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El Blog de Sergio del Molino

Viajes

EL COÑAZO PATRIO

Me da miedo volver. Desde este lado de la raya sólo me llegan malos rollos de mi país. Me quiero quedar junto al Tajo, en esta ciudad de señores con mostacho (que ya no señoras, hace tiempo que descubrieron la depilación). No he dejado de leer prensa española ni un solo día, y me arrepiento muy mucho. ¿Qué coño pasa por allí? Veo a Chávez en la Gran Vía compadreando con el mandamás de Repsol, a Camps diciendo que España va hacia un régimen de terror, a Dolores de Cospedal casándose en un cigarral, a vueltas y revueltas con el Estatuto catalán (pesaos, más que pesaos, unos y otros), a la niña de Belén Esteban arrimándose a la cálida ala protectora del Defensor del Menor... Qué coñazo, qué pereza más grande me da todo.

Sólo me ha hecho gracia una cosa que he leído hoy en El País: que la Fundación Camilo José Cela se cae a pedazos. No tienen perras, los empleados les demandan, no va a verles ni el Tato y los manuscritos del pedorro Nobel han estado a punto de perderse en varias inundaciones. Mi hipótesis es que Don Camilo, transmutado en un pedo de pochas con chorizo, ha decidido llevar a cabo su frustrado y satánico plan de absorber con el culo un litro de agua. Pero al ser etéreo y fantasmagórico, no le termina de salir, ya que ha perdido el control del esfínter, y hasta el esfínter mismo, y como consecuencia de sus infructuosos ensayos, el bello pazo de Iria Flavia se está viniendo abajo, sin poder resistir las acometidas del espectro del Nobel.

No quiero volver, pero el reclamo de Leonard Cohen es demasiado poderoso. Llegaremos a tiempo para el concierto.

Hoy es domingo en Lisboa, y todo parece adormecido. Todo funciona a cámara lenta, y nosotros nos escurrimos morosos por las cuestas, sin miedo a despeñarnos, con sosiego loboantuniano.

SIN MI HERMOSA LAVANDERÍA

De vuelta de Oporto. Tengo unas fotos de unos niños tirándose al Duero desde el puente de Luis I que ya colgaré. Me recordaron la historia de Los cachorros, de Vargas Llosa. Creo que escribiré un cuento sobre esas fotos.

Se tiraban desde el puente esquivando a la policía. Cuando alguno dudaba, los que esperaban turno le picaban, llamándole mariquita y esas cosas, y al final, escocido por la dura presión social, hasta el más flojo hacía un tirabuzón antes de caer sobre las aguas del Duero.

Pero ya hablaré de ellos con más calma otro día.

Hoy quería pasar un buen día. Hoy queríamos tener nuestro día de lavandería, que se ha convertido en una tradición viajera. Buscamos una lavandería de monedas, nos llevamos un libro y hacemos la colada pausadamente. Es un momento que me gusta mucho de los viajes. En Estados Unidos, obviamente, es muy fácil encontrar estas lavanderías, que son insultantemente baratas (por menos de dos dólares te lavas y te secas varios kilos de ropa) y muy concurridas y animadas. La gente va a ligar y a hacer amigos a ellas. En Londres también abundan, y en París, algo menos, pero no son raras. Fue el año pasado en Alemania donde tuvimos que cruzar medio Berlín para encontrar una, y las instrucciones sólo estaban en alemán y en turco. No había forma de saber dónde había que meter el detergente. Pero eso resultó doblemente divertido.

En Lisboa, según todas las fuentes consultadas, sólo hay una lavandería automática. Al lado del Jardín Botánico, en la muy apropiada Rua da Alegria. Alegres fuimos esta mañana con nuestros trapos, dando un paseo por una Lisboa encapotada, gris y chispeante, que realzaba sus tonos de mugre. Paseamos por un barrio que nunca habríamos visitado sin la necesidad de hacer la colada, y nos ha encantado sumergirnos en él, descubrir el decadente y cerrado Jardín Botánico y la popular y nostálgica Praça da Alegria.

El paseo ha sido estupendo, pero cuando hemos llegado a la lavandería la hemos encontrado cerrada. Un cartel anunciaba que estaba cerrada desde hoy por motivos familiares. Mierda, por un día. En la guía venía otra, que no era automática, en un centro comercial cerca de la Praça do Rossío. Un cuarto de hora de paseo más o menos. Allí que nos hemos ido. Al llegar, hemos visto que llamar a aquello "centro comercial" era, cuando menos, optimista. Una nave con unas tiendas cutres de baratillo que vendían ropa fea como el demonio casi al por mayor. Un rastro saturado y maloliente. Por supuesto, nadie sabía nada de ninguna lavandería. Nadie nos ha dado señal de ella. Había desaparecido o nunca había existido.

Cruzar Lisboa con la ropa sucia a cuestas mermó las escasas fuerzas de Cris, así que la arrastré hasta un taxi que nos devolvió al apartamento a toda hostia y pasándose por el chasis todo el código de circulación -es costumbre local conducir así-.

Hemos comido en un pequeño restaurante a una manzana de aquí al que nos habíamos resistido a entrar hasta ahora. Se llama Les Mauvais Garçons y lo lleva un chico sevillano llamado David García. Era cocinero en París, y se instaló en Bairro Alto hace unos años para montar un bistrot de aire afrancesado. Sirve cosas sencillas con un toque de chef. Entre ellas, un gazpacho que nos ha curado toda la frustración lavandera. Pero lo que más me ha gustado, y la razón por la que le menciono, es que tiene el comedor decorado con fotos vintage de supuestos "niños malos", como el nombre del restaurante dice. Son muy parecidas a la que Óscar Sanmartín tuneó para la portada de mi libro Malas influencias, cuya ilustración no desentonaría en las paredes del local.

He estado por decírselo, pero mi natural asocialidad me lo ha impedido. Aunque el chico era muy simpático y hablador, y no habría resultado fuera de tono -y seguramente le habría hecho ilusión descubrir una conexión estética tan fuerte entre su restaurante y una obra literaria-, no me sale explicar que soy juntaletras y que la portada de mi primer libro bla, bla, bla. Prefiero contártelo a ti, paso de dar la brasa a la gente que no lo ha solicitado.

Hablando de libros: he conseguido una ganga. En una librería anticuaria del Largo do Calhariz tenían expuesta una primera edición de 1930 de Rusia al desnudo, de Panait Istrati. Es una joyita de la editorial Cénit, un hito republicano de la historia de la edición en España. Yo leí ese libro en francés, pues no se ha vuelto a publicar en español desde entonces, y me ha hecho ilusión verla tan aparente. Para asegurarme, me he metido en Iberlibro para ver a cuánto se cotiza ese título en el mercado de viejo, para que no me timara el librero, y he ido a la librería convencido de que haría una buena compra si me lo vendía por unos 30 o 40 euros, a juzgar por el precio de ejemplares en mucho peor estado por internet. Me lo he llevado por 10. He pagado poniendo cara de póker.

No sabía yo que en la era de internet aún se podían encontrar gangas.

UNA TONTADICA MÁS Y UNA FOTO

UNA TONTADICA MÁS Y UNA FOTO

Dice la guía Lonely Planet de Portugal, hablando de cómo comportarse en un restaurante:

Respecto a los modales, sólo hay que intentar mostrar cómo se disfruta de la comida. Se suele hablar alto, gesticular con las manos y los cubiertos y golpear en la mesa para añadir énfasis. No hay ningún problema si uno se fuma un cigarrillo o un puro y echa el humo en la mesa vecina, probablemente al rato harán lo mismo.

Todo un tratado de antropología, sí señor. Se nota que su autor ha estudiado con Lévi-Strauss en la Sorbona, y le han aprovechado las clases. Sólo le faltó anotar en su cuaderno de campo que los salvajes lusitanos también tienden a degollar a una esclava virgen al final de cada ágape y se comen su cerebro crudo, aliñado con un poquito de aceite de oliva y pimienta blanca.

Chico, la verdad: de mis dos viajes a Portugal sólo puedo decir que las tascas y restaurantes son sencillos y, por lo general, están impolutamente limpios; que los camareros son amables y profesionales, que el vino de la casa, sin ser nunca excelso, suele ser más que correcto, nunca peleón; que está prohibido fumar en muchísimos locales -cosa muy de agradecer, cada día detesto más los sitios donde se puede fumar-, y que los comensales locales suelen hablar en un tono de voz moderado, sin herir al prójimo. No sé dónde ha visto este eminente antropólogo a estos ejemplares de lusitanos tan dados al escándalo y a echar el humo de la faria al vecino. La gente es bastante educada. Más que en España, por cierto, donde sí es relativamente frecuente compartir restaurante con energúmenos que dan voces a deshoras y te apagan el Ducados en el plato.

Se habrá confundido de país. Yo creo que hablaba de las costumbres españolas en la mesa.

Para compensar, aquí te dejo esta foto que acabo de tomar. Es un capitel y un arco de la iglesia del Carmo o del Carmen. Es una de las visitas ineludibles y más turisteras de Lisboa, pero no por ello está masificada. Al contrario: es un remanso pacífico y reconfortante. Los visitantes acuden con cuentagotas e inmediatamente se callan ante la belleza del lugar. Hay que tener un corazón de una piedra más dura que los sillares de la iglesia para no conmoverse allí.

Es una iglesia en lo alto del Chiado que quedó prácticamente destruida en el terremoto de 1755. A finales del siglo XVIII se intentó reconstruir, pero ya se habían fundido casi todo el oro de Brasil levantando la ciudad y, ante la falta de parné, la cosa les quedó a medias, abandonadilla. En 1863, lo compró una asociación de arquitectos, y al poco tiempo se convirtió en el Museo Arqueológico de Lisboa. De la iglesia original quedan los pilares y parte de los muros, pero no hay bóvedas ni cúpula central. La primera vez que la visité llovía, y el agua y las nubes le daban un aire melancólico y byroniano a estas falsas ruinas. Hoy hacía un sol inmisericorde, pero el juego de sombras era también muy hermoso. Me encanta entrar, sentarme en los escalones de los pies de la nave central y mirar el cielo abierto a través de los arcos góticos vacíos.

Es inspirador.

Mañana nos vamos de escapada a Oporto. En tren y en primera, como los señores que somos. Ya contaré.

CANCIÓN TRISTE DE BAIRRO ALTO

CANCIÓN TRISTE DE BAIRRO ALTO

Breve anatomía de Lisboa

Lisboa tiene siete colinas. Como Roma, pero distintas. Para empezar, Lisboa se precia de ser más antigua que Roma. Antes de que Rómulo y Remo empezaran a darle a la ubre de la loba, ya había gente rumiando por las esquinas de este lugar. Y para seguir, las colinas de Lisboa son infinitamente más bestias que las de Roma, con cuestas tan empinadas que parecen precipicios.

Lisboa se arrebuja junto al Tajo, en su orilla derecha. La Lisboa eterna, ese cogollo central que guarda el alma de la ciudad, se compone de dos elevados promontorios y un estrecho valle entre ambos. El situado río arriba enrosca los barrios de la Alfama y Graça, y el situado río abajo, el Chiado y Bairro Alto. Entre los dos se encajona la Baixa, con la Rua Augusta uniendo la Praça do Comerço, abierta al Tajo, y el Rossio. Es la parte más teatral de Lisboa, la que reconstruyó el Marqués de Pombal después del devastador terremoto de 1755. Es ordenada, rectilínea y grandilocuente, y no es extraño que muchos bancos sigan instalados en ella, en la adecuadamente nominada Rua Aúrea, aunque el poder financiero hace décadas que abandonó la zona para instalarse un poco más al norte, en el ensanche de la Avenida da Liberdade.

Nosotros elegimos Bairro Alto. Lo elegimos desde la primera vez que pusimos el pie en sus adoquines. No queremos otra Lisboa. Ya no buscamos otra Lisboa.

Bairro Alto es un nuevo viejo barrio. No forma parte del núcleo fundacional de la ciudad, que está en la Alfama y Graça, con sus callejas morunas. No hay restos romanos, visigodos ni árabes aquí -aunque una de sus calles sea la Rua dos Mouros-, y parece ser que estuvo prácticamente sin poblar hasta el siglo XV, cuando empezó la era de los descubrimientos y Lisboa se llenó de buscavidas y aventureros ansiosos de hacer fortuna en ultramar. Al calor de esa fiebre oceánica, varios miles de comerciantes gallegos bajaron desde sus pazos y se instalaron cómodamente en esa zona alta, construyendo suntuosas residencias y palacetes con jardín, en algunos de los cuales asoman hoy altísimas matas de buganvillas. Así nació Bairro Alto, junto al Chiado, que se une a la Baixa por una suave cuesta que hoy se llama Rua de Garrett; empalma con la Lisboa empresarial y amadrileñada de Liberdade por el elevador de Glória, y baja en picado hacia el Tajo por el renqueante funicular de Bica.

El origen de este barrio fue puramente residencial, de ricachos gallegos que no se querían mezclar con el populacho lisboeta de estibadores y marineros con escorbuto. Por eso la disposición urbanística es relativamente ordenada y cuadriculada, muy distinta de la de otros "cascos viejos", con vueltas y revueltas. En Bairro Alto, las calles suben de sur a norte y las travessas cruzan de este a oeste. Es imposible perderse.

Cuando se produjo el terremoto de 1755, toda Lisboa quedó en ruinas o arrasada por el fuego de varios incendios. Sólo una parte de la Alfama y Bairro Alto sobrevivieron a la destrucción. Por eso todavía se pueden ver algunas casas de los siglos XVI y XVII. Pequeños palacetes, la mayoría echados a perder, divididos mil veces por herencias mal resueltas y poblados -si no están vacíos y ruinosos- por viejas que parecen estar colgando siempre la misma colada en la ventana.

Como todos los barrios similares de otras ciudades europeas, Bairro Alto sufrió una degradación aterradora en el siglo XX, pero tras la entrada de Portugal en la UE, empezó una lenta recuperación que todavía dura y que le da un aspecto contradictorio y salvaje. Desde luego, creo que se ha recuperado mucho mejor que el Barrio Chino o Raval de Barcelona -si es que se recuperó alguna vez-, y con mucha más sensatez que Lavapiés -que vivió un pequeño despunte a finales de los 90 y ha vuelto a caer en el marasmo sin que a nadie parezca importarle-. Para mí, Bairro Alto es lo que debiera ser San Pablo en Zaragoza. El modelo a seguir, sin duda.

En Bairro Alto convive la tienda de ultramarinos de toda la vida con la galería de arte más fashion; la tasca más aceitosa con el restaurante más pijo, y el bar de viejos que ofrece el partido del Benfica a todo volumen en la tele con la boite que trae a los DJ más de moda. Esa es la clave del éxito: que nadie ha desplazado a nadie. Parece que en España tienen que desalojar primero a los habitantes del barrio de toda la vida para que los modernos puedan expandir su hábitat -y para que las inmobiliarias puedan multiplicar por diez y por veinte el precio del metro cuadrado en la zona, que los modernos adinerados parece que pagan gustosos-. Aquí no se ha dado ese conflicto. Los dos paisajes han encontrado acomodo en un discurso buenrollista que suena más sincero y menos carachorra que en otras ciudades.

Hoy hemos hecho la compra en una tienda de ultramarinos de las que resulta imposible encontrar en el centro de cualquier ciudad española, con señora tendera haciendo las cuentas a mano. Y hemos comprado pan a una panadera con delantal que nos ha elegido personalmente la mejor de sus hogazas. Las dos tiendas conviven con un bareto nocturno algo pretencioso que ofrece wifi a su fashionable clientela y tiene una pequeña biblioteca que han creado los propios clientes: te dan una cerveza o un mojito a cambio del libro que lleves. O también puedes llevarte cualquier libro si dejas otro a cambio. Pienso hacer el trueque cuando me acabe el que estoy leyendo ahora mismo.

Las viejas se gritan de balcón a balcón ante la sonrisa -nada condescendiente- de la diseñadora de moda que tiene una pequeña tienda cool debajo del tendedero de una de las viejas, colmado de bragas king size y tapetes de ganchillo. Todos se conocen y se saludan. Mientras esperábamos a que nuestra casera nos trajera las llaves del apartamento, un señor de una tienda de vinos salió de su local con un taburete y se lo ofreció a mi embarazadísima Cris, para que no estuviera de pie en la calle.

Por supuesto, hay un Bairro Alto falsario que reclama para sí la gloria del fado y la saudade ante los turistas ávidos de tipismos. Pero es fácil identificar y obviar a esos mercachifles que hacen caja a costa de reducir una idiosincrasia rica, mestiza e inaprehensible al mínimo común denominador. Basta con no entrar a esos locales que se venden como "restaurante típico" o como "adega de fados".

La mezcla se hace pastiche al atardecer, cuando todavía no han cerrado las tienditas tradicionales y están en plena actividad los comercios modernetes, que abren hasta casi las once de la noche, mientras los restaurantes exhudan olor a sardinha frita y las boites sacan brillo a las cocteleres en las que prepararán los mojitos. En esas horas, parece que Bairro Alto late a ritmo atlético y feliz.

No será la Arcadia, claro, pero se le acerca un poco a su versión urbana y de andar por casa.

Foto: vista desde la ventana del salón de nuestro apartamento. Tejados y ropa tendida.

CONEY ISLAND

CONEY ISLAND

Parece que el desbarajuste de estos días se va calmando un poco. Hoy puedo escribir un poquito del viaje. Me apetece.

Los que no hayáis estado por esos lares probablemente no sepáis que Nueva York son varias ciudades en una. No solo metafóricamente, sino sobre el papel. El monstruo conocido como New York City está compuesto por cinco distritos que tienen una autonomía administrativa enorme -y un callejero repetido: hay varias Quintas avenidas y varios Broadways-. Solo uno de ellos está en el continente, el resto son islas de un hiperurbanizado archipiélago.

Manhattan, con su forma alargada, es el corazón, lo que todos asociamos a Nueva York, con su Central Park en el centro -para eso es Central-, su negro Harlem al norte y su Downtown de rascacielos en la punta sur. En la isla oriental están Brooklyn y Queens, dos extensísimos y pobladísimos distritos. Brooklyn es industrial y rudo, con una fuerte personalidad, una fábrica de cervezas famosa en todo Estados Unidos y un acento peculiar. Es la patria chica de Frank Sinatra y de Woody Allen. Queens es residencial y tranquilo, con grandes bolsas de población irlandesa y judía (el doctor Fleischman, de Doctor en Alaska, es de Flushing, un barrio del norte de Queens). Al norte, en la única porción continental de Nueva York, queda el Bronx, con su pasado oscuro de violencia y represión policial. Al sur, sin conexión con puentes, Staten Island, una isla anodina, residencial y conservadora a la que solo se puede llegar en ferry.

Los visitantes apenas salimos de Manhattan. ¿Para qué, si en Manhattan está todo? Pero nosotros habíamos oído y leído los sugerentes y rudos encantos urbanos de Brooklyn, y como lo de subir al Empire e ir a la Estatua de la Libertad ya lo habíamos hecho en otro viaje, decidimos centrar nuestros pasos y miradas al otro lado del East River.

Efectivamente, Brooklyn merece un viaje por sí solo. Y de todo lo que hemos visto, Coney Island es de lo más alucinante.

Coney Island no es una isla en realidad, aunque tiene una playa, Brighton Beach, y un parque de atracciones vintage que cierra en invierno, pero por el que se puede pasear igualmente. En Coney Island vivió Woody Guthrie, el icono folk que fascinó a Bob Dylan y que tocaba una guitarra bautizada como "Máquina para matar fascistas". Su casa estaba en Mermaid Avenue, y cuando Billy Bragg musicó las letras póstumas de Guthrie, el disco resultante se tituló precisamente Mermaid Avenue.

El viaje en metro desde Manhattan a Coney Island dura algo más de una hora y se hace en gran parte descubierto. Por las ventanillas van desfilando viejas fábricas abandonadas y extensiones sin fin de apartamentos ruinosos y gasolineras con coches oxidados. Justo cuanto nos hartamos de tanta decadencia urbana, el tren llega al final de la línea. Bajamos despistados y amodorrados, y lo primero que vemos al salir de la estación es el letrero de la calle en la que estamos: Mermaid Avenue. Me viene a la cabeza la canción Ingrid Bergman, de Guthrie:

Ingrid Bergman, Ingrid Bergman,
Let's got make a picture
On the island of Stromboli, Ingrid Bergman.

Bueno, no estamos en la isla de Stromboli, pero estamos en Coney Island y yo tengo una cámara. Así que, let's go make some pictures!

Supongo que en verano, con miles de bañistas comiendo helados y la montaña rusa subiendo y bajando, el paisaje cambiará muchísimo, pero seguro que conserva algo de esa pátina marchita y fantasmal. Un largo paseo de madera junto a una playa inmensa. Las tablas crujen al pisarlas y la humedad del mar se mete entre la ropa. Te cruzas con muchas familias rusas que hablan en ruso, porque Brighton Beach es también Little Russia-by-the-sea, que se dan un garbeo por el lugar después de comer unos blinis con caviar en alguno de esos pequeños restaurantes donde la carta está escrita solo en ruso.

Hierros, óxido, perritos calientes y algodón de azúcar. Parece la cabeza de un niño triste el primer día de cole, cuando la playa cierra. Hay algo inquietante y terriblemente atractivo en Coney Island. La atracción de lo que fue, la pasión por lo roto.

En los letreros, apellidos italianos de otros tiempos. Emigrantes de otros siglos que se bañaban en esa playa sabiendo que ese mismo agua, si las mareas y corrientes eran propicias, podía haber bañado antes las playas de Calabria o de Sicilia. Apellidos italianos y alemanes e irlandeses y rusos. E hispanos. Advertencias en español de "prohibido bañarse". Silenciosas abuelas rusas sentadas con sus nietos. Letreros y más letreros de se vende y se alquila.

Emocionado, le hice esta foto a un callejón junto al parque de atracciones. "Dispara al monstruo", dice. Yo disparo con mi cámara al monstruo, pero el monstruo de hierro y madera está dormido, oxidado, agrietado y mustio. No hay que afinar mucho la puntería. Vuelvo a imaginarme a Woody Guthrie sentado en su ventana, triste y solo, escribiendo:

At my window, sad and lonely
Stand and look across the sea
And I sad and lonely wonder,
Do you ever think of me?

JALEO EN WASHINGTON, D. C.

Bueno, al fin puedo sentarme a gusto en la habitación del hotel, con mi viejo amigo el portátil zarrapastroso, a teclear cuatro tonterías para el blog. En el hotel de Nueva York no había wifi en la habitación, había que bajar al vestíbulo y hacer el pino-puente para encontrar una señal decente. Y yo no estoy ni para pino-puentes ni para colarme en tiendas Apple para postear desde los ordenadores que tienen en exposición (y allí la gente no se corta un pelo).

Pero ahora estamos en Washington, y no sé si será el influjo benefactor de San Obama de Assís o los efluvios libertadores que emana el monumento a Lincoln, pero la conexión va como un tiro. Lástima que haya estrenado cámara nueva y no tenga instalado el programita para descargar las afotos, porque hace nada hemos pasado por delante de Jaleo, el restaurante de José Andrés en Washington. De hecho, antes de ver el letrero, hemos visto a través de la cristalera cómo dos propios se encajaban una señora paella. Nos miramos y pensamos: "Ya están estos pobres e ilusos yankis siendo intoxicados por el paellador de turno, con arroz brillante y cabezas de gamba cuyo cuerpo nunca aparece (por eso a esa paella-guiri se la conoce como ’arroz con ojos’)". El caso es que, en un segundo vistazo, aquella paella no tenía mala pinta. Daba algo más que el pego. Incluso parecía apetitosa: con su capita fina de arroz, su marisco bien dispuesto, su amarillo sanote y azafranado... Y entonces hemos visto el nombre del restaurante: Jaleo. Y el cabezón sonriente de José Andrés dando la bienvenida en un letrero ad hoc.

Por cómo se hablaba del extrañamente mediático José Andrés en España, yo creía que su restaurante en Washington era una cosa fina y exclusiva, llena de senadores mangantes, de millonarios judíos que pasan maletines a congresistas bien dispuestos y de señoras pechugonas que organizan galas benéficas a favor del Salvation Army. Pues no. Jaleo no es El Bulli, señores. Aquello es una tasca apañada, pero informal, sin manteles en las mesas, donde los curritos federales que trabajan en los edificios aledaños van a empapuzarse de callos a la madrileña, croquetas de bacalao y calamares en su tinta (bien regado todo con sangría de esa que les mola). Los precios, razonables tirando a populares (para la media de Estados Unidos, que siempre es algo más cara que en España), y el ambiente no podía estar más alejado de la alta cocina.

Qué decepción. Yo me imaginaba a José Andrés escribiendo unas memorias en las que desvelaba cómo Obama dijo de Hilary Clinton que "a esa pequeña zorra blanca hay que bajarle los humos", mientras engullía unos espárragos deconstruidos de la Ribera navarra. O cómo George W. Bush, despanzurrándose en la butaca y soltándose el botón del pantalón, le confesaba, satisfecho: "José Andrés, estas farias tuyas son mejores que mis puros cubanos de contrabando". Y resulta que ni Obama, ni congresistas, ni starlettes de medio pelo han pasado por su casa. Qué desilusión. Me esperaba más de usted, señor José Andrés. Por contra, he de decir que su tasca me resulta amable y acogedora, y se nota que el público local le hace aprecio. Nosotros, para llevar la contraria, hemos comido en un japonés bastante pijo donde me han servido el mejor sushi que he probado en mi vida. Delicioso.

Por lo demás, Washington resulta agotadora. Poco turismo extranjero y mucho redneck con furor por venerar a los padres de su patria y por poner cara compungida en el Memorial de Vietnam. Turistear por esta ciudad monumental tomada por cochazos negros del FBI (ves tantos que ya pierde su gracia: te cansas de hacer fotos de tipos trajeados y seriotes en todoterrenos brillantes y rugientes) es demoledor para los pies. Aunque es pequeña y accesible, la parte monumental es un despropósito faraónico que altera las leyes de la perspectiva y donde lo que parece que está lejos, en realidad está muy lejos. Mañana nos tomaremos las cosas con más calma, acorde con el ritmo de una ciudad que no parece vivir el frenesí de la serie El Ala Oeste de la Casa Blanca. Es una ciudad funcionarial y cosmopolita, lo que le da un aire interesante y reposado al mismo tiempo. Parece un buen sitio para vivir, pero yo me quedo con Nueva York. Por mil motivos más que obvios, no me hagáis enumerarlos.

De Nueva York, si me permitís, hablaré otro día, desde casa.

Antes de irme a recorrer Washington by night, dos breves recordatorios: el jueves 19 por la noche, a eso de las 0.30 (creo, no estoy nada seguro), me entrevistan en el programa cultural de Aragón Televisión, Borradores. Me invitaron a leer a cámara un pasaje del libro y, al terminar de hacerlo, me di cuenta de que estaba lleno de palabras como follar, semen y no sé qué más cerdadas que no se pueden decir por la tele. No sé si lo emitirán o le meterán la debida tijera (y la recomendación de lavarme la boca con jabón). Comenta Gilgamesh que Malas influencias se puede comprar ya por internet en Agapea, y acabo de comprobar que también está en la web de La Casa del Libro. Cuando vuelva a Zaragoza colgaré los enlaces en el blog promocional. Y acabo de leer un mail de mi bienhallado editor instándome a cerrar la fecha de la presentación en Madrid. Será, con toda seguridad, entre el 30 de marzo y el 8 de abril (os diré el día concreto en cuanto lo cierre la editorial) en la librería Tres Rosas Amarillas de Malasaña (calle San Vicente Ferrer, metro Tribunal). Habrá vinito.

Y ya, que estoy de vacaciones y me han prohibido ocuparme mucho de estas cosas.

ENVIDIA COCHINA

ENVIDIA COCHINA

Vuelve la gente de vacaciones y, a pesar de la crisis, te cuentan sus viajes. Te cuentan emocionados qué han hecho, qué han comido, qué han bebido, qué han escuchado. Y me gusta escuchar sus relatos. También te enseñan sus fotos, y eso me gusta menos. O tratan de enseñártelas mientras tu cerebro produce a toda velocidad frases de excusa para librarte del marrón. Lo siento, amigo, o te llamas Henri Cartier-Bresson o tus fotos no me interesan. Ya tengo unas que hice yo, tan malas y desenfocadas como las tuyas. Cuélgalas en un blog, que ahí las puede ver quien quiera y el resto del mundo podemos ignorarlas tan ricamente. Es lo bueno de los blogs, que quien quiere enseñar, enseña, y quien quiere ver, ve, pero nadie se siente obligado a nada.

Álvaro Ortiz, el gran comiquero que ilustra mis dominicales Cosas de Blogueros en Heraldo, ha estado en Nueva York este verano. Qué envidia, qué ganas de volver. Otras dos amigas también han estado por allí hace poco y me han puesto los dientes largos. No sé qué tiene Estados Unidos que me atrae tanto (de hecho, la idea original que teníamos para este verano era recorrer la costa este desde Washington hasta Quebec, para complementar el viaje por la costa oeste que hicimos el año pasado, pero al final nos fuimos a Alemania). En lugar de hacer fotos, Álvaro ha hecho dibujos en su libreta. Se sentaba en un café o en un banco y dibujaba lo que veía. El resultado son unos apuntes del natural maravillosos, y ha colgado unos pocos en su blog, que podéis ver pinchando aquí. El que reproduzco arriba es una calle de Brooklyn vista desde la ventana de un restaurante indio.

Ay, Nueva York, qué gran sitio. Imagino que un hispano que visitara Roma en los tiempos del imperio sentiría algo parecido a lo que sentimos nosotros -súbditos de las provincias europeas del Imperio- al patear Nueva York: el deslumbramiento y el mareo del paleto al recorrer la capital del mundo. Recuerdo que cuando estuvimos en Nueva York hacía frío, había restos de nieve en las aceras y placas de hielo en Central Park. Yo llevaba mi vieja chupa de cuero y siempre caminaba con un enorme vaso de café de los que beben los americanos. Más que para bebérmelo, lo llevaba para tener las manos calientes. Visitamos muchos sitios, pero mis recuerdos más vivos son los del callejeo. Lo mejor que se puede hacer en una ciudad es pasear, pasear y pasear.

Me acuerdo de lo emocionado que estaba cuando llegamos. Pasamos de los autobuses y de los transportes turísticos -los odio con todo mi ser- y cogimos el metro desde el aeropuerto JFK, que está lejísimos. La estación de metro era descubierta y, entre la bruma del jet lag, mientras esperábamos el tren, me recreé viendo las casitas prefabricadas de ese tranquilo barrio cercano a Queens. Creo que lo primero que vi de Nueva York fueron los neones de una pequeña pizzería que estaba al lado del metro. Suena extraño, pero me sentí reconfortado al ver esos neones, como si hubiera llegado a un hogar perdido. Todo en Nueva York es familiar, todo está visto, leído y escuchado. Es imposible no sentirse parte de esa ciudad.

Qué envidia me dan los que vuelven de Nueva York. Es de las pocas ciudades a las que volvería una y otra vez. Otra de ellas es Buenos Aires, claro, pero no hay muchas más. Ciudades que me enamoran y que me fascinan hay un montón (soy sensiblón y fácilmente emocionable: basta un pasaje de un libro o un beso en una película lluviosa para que un lugar me conquiste), pero las ciudades a las que me escaparía siempre que tuviera ocasión son muy pocas. En otros tiempos habría dicho que son ciudades en las que quiero vivir. Ahora ya no estoy tan seguro, porque creo que son muy escasos los afortunados que pueden escoger el sitio donde viven. La vida nos coloca en un lugar y el tiempo y los amores lo convierten en nuestra casa. Uno elige muy poquitas cosas en la vida. A lo sumo, aceptamos o rechazamos lo que se nos cruza en el camino, y nos esforzamos por adaptarnos a ello.

Pero a Nueva York me escaparía siempre. Sin motivo ninguno. Cogería un avión mañana mismo sólo para comerme un bocata de pastrami en un deli italiano a las dos de la madrugada. O para sentarme en Washington Square y ver pasar la gente. O para cruzar andando el puente de Brooklyn y entrar en un café que hay al otro lado y cuyo nombre no recuerdo, pero que era sobrio, de buena madera barnizada y lleno de frases de orgullo patriótico de Brooklyn y desprecio a Manhattan. Porque los tipos de Brooklyn hablan con cerrado acento de Brooklyn y no son neoyorquinos: "I’m not a new yorker, I’m from Brooklyn!", gritarán. Un new yorker es un tipo estirado que escucha jazz y va a galerías de arte. Uno de Brooklyn es un tipo bronco, con camisa remangada y que bebe cerveza Bud.

Muchos americanos se refieren a Nueva York simplemente como "the City". Y así es. Es la ciudad. Es nuestra ciudad, pues como provincianos europeos del gran imperio global, también nos sentimos como en casa en la capital de nuestro mundo. A todos nos corresponde un pedacito de Nueva York.

... THEN WE TAKE BERLIN

Franco y el franquismo odiaban Madrid. Después de 1939, los más duros del régimen plantearon al Caudillo que la capital de la Nueva España no podía estar en aquel nido pestilente de rojos. El Madrid liberal, republicano y socialista, el Madrid de la generación del 27 sólo merecía un escarmiento severo. Se plantearon reformas urbanísticas para acabar con ese Madrid anterior a 1939 que cambiaran de arriba abajo la fisonomía de la ciudad. Por suerte, Franco no tenía ni un clavel después de la guerra, y sus intervenciones en la ciudad fueron mucho más modestas de lo que los fascistas exaltados pretendían. El Arco de la Victoria que se puede ver en Moncloa es el resto más destacado de ese vano intento por destruir el viejo Madrid.

Si Franco consideró Madrid “territorio enemigo”, Hitler hizo lo propio con Berlín. Son curiosos los paralelismos. Hitler odiaba Berlín, que para él representaba la “Antialemania” (¿suena de algo?). Berlín era Babel. Una ciudad salvaje llena de comunistas, judíos y homosexuales, donde los cabarets marcaban el ritmo de la vida. Era la ciudad de Marlene Dietrich, de Bertolt Brecht, de Fritz Lang, de Von Stenberg. Eran las sugerentes notas de El ángel azul, los turbios movimientos de Makie Navaja y los cantos borrachos de Alexanderplatz. Nada que ver con la pura y digna Baviera, nada que ver con la idílica imagen de la sana y aria Alemania rural que el nazismo venía a glorificar. Por eso, Hitler también quiso destruir Berlín. Una exposición que se puede ver estos días en el Memorial del Holocausto enseña al detalle el megalómano proyecto del arquitecto Albert Speer para destruir la vieja, loca y bohemia Berlín y transformarla en Germania, la capital del III Reich.

A Hitler también le faltó parné para llevar a cabo su proyecto, pero lo que no llegó a hacer él lo hicieron los bombardeos aliados y la ocupación soviética. El viejo Berlín de las sombras expresionistas y el cabaret abierto hasta el amanecer se marchitó entre bloqueos, muros y guerras frías que en las calles de la ciudad se calentaban hasta casi arder. Desde 1933 hasta 1989 transcurrieron las décadas del horror en las que sólo unos cuantos punkies y okupas, y ya en los años 80, se preocupaban en el lado oeste de mantener vivo el espíritu libre de la ciudad (un espíritu tan libre que hasta su universidad se llama Universidad Libre de Berlín).

De 1933 a 1989 van muchos años. Suficientes para cercenar para siempre una civilización entera. Pero a Berlín no la han doblegado. Hoy, casi veinte años después de la caída del muro, Berlín aparece igual de salvaje y libre que en los años 20. Berlín es una gran fiesta, un jolgorio maravilloso e imparable que demuestra que el espíritu de las grandes ciudades con carácter puede sobrevivir a casi todo.
Mucho más moderna y vibrante que París y mucho menos pretenciosa que Londres, Berlín me está pareciendo la gran capital europea. El lugar donde se vive con más intensidad y más placer, donde las poses no son impuestas y donde realmente el disfrute ciudadano se antepone a cualquier otra consideración. Los berlineses las han pasado muy putas, tienen que bregar con un pasado reciente muy chungo que todavía aflora en muchas esquinas y lo único que quieren es vivir y dejar vivir.

No paramos. Estamos todo el día de acá para allá. Nuestro hotel ocupa un viejo edificio señorial del Berlín oriental abandonado por los comunistas y reconstruido ahora con un gusto maravilloso. El Berlín Este marca la pauta, ya que los bares, restaurantes, tiendas y galerías de arte más modernas se trasladaron en los 90 a este lado de la ciudad atraídos por los bajos precios de los alquileres. El viejo oeste ha perdido parte de su fuerza y de su encanto y se adormece aburguesado entre los aromas florales del Tiergarten. Berlín vibra y nosotros vibramos con ella. No sé cómo he tardado tanto tiempo en descubrir esta ciudad cabaretera y descontrolada, tan camaleónica y tan constante, tan calma y tan desquiciada, tan ácrata y tan ferozmente capitalista. El hoy del mundo se arremolina en sus calles mucho más que en cualquier otra ciudad europea y nosotros no nos habíamos enterado hasta hoy. Cuánto tiempo hemos perdido.

FIRST, WE TAKE MANHATTAN...

Siento haber descuidado mis ¿obligaciones? blogueras, pero entenderán ustedes que esto del turismo es un gran invento, aunque un invento agotador. Una semana de trote por ciudades desconocidas machaca más que el trabajo por cuenta ajena cuando el contador ajeno chasquea su látigo en tu espalda. Así que los párpados y los dedos no siempre responden cuando termina el día para postear debidamente, y cuando lo hacen, no siempre hay una red wifí a mano o un sitio medianamente tranquilo donde escribir. Pero mi desidia bloguera es básicamente vacacional: estoy en un plan de hacer las cosas cuando me venga en gana. Como dicen los Babasónicos, “todo lo que pueda arreglar hoy, lo dejaré para mañana”.

Desde la última vez que me asomé al blog, hemos abandonado Turingia, hemos pasado por Dresde, en la bella y gutural Sajonia, y hemos vuelto sobre nuestros pasos para asomarnos a Leipzig, la que llaman Ciudad de los Héroes. Ahora estamos en Berlín, destino final de nuestro viaje, donde pensamos pasar unos días entre despendolados y amodorrados, intentando sincronizar nuestros metrónomos internos con los de esta ciudad.

Dos notas brevísimamente breves de Dresde y de Leipzig.

Dresde, un punto decepcionante. Todas las guías y todas las referencias que teníamos de la ciudad la ponían tan bien, que nos ha sabido a poco. Ciertamente monumental, aunque sepas que es un monumentalismo de pega, reconstruido sobre las ruinas de 1945, pero algo sosa e inane. Me transmitió más vibraciones la parte nueva y comercial, con la extraña y desaforada Praguer Strasse, donde dormíamos en un viejo hotel de aire soviético remozado, que la ciudad antigua. Tendríamos el día tonto, qué sé yo.

Leipzig es otro cantar. No es bella, pero sí extrañamente hermosa. O extrañamente atractiva. Se presenta como un preámbulo de Berlín, y en sus calles, la modernidad se empieza a desparramar con mucho más desparpajo. Se siente y se vive moderno, que no quiere decir necesariamente a la moda. Y, a la vez, se respira la historia. En ningún otro sitio de la vieja Alemania Oriental hemos visto ese sentimiento tan potente hacia lo que significó la RDA.

Tienen un estupendo museo donde te cuentan la historia de la vieja Alemania comunista, desde 1945 hasta la reunificación, y la verdad es que es un museo muy divertido y, a ratos, emocionante (hay que pedir en la entrada un folleto con la traducción al inglés de las cartelas, porque en la exposición está todo exclusivamente en alemán, y los que sólo lo hablamos en la intimidad no nos enteramos de un pijo). En algunos tramos, el museo adquiere un tono de “Cuéntame como pasó” que sintoniza muy bien con la percepción pop que se tiene hoy de aquello: hay un apartamento típico de un alemán de la RDA, con sus muebles retro, y un montón de productos de consumo que los alemanes orientales apenas podían consumir. Incluso los cacharros de espionaje de la Stasi (la policía secreta política) parecen sacados de un episodio de Superagente 86 y dan más ternura que espanto. Luego, paseando por la ciudad, encontramos una tienda dedicada exclusivamente a vender productos de la vieja RDA, para coleccionistas y fetichistas de lo retro. En este país hay verdadera fiebre consumista por todo lo comunista, y en Berlín la cosa es mucho más exagerada.

¿Veis como estoy de vacaciones y no tengo ninguna disciplina ya? He dicho que haría dos notas brevísimamente breves de Dresde y Leipzig y os he soltado un rollamen infumable. Si todavía seguís leyendo, solamente voy a decir una cosa sobre Berlín, y esta vez cumpliré mi promesa.

Antes de irnos de viaje, los telediarios y algunos periódicos nos bombardearon con informes sin fundamento y reportajes sin documentar que afirmaban tajantemente que los españoles, este año, se quedan en casa por la crisis. ¿Deberíamos quedarnos en casa por la crisis?, le pregunté a Cris. A lo mejor a la crisis le molesta que nos vayamos por el mundo a derrochar euros en fruslerías, y cuando volvamos ya no nos dirige la palabra. O nos encontramos en el buzón una severa admonición del ministro Solbes por ser tan malos españoles en tiempos de crisis. Sopesamos la cuestión y decidimos boicotear las estadísticas, pero me da que no fuimos los únicos. ¿Que los españoles no han viajado este año? ¿Pues qué hacen todos en Berlín? Juro que la cosa es exagerada. Nunca en ningún viaje nos habíamos tropezado con tantísimo español. O Halcón Viajes ha fletado vuelos en masa a un céntimo el billete o no me lo explico. Abundan más que los alemanes, por todas partes ves a españoles de cualquier edad y condición con un plano desplegado buscando con el dedo el Museo de Pérgamo o el Checkpoint Charlie. Lo prometo, es algo escandaloso, los berlineses se deben de creer que les han invadido los hijos de los emigrantes de los 60, en una especie de cruel revancha.

La crisis se va a poner de una hostia cuando descubra que nadie le ha guardado la ausencia estas vacaciones…

Otro día hablo más y mejor de esta maravillosa ciudad.

WEIMAR

WEIMAR

Entramos en Turingia, y entramos en otra Alemania. La que fue la República Democrática Alemana, la que hace menos de 20 años era casi inaccesible al occidental medio. Antes de entrar, como despedida de Baviera, nos tragamos un concierto de órgano en la catedral de Bamberg. No soy melómano, pero me parece soberbio, con un repertorio moderno. Los conciertos de órgano en España suelen ser de piezas de Bach y clasiqueces varias. Aquí, un amable y sonriente organista checo ofreció incluso una pieza de un compositor vivo, que a ratos parecía oníricamente espacial, rollo Jean Michel Jarre. No es lo que esperaba oír en un recital de órgano, pero parece que no sólo quedamos encantados nosotros: el público, que llenaba la catedral, aplaudió a rabiar.

Entramos en Turingia y recalamos en Weimar. Vemos con sonrisa bobalicona los semáforos de la Alemania Oriental, convertidos en un icono pop en Berlín (ese señor con sombrero que corre encorvado). También vemos cabinas telefónicas amarillas propias de la RDA. Fósiles conservados con cariño de coleccionista retro. Inexplicables nostalgias. También vemos desfilar algunos de esos coches del bloque comunista, feos y tastarrosos, que hoy son buscadísimos por los más modernos del barrio.

Pero todas estas chorradas quedan eclipsadas por el gran drama de Weimar. Porque aquí, en esta pequeña ciudad del centro de Alemania, se escenificó con especial cinismo la tragedia nazi.

Weimar es la Meca de la cultura clásica alemana. En 1919, los próceres de la nación la eligieron para discutir y aprobar en ella la primera Constitución democrática de Alemania. Y la escogieron porque Weimar representa la Alemania de la filosofía y de la ciencia, tajantemente opuesta a los militarotes prusianos. Weimar es la razón hecha piedra. Weimar es la ciudad de Goethe y de Schiller, los dos genios del prerromanticismo alemán, especialmente el primero. Weimar es Goethe y Goethe es humanismo, sabiduría, sed incansable de conocimiento, filantropía y hedonismo amigable.

Por supuesto, fuimos corriendo a visitar la casa de Goethe, que fue un regalo que le hizo su mecenas, el duque Carlos Augusto. Los gestores de la casa-museo han tenido el buen gusto de no llenar las habitaciones con molestos cartelitos explicativos. Un folleto y un planito son suficientes para que recorras la casa a tu aire, que se conserva con buena parte del mobiliario original. Con pasos pequeños, porque la madera del suelo crujía una barbaridad, nos asomamos al dormitorio y vemos la cama donde murió el autor del Fausto. Ya sabéis que dicen que sus últimas palabras fueron: “Luz, más luz”. Si fuera verdad, sería muy bonito, pero yo soy de no creerme mucho estas frases de cine. Sé que la agonía no da para muchas genialidades, y generalmente morimos en silencio o emitiendo un barboteo.

No importa. La casa es fantástica. Ves el despacho y la biblioteca donde trabajaba Goethe, con sus volúmenes intactos y catalogados, y siempre da morbillo entrar en los santuarios de los genios. Salimos de allí sonrientes, colmados de mefistofeliana alegría, y recorremos una ciudad rebosante de cultura (hasta el empacho) que, en el fondo, sabemos turbia y pestilente.

Cuentan -aunque puede que también esto sea un bulo-, que a finales de los años 30, la gente bien de Alemania disfrutaba de la ópera y del teatro en Weimar en cálidas y entrañables veladas. Mientras, en el cielo, al norte de la estación de ferrocarril, se veía una gruesa columna de humo negro que todo el mundo ignoraba. Eran los crematorios de Buchenwald, el campo de concentración de las SS instalado diez kilómetros al norte de la ciudad.

Cuando finalizó la guerra, los vecinos de Weimar, incluida su administración municipal, dijeron que no sabían nada de las decenas de miles de personas que habían sido exterminadas en la puerta de sus casas. Dijeron que nunca vieron esa columna de humo, o que no la atribuyeron a nada en concreto, que creían que en Buchenwald sólo había un acuartelamiento de las SS, que nunca habían visto los trenes cargados de judíos pararse en la estación de Weimar antes de que el guardagujas cambiara para que pudieran dirigirse a Buchenwald.

Buchenwald. Como todos los campos de concentración nazis, su solo nombre ya impone solemnidad al discurso que lo menciona. Su sola mención trae sombras a las caras y hace bajar las miradas. Es la vergüenza colectiva que, como humanos, sentimos. Por muy hijos de puta que seamos. Por muy indiferentes que nos deje el dolor ajeno. Es leer o escuchar Buchenwald y sentir cómo se eriza el espinazo.
Hacia allí vamos, siguiendo las señales que marcan el camino en la carretera muy discretamente, con vergüenza. Weimar está rodeado de espesos bosques, los famosos bosques de Turingia, y nada más dejar la ciudad nos vemos envueltos en verdes sorprendentes para alguien acostumbrado al verano mediterráneo, y por fragancias montañosas y medicinales. Grandes robles y sauces en suaves colinas de cuento. Las colinas donde Goethe coqueteaba y follaba con sus amantes.

Tras un cortísimo paseo en coche, llegamos a Buchenwald. El corazón ya está encogido porque una señal tres kilómetros más atrás indica que ese camino se conoce como Sendero de Sangre. Una parte de él está adoquinado: es una parte del camino original que se ha conservado. Son los adoquines que pusieron los presos del campo de concentración de Buchenwald.

No hacen falta escenografías ni puestas en escena. Vamos predispuestos a soportar una propaganda plañidera y afectada, pero el lugar no la necesita. Sólo con pisarlo sientes cómo el se te encoge la boca del estómago. Todo tu interior se contrae en una mueca fisiológica de miedo, asco, vergüenza y angustia. Y todavía no has visto nada.

La calle que conduce a la entrada del campo se llama “Camino del Carajo”. Allí están las perreras y la comandancia de las SS. Un poco más allá, la única entrada a Buchenwald. Sobre ella, un reloj que marcaba el ritmo de los trabajos forzados y que está parado a las 15.15. Es la hora en la que los 21.000 prisioneros que quedaban dentro fueron liberados por las tropas estadounidenses, en abril de 1945.

No me quiero extender con Buchenwald porque no pararía. Por muchos libros que haya leído y por muchos documentales sobre campos de concentración y exterminio que haya visto, nada me había preparado para lo que hay ahí dentro. Había leído que en los hornos crematorios de los campos todavía olía a cenizas. No me lo creía. Pensaba que era una exageración, una sugestión excesiva del visitante compungido, pero es verdad. Los hornos crematorios de Buchenwald huelen a quemado todavía. Es impresionante e indescriptible, como un olor fantasmagórico. Provoca náuseas.

Ninguna lectura ni enseñanza te preparan para eso. Nada te prepara para ver la sala donde se ejecutaba hasta 400 personas por día con un tiro en la nuca. Nada te prepara para ver los instrumentos de tortura. Nada te prepara para ver las celdas de castigo. Nada te prepara para ver la jeringuilla con la que se aplicaba la inyección letal. Nada te prepara para ver los zapatos de niño pequeño recuperados entre las pilas de cadáveres sin quemar que los norteamericanos se encontraron. No escribiré más de Buchenwald. Todo sería tópico y miserable.

Volvemos a Weimar, donde la vida sigue. Lo agradecemos. Agradecemos reencontrarnos con la frivolidad y la cerveza. Eso siempre se agradece. Pero también miramos a los más viejos que pasean por la calle, sonrientes, del brazo de sus nietos o de sus perros (aquí todos tienen perro), con el júblio del jubilado. Y nos preguntamos si ellos también disfrutaron de la ópera y de la cena aquellos días, si leyeron extasiados a Goethe y a Schiller y si cerraron las ventanas para no ver la columna de humo que subía al norte de la ciudad, ni los gritos y lamentos de los trenes cerrados que paraban en la estación antes de acabar su recorrido en Buchenwald.

UN WOODSTOCK NAZI

UN WOODSTOCK NAZI

Nos plantamos de buena mañana en la Hauptbahnhof de Núremberg. Voy sin desayunar -Cris no, que ha desayunado a conciencia en el hotel mientras yo apuraba el sueño-, así que me pido un café para llevar que me sabe a ceniza machacada y caldosa, y con él en la mano nos subimos al tranvía 9. Lentamente, el tranvía nos lleva hacia el sur de Núremberg, por arrabales cada vez más anodinos, hacia ese espacio donde las ciudades se van descomponiendo en bloques de ladrillo, señoras con carrito de la compra e hipermercados con parking al sol. Al final del recorrido, todo se vuelve verde. Hemos llegado a un parque boscoso, muy centroeuropeo, donde los largos y centenarios árboles crecen rodeados por setas enormes. Es el final de línea. A un lado, el extraño edificio sin forma clara en el que vamos a meternos: el Doku Zentrum, el museo donde se explica qué significa ese paraje.

El Doku Zentrum ocupa una parte del inacabado Palacio de Congresos del Partido Nacionalsocialista de Alemania. En sus laberínticas y semirruinosas entrañas, la ciudad de Núremberg ha construido un interesantísimo espacio donde te cuentan qué significó el nazismo para la ciudad y qué significó la ciudad para el nazismo. A través de fotos, películas de época, algún que otro documento y las voces de los testimonios, nos hacemos una escalofriante idea de cómo se vivía en el corazón emocional del nazismo.

Mucho antes de alcanzar el poder, en 1927, Adolf Hitler ya había elegido Núremberg como la ciudad-escenario perfecta para dar visibilidad a su movimiento. Ese año, el Partido Nazi escogió a la bella capital de la vieja Franconia como su sede para congresos, desfiles y mítines de masas. Durante la Edad Media, Núremberg fue una de las ciudades donde más veces se asentó la corte del Sacro Imperio Romano Carolingio y donde solían celebrarse las famosas dietas entre príncipes y reyes -de hecho, el tesoro imperial se guardaba aquí-, y al elegirla como enclave fundamental de las celebraciones nazis, Hitler quería que su movimiento se identificase con el glorioso legado medieval germánico.

Franco quiso hacer algo parecido con Toledo, ciudad que, hasta que se estableció la capital de Castilla en Madrid, ejerció un papel muy parecido al de Núremberg en tiempos de Carlos V. Pero a Franco no le llegaba el parné -lo estaba gastando en el Valle de los Caídos- ni tenía la imaginación delirante de Hitler, así que se limitó a reconstruir el Alcázar. Por supuesto, tampoco contaba a su lado con nadie ni remotamente parecido a Albert Speer. Quizá todo eso salvó a Toledo de la infamia que hoy pesa sobre Núremberg.

Después de llegar al poder en 1933, Hitler ordenó a Speer diseñar un enorme complejo al sur de Núremberg, a la vista de las torres del viejo castillo. Allí, varias veces al año, las masas nacionalsocialistas debían reunirse para desfilar y aclamar a su Führer, y la escenografía tenía que estar a la altura de las circunstancias.

El programa arquitectónico, tal y como lo explican en el Doku Zentrum, incluía una pista de desfiles de dos kilómetros de largo, un estadio con capacidad para 400.000 personas, una explanada para demostraciones militares y de las organizaciones nazis y un palacio de congresos en forma de teatro romano con capacidad para 50.000 asistentes. Todo colosalmente desproporcionado. El estadio solo se empezó a excavar, el palacio de congresos se quedó a la mitad y sólo la explanada con el graderío inspirado en el Altar de Pérgamo pudo verse terminada antes de 1939.

Hoy, en la pista de desfiles, los aeromodelistas vuelan sus maquetas de aviones mientras alrededor la gente toma el sol o pasea en bici. La gigantesca pista, que más parece de aterrizaje de supernaves espaciales que otra cosa, es un inofensivo y largo erial de baldosones blancos y negros.

Lo que más impresiona son los restos de la tribuna desde la que Hitler veía desfilar a “sus chicos” (en la foto de arriba). Todos hemos visto esos desfiles en documentales de época. Todos hemos sentido cómo se nos erizaba la piel ante la parafernalia del terror desplegada en toda su fanática agresividad, con un marcial Führer asintiendo satisfecho ante la demostración de su poderío.

Aunque ya no se muestra como en esas películas, aunque no hay banderas ni símbolos nazis y aunque han desaparecido casi todos los elementos arquitectónicos que acogotaban al espectador, como las enormes columnas, que fueron demolidas en 1967 para evitar su desplome, a mí me parecía escuchar el ruido de los miles de tacones marciales que pasaban saludando brazo en alto a Hitler. Aunque es un lugar que la ciudad todavía utiliza (mañana mismo hay prevista una concentración de moteros de toda Europa), da la sensación de que la gente de Núremberg no siente especial apego por él. A la entrada del graderío, un cartel te previene del peligro de ruina y te advierte de que si entras, es por tu cuenta y riesgo. Las viejas estructuras nazis parecen sumidas en un moroso abandono y, pese a que otro cartel prohíbe expresamente hacer skate en las gradas, dos chavalines hacían cabriolas con sus monopatines justo detrás del balcón donde Hitler saludaba a las masas nazis.

El 22 de abril de 1945, los estadounidenses volaron la gigantesca águila de piedra con esvástica que presidía las gradas. Dejaron las gradas, nadie sabe muy bien si por alguna voluntad didáctica o por pura desidia, pero lo cierto es que la ciudad ha seguido dándoles uso hasta hoy, aunque con el abandono y la falta de restauración del conjunto, tanto el ayuntamiento como el Estado alemán parezcan querer invitar a la gente de Núremberg a no seguir frecuentando el viejo escenario del terror. La gente, sin embargo, es terca, y si hay carteles prohibiendo el skate es porque las viejas gradas nazis son la pista de skate más solicitada de la ciudad.

También se celebran carreras de coches: hay marcas de parrilla de salida en la pista que pisaban las huestes nazis. Pero lo que más éxito tienen son los conciertos-festivales de rock.

La verdad es que el espacio es perfecto para montar conciertos de masas. De hecho, cuando en el Doku Zentrum nos han contado cómo era la celebración de un congreso nazi o una reunión de las juventudes hitlerianas en Núremberg, nos ha recordado bastante a la organización de un macrofestival de rock de hoy. Había cervecerías de madera, vendedores ambulantes de salchichas y de pretzels, zona de acampada y espectáculos paralelos de todo tipo. Cientos de miles de nazis de toda Alemania se reunían varias veces al año en Núremberg en una fiesta muy parecida al festival de Benicásim.

En una vitrina del Doku Zentrum se conservan entradas para ver los desfiles, y programas de mano donde se explicaba cómo llegar desde la estación de tren hasta la explanada y cuáles eran los transportes especiales habilitados para los días de los festejos. Como en los festivales de hoy. Y, como en los festivales de hoy, los fans se apelotonaban en la puerta del hotel de la estrella esperando que ésta les saludase desde la ventana: así hacían los nazis en la puerta del hotel de Hitler, en la zona vieja de Núremberg.

Todo rito masivo acaba pareciéndose, da igual de lo que trate. Boris Vian decía que las masas nunca tienen la razón, y quizá la finalidad de la masa solo sea la de ser masa y, mientras pueda serlo, no importa mucho quién la aglutina, si Hitler, Stalin, los Rolling Stones o Chiquito de la Calzada.

Vaya, que puede que de Núremberg a Woodstock no haya tanta distancia.

Apunte absolutamente al margen.- Nos compramos unas salchichas nurenberger (pequeñitas y especiadas, muy apreciadas en toda Alemania) en un puesto callejero. Al oírnos hablar, el hombre nos pregunta si somos españoles. Le decimos que sí, y él nos cuenta que tiene una casa en Ibiza. Nos despedimos asombrados: ¿ha alcanzado Alemania el ideal socialista? Por fuerza ha de ser así. ¿Cómo, si no, un vendedor callejero de salchichas puede tener una casa en Ibiza? Hay que ver cómo las gastan en este país.

TÓPICOS VIVIDOS

TÓPICOS VIVIDOS

Si alguien se pregunta qué coño hacemos en Múnich, en esta foto hallará sobrada respuesta. Bueno, diré mejor qué coño hacíamos en Múnich, porque ahora acabamos de llegar a Nuremberg. Sí, la de los juicios de Spencer “Pelazo” Tracy y la de los desfiles nazis y la de las Leyes de Nuremberg de 1935, esas que desposeyeron de la nacionalidad alemana a los judíos y dieron el pistoletazo de salida a la solución final. ¿Quién diría hoy, ante la soleada y risueña alameda frente a la que escribo esto, que tantos y tan decisivos horrores arrancaron aquí?

Pero la foto de este post me la hizo Cris en Múnich. Y aunque se ve que me lo estoy pasando bien (si observáis atentamente se puede ver cómo mi hígado se acurruca asustado mientras las transaminasas afilan sus cuchillos en la espuma de la jarra de cerveza), el lugar en el que bebemos tan alegremente es también un escenario del terror. Es la cervecería Hofbrauhaus, la más grande de toda Baviera, todo un símbolo nacional, icono oktoberfestiano y nido de turistas-abejorros como nosotros, que nos retratamos sin pudor pimplando los jarrotes de a litro. Sin embargo, la Hofbrauhaus también es famosa por ser el lugar donde se fundó el Partido Nacionalsocialista de Alemania, con Adolf Hitler presidiendo el cotarro.

Allí bebimos, pero cenamos en una cervecería menos turistera, la Augustiner, que está muy cerca y la frecuenta público local, lo que siempre da confianza. Sobredosis de salchichas con chucrut y largo paseo para bajar la ingesta de sólidos y de líquidos.

En Múnich hay mucho turista yanqui. A los yanquis les encanta Múnich, es una ciudad de parada cuasi obligada para ellos en sus viajes por Europa, especialmente si van hacia el Este. Y es normal, porque en Múnich se pueden tropezar con todos los tópicos que el yanqui medio tiene sobre Europa, y hay un determinado tipo de viajero que encuentra un gran placer en ver confirmada la imagen previa que se ha hecho de su destino.

Generalmente, la industria turística se esfuerza mucho por no decepcionarles, ya que han pagado por ver tópicos, y si tienen que reconstruir en cartón-piedra un tablao flamenco en Santiago de Compostela o un asesinato victoriano en el hoy pakistaní East End de Londres, lo montan y listo. Sin embargo, en Múnich no tienen que esforzarse, porque la ciudad presume de tópicos bávaros y no es nada difícil tropezarse con un señor con sombrerito, tirantes, pantalón corto y medias reglamentarias. No son actores, no son como esos falsos Bravehearts que reparten folletos de justas medievales en el centro de Edimburgo: ellos son la esencia de lo bávaro, la gente que mantiene viva la secular herencia de esta plácida región regada por el Danubio.

Múnich es católica y tradicional. Las iglesias están llenas y las cervecerías, también, y a sus habitantes les hace enormemente felices que un conciudadano suyo sea ahora Papa. Desde 1945, aquí no hay más partido que la CSU, los conservadores democristianos (antes de 1945, Baviera fue la reserva espiritual del nazismo y el primer land que gobernó Hitler antes de 1933), y la placidez de la vida cotidiana se parece a la de un glotón y pacato burgo de provincias. Pero, al mismo tiempo, Múnich es una gran ciudad europea y moderna, con una elevada población inmigrante (turca y árabe, fundamentalmente) y con una avanzada legislación social y medioambiental. A simple vista, sin ahondar en las complejas tensiones sociales que seguro que existen, la capital de Baviera parece haber integrado sus dos caras en una sola estampa homogénea. Es conservadora, pero va en bici a los conciertos de rock, y es católica, pero se pone hasta las trancas de comida turca en la pequeña kasba que hay detrás de la Hauptbahnhof (la estación central de trenes).

Ésa es la impresión que nos ha dado Múnich desde que bajamos del tren que nos traía de Zúrich. Un tren multinacional, con amabilísimos revisores políglotas, que lo mismo te ayudaban en alemán que en francés que en inglés. Un tren que cruzó plácidamente la llanura del norte de Suiza, pasando por Winterthur, y entró en Alemania por el lago Constanza, regalándonos por la ventanilla un paisaje verdísimo de bosques y ríos que, no sé por qué, me hicieron pensar en el Werther de Goethe. Y es rara en mí tanta obviedad cursi, porque la verdad es que los secarrales de la Mancha no me evocan El Quijote.

Pensaré más en Goethe, porque vamos subiendo hacia su casa en un coche de alquiler, pero hoy pienso más en Sebald. Ahora estamos en la bella Nuremberg, reconstruida tras los bombardeos aliados del final de la Segunda Guerra Mundial, y a mí se me cruza constantemente la voz de Marlene Dietrich explicándole a un sonriente Spencer Tracy que ni todos los alemanes son nazis ni todos los alemanes beben cerveza. Para confirmar sus asertos, de fondo, un camarero hace borbotear un riesling del Rhin en la copa de Spencer, quien duda entre beberlo o dejarlo sobre la mesa, pues sabe que si lo bebe no podrá dejar de dar la razón a la encantadora Marlene. Un momento delicado para el juez de Los juicios de Nuremberg.

En cuanto a mis sueños, parece que el bucle se ha detenido, pero sigue sin explicación alguna. Y no seais tan listillos en vuestras teorías jiñosas, que yo soy como José Coronado, como un reloj. Háganme el favor, que parecen ustedes párvulos con el tema de la caca.

ECOS DEL BIG BANG

ECOS DEL BIG BANG

Como norma general, huimos como de la peste de todas las tascas españolas que por el extranjero abundan. Nos paramos en la puerta, olisqueamos el interior y nos reímos de la jeta que gastan los que venden a millón un par de lonchas de jamón rancio. Anoche, sin embargo, paseando por Zúrich, nos tropezamos con la Bodega Española, en el cogollo del casco histórico. "Fundada en 1874", decía la vidriera. Más antigua que el Café Gijón. Más antigua que casi todos los cafés y bares antiguos de España. Es una tasca con solera, con bancos y mesas de madera ya sin barniz y machacadas por décadas de frote de balleta. Una tasca con solera y recio sabor ibérico en Suiza merecía sentarse a tomar un vino. Zúrich tiene una muy numerosa colonia española, formada básicamente por aquellos emigrantes de los 60. Iba a decir "muy numerosa e influyente colonia española", pero aquí los no suizos no tienen capacidad alguna de influencia, pues están marginados completamente de la res pública, aunque lleven aquí toda su vida. Acceder a la nacionalidad suiza (y, por tanto, a la intensa participación política que desarrollan los paisanos de por aquí) es prácticamente imposible.

Muchos españoles en Zúrich, tanto residentes como de turisteo, y muchos entraban en la Bodega Española, donde el camarero gallego les saludaba en español. Nosotros, que nunca entramos en esos sitios, que nos callamos cuando nos tropezamos con un grupo de españoles para no dar pie a patrioteras e insustanciales conversaciones, hemos tenido ganas de pedir otro par de vinos y entonar un pasodoble. En fin, puede que el Rioja cosechero caiga más hondo en Zúrich que en España, y uno empieza a notar sus efectos embriagadores mucho antes de lo habitual.

Al margen de lo hispano, Zúrich es de lo mejorcito de Suiza. Al menos, de lo mejorcito que hemos visto de Suiza. Sin el lujo rancio y pretencioso de la sobrevalorada Ginebra y sin el tedioso ritmo provinciano de Berna, Zúrich es el verdadero corazón palpitante del país. De hecho, a diferencia de lo que ocurre en el resto de Suiza, aquí hay un montón de señales y carteles trilingües (en alemán, francés e italiano, tres de los cuatro idiomas oficiales del país), lo que, a mi modo de ver, indica una voluntad, quizá soterrada, de ser la casa común de todos los suizos. Es decir, de ser su verdadera capital.

Con poco más de 300.000 habitantes, Zúrich es menos que media Zaragoza, y sin embargo, está a eones luz de nuestra pobre Zaragoza. No solo por la panoja que manejan aquí, con su bolsa, sus megabancos y sus reductos de latrocinio internacional, sino por el aire de metrópoli que se respira. Formalmente, Zúrich no es una gran ciudad, pero tiene alma, espíritu y maneras de gran ciudad. Muy por encima de Ginebra.

Un simple y distraido paseo ya te advierte de que estás pisando una urbe compacta, con una larga historia asumida e integrada, perfectamente estructurada y sin apenas lagunas ni bolsas indefinidas. Urbanísticamente, es impecable, con el lago y el río marcando la pauta y el ritmo. Vital y culturalmente, es vibrante, plural, inquieta. Se respiran aires de Amsterdam, de Londres, incluso de París.

¿Cómo no iba a ser así? Graham Greene dijo en El tercer hombre que los italianos, en dos siglos de guerras, sangre y destrucción, habían sido capaces de crear el Renacimiento y la cultura moderna. Mientras tanto, los suizos, tras quinientos años de paz, abundancia y prosperidad solo habían dado a la humanidad el reloj de cuco. Una frase muy citada y de un ingenio muy cosmopolita y muy de Greene, pero, como casi todas las frases ingeniosas, falsa y demagoga. En Zúrich, la ciudad de los banqueros y de los relojeros timoratos, nació la modernidad en 1916. En el Cabaret Voltaire y en el Café Odeon (ambos en activo y con buena salud) se juntaron las astracanadas de Tristan Tzara, las conspiraciones de Lenin y Trotsky y las melopeas (de alcohol y de letras) de James Joyce, que escribió su Ulises por aquel entonces en esta ciudad. En las cuatro calles desde las que escribo estas líneas, la cultura occidental se puso patas arriba. De las cenizas de la guerra europea nació un siglo XX extraño e iconoclasta, y el Big Bang de eso que llamamos cultura moderna tuvo lugar aquí, en el sitio donde ahora estoy sentado mientras veo caer la tarde.

Al igual que los astrónomos creen que debe haber restos del Big Bang en el sitio donde se produjo, en Zúrich quedan rescoldos de aquella gigantesca explosión. La ciudad vibrante y sonriente de hoy le debe mucho a esos años del dadá. Ahora, las calles por las que Tristan Tzara hacía cabriolas con sus amigos (cruzándose, quizá, con un pequeño Julio Cortázar de dos años que había recalado aquí con su familia para huir de la guerra) son un barrio de Chueca en miniatura. Las callejas medievales están llenas de garitos de ambiente muy integrados en la movida de la ciudad. Es decir, que la presencia reivindicativa gay no es hegemónica, aunque marque el ritmo y el tono del barrio. Tiendas, peluquerías, librerías y, sobre todo, muchos bares y cafés hacen de este rincón del centro de Zúrich una zona más que agradable.

Dan ganas de quedarse aquí una temporada, sentado en una terraza, viendo pasar la vida y los fantasmas del dadá.

ARTE BRUTO

Un poco cansados de tanto multiculturalismo de postín, volvimos a nuestra realidad en la orilla del Ródano, donde descubrimos un chiringuito hippy que vendía buena cerveza y zumos naturales. Allí, tirada en la hierba, la chobenalla ginebrina se relajaba sin protocolos y sin ver pasar Rolls Royces. Algún porrillo discreto y un ambiente de acampada al caer la tarde daban unos ribetes de fraternidad a la estampa. Parecía que nos habíamos transportado a Amsterdam, pero las bravas y alpinas aguas del Ródano son mucho mejor paisaje que los cenagosos canales holandeses.

Sin que aquellos hippies los sospecharan, nos fuimos a alquilar un coche, y nos dieron un cochazo por el mismo precio (no sé por qué nunca nos dan el coche que pedimos y siempre acabamos con uno mejor por el mismo precio). La verdad es que el mostrenco Toyota intimidaba un poco por la bucólica carretera del Lago Leman, pero tampoco desentonaba mucho con el resto del parque automovilístico.

Fuimos a Lausanne, y pasamos de las vistas sobre el lago, pasamos de sus calles empedradas y en cuesta y pasamos de su encantador e impoluto centro histórico. Al menos, al principio. Porque lo primero que hicimos fue aparcar frente al edificio de la Colección de Arte Bruto, la única razón por la que yo quería pasar por Lausanne.

En 1971, Jean Dubuffet donó a la ciudad de Lausanne una estremecedora y no del todo comprendida colección de arte que llevaba reuniendo desde 1945. Lo llamó “art brut”. Bruto, primario, sin pulir, surgido de las mismísimas entrañas de la mente y hecho por las más irreflexivas de las manos. Durante años, Dubuffet recorrió sanatorios mentales, psiquiátricos y centros de reinserción, y compró un montón de obras de arte hechas por aquellos a quienes la sociedad llama locos, dementes, desquiciados, lunáticos. Son las manifestaciones de mentes desatadas, preocupadas solo de sí mismas, ajenas a doctrinas o condicionantes sociales.

Dabuffet buscaba arte. Arte de verdad, no experimentos sociológicos. Desde Van Gogh, la relación entre arte y locura ha motivado miles de estudios, y la consolidación de las neurociencias ha dado mucha luz a conceptos tan difusos como los de “creatividad” o “inspiración”. Sí, hay ciertos estados alterados de la mente que predisponen a la creación. La locura puede generar artistas, y el arte -lo saben bien los psiquiatras gracias al esfuerzo de gente como Dubuffet- puede ser una forma de mantener la locura a raya. Muchos de los artistas de la colección de arte bruto pintaban o esculpían porque dar forma a ciertas obsesiones les calmaba, les daba perspectiva, les ofrecía un lugar en el mundo.

En fin, no me voy a extender mucho sobre el tema. Solo quería dejar claro que es una de las cosas que me fascinan, que cursé en su día un par de asignaturas de Filosofía que trataban el tema, que ahondé en estudios clásicos, como la Historia de la locura, de Foucault, y que desde entonces he procurado estar un poco al tanto de la bibliografía que se va generando, aunque de forma autodidacta y pachanguera. Como en muchas otras cosas, mi interés no pasa del nivel de diletante.

Por eso quería ver una colección mitificada en estos estudios sobre arte y locura. O sobre arte y trastornos mentales, que sería más apropiado. Y no me ha defraudado. La visita a la Colección de Arte Bruto sobrecoge hasta al corazón más pétreo.

Las piezas más antiguas, correspondientes a artistas que crearon su obra en sórdidos asilos y manicomios de finales del XIX y principios del XX, es más tétrica. Se aprecia en ella la angustia del paria, del rechazado por la sociedad. Hay mucho espiritista, mucho poseído, mucho visionario y muchas caras espectrales con angustia y lágrimas. En los más recientes -ahora se puede ver una muestra de artistas japoneses-, se nota un cambio de actitud. Se nota la mano de artistas que no están marginados en una celda y cuya labor es potenciada y alabada por unos terapeutas bien preparados que quieren que se cultive para la mejora de su enfermedad. Hay un talante muy distinto. La angustia y la opresión oscuras dejan paso a unas composiciones más libres, mucho más dadaístas. Antiguos y actuales coinciden, eso sí, en una acusada tendencia al horror vacui, a llenarlo todo, a no dejar ni un resquicio sin pintar.

El arte bruto, sin duda, es arte. Verlo con ojos compasivos es un error: no son pasatiempos de unos pobres desquiciados, sino la expresión genuina y compleja de unos artistas que no pueden expresarse de otra forma. Sus composiciones, sus texturas, sus colores, sus materiales responden a una necesidad y acaban desarrollando una técnica. Muchos son autodidactas, solo algunos han recibido formación artística más o menos compleja, pero todos acaban encontrando su vehículo y su medio de expresión. Y, como cualquier otro artista, transmiten sensaciones. Golpean al espectador, pueden llegar a dejarle K.O. con revelaciones inquietantes. La visita marea porque no da tregua: estos artistas no entienden de remansos. Lo tienen que soltar todo.

Así que, noqueados, salimos al extrañamente duro sol suizo, y proseguimos nuestro viaje de vuelta a la frivolidad. Llegamos a Montreux, donde los excesos del pijerio nos arrancaron alguna sonrisa, y paramos en Friburgo, la ciudad que marca la divisoria de aguas entre francoparlantes y germanohablantes. Así nos adentramos en otra Suiza, mucho más austera. Ahora estamos en Berna, la falsa capital de este falso país. Podría contar algunas cosas de la ciudad, pero creo que por hoy ya he escrito bastante. Volveré a conectarme en Zúrich, aunque creo que no será desde el Café Voltaire.

CIUDAD DE REFUGIO

CIUDAD DE REFUGIO

Lo siento, no me termino de creer que esto no sea Francia. Estamos en Ginebra, donde la gente habla francés, come croissants y crepes y ve la tele francesa. Serán protestantes. Les molará Calvino, cuya silla está arrumbada en un rincón de la catedral, pero salvo por la cuestión religiosa, esto es un cachito de Francia fuera de Francia. Como si Ginebra fuera un hijo renegado, que pasa de la tricolor y de los valores republicanos de austeridad que le ha inculcado su mamá patria.

Sí, uno se siente como en Francia, aunque de vez en cuando algún tópico suizo manche la estampa afrancesada. Y no me refiero ni a las navajas multiusos ni a las fondues. Ni siquiera a los relojes. Hablo de la enorme cantidad de bancos privados que hay por metro cuadrado y del lujo desnudo (si es que me permiten este oxímoron) que lo invade todo. Rolls Royces con matrícula árabe, Ferraris, BMW a cascoporro… Y pijos y pijas en cantidades industriales. Pijos repijos, nada de medias tintas: traje a medida, anillacos de a millón, repeinamiento hortera y carcajada de suficiencia. Así no extraña que los precios sean inaccesibles (es una de las diez ciudades más caras del mundo), que los curritos vivan en la vecina Francia porque no pueden pagar un pisito en la ciudad y que nosotros nos resignemos a zamparnos un bocata (tampoco muy barato) en la orilla del lago (la mar de bien, por otro lado).

Y, sin embargo, Ginebra tiene iniciativas populares casi dignas de una república socialista. En los Baños del Paquis te puedes bañar en unas piscinas naturales del lago y solazarte en el haman por dos francos suizos (un euro y medio, más o menos). En invierno, en ese mismo sitio hay una sauna a precios igualmente populares. Es un exitazo, claro. Hoy, por desgracia, nos ha salido nublado y hemos dejado el bañador en la maleta. Una lástima.

Llegamos a Suiza reventados después de unas diez horas de viaje en tren (cuatro o cinco de las cuales las pasé durmiendo). Por supuesto, cumplí mi sueño: poco antes de cruzar la frontera de Portbou, fuimos al vagón restaurante, casi vacío, y pedimos una cena de señores con un tinto de Rioja perfecto. Para los postres, estábamos en Perpiñán. Fue una de las mejores cenas de mi vida: solo eché de menos que hubiera un asesinato entre el primer y el segundo plato, o que al lado se sentara un viejo barón prusiano al que se le cayera el monóculo en la sopa. Porque el ambiente era así, moderno y decadente al tiempo. Un capricho de niño pequeño, un antojo que no se le consentiría ni a una embarazada. Cómo lo disfruté. Es lo más cerca del siglo XIX que he estado nunca.

Como dice la foto que he puesto, Ginebra, como toda Suiza, presume de ser una ciudad de refugio para los perseguidos. Y es cierto, aquí no hacen discriminaciones: lo mismo acogen al traficante de armas número uno de Uzbekistán que a un pobre paria. Pero lo que me llama la atención de este relieve es que el adonis que está reclinado en disposición preamatoria es clavadito a Lenin. Antes de quedarse en silla de ruedas, claro, cuando todavía hacía gimnasia allá en Siberia. ¿Qué nos quieren decir?

En fin, de Lenin me ocuparé dentro de unos días, cuando lleguemos a Zúrich, la ciudad donde pasó la Primera Guerra Mundial y donde diseñó la Revolución Bolchevique. De momento, me solazaré en el lago Léman y su glorioso Jet d’Eau.

MÍSTICA NÓMADA

MÍSTICA NÓMADA

Algún día viajaré a Australia. Me lo propuse hace tiempo. No por nada en especial: no siento fascinación por los canguros, dicen que los adorables koalas huelen que apestan, debe de hacer un calor achicharrante y el alcoholismo es deporte nacional (con permiso del rugby), por no hablar de que la cerveza australiana es de las peores que he probado. Ningún escritor australiano (¿existe la literatura australiana, un equivalente a Kipling?) me ha enamorado, paso bastante de místicas aborígenes y ni siquiera mi pasión por su cima cultural, la banda AC/DC, me empuja a hacer el viaje. Mi única motivación es que es la zona del mundo más alejada de mi casa. Sólo quiero ir allí para bajar del avión, pisar el suelo y sentirme, literalmente, en la otra punta del mundo. Piensen lo que quieran, pero la distancia es una droga muy potente.

Otras personas con algo más de enjundia cerebral que yo viajaron a Australia por otros motivos. Por lo visto, hay una nutrida colonia española de inmigrantes e hijos y nietos de inmigrantes que fueron llegando allí a lo largo del siglo XX. Apenas se habla de ellos, y eso que un español en Australia tiene que llamar más la atención que en Argentina o en Venezuela. Algunos aparecen en el libro que el gran viajero Bruce Chatwin dedicó a la inmensa isla del sur, Los trazos de la canción.

El mito de creación del mundo de los aborígenes australianos se llama el Tiempo del Ensueño. Fue la época en la que sus antepasados primigenios (que no eran personas, sino animales) hicieron su primer viaje y cayeron dormidos para siempre, formando los accidentes naturales del desierto. Para ellos, una meseta no es una meseta, sino un antepasado lagarto que descansa allí. Por supuesto, son lugares sagrados, y desde que el Gobierno australiano decidió restituir el daño que la "civilización" blanca había hecho a la cultura nativa, ninguna obra pública puede destruirlos. Por eso, antes de construir una carretera o un ferrocarril, gente estudiosa de las tradiciones y creencias aborígenes recorre con ellos los lugares por donde va a transitar la vía para comprobar que están libres de obstáculos de "ensueño". Si un jefe aborigen dice que esa sima por donde va a tenderse un puente es el refugio de un antepasado canguro, el tren deberá dar un rodeo para esquivarla.

Bruce Chatwin acompaña en este libro al vigoroso y bonachón Arkadi Volchok, un hijo de emigrados rusos que tiene la misión de verificar que el nuevo ferrocarril que sale de Alice Springs no daña los territorios sagrados de los clanes. Juntos visitan comunidades esmirriadas de techos de hojalata en medio del desierto y se sumergen en un mundo extraño y decadente donde Chatwin espera encontrar respuesta a algunas de las grandes preguntas que se ha ido planteando a lo largo de su vida viajera.

La cosa es complicada porque los aborígenes tienen un concepto de "territorio" totalmente distinto al de los occidentales. Ellos son nómadas y, por tanto, sus terrenos no están parcelados ni delimitados por un área geográfica. Para ellos, el territorio es el camino del antepasado, y de todos los antepasados que han hecho ese mismo camino. Para reconocerlo y no perderse en él, la senda lleva incorporada una canción. Camino y canción van unidos: hay que caminar al ritmo de ella y, si se canta bien en el orden correcto, los accidentes geográficos que jalonan la ruta van apareciendo en ella. Son los trazos de la canción que recorren toda Australia, y cada aborigen tiene la suya.

Básicamente, el asunto es así, aunque en realidad es bastante más complejo y, a su manera, hermoso. A partir de ahí, el viajero inglés empieza a divagar sobre el nomadismo como estado natural del ser humano. Habla de las corrientes migratorias que han sido constantes a lo largo de la humanidad y de cómo el sedentarismo es causa directa de la ruina y de la decadencia de las civilizaciones. En unas páginas febriles, iluminadas quizá por una fiebre real cogida en el desierto, o de la enfermedad que le mató (el sida), que cuando escribía el libro ya tenía que estar dentro de su organismo, Chatwin divaga por terrenos pantanosos y acaba lleno hasta las cejas de barro místico y primigenio. De nuevo el buen salvaje, de nuevo la culpabilidad del hombre blanco, de nuevo el rasero moral, los puros contra los pecadores y gordos sedentarios, los celosos guardianes de un territorio arbitrario y los felices y ácratas moradores de los caminos. Etimologías, hallazgos arqueológicos, pasajes de Darwin, filosofía pascaliana, poemas de Coleridge... Una batería apabullante de confusa erudición se amontona ante el lector con el único fin de demostrar que el estado natural del ser humano es el viaje y el nomadismo. Yo lo leo como un intento desesperado y agónico de alguien que sabe que va a morir pronto por darle un sentido a toda una vida dedicada a los viajes. No deja de ser hermoso a su manera, como los trazos de la canción.

Dice Pascal, citado por Chatwin, que los problemas del mundo se originan porque el ser humano es incapaz de estar un día entero encerrado en su habitación sin hacer nada. Esa comezón, ese impulso desesperado que todos sentimos por salir de casa y caminar es, para Chatwin, un débil reflejo de nuestros orígenes nómadas. Son nuestros antepasados que nos gritan a través de los genes que debemos seguir caminando. Por supuesto, se aparta de la ciencia y de la filosofía y se adentra en cenagosos mundos de fe y espiritualidad. O de como se quiera llamar. Su escritura se mete en el tuétano del sentimiento, retorciendo las palabras de la gente sensata y sabia. ¿No es eso, al fin y al cabo, lo que esperamos de la literatura?

Ahora tengo un motivo más para viajar a Australia.

CARACAS CAFÉ

CARACAS CAFÉ

Con el coche como nuevo y sin ruidos, hemos alcanzado Orleans, a dos pasos de París. Orleans la vieja, no la nueva del jazz y del Katrina. Aunque, huracanes al margen, esta vieja Orleans es más nueva que la del otro lado del charco, porque fue arrasada durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruida después. La ciudad de hoy es, como tantas otras ciudades de Europa, una ensoñación, un intento de evocar lo que pudo haber sido y no fue. Por suerte, las décadas han macerado los nuevos edificios, y Orleans, lejos de ser un parque temático de Juana de Arco, es una tranquila ciudad provinciana a la sombra de París, con un casco falso-histórico muy animado, lleno de restaurantes y baretos. Nosotros nos alojamos en un barrio dominado por los magrebíes, algo así como una "cashba à la ancienne", y el paseo desde y hasta los aledaños de la catedral es muy agradable.

Hemos llegado aquí por la orillita del Loira, con sus viñedos y sus pueblos de hiedra y pizarra. Anoche dormimos en Tours, y allí, con los pies deshollados de andar, conocimos a Mirna. Buscábamos un sitio para tomar una cerveza y recuperarnos un poco, y caímos en un local llamado Caracas Café. El subtítulo era "bar à tapas". La propietaria, lógicamente, es una venezolana que lleva 19 años viviendo entre "estos carahuevos de franceses". Llegó a la France por amor, por un "coñopadre" que le acabó dejando con su hija, y ahora trata de sacar adelante un bar de comida caribeña en la provinciana y lluviosa Tours. Su drama es que los locales confunden Venezuela con España, y la clientela espera encontrar su fino, sus banderillas y su tronío. Está llevando a cabo una labor de educación en la cultura latinoamericana a los touresinos, y los colombianos y los chilenos que viven allí -y su propia hija, bilingüe y partida en dos a ambos lados del charco- le echan un cable.

Por lo demás, mucho chateaux y mucho cortesano del siglo XVI. Que si Catalina de Medicis por aquí, que si el Duque de Anjou -esto es, Felipe V antes de ser rey de España- por allá, que si Francisco I y su corte itinerante por otro lado, que si un bidet donde se remojó el vello escrotal Luis XIII más allí... Mi conclusión inmediata, a falta de una reflexión menos etílica (el vino de por aquí pega lo suyo y entra como agua) y más reposada, es doble: por un lado, siento carnalmente la necesidad de la Revolución Francesa. Uno visita ciertos sitios y entiende que urge cortar cabezas a ritmo industrial para restaurar una mínima dignidad humana. Pero, por otro, estamos comprobando in situ el fracaso palmario de esa revolución, ya que muchos de esos chateaux siguen perteneciendo a las mismas familias. Algunos descendientes, como el marqués de Brissac, incluso siguen viviendo en ellos. Ni tres revoluciones y cuatro guerras, dos de ellas mundiales, han logrado que cambie algo en el Valle del Loira. Es para pensárselo.

Ahondaré más es estas excrecencias mentales a la vuelta del viaje. De momento, viva Orleans la vieja.

Foto: Mirna, tras la barra de Caracas Café.

ES LA TRANSMISIÓN, ESTÚPIDO

El coche ya no está para muchos trotes. En Burdeos empezamos a oir ruidos, pero como somos así de pasotas e iban y venían con alegría, no les dimos importancia. Pero este mediodía, cuando hemos parado a comer en Azay-le-Rideau, después de saludar a la abuela francesa -que tenía una foto del gran perro Goyo en su habitación-, un gran quejido metálico nos ha puesto los pelos como escarpias. Era algo así como clanc-clanc-clanc. Con cuidadito, Cris ha conducido hasta Tours, donde hemos buscado un taller mecánico y yo he puesto a prueba mi francés tecnológico (y mi léxico de español tecnológico se quedó en el siglo XVII, asín que...). No sé explicar lo que le pasa al coche en castellano, como para intentarlo en francés.

El mecánico, un gabacho bonachón, más o menos bienhumorado y bien dispuesto, nos ha dicho que "la transmission est mort". Vamos, que nos podíamos haber matado tan ricamente en la autopista. Le he preguntado: "Mais, est-ce que vous pouvez fixer ça?" (Pero, ¿puede arreglarlo?). Y el hombre me dice: "Non, il faut changer la piece" (No, hay que cambiar la pieza). No era una información que me interesara. Yo sólo quería saber si el hombre podía devolvernos el coche sano, no me importaban los sucios métodos que empleara, así que le he repetido que si lo podía arreglar, y me ha mirado como si fuera imbécil: "C'est ne pas posible! Il faut changer la piece!". Diálogo de besugos: él creía que le preguntaba si podía arreglar la pieza, cuando me refería al coche en su conjunto. Al final, nos hemos entendido. Le traerán la transmisión mañana, previo pago de unos buenos euracos. Como diría Mr. Fogg, un contratiempo menor. Nada que nos impida estar de vuelta en el Reform Club a la hora convenida.

Pero a mí esto no me quita el hambre: pienso disfrutar esta noche en la bella capital de la Touraine. Dicen que aquí hacen unos vinos de caerse de espaldas. Ya os contaré.

PASIONES VIAJERAS PROVINCIANAS

PASIONES VIAJERAS PROVINCIANAS

Nada. No hay nada que hacer a estas horas en la Francia de provincias. Angers es una ciudad húmeda y fantasmal: sólo dos garitos abiertos para tomar una cerveza, y si te descuidas, te quedas sin cenar. Me he acordado de los viajes a Francia de hace años, que Michel prefería hacer de noche para encontrar las carreteras despejadas. Al atardecer, cruzábamos miles de pueblos muertos. El contraste era brutal, tanto si íbamos a España como si viajábamos a Francia. En el primer caso, cuando llegábamos a Irún, nos aturdía el bullicio de las calles, y cuando cruzábamos a Hendaya, nos sobrecogía el silencio. ¿Cómo un país que se dice mediterráneo puede ser tan muermo?

Venimos de Burdeos y de Nantes, y allí no ha estado tan mal la cosa, pero ha sido llegar a Angers, a este rincón del valle del Loira donde creció Michel, y fastidiarse todo. En el sentido del bullicio nocturno, claro.

He llevado a Cris a ver el castillo de Angers, y hemos buscado el escudo de Aragón que me enseñaron en mi primera visita, hace ya unos cuantos años. No recordaba dónde estaba, pero enseguida ha aparecido en una bóveda de la capilla, que fue construida por Yolanda de Aragón y plantó allí el escudo de su reino, como perro que mea en una esquina, supongo. Hemos sentido el gustillo tonto de quien reconoce algo propio en otro país, y hemos seguido andando en busca del tapiz del Apocalipsis, una joya medieval que cuenta el fin del mundo como en una peli.

Ayer estuvimos en Nantes, después de pasar por la majestuosa y nada goyesca Burdeos y por la inquietante La Rochelle, que pasó de ser un enclave nazi a un lugar de vacaciones bucólico sin solución de continuidad. Por Nantes paseamos bajo la lluvia, que es una cosa muy de Nantes, y recorrimos el palacio de los Duques de Bretaña. Porque aunque Nantes es la capital de la región del Pays de Loire, históricamente pertenece a Bretaña, y les gusta mucho comer crepes y beber sidra, como a los bretones.

Pero a mí no me gusta Nantes por su rollo bretón ni por su palacio. A mí Nantes me gusta porque allí nació Julio Verne, y me dio mucha rabia llegar tarde a la ciudad y no poder visitar el museo dedicado a su figura. Mierda de horarios tempraneros continentales...

Julio Verne creció en una degradada ciudad de provincias francesa, muy lluviosa y de horizontes chatos. Quizá por eso quería hacer sus viajes extraordinarios y compartirlos con todos. Quizá algo de su espíritu se haya quedado en las piedras de la ciudad. Al menos a mí, que casi aprendí a leer con El faro del fin del mundo, Dos años de vacaciones, El piloto del Danubio, Las tribulaciones de un chino en China, Una ciudad flotante y Viaje al centro de la tierra, me parece entender que sí, que la esencia que parió a Verne sigue palpándose.

La prueba es que Nantes, que viene a ser como Pamplona de grande, tiene al menos tres grandes librerías especializadas en viajes. Librerías enormes, bien surtidas y llenitas de lectores. Zaragoza, mucho más grande, no tiene ni una. Cálamo intenta suplir esa carencia, pero no llega ni por asomo al nivel de las librerías nantesas. Ya sé que las comparaciones son odiosas, por eso comparo. Y me parece significativo a la hora de valorar a vuelapluma el espíritu de una sociedad: hay quien se interesa por "el" mundo, y quien sólo se fija en "su" mundo. En cualquier caso, es curioso que la ciudad de Julio Verne sienta pasión por los viajes.

Nosotros vamos a seguir viajando por este corazón de Francia, aunque no nos dejen sitios para tomar una copa a gusto.

Por cierto, en Burdeos probamos un Burdeos (valga la rebuznancia) que nos ha dejado medio gilipollas de la emoción. Qué bien saben hacer las cosas del hedonismo. Sólo les falla su escasa nocturnidad.

TOUR DE FRANCIA 2008

Con esa grata sensación de ser el objeto de odio de todo el mundo, me he despedido de mis compañeros en el periódico donde echo las tardes. Por unos días, no se vayan a pensar. Me voy de vacaciones. Probablemente inmerecidas, pero vacaciones con todas las de la ley.

Nos hemos dado cuenta de que hemos instaurado una tradición: viajar a Francia en Semana Santa. Es el tercer año consecutivo que lo hacemos. En 2006 nos fuimos al País Vasco gabachoak, y el año pasado viajamos por partida doble, a Toulouse y a París. Esta vez nos hemos planteado una cosa un poco más ambiciosa, una tournée por la Francia profunda, la de la nobleza de provincias que alimentó con sus cabezas la eficaz guillotina. Cruzaremos las Landas hasta Burdeos, subiremos a Nantes -donde rendiremos honores a Julio Verne- por La Rochelle y, como dos salmones motorizados, remontaremos el curso del Loira hasta la Orleans de Juana de Arco, con paradas en Angers, Tours, Blois y todos los castillos y bodegas que nos encontremos. Espero que nos dé tiempo a todo en diez días.

Va a ser agradable volver al Loira. Hace mucho tiempo que no subo por allí, y lo siento un poco mi casa también. Han sido unos cuantos veranos y unas cuantas navidades vividas en su orilla. Me apetece recorrerlo todo con calma, y aprovecharemos para saludar a Madame Guilbault, mi abuela francesa, que vive en Angers.

Como siempre, el portátil, que ya es un poco como mi hijo, viaja con nosotros, así que postearé alguna croniquilla viajera desde algunas de las ciudades donde paremos.

Merci et à bientôt, chers amis!