatología, por supuesto.

Ahora, Seth MacFarlane se ha metido en YouTube y produce unos brevísimos cartoons semanales que le patrocinan empresazas como Burger King y cadenas hoteleras. Todo lo que toca es oro, así que se lo rifan. Son piezas geniales, con la mala uva condensadísima. Aquí os pongo una pequeña muestra: Bob Dylan, Tom Waits y Popeye en un backstage; Ted Nugent, rudo rockero facha y amante de los rifles, siendo visitado por el fantasma de las navidades pasadas; una rana que parece encantada (pero no por sortilegio), y una escenificación de un chiste que empieza "entra un caballo en un bar y el camarero dice: ’Vaya cara más larga".

Están en inglés sin subtitular ni nada, pero seguro que todos habéis cursado el inglés en mil palabras y no tenéis problema alguno en entenderlo. Poned oído, que son tronchantes.

LA O CON UN CANUTO

LA O CON UN CANUTO

La crisis económica no ha traído una revolución con profusión de sangre, con guillotinas eléctricas funcionando a toda máquina en la Puerta del Sol (era el sueño húmedo de Valle-Inclán, cuando no le daba por cabalgar en pos del legítimo rey Don Carlos). Los rascacielos de la Castellana Bis de Florentino tampoco han sido asaltados, incendiados y reducidos a escombros. Y sobre esas brasas humeantes no se ha asado, cortados en chuletillas, a los banqueros y ladrilleros que se lo han llevado crudo todos estos años.

No, la gente se ha ido al paro ordenadamente y sin molestar. Era previsible, hace tiempo que desistimos de asaltar el Palacio de Invierno, pero hay recochineos que se salen de madre.

Ayer vi la última apuesta de esa cadena buenrollera y tan supuestamente izquierdosa que dice ser La Sexta. Se llama El aprendiz y es la adaptación de un reality americano (of course, en España no hay un solo programa original) que al otro lado del charco apadrinaba Donald Trump y aquí un tal Lluís Bassat.

Igualico, vamos. Mientras que Trump es casi un personaje de cómic, un icono -risible y caricaturesco, claro, y precisamente por eso más icónico todavía-, Lluís Bassat es un señor que a duras penas conocen los alumnos de las escuelas de marketing y de publicidad que no se pasan las clases jugando al mus en la cafetería.

Pero, claro, en España, el equivalente más próximo a Donald Trump era Jesús Gil, que sólo presentaba programas montado en Ponderoso o con dos chatis en un jacuzzi.

Dejémoslo pasar: Bassat tiene menos carisma que tu profesor de matemáticas de segundo de BUP, pero a los tontacos pijines que han hecho un MBA en Georgetown seguro que les pone palote la perspectiva de encontrarse con este señor. Supongo que querrán ser como él de mayores.

Hay más diferencias con la versión americana del reality: en Estados Unidos empezó a emitirse antes de que estallase la crisis. Estaba en sintonía con unos tiempos en los que cualquier licenciado en empresariales acumulaba millones de dólares cada mañana comprando y vendiendo acciones falsas de Madoff. Pero, entre el estreno de aquel programa y el de El aprendiz se ha hundido el sistema financiero que el programa glorificaba, millones de personas se han visto en la puta calle y miles de empresas se han ido al garete. Y se ha derrumbado precisamente por el dominio de personajillos de esa calaña, de tiburones empresariales que, tras la tormenta, han mostrado su verdadera faz de chanquetes hipertrofiados.

Pues en La Sexta, en vez de instarles a agradecer que el pueblo al que han dejado en bragas no les haya guillotinado en masa y esparcido sus higadillos en un foso lleno de hienas, vienen encima con recochineo. A buenas horas, mangas verdes. Emprendedores, dicen.

El programa no ha tenido audiencia. Lógicamente: en las otras cadenas estaba Belén Esteban. Y, francamente, para ver a unos niñatos con la estupidez subida y satisfecha hablando de cash flow y de beneficio neto antes de impuestos, yo también me paso a la Esteban. Y al arsénico también.

Y eso que he de reconocer que, como programa de humor, tenía un punto. En el que vi, la prueba consistía en vender aceitunas y encurtidos en un mercadillo. Les dieron material por valor de 700 euros y tenían que obtener el mayor beneficio posible.

Madre mía, la que liaron.

Era reconfortante ver a una cuadrilla de pijos con veinte masters del universo y expertos en no sé cuántas cosas que terminan en -ing intentar hacer una cosa que el gitanillo menos espabilao hace a diario sin despeinarse.

Con 700 euros de encurtidos, el Charly y el Jonatan -los gitanillos del rastro aludidos- se sacan, tirando por lo bajo, 2.000 euracos. Y, además, mientras colocan la mercancía, mangan siete relojes y diez carteras a sus clientes, que se van satisfechísimos y pensando que el Charly y el Jonatan son la mar de majos y que hay que volver a comprarles aceitunas el próximo día de rastro.

Pues estos troncos no supieron sacar más de 90 euros de beneficio después de tirarse una mañana planificando estrategias de venta y calculando márgenes de beneficios. Uno que, al parecer, era "experto en cálculo", vendió las aceitunas por debajo del precio de coste, porque después de tres horas haciendo cuentas en un cuaderno y calculando porcentajes de margen de beneficio, resultó que el tío no sabía sumar ni restar. A las tipas se les cayó al suelo un bote entero de manzanilla -y no las vimos recogerlas: dejaron la calle hecha un asco-. Qué maligno gusto daba verles incapaces de atarse los zapatos.

Pero es un confort momentáneo, porque luego te paras a pensar que tipos así son los que dirigen la mayoría de las empresas. Y por tiparracos como esos se va la gente honrada y currela a la calle, mientras ellos se quedan tan panchos en su traje de Armani, mirando el horizonte con cara ovina y perorando sobre sinergias e implementaciones, satisfechos de su cultivadísima ignorancia (porque hay que esforzarse mucho para ser tan tonto).

Yo, como retrato de estos neoyuppies, me sigo quedando con American Psycho (en la foto). Por lo menos, allí se decían frases con sentido, como: "Sé que mi comportamiento de homicida masivo es completamente inaceptable, pero no encuentro otra forma de realizarme".

EL FATUM

El tema principal y casi único de The Wire es, por supuesto, el fatum. Que no es un oscense de tiempos romanos*, sino el destino, aquello contra lo que no se puede luchar.

En el esquema clásico de las tragedias grecorromanas, el héroe se rebela contra su destino. Por lo general, sin éxito, llevándose muchos disgustos y cabreos por el camino. Porque contra el fatum, amigos, ni siquiera los dioses pueden hacer nada. Su personificación son las Parcas, que tampoco son zamarras del H&M, sino seres que dan mucho miedito y carecen de piedad. Como Jorge Javier Vázquez, pero a lo bestia.

En The Wire, como en toda tragedia, hay personajes que asumen el fatum y otros que no. Estos son los llamados héroes. La genialidad de la novela negra es que introdujo un sutil cambio en la actitud del héroe, dotándole de ambigüedad: empieza el relato cínicamente, plegándose al fatum, pero, por lo bajini, barrunta rebelarse sin que el resto de los personajes se den cuenta de la rebelión, hasta que esta estalla en un único y sonado gesto que coincide con el clímax de la obra.

Los cristianos, mucho más mojigatos que los griegos y los romanos, llamaban a esto -a cuando Edipo se arranca los ojos- redención.

The Wire coge estos elementos de la tragedia clásica, combinados con las aportaciones de los maestros del género negro del siglo XX, y crea una obra genial sobre el fatum y su triste e irrevocable inevitabilidad. Los pesimistas creemos que es inútil oponerse al fatum, porque suele hacer de su capa un sayo, pero cuando un pesimista se rebela, pese a saber de antemano que está condenado a perder, se reviste de una dignidad esperanzadora que ilumina al público y aspira a hacernos mejores humanos. Nos indican, por si no lo teníamos claro, que no importa el resultado, importa el cómo.

Como casi todo en la vida: es una cuestión de saber estar. Es algo que no se aprende en las escuelas de negocios ni en tu casa. Lo aprendes cuando te toca, generalmente en un día gris, cuando la mierda te empieza a subir por encima del cuello.

Leonard Cohen resumió el temblor del héroe a punto de desafiar a su fatum en dos bellos versos de First We Take Manhattan:

You loved me as a loser,
but now you’re worried that I just might win.

Es decir, que me amaste como un perdedor, pero ahora, bellaca, estás jodida porque ves que podría llegar a ganar.

De eso va The Wire. Por eso me gusta.

*Para los que nos sintonizan desde fuera de Aragón: fato es el calificativo despectivo que recibe alguien de Huesca, fundamentalmente de la capital de la provincia.

ENGANCHADO A BALTIMORE

ENGANCHADO A BALTIMORE

Sé que no descubro nada, que llego tardísimo, que todo el mundo lo sabe ya, pero como tampoco tengo vocación de coolhunter, me la pela. No sé por qué he tardado tantísimo en empezar a gozar de ella, pero ahora que lo he hecho confirmo todos y cada uno de los elogios que se le han hecho: The Wire es cojonuda.

Perdón, lo expresaré en términos académicos, críticos y poéticos: es la repolla en vinagre, la puta ama. No es que sea buena, es que se sale de los márgenes de medición. Es una fucking obra de arte, un relato a la altura de las mejores novelas de Dostoyevski, Tolstoi, Galdós, Flaubert, Hugo y Dickens juntos.

Con The Wire, han recuperado el relato totalizador, ese tan denostado por la posmodernidad, ese realismo tan demodé para los más listos de la clase. Sus creadores no sólo cuentan bien una historia coral, sino que van hasta el fondo, perfilando un retrato de la sociedad actual en el que todos podemos reconocernos. Como quisieron Hammett, Carver y los grandes de lo negro negrísimo.

No explicaré de qué va la vaina, pues todo el mundo estará enterado ya: The Wire (en argot policial, algo así como "el pinchazo") cuenta varios casos -uno por temporada- en los que se involucra un grupo de maderos de Baltimore, ciudad podrida, medio muerta y machacada por una severísima reconversión industrial. Los casos se investigan mediante escuchas telefónicas y micros ocultos, y así, la serie ofrece también el otro punto de vista, el de los malos malotes, con sus movidas y trapicheos.

Y claro, resulta que los malos a veces son malos porque no les queda más remedio que serlo, porque si se les ocurre ser buenos, les pegan un tiro.

Y también resulta que los maderos son unos hijos de puta, que se putean entre sí para salvarse el culo.

Y resulta también que, cuando tiran del hilo de las escuchas, asoma la patita la corrupción política, y acaba resultando que la mierda llega a todas las instancias y niveles, y nadie parece interesado en limpiarla, y ya nadie sabe quiénes son los indios y quiénes los vaqueros.

Género negro del bueno, del que pretende reflexionar -en tono chungo y pesimista- sobre qué coño estamos haciendo en este mundo y cómo el egoísmo de unos pocos que mandan mucho puede arrastrar a la inmundicia a la gran mayoría que sólo puede asentir o echarse a un lado.

Me encanta todo de la serie, pero muy en especial su tono y su ritmo. Los actores están muy bien, pero me da la sensación de que están mejor dirigidos que actuados. No hay nada dejado a la improvisación en la narración: todo encaja, todo es significativo, no hay tiempos muertos ni pausas dramáticas. Sus creadores han asimilado bien una vieja lección que sólo los grandes saben aplicar: la muerte y la desesperación no precisan de énfasis ni de subrayados. En las tragedias se impone el tono neutro y el estilo directo.

Pero esa fotografía... Esa forma de acariciar los ambientes urbanos ruinosos, las naves industriales del puerto hechas pedazos, esa arquitectura industrial herrumbrosa y marchita... Qué poesía, qué maravilla, qué hondura y qué delicadeza. Es un trabajo de maestros. Una obra de arte.

Estoy enganchado. Que digo enganchado, enganchadísimo.

Nota saliente para desprejuiciados: la mejor combinación para The Wire, aparte de unos shots de bourbon, es cualquier videojuego de la saga GTA. Tienen la misma pretensión puntillosamente realista y la misma querencia por la mugre.

Foto: sí, son los maderos. El segundo por la derecha en la segunda fila es el detective James MacNulty, un antihéroe bogartiano y atormentado con un papel muy bien escrito y mejor interpretado.

UNITED STATES OF TARA

UNITED STATES OF TARA

No he visto Juno, la primera (y oscarizada, que se suele decir) peli de Diablo Cody como guionista, pero sí que me he tragado la primera temporada de United States of Tara, que produce y escribe (produce ejecutivamente, pues los millones para pagarla los ha puesto Steven Spielberg) y puedo quitarme el sombrero ante ella. Y ante Spielberg, que demuestra tener muy buen gusto para invertir sus ahorrillos.

United States of Tara tiene muchas virtudes, y la mayor de ellas no es la actuación de Tony Colette -a cuya gloria actoral se consagra-. Creo que en España no la echan en abierto, sólo en Paramount Comedy, pero ahí tenéis la Mula, mientras Teddy Bautista no nos fulmine con su rayo exterminador. Eso sí, por favor os lo pido: en versión original subtitulada. El doblaje le hace un daño terrible a esta serie, destroza por completo el trabajo interpretativo de Tony Colette, que realmente es soberbio.

Recapitulo brevemente para despistados: United States of Tara va sobre una madre de familia (Tara) que sufre un trastorno de personalidad múltiple. En el momento menos esperado, se transforma en cualquiera de las tres personalidades que habitan en ella: un ama de casa de los años cincuenta, un camionero machista y camorrero y una adolescente salida.

Sí, yo también torcí el morro cuando leí el planteamiento. Pensé que estaba ante una porquería incomible, a la altura de Salvados por la campana o Mis padres son marcianos. Pero no. Es una gran serie dramática que no trata sobre la personalidad múltiple, sino sobre la vida y sus miserias, en la línea cuasicostumbrista de la gran tradición novelística americana que escarba con crueldad en el cruel y cínico mundo de los suburbios de casitas con jardín.

Tony Colette es la gran estrella sobre la que descansa casi todo el peso de la acción, pero los demás actores no se quedan mancos. El marido es mi querido John Corbett, el viejo locutor de la K-Oso de Cicely en Doctor en Alaska. Han pasado los años, y ha vendido la moto, se ha casado (la boda la vimos todos en Mi gran boda griega, ¿os acordáis?) y ha sentado la cabeza, con un buen trabajito y una casa en las afueras. También ha ganado unos kilos. Ya no es el outsider empapabragas que vivía en una caravana junto a un río, pero ha madurado con dignidad. También como actor: está soberbio en su papel de padre y marido enrollado, aunque siempre firme.

Los dos hijos están muy bien también, especialmente él, interpretado por un jovencísimo talento llamado Keir Gilchrist, que interpreta a un adolescente gay sin ningún exceso, con mucha maestría. Si le pulen bien, este chico está llamado a hacer grandes cosas en el cine.

La hermana de Tara la interpreta Rosemarie DeWitt, una segundona de las series de última hornada (salió en los primeros capítulos de Mad Men) que a mí, personalmente, me pone mucho. Es la tía enrollada y desquiciada, y también está muy bien en su papel. Todos habríamos querido tener una tía como ella.

Con estos mimbres, Diablo Cody ha ideado un relato estupendo. Nada deslumbrante, muy contenido, pero profundo, verosímil, emocionante y muy bien contado, con ritmo y tono adecuados. Es un relato que va sobre lo difícil que es quererse y lo gratificante que es amar (ojo, amar, no ser amado, que es muy distinto) cuando la vida te lo pone difícil. Es una historia sobre aceptación y apoyo, sobre gente maja y honesta que trata de hacer la vida más agradable y cómoda a quien quiere y tiene al lado.

Por supuesto, se hacen daño. Mucho daño. Y la historia, a diferencia de lo que sucede en otras series -donde, al final de cada capítulo, todo vuelve a su sitio- parece despeñarse sin remedio. Parece que se hunde día a día en las negruras de una situación imposible, que rompería los nervios de cualquiera. No hay moraleja ni imperativos éticos, sólo fuerza de voluntad. Siguen ahí porque se quieren, nada más. Y ese es el punto fuerte de la serie.

Además, los capítulos duran muy poco, media horita de nada, algo muy de agradecer. La concisión narrativa siempre es una muestra de respeto al espectador-lector, y hay que aplaudir a quien te trata con esa consideración.

FRASES DE JACK DONAGHY

FRASES DE JACK DONAGHY

Alec Baldwin estaba muerto, pero llegó Tina Fey y le resucitó. Y el tío se elevó cual Ave Fénix de la televisión para mayor gloria de la serie 30 Rock, de la que ya he hablado alguna vez aquí.

En 30 Rock, Baldwin es Jack Donaghy, el ejecutivo republicano de la NBC que aspira a presidir General Electric. Los guionistas le regalan tres o cuatro perlas salvajemente machistas y cínicas en cada capítulo, y él sabe hacerlas brillar. Pequeños ejemplos:

Jack (a Liz Lemon): Estoy orgulloso, serías un estupendo hombre de negocios.
Liz: Mujer de negocios.
Jack: No creo que eso exista.

Tengo 50 años, que son como unos 30 de mujer.

No, Kenneth, tú no eres un hombre blanco: sociológicamente, eres una prostituta vietnamita.

Las mujeres neuróticas son... son estupendas en la cama. El desprecio que sienten por sí mismas les lleva a hacer cosas que...

El detective: Tiene que borrarse de ese club exclusivo de blancos.
Jack: No es exclusivo de blancos, Johnny Carlos tiene rasgos étnicos.
El detective: Ese no cuenta, Jack, es el rey de España.

LA SERIE DE LOS HAS BEEN

LA SERIE DE LOS HAS BEEN

En Hollywood, los has been (literalmente, los ha sido) son los trastos viejos, los actores que marcaron una época pero que ahora se tuestan al sol rememorando anécdotas y dándole la brasa al enfermero del asilo. Creo que Billy Wilder, según contaba su amigo de última hora Fernando Trueba, quería hacer una peli sobre un asilo de has been, que vendría a ser un cruce entre La extraña pareja y Sunset Boulevard. Se retiró antes, se convirtió él mismo en un has been.

Hay una serie ahora, llamada Boston Legal, que además de ser bastante divertida, rescata a tres grandes has been de la televisión: William Shatner, Candice Bergen y John Larroquette (este último, incorporado después, no pertenece al elenco original). Tres actores encasilladísimos y con una carrera más pasada que los turrones en abril. Y ahí están los tres, renacidos de la mano de unos guionistas talentosos, y hasta es posible que superen su encasillamiento y disfruten de un ocaso más que digno.

William Shatner fue el capitán Kirk del USS Enterprise en Star Trek, y en Boston Legal hace, precisamente, de un has been: un abogado tiburón que lo ha ganado todo y que ahora se consume en las fases primeras del Alzheimer. No es un papel trágico, sino cómico, una burla de la decadencia llevada con mucha gracia.

Candice Bergen fue Murphy Brown, y no ha cambiado mucho de registro en Boston Legal. Sigue haciendo de profesional impoluta, aguerrida y devora-hombres. El interés de su personaje es que no asume envejecer, lo lleva fatal, pero su sensatez siempre acaba imponiéndose, su inseguridad nunca degenera en crisis. Una pena.

John Larroquette fue... ¡John Larroquette, tíos! ¡El fiscal de Juzgado de guardia! Uno de los histriones más brutales de la comedia bufa televisiva y el galán catódico más inverosímil. Ha encanecido y ha ganado dignidad. Parece que la serie hace guiños constantes a su pasado de Juzgado de guardia y lo presenta como si aquel personaje hubiera sentado la cabeza en la senectud y aplicara su sabiduría vital a encauzar las desordenadas vidas de sus jóvenes pupilos.

Con estos tres mitos vivientes de la tele, los guionistas explotan un nivel de lectura sutil, sólo para fans muy fans, que resulta de lo más divertido, jugando con los límites entre el actor y el personaje.

En España, esto no se puede hacer, porque los actores se mueren actuando, nunca llegan a ser has been. Además, aquí, hasta el último mono de una sitcom va por la vida con solemnidad de "actor de culto" perdonavidas. Ninguno tiene el sentido del humor necesario para dejar de tomarse en serio y reírse de sí mismo. Estos tres han demostrado tenerlo sobradamente.

Nota de promoción: si no llueve ni nieva ni graniza, a partir de las 12 estaré el 23 de abril en la caseta de Tropo Editores, creo que junto a Carlos Castán (durísima competencia, no me comeré un colín). Por la tarde, a partir de las 17 o de las 18, estaré otro rato por allí. Si os pasáis, traed alcohol para rellenar mi petaca.

SABOR DE SOLEDAD

SABOR DE SOLEDAD

Aunque detesto dar y recibir consejos y recomendaciones, aquí van un par, para predicar con el ejemplo. Una: si no has viajado a Estados Unidos, hazlo cuando tengas oportunidad. Descubrirás un país complejo -y un raro espejo donde los europeos nos miramos- que gana con cada visita, donde los tópicos y sus refutaciones se dan de tortas en cada esquina, donde los prejuicios se confirman y se desmienten de forma cambiante cada cinco minutos. Y dos: cuando lo visitéis, no importa dónde, no os marchéis sin antes dedicarle un rato a uno de los puntales de su cultura popular, la tele. Darse un garbeo por el enmarañado mundo del cable, de la CNN a los canales latinos en español pasando por los delirios locales, puede ser más ilustrativo y ejemplar que una clase sobre antrolpología cultural americana en Harvard.

No soy objetivo. Me encanta la tele. Ya sé que como presunto intelectualillo letraherido debería adoptar una pose altanera, pero es que no me sale llamarla caja tonta. También es cierto que no me trago lo que me echen, que apenas veo la tele en abierto y que en los últimos tiempos veo más televisión en el ordenador, siguiendo mis series favoritas un día después de que las echen en Estados Unidos, que en el aparato del salón. Pero aun siendo un espectador atípico que no termina de encajar en ningún target de los que manejan los anunciantes, hago testimonio público de mi fe catódica.

Y como acto litúrgico de esa fe, acudí en peregrinación a una de las mecas de mi religión: el Rockefeller Center de Nueva York, entre las calles 48 y 51 y la Quinta y Sexta avenidas de Manhattan. Allí, entre otras muchas cosas, tiene su sede la NBC, el canal major que inventó y llevó a la gloria el género de la sitcom (de sus estudios han salido Friends y Seinfeld) y que domina como nadie la comedia urbana, gamberra e irreverente. Allí se hace desde 1975 Saturday Night Live, la mayor cantera de cómicos del país, que empieza siempre con un skech protagonizado por el invitado que se remata con la frase que abre el programa a grito pelado: "Live from New York City, this is Saturday Night!".

Esos tíos dominan como maestros la liturgia del show business. Desde los tiempos de los gladiadores, no se habían visto espectáculos de masas tan prodigiosos e hipnotizantes como los que ha dado la industria televisiva americana. La cosa ha llegado a unos niveles de delirio y sofisticación tales que ahora triunfan por doquier parodias del propio invento. Discursos metatelevisivos, tele dentro de la tele, la tele como tema y objeto. Se lo cuentan a Jacques Derrida y se vuelve a morir del susto.

30 Rock es la sitcom de la NBC que parodia el mundo de la tele. Y no lo hace en un hipotético canal de un hipotético país para evitar herir susceptibilidades. Lo hace ambientando la acción en los mismos estudios de la NBC en Rockefeller Center, contando el día a día del equipo de un late night sospechosamente parecido a Saturday Night Live (de donde procede su artífice, guionista, productora y protagonista: Tina Fey). En España la emiten en La Sexta a las dos de la mañana. Es decir, que para el caso da lo mismo si no la emiten, porque es evidente que no la ve nadie.

En mi peregrinación catódica ritual, recalé (por segunda vez en mi vida, lo mío es de psiquiatra) en la tienda de la NBC, donde se puede encontrar merchandising de lo más ingenioso. No se limitan a vender camisetas y gorras con el logo de las series, sino que se curran unas bromas muy ocurrentes sobre momentos y situaciones que sólo pueden entender los fans. Por supuesto, le di caña a la visa y me llevé unas cuantas para mi colección de camisetas, pero mi favorita es una que reproduce una bolsa de gusanitos mexicanos Sabor de Soledad ("¡Muy crujientes y afectados!"), que hace alusión a una de las bromas más crueles de la serie.

En 30 Rock Tina Fey es Liz Lemon, directora del late night y cómica friki e inadaptada. Tiene 38 años, vive sola en un apartamento de mierda y por su vida van pasando hombres a cual más desastroso y miserable. No lleva nada bien ni envejecer ni su deriva sentimental, y de cuando en cuando le asoman unas ganas de ser madre que no puede satisfacer. Para colmo, tiende a engancharse a la comida basura, y se pasa un capítulo entero comiendo unos gusanitos mexicanos llamados Sabor de Soledad. La cosa coincide con un retraso de su regla, así que se hace una prueba de embarazo que da positivo.

La trama del capítulo muestra cómo crecen las ilusiones de Liz, cómo se imagina ya siendo madre, cómo va a organizar su caótica vida y cómo ve que las cosas empiezan a salirle bien, aunque crea que el padre es un ex noviete gañán del que no termina de despedirse. Pero, al final del capítulo, a Liz le viene la regla. Resulta que los gusanitos mexicanos (llamados, insisto, Sabor de Soledad) están hechos con semen de toro, y en el paquete se especifica que su consumo puede provocar falsos positivos en pruebas de embarazo.

Con su mezcla de humor burdo y cruel y de tragedia sentimental, este episodio me parece más que brillante. Especialmente porque sirve como ejemplo del valor del punto de vista de la narración. La vida de Liz Lemon se cuenta como una comedia, pero bien podría ser un drama. Tina Fey escoge contarla desde el lado cómico. Isabel Coixet, probablemente, le pondría banda sonora de Antony And The Johnsons y subrayaría con largos planos-secuencia la angustia que experimenta Liz Lemon en su acongojado corazón. Y podría hacerlo sin alterar un ápice la trama. Sólo hay que cambiar el punto de vista.

Los dramas o las comedias no están en las historias, sino en la voz de quien las cuenta. Es el narrador quien decide si algo es gracioso o triste, y un mismo episodio puede ser ambas cosas. Se puede jugar también con la ambivalencia, dando más profundidad al relato. Nada es dramático o cómico per se. Depende de nuestra mirada y de nuestra forma de verlo y de volver a construirlo.

Por eso la comedia es más arriesgada y requiere de más inteligencia, talento y técnica: porque estamos  más acostumbrados a dramatizar que a reirnos. Ante una historia como la de Liz Lemon, la mayoría de los narradores escogerían tratarla como una peli de Isabel Coixet. Hay que tenerlos muy bien puestos y tener un sentido narrativo muy desarrollado para escoger el lado ácido y contarla como una comedia. Ojo, digo una comedia, no una caricatura: el personaje de Liz Lemon tiene una talla humana y una fuerza empática innegables. No es un monigote. El narrador no le pierde nunca el respeto, y eso es importante para que el asunto no derive en una farsa.

Por eso me gusta 30 Rock. Y por eso me he comprado la camiseta de Sabor de Soledad.

Otro rato cuento algo más interesante del viaje.

MOULIN AU LAIT CRU

Cenamos unos amigos la otra noche en un restaurante de la Inmortal. Todos periodistas, y pese a ello, con cierta entereza mental. El vino corre, la conversación se anima y alguien suelta:

"¿Vistéis el programa ese de Cuatro de 21 días, lo de la tía que quería ser anoréxica?"

Catacrac. Lluvia de improperios. Se calienta la charla, a ver quién la suelta más gorda. Entre las opiniones (publicables) que recuerdo:

-¿Pero de qué va esta tía y los de Cuatro?

-Estoy hasta las glándulas mamarias de este falso reporterismo-ficción de chichinabo.

-Vale, tía, no comes, ¿y qué?

-¿Alguien sabe de qué iba el programa?

-Pues yo la enviaba a Darfur.

En su primera entrega, cuando se hizo pasar por indigente, pensé que el "experimento" perdía todo su valor desde el momento en el que la tipa llevaba a un cámara y a un técnico a la chepa. Al margen de lo interesante o fatuo que pueda resultar el asunto, está claro que la presunta espontaneidad de los testimonios es más farsa que la farsa monea. ¿O vosotros conocéis a alguien que actúe con naturalidad cuando le enfoca una cámara? Pasa algo parecido con Callejeros, que la gente ya se ha acostumbrado a la fórmula y, en cuanto ven al reportero, actúan al estilo Callejeros.

Pero lo de la anorexia va más allá y se adentra sin rubor en el cenagoso mundo de la vergüenza ajena. Me da pampurrias ver a esa niñita pija diciendo "o sea" y "joder" (o "jopetas", ya no recuerdo) mientras cuenta: "Pues yo es que pensaba que iba a dolerme la tripa, o sea, ¿no? Y, o sea, pues como que no, es más una sensación como de buen rollo, ¿sabes?". Un discurso incisivo, concreto, descriptivo y, a la vez, elegante. ¿Cómo se puede fingir una enfermedad? Que no, tía, que no, que es ridículo.

Meterse en la piel de alguien no es eso. Si quieren que sintamos el drama de la anorexia o de vivir en la calle, el periodismo profesional tiene sobradas herramientas narrativas para transmitirnos las emociones, sentimientos, opiniones y rutinas de las personas que lo sufren. Se llama hacer un reportaje. Y si lo haces bien -y es difícil, ojo, hacen falta talento y oficio, dos cosas que no siempre van unidas-, el espectador empatiza y comprende a los personajes retratados. Desde luego, con quien no empatizo es con una niñata tontita que hace pucheritos mirando a cámara en la versión CEAC de un ejercicio del Actors Studio.

En esas estábamos en la cena, coincidiendo en estos argumentos y entonando un alegato romántico por ese viejo periodismo que usurpan las niñas pijas callejeras, cuando se hizo un breve silencio y nos llegó un ramalazo de la conversación de la mesa de al lado. Decían:

-¿Y vistéis cuando lleva ya tres días sin comer, lo mal que lo pasaba?
-Es que dicen que te puedes volver anoréxica de pasar sólo una semana sin comer.
-Jo, ya, y hay gente que hace páginas web para que haya más anoréxicas, con trucos y eso.
-¡Qué vergüenza!
-A mí, el programa me impactó mucho.
-Muchísimo, fue brutal. Qué bueno. Qué valor el de esta chica.

Nos quedamos callados. De repente, nos sentimos viejos, apesadumbrados y fuera del tiempo. Sentimos que no había lugar para nosotros en la galaxia, que nos habían arrollado para siempre, que no entendíamos una mierda del mundo que nos rodea.

Ya lo saben, amigos, mil millones de moscas no pueden estar equivocadas. Nosotros, desde luego, sí. Dan ganas de hacer mutis y retirarse a un caserío a hacer queso. El otro día vi en la televisión catalana una serie de la BBC titulada El mundo del queso, y creo que no se me daría mal cuajar una buena leche de vaca, diseñar un envoltorio rústico e ir de pueblo en pueblo por el Béarn vendiendo mis Moulin au lait cru (ya tengo el nombre y todo). No lo descarto.

Porque si el futuro es esto, el periodismo que yo hago está acabado:

 

EL ASESINO CATÓDICO

Columna Del revés, publicada hoy en el suplemento MVT de Heraldo.

La peli de la que hablo, como providencialmente ha investigado el detective Rondabandarra (gracias, amigo), existe, no la soñé. Se titula Kamikaze, la dirigió en 1986 Didier Grousset y uno de sus guionistas fue (cágate, lorito) Luc Besson. Así que no iba muy desencaminado en mis delirios (perdonad las erratillas, si las hay, pero es que he tenido que cortipegar desde el PDF y el volcado de texto da errores que hay que corregir a mano. Puede que se me haya pasado alguno).

 

Puede que lo soñara -aunque espero que no, ya que, si así fuera, debería empezar a contarle mis sueños a un buen psicoanalista lacaniano de la línea dura-, porque la he buscado por Internet no he encontrado nada que se le parezca, pero juro o prometo que vi hace años una película espantosa y delirante de un tipoque asesinaba a presentadores de la tele a través de un pistolón de rayos que apuntaba a lapantalla de su televisor. El rayo mortífero hacía el recorrido inverso a la señal catódica hasta llegar a la cámara del plató, salía por el objetivo y dejaba frito al presentador. Tras unas cuantas muertes, las teles dejaron de emitir en directo, y los sagaces investigadores concluyeron que el asesino tenía que ser un sociópata adicto a la tele, que la tuviera encendida incluso aunque no hubiera programación. Así, rastreando a los que ven la tele entre las dos y las cinco de lamadrugada en París -sí, amigos, la película era francesa hasta las cachas: ¡toma excepción cultural y NouvelleVague!- localizaron al criminal. Obviamente, se trataba de un friki gordo y resentido que envidiaba a los guapos y listos que salían por la tele y que se había fabricado un cacharro de rayos para cargárselos. Otro talento que la NASA pasó por alto.

Bien pensado, puede que aquello no fuera un bodrio, sino una sofisticada alegoría de la postmodernidad. De hecho, creo que algún libro de Michel Houellebecq o de Le Clézio o de Amélie Nothomb -o de los tres a la vez- tiene un argumento parecido.

Hoy, en cualquier caso, esta alegoría sería imposible, pues la emisión de las cadenas es contínua las 24 horas, y ese es unode los mayores errores que han cometido los programadores. Porque hoy ya no podríamos localizar al gordo matapresentadores, porque la Familia Real no puede salir despidiendo la emisión con el himno, porque la niña de ‘Poltergeist’ ve anuncios de alargadores de pene en vez de los fantasmas de toda la vida y porque -y los noctámbulos que no madrugan coincidirán conmigo- no, ¡no queremos ver vídeos porno de Lucía Lapiedra en el móvil! Echamos de menos los tiempos en los que la tele descansaba por la noche, cuando el argumento de esa peli todavía era posible. 

 

LA COLITA DEL SEÑOR DALÍ

"Y entonces las suecas cogían al pato, le cortaban el cuello, y la colita del señor Dalí iba al ano del pato".

Entrevistó Buenafuente el otro día a la Señora Ríus, institución burdelera de Barcelona -cuya vida se ha recogido en un libro- que contó este episodio sexual del señor Dalí, que ella presenció cuando era novicia. Yo no conocía esta anécdota. Habrá quien la vea como un acto surrealista y habrá quien diagnostique dos graves desórdenes en la conducta sexual de Dalí: zoofilia y necrofilia. Yo prefiero verlo como un acto precursor de la cocina de Ferran Adrià. El maestro del Bulli iría un paso más allá, embadurnando de nitrógeno líquido pato y pene (o pene y pato, no sabemos qué fue antes de qué) para crear una delicada espuma. El plato se llamaría: suave lecho de canard relleno de colita de Dalí. El precio sería, por supuesto, exorbitado, pero qué quieren: no todos los días se puede comer el miembro de un genio surrealista (salvo si eres bailarina de Pigalle, doctorando en Bellas Artes o crítico de prestigioso suplemento cultural a color, claro).

Y no sigo hablando de comida, que seguro que os entra hambre, como a mí.

Lo que de verdad me mola del tema es la expresión empleada por la Señora Ríus: "la colita del señor Dalí". Encantadora, fantástica. Si fuera poeta, titularía así mi próximo poemario. He leído todo Sade y no he hallado nada igual en sus páginas.

He aquí la parte de la entrevista donde se cuenta la anécdota. Abstenerse canónigos y catequistas:

 

HOSPITALES SIN MÉDICOS

Todos habréis visto ya este vídeo:

 

Y todos sabréis ya que se trata de un montaje, como se cuenta aquí.

El intermedio se la coló a Intereconomía TV. Los de esta tele recibieron por mail el vídeo de Wyoming abroncando a una supuesta becaria y, sin hacer pregunta ni comprobación alguna, lo dieron por bueno y lo emitieron. Además, lo colgaron en YouTube y se convirtió en la comidilla del día.

Nunca más pondré en duda las dotes interpretativas de Wyoming. La bronca era más que verosímil. En mi vida profesional, yo he asistido a broncas de calibre mucho mayor -por fortuna, ninguna dirigida a mí-. He visto salir a gente llorando a moco tendido, a gente destrozada después de haber sido arrollada por una máquina de emitir berridos. Y supongo que vosotros también (espero que desde la barrera abroncada y no abroncadora, no seais cabrones). Así que si hubiera sido una bronca real, no me habría extrañado nada, por más que alguna gente que ha trabajado en el cogollo de Mediapro (propietaria de La Sexta y Público, además de concesionaria de los informativos de la autonómica aragonesa) me haya dicho que Jaume Roures no consentiría jamás algo así, que esas cosas se miran mucho en sus empresas. Incluso aunque amigos y conocidos de Wyoming que no estaban en el ajo hayan publicado en sus blogs que jamás le han visto dar una voz más alta que otra.

Me alegra que la reputación de mi admirado Wyoming no sólo siga intacta, sino que se engrandezca con esta travesura catódica, y con la carcajada todavía resonando en mi caja torácica, me atrevo a lanzar un par de reflexiones a vuelapluma.

Habrá quien interprete este acto de sabotaje a la luz de la Internet 2.0, de las nuevas formas de comunicación que se van imponiendo. Y sí, tienen razón: pone de manifiesto la brecha entre quienes saben aprovecharse de las nuevas herramientas de comunicación y quienes están a verlas venir y se comen los mocos. Pero hay mucho más. Creo que esta broma ha sido posible hoy, en 2009, pero impensable, por ejemplo, en 1985. No porque entonces no hubiera email (se puede enviar una cinta de vídeo por correo ordinario) sino porque en 1985 los medios de comunicación todavía estaban en manos de periodistas. Y en 2009, no.

Como en 2009 ya no hay periodistas, cuando llega algo a una redacción, el personal no sabe darle un tratamiento periodístico, siguiendo los protocolos de la profesión. ¿Se imaginan qué pasaría si las urgencias de un hospital estuvieran llevadas por ejecutivos de marketing o por diseñadores de interiores? Las salas estarían perfectamente diseñadas y el hospital proyectaría una imagen sensacional y moderna al exterior, pero cuando llegase un enfermo, nadie sabría qué hacer con él, se moriría entre muebles neomodernistas. Pues eso pasa ahora mismo en muchos medios, especialmente en estos de chichinabo, como Intereconomía TV y demás.

Un médico sabe que cuando llega un enfermo hay que seguir un protocolo que le han enseñado y en el que ha sido entrenado, para diagnosticarlo y tratarlo. De la misma forma, un periodista sabe que cuando llega un material a su ordenador o a su mesa hay que seguir unos pasos, un protocolo profesional, antes de que ese material se convierta en una información. Cuando un periodista recibe un vídeo así, se interesa por quién se lo ha pasado, dónde lo ha conseguido esa persona y con qué intenciones se lo da. Al igual que los niños bien criados, un periodista no acepta regalos de desconocidos, tiene que fiarse de quien le cuenta las cosas. Y luego contrasta todo eso con las fuentes interesadas.

Pero como ya apenas quedan periodistas que hagan periodismo, se puede colar cualquier cosa. Por eso los medios actuales son terreno fértil para bromistas y saboteadores como el Follonero. Han descubierto que es muy fácil colársela a unas redacciones precarias, débiles, con muy poquita formación y cultura y desposeídas de las más básicas nociones de periodismo. Eso sucede cuando los contenidos de los medios se deciden en el despacho de marketing y no en la sala de redacción. El periodismo murió hace años, y estas bromas folloneriles sólo vienen a certificar su muerte.

Quedan reductos, excepciones a esa sentencia de muerte, pero cada vez pintan menos y se van arrinconando a los espacios marginales de los medios. Me gusta pensar que estoy enrocado en uno de esos reductos, que todavía puedo responder con dignidad profesional de lo que lleva mi firma.

Yo he rechazado historias que no me merecían confianza y que luego he visto publicitadas en otros medios. Unas pocas las he rechazado por exceso de celo, y al final han resultado ser ciertas, pero la mayoría de las veces se ha confirmado que eran un bluff. He metido la pata como todo el mundo, pero mis errores nunca se han debido a tocar de oídas ni a dar pábulo al primero que pasaba por mi puerta.

Quiero creer que podré seguir así, enrocado pero sin mancharme. A ver cuánto dura esto.

LA MUJER BIODRAMINA

LA MUJER BIODRAMINA

Como todos los tontacos que siguen las series, estoy enganchado a Mad Men, la serie de los publicistas malotes, de los tíos engominados con hígados de acero inoxidable que fuman como locomotoras y se follan a sus secretarias.

Una de esas secretarias es Joan Holloway, interpretada por Christina Hendricks. Se pasea por la agencia de publicidad embutida en ceñidísimos trajes rojos que le marcan unas eses que no se pueden seguir con la mirada sin sentir mareos. Hay que tomarse una biodramina para seguir los pasos de esta mujer.

Parece un personaje de cómic, está logradísima. Esas caderazas, esas tetas que se acercan a la esfericidad perfecta, ese caminar bamboleante sobre tacones... Tiene un cuerpo de los que ya no se llevan. Es una mezcla entre Betty Boo y Sofia Loren. Es magnética, pero en el sentido literal: tiene su propia fuerza gravitatoria, consigue que el mundo haga órbitas en torno suyo.

¿Dónde ha estado esta chica todo este tiempo?

Alguien se ha dedicado a recopilar momentos suyos en la serie poniendo encima música de Queen. Disfrutadlo:

CORONAR ROLLOS CON BOMBOS

Según Natonal Geographic, las dos características básicas que definen a la especie de los ministros es que están dotados de un umbral de sorpresa bajísimo, de una mano especialmente floja a la hora de estampar rúbricas en cheques millonarios y que reaccionan de forma lúbrica y entusiasta ante neologismos polisilábicos que suenen a jerga especializada. Tú vas a un ministro, pongamos el de Sanidad, y le dices que tienes un lipograma vocálico que va a frenar la proliferación de las enfermedades de transmisión sexual entre la población joven, y el ministro se corre de gusto ahí mismo (sin condón ni nada) y te firma un cheque de 2.200.000 euros (sí, 2.200.000 euros, lo que no ganaremos en toda una vida de sufrido machaque lumbar) para que desarrolles ese proyecto magnífico que le has presentado en PowerPoint.

Luego tú coges la panoja, te vas a un bar de Moncloa y preguntas en voz alta: "¿Cuántos camareros de este local son actores a la espera de ser descubiertos por Almodóvar?". De entre las veinte manos que se levantarán ansiosas ante tí, escoges a dos propios, un tordo y una torda, les sueltas sendos billetes de diez euros y un catering de bocata calamares y te los llevas a rodar. "Vais a interpretar un lipograma vocálico", les dices. "Ah, no, yo no me desnudo por menos de 15 euros", te responderán. "No hay que despelotarse, que es un anuncio del ministerio", y zanjas la cuestión.

En el interín, has contratado también a un mandril apestado por la manada que presenta severas deficiencias cognitivas causadas por una coprofagia compulsiva combinada con tres siglos de endogamia. Le das un portátil Apple y le ordenas que escriba el lipograma vocálico a cambio de dos cáscaras de cacahuete. El mandril con severas deficiencias cognitivas escribe: "Yo no corono rollos con bombos". Bravo, se ha ganado una cáscara de cacahuete extra.

Así que ya tienes tu anuncio. Explicas a los legos que eso del lipograma vocálico no es una afección del páncreas, sino una figura retórica consistente en componer un texto usando una sola vocal. La o en este caso. Y ya está. Descuenta a tu minuta de 2.200.000 euros los 20 euros y los dos bocatas de calamares de los honorarios de los actores y las tres cáscaras de cacahuete del mandril (porque el ordenador Apple en realidad era uno de Fischer Price de cuando eras pequeño al que le habías puesto una pegatina de la manzana) y listo. Te lo has llevado crudo.

Te ha salido redondo: "Señor ministro -le dices en el cóctel de presentación, a cargo del ministerio, claro-, con este lipograma vocálico los jóvenes no sólo van a follar con condón y se van a reducir al mínimo los embarazos y las enfermedades, sino que el consumo de condones aumentará a niveles estratosféricos, lo que provocará un aumento desaforado de la producción, que repercutirá en una merma más que considerable de las listas del paro. El lipograma vocálico es la solución a la crisis".

Todo es perfecto. Por eso te jode tanto que aparezca un gañán con pintas de no gustarle el jabón que dice que le has plagiado, que lo del lipograma vocálico ya lo había hecho antes, que él es un rapero de pura cepa y que os vais a enterar, co. La pregunta es, como dice David Torres: ¿se puede plagiar la mierda? En teoría, todas las mierdas son bastante parecidas, pero, ¿puedo denunciar a mi vecino por deposicionar zurullos que se parecen sospechosamente a los míos? El gañán, que responde al nombre de Nach, cree que sí, aunque los que han salido defendiendo su honor y llevando a los tribunales han sido los de la agencia de publicidad. Normal, el pringao del Nach ese seguro que no tiene 2.200.000 euros en su cuenta corriente para pagar abogados.

¿A vosotros no os recorre un escalofrío por el espinazo cuando veis este anuncio?

 

JOYAS DE PADRE DE FAMILIA (2)

JOYAS DE PADRE DE FAMILIA (2)

Esto es como cuando torturaron a Meg haciéndole ver los peores sketches de los Monty Python.

(Flashback donde sale Meg llorando frente a un televisor)

Meg: ¡No! ¡Soy una chica! ¡Ni siquiera me gustan los sketches buenos de los Monty Python!

MAINSTREAM LUXURY

Este domingo hemos estado ayudando a unos amigos en su mudanza de piso. Luego nos han invitado a comer, hemos bebido mucho vino y me he ido a trabajar unas cuantas horas al periódico, donde me he escrito una paginita entera bastante fatigosa de redactar. Así que no sólo no he respetado el descanso del día del señor (del señor que sea, yo me imagino a un notario con papada), sino que me he deslomado literalmente. Tengo el 90 por ciento de mi ser en modo off, y el 10 por ciento que sigue vivo se siente incapaz de bloguear nada. Así que permitidme que rescate una columnita de opinión que publiqué hace dos viernes en el suplemento MVT. Mañana más.

Uno de mis ídolos es Angus Fontaine, presentador de ’Viajero cinco estrellas’, una serie de reportajes sobre los hoteles y resorts más insultantemente caros del planeta. Fontaine, que tiene una de esas caras pánfilas que no te cansarías de abofetear, se da unos soberanos homenajes en sitios donde te cobran 5.000 euros solo por darte los buenos días, y siempre termina cada capítulo con una reflexión sobre la hospitalidad y lo amigable del servicio. Solo le falta decir, poniendo cara de ingenuo entrañable: "Qué curioso, cuando saco la Visa Platino, me salen amigos por todas partes". Yo rabio por ver lo que nos hurta el programa: la satisfacción que debe sentir el camarero que escupe en un cóctel de 20.000 euros.

Que yo sepa, Angus Fontaine no ha venido a España, y no parece que vaya a hacerlo. No lo hará si lee el estudio ’Country Brand Index 2008’, que coloca a este país que habitamos -junto a Japón- a la cabeza del ’mainstream luxury’. Lo traducen como "lujo para mayorías". En otras palabras, que según este índice, en España el turista puede gozar como un sátrapa a precios de mendigo. El socialismo turístico, amigos. ¿Entrará el arroz con ojos -llamado así porque de las gambas solo aparecen las cabezas, sin que nadie dé razón del resto del cuerpo- que los guiris degluten con pasión y sangría en la categoría de ’mainstream luxury’? Es más, ¿no es el concepto de ’mainstream luxury’ una paradoja o una contradicción en los términos? Si el lujo se hace masivo, ¿en qué se diferenciará de la vulgaridad? Para que los guapos se sientan guapos y los listos, listos, tiene que haber una mayoría de feos y tontos. Y para que Angus Fontaine se sienta "viajero cinco estrellas" tiene que haber una masa de mochileros apiñados en un tren con olor a pies.

Perdónenme, pero yo quiero que el lujo siga siendo lujo, incluso en estos tiempos de ERES. Yo quiero que Angus siga teniendo sitios donde beber coñacs de la bodega privada de Napoleón mientras siete vestales le hacen la pedicura. Quiero que la envidia y el escándalo sigan vigentes. Quiero jeques yemeníes y lords ingleses. Quiero decadencia y derroche. Quiero seguir teniendo personajes crueles y refinados para escribir sobre ellos.

PERLAS DE PADRE DE FAMILIA

PERLAS DE PADRE DE FAMILIA

Stewie: Cállate, o acabarás colgado en el jardín trasero como un vulgar galgo.

Brian: No bromees con eso. Para nosotros es como el Holocausto.

Stewie: Sí, claro. Cuando los galgos dirijan The New York Times y el Banco Mundial, me lo cuentas.

LA SÉPTIMA MUJER MÁS SEXY DE GALES

LA SÉPTIMA MUJER MÁS SEXY DE GALES

Lo voy a registrar como título de un futuro libro: La séptima mujer más sexy de Gales. Esta prestigiosa posición, en un país donde la belleza humana es un bien más escaso que el humor en los monólogos de Moncho Borrajo, corresponde a Eve Myles. ¿Prodigio de la naturaleza, exudación erótica, Venus postmoderna? Pues no. La séptima mujer más sexy de Gales, como se ve en la foto, tiene un pase con la boca cerrada y un par de meneos de Photoshop, pero en cuanto abre la boca deja ver unos piños más británicos que los sándwiches de pepino, con un agujero negro en el centro que los científicos del CERN alquilan para hacer experimentos subatómicos. Su publicista se ha cuidado mucho de filtrar fotos donde se vea.

En cualquier caso, una mujer que puede andar por la vida luciendo orgullosa el título de la séptima mujer más sexy de Gales merece toda mi admiración. No va a pasar a la galería de erotismo del blog, pero se merece unas líneas. Porque, aunque no os lo creáis, a los frikis de las islas menos afortunadas del planeta -las Británicas- esta tipa les pone gochos y con el mástil listo para zarpar, como diría el poeta.

Esta chica, nacida hace 30 años en la localidad galesa de Ystradgynlais (es que lo tiene todo la pobrecica), es famosa por interpretar a la aguerrida Gwen Cooper en un delirio de serie de la BBC llamado Torchwood, que a mí me encanta. En Torchwood, material friki de primera, Gwen es el personaje encargado de poner a tono a una audiencia masculina con altos niveles de testosterona y graves disfunciones sexuales -y sociales-. El rollo duro, macarruzo y comiquero de Gwen es el idóneo para inspirar las erecciones de chavales acostumbrados a tocarse con Wonderwoman y Catwoman. Y, por lo que he visto en internet, parece que el truco les funciona. La séptima mujer más sexy de Gales se perfila como icono sexual de la pandilla basurilla.

Yo, como no juego a Dragones y mazmorras, no me siento atraído por el agujero negro de la séptima mujer más sexy de Gales, pero debo confesar que estoy enganchado a Torchwood.

Es un spin-off de Doctor Who, una serie de ciencia-ficción de la BBC que ya se emitía en tiempos babilónicos, y cuenta las aventuras de una organización secreta creada por la reina Victoria (cágate, lorito) en el siglo XIX para ocultar a la humanidad la presencia de vida extraterrestre. Trabajan en una estación de metro abandonada en el centro de Cardiff y están dirigidos por el capitán Jack Harkness, un homosexual inmortal que se pasea por el contínuo espacio tiempo como si fuera el baño de su casa: sabemos que fue feriante y aviador de la RAF en la Segunda Guerra Mundial, entre otras muchas cosas, que la inmortalidad da para mucho.

¿No es un maravilloso delirio?

Como es de la BBC, mantiene un desconcertante equilibrio entre lo bochornoso y lo sublime. Es como si un niño pequeño cogiera Expediente X y lo empezara a llenar de todas las tontadas que se le ocurriesen, pasándose por el forro coherencias y técnicas narrativas. Pero al final, después de que el niño se ha divertido, llega un adulto y cierra los episodios bien, evitando el desparrame absoluto y dándole empaque a la serie.

Los efectos especiales no dan risa, lo cual es muy de agradecer en una serie de ciencia-ficción. Los bichos alienígenas, por lo general, están logradetes, y hay un montón de cacharrería electrónica propia del género para adornar persecuciones y escenas de acción rodadas con bastante pericia. Además, todo está recubierto de ese aire british tan cínico, tan aristocrático y tan cabrón, que te obliga a fijar la vista.

Torchwood es adictiva como una droga. Y mola un montón. La séptima mujer más sexy de Gales ha sabido elegir bien la serie.

ALLO, ALLO!

ALLO, ALLO!

No todo son amarguras, soledades y callos en los dedos en la vida del cartujo escribidor en el que me he convertido estos días. También hay momentos para los chistes de tercero de EGB, esos que tanto nos gustan. Como el e-mule funciona fatal, hace mucho que no me bajo nada, pero como tenía mono de series, el otro día fui a la Fnac a olisquear las novedades en DVD, a ver si habían sacado alguna temporada nueva de las series que me molan. No encontré estrenos, pero me di de morros con una joya que tenía almacenada con mucho cariño en mi cabeza de alcornoque: Allo, allo! Qué gran momento, amigos.

Tenía un recuerdo difuso e infantil de esta serie que veía en Canal 9 a finales de los 80. Recordaba que era una producción inglesa, que la cosa iba de ingleses riéndose de los franchutes, que la estética de los decorados era feísta, y la interpretación, bárbaramente histriónica. Recuerdo que tenía un humor de trazo grueso que me hacía mucha gracia, y tenía miedo de que ahora me pareciera una soberana mierda.

Pero no. Nos enchufamos los primeros episodios y aquello fue una jartá de reir. Qué maravilla. Qué buenos son los ingleses cuando se ponen tan insoportablemente ingleses. Qué buenos son los ingleses cuando escarban en las miasmas (sí, he dicho miasmas, ¿algún problema?), cuando se revuelcan en su propia cochiquera barriobajera, cuando se deslizan sin frenos por la cuesta abajo de la parodia burda y tabernaria. Qué gozada.

Allo, allo! es una sitcom de la BBC que parodia las pelis sobre la Resistencia francesa. El prota es René, patrón de un pequeño bistrot de pueblo frecuentado tanto por alemanes como por resistentes. A él sólo le preocupa su negocio, la guerra se la sopla, pero se ve obligado a hacer equilibrios entre los dos bandos: se convierte en agente de la Resistencia, pero sin incomodar a los nazis, con los que también coleguea. La acción transcurre sólo en tres espacios: el local, la trastienda y la habitación de la abuela, en el ático, cuya cama se usa como antena de transmisiones clandestinas.

A partir de ahí, cada capítulo es una sucesión de chistes gruesos que ridiculizan fundamentalmente a los franceses y a los héroes de la Resistencia, aunque los ingleses también se llevan su parte. Hay un gag buenísimo en el que René habla con dos ingleses. Los dos lo hacen en inglés, pero no se entienden porque supuestamente unos hablan en francés y otros en inglés. La coña se prolonga hasta el absurdo más absurdo, como en la buena tradición teatral cómica inglesa, y yo me tengo que sujetar la caja torácica para que no se me salga de la risa.

Es un humor no apto para remilgados ni para militantes del humor inteligente, que todavía no he conseguido averiguar qué es. La parodia se basa en tópicos primarios y chabacanos, pero con la agilidad y la chispa que José Luis Moreno cree tener y de la que anda tan falto. Supongo que el hecho de que en España la pasaran por las autonómicas provocó que más de medio país se la perdiera en su momento, pero mi consejo es: si rondas los 30, creciste con los mitos televisivos tardoochenteros y primeronoventeros, si Aterriza como puedas te parece vergonzosamente divertida, si tienes cierta alma chanante y si te partes el ojete con la troupe de Joaquín Reyes, bájatela o cómpratela, porque la vas a gozar un montón. Pero si tu rollo son los jerseys de cuello vuelto y el humor inteligente de Woody Allen, pasa de Allo, allo!, porque no sólo no vas a entender nada, sino que probablemente tu sensibilidad quede irremediablemente herida, como una perdiz tras un atracón de perdigones. Échate una partida al trivial o canta en el karaoke de la Play mientras tus torpes y malhablados amigos disfrutan de las astracanadas burdas de René y sus amantes francesas.

¡Viva la BBC!

DOS DE MAYO DE GARRAFÓN

DOS DE MAYO DE GARRAFÓN

Vergüenza ajena. Intensa, de dejar de mirar la pantalla. Ese es el sentimiento que provoca 2 de mayo. La libertad de una nación, la serie dramática con la que Telemadrid celebra a su manera el bicentenariazo, y que Aragón Televisión, en un inexplicable acto de mal gusto, emite también los domingos.

Para la creciente audiencia latinoamericana y neptuniana de este blog aclararé que Telemadrid era hasta hace unos años, como su nombre indica, la televisión pública de la Comunidad Autónoma de Madrid. Ahora es un refugio de pseudoperiodistas y calientasillas vociferantes de extrema derecha con vocación agit-prop, pero sin llegar a ser agit-prop, porque para eso necesitas una audiencia a la que agitar y dar propaganda, y Telemadrid perdió a su audiencia hace mucho. Y es desde esa nueva categoría de instrumento del poder ultra para dar un sueldo a sus estómagos agradecidos y corifeos varios desde la que hay que entender la ridícula y vergonzante serie 2 de mayo. La libertad de una nación.

Receta: contrátese a una productora cualquiera; ponga a una reata de becarios analfabetos funcionales y lectores de Pérez Reverte a escribir unos guiones castizos, con mucha "señá", "doña Cata" y "nos han jeringao"; recorra los asilos de la beneficencia y las pensiones más pulgosas de la calle Atocha, saque de esos cuchitriles a un puñado de viejas momias más o menos populares que quieran asegurar unos euros de pensión en sus años de vejez y haga con ellos un casting de actores -coja, por ejemplo, a la neurótica pintora de Verano azul (María Garralón), al Romerales de Farmacia de Guardia (Cesáreo Estébanez), a la hija tontita de Rocío Durcal (Carmen Morales), al abogado gay de Aquí no hay quien viva (Nando González) y al que se desdoblaba en Amanece que no es poco (Miguel Rellán)-; vístales con lo que sobró de la última verbena de San Isidro (no hace falta lavar las prendas, que los lamparones de vinazo dan más realismo), y por último, métales en los decorados de la función escolar del instituto de Alpedrete. Añada luz plana y unos tipos vestidos de soldaditos de plomo que se pasean como temibles oficiales napoleónicos que dicen ser asaltados por "bandolegos" (en francés de Chamberí) y tendrá usted su propia superproducción de Telemadrid. El coste de todo, catering de actores incluido (se conformarán con un castizo bocata boquerones y medio cartón de Don Simón rosado), no debería superar los 30 euros por capítulo. Eso sí, no se olvide de insertar una voz en off que ponga en contexto la historia y hable del heroico levantamiento español contra el francés, y bájese de Internet unos acordes así como históricos, como de tachán-tachán bélico. Así alcanzará al tiempo sus objetivos pedagógicos e ideológicos.

Quién nos iba a decir que la tele patria iba a hacer buena a Curro Jiménez. Qué digo buena, ¡excelsa! Comparada con el intragable bodrio de Telemadrid, las frases de Algarrobo son cumbres shakespearianas, cimas del ingenio humano. Ya quisiera el aborto de Telemadrid secundado por la autonómica aragonesa tener las cabalgadas contra el poniente de Curro Jiménez. Ya quisiera tener sus atardeceres de Ronda y su aire polvoriento de western crepuscular. Hasta los sobreactuadísimos e insoporteibols Estudio 1 le dan mil vueltas a 2 de mayo. La libertad de una nación (sí, otro día hablamos de Estudio 1, por si acaso usted es de los que piensa que esos pasotes histriónicos y planos le hicieron algún bien a la tele o al teatro).

Yo soy de los que creen que siempre hay un fondo, y que cuando se toca sólo se puede remontar por la pura inercia del agua. Pero esta serie me hace recapacitar: puede que haya pozos sin fondo. Porque, ¿dónde está el fondo de Telemadrid? Lo quisimos ver en Curri Valenzuela, y entonces vino Ernesto Sáenz de Buruaga. Lo quisimos ver en Sánchez Dragó y entonces vino el filofascista de Hermann Tertsch. Lo quisimos ver en las series de Toni Cantó en la Forta y entonces llegó 2 de mayo. La libertad de una nación. ¿Qué será lo próximo? Yo apuesto por un remake de Raza con María Garralón y Sánchez Dragó en su debut actoral. O por una serie de homilías de Rouco Varela en prime time.

Les pego un trocito de la sinopsis que se lee en la web del ente madrileño:

La historia de "DOS DE MAYO, LA LIBERTAD DE UNA NACIÓN" arranca con el entierro de la joven modistilla Manuela Malasaña en Mayo de 1808. Allí, en torno a la tumba de los héroes del levantamiento contra los franceses, se reúnen las modistillas del taller donde trabajaba la joven, comandadas por la rebelde y contestataria Pepita García, una de las heroínas de la serie. Allí comienza a forjarse el espíritu de rebelión y resistencia que acompañará a nuestros protagonistas cuando en diciembre de ese mismo año, la ciudad de Madrid se rinda y se convierta en una ciudad tomada. En ella nuestros protagonistas van a tener que luchar día a día por sobrevivir con escasez, de alimentos, frío y la opresión que ejerce sobre ellos la presencia constante en sus calles del enemigo invasor. El espíritu de los españoles, y en este caso concreto, de los madrileños no decaerá. Pasarán un invierno de un frío insoportable, pasarán la escasez de la falta de provisiones, vivirán la visita del Emperador Napoleón Bonaparte con su correspondiente toque de queda, la primera navidad en guerra, etc…

No añaden que todo se presenta con un brutal realismo en un plató muy parecido al del viejo Barrio Sésamo. De hecho, si el actor que lo interpretaba no hubiera muerto hace poco, parecería que Chema iba a salir de su panadería a hacerle unos requiebros a María Garralón, que sigue haciendo el mismo papel de señora mayor con graves desequilibrios emocionales que pinta acuarelas espantosas, aunque aquí, en lugar de pintar, cose ropas espantosas. No quiero aguarles la sorpresa, pero me han dicho que Espinete hace de Napoleón, y a Don Pimpón le ofrecieron el papel de Goya, pero estaba en juicios porque unos padres le habían denunciado por llevar a sus hijos al bosque y juguetear entre los árboles y, al final, el rol de Don Francisco se lo llevó la viuda de Paco Rabal, que es lo más cercano a Rabal que encontraron.

Pues eso, que da gusto ver que nuestros impuestos están en buenas manos.

Foto: y por si fuera poco, por el mismo precio te meten en el reparto a Andoni Ferreño como acaudalado noble. ¿Cómo pueden perderse esta serie? Yo espero con ansia los extras de los DVD, con el cameo nunca emitido de Bigote Arroced como Carlos IV. En la imagen, Ferreño se muestra en su característico y demandado registro "estreñido con patillas".